Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling
-Guest: Pues sí, la verdad XD
-Nommus: Por favor, todo el mundo sabe que si Historia de Hogwarts y una zapatilla de origen materno se enfrentasen, la colisión resultante crearía un agujero negro de tal magnitud que desaparecía la existencia en su totalidad.
-X29: Historia de Hogwarts clasificada como una de las mayores armas letales de la historia... Bueno, el hecho de que Harry interviniese a favor de Ron hará que su familia no le regañe acerca de lo ocurrido, sin olvidar que ese es un tema que concierne a Harry y a Ron (a Hermione como mucho) y que los demás no tienen ni voz ni voto en ello (aunque eso no evitará que los gemelos le gasten alguna que otra bromita). En cuanto a los episodios del futuro, el siguiente a este estará relacionado con ellos, ya que será full futuro.
Harry no estaba muy seguro de dejar al inconsciente Ron en compañía de Fred y George, a pesar de que ellos le habían asegurado que no serían crueles con Ron.
Humillantes tal vez.
Así que cuando los tres volvieron a la sala, pasados diez minutos, Harry no sabía decir si los gemelos Weasley habían sido amables o crueles con su hermano menor. Ron, flotando fantasmalmente gracias a George, había sufrido un cambio estético que solamente podía ser clasificado como interesante. La mitad derecha de su cabello pelirrojo había sido reemplazada por una larga y brillante melena rubia dorada, mientras que el cabello del lado izquierdo simplemente había desaparecido, dejando a la vista un cabeza completamente calva. La piel de su cuerpo había sufrido un cambio semejante o peor, según se mirase, que el de su pelo. La piel de Ron se había vuelto de un color rosa chillón tan intenso que hacía daño con tan solo mirarlo. Y por si eso fuese poco, dicho color rosa chillón estaba adornado con lunares de diferentes tamaños y de todas las tonalidades.
Sin embargo, si no se tenía en cuenta eso, Ron seguía teniendo el aspecto de siempre. Pero, y como no podía ser de otro modo, Fred y George habían dejado una sorpresa final.
Apuntando a Ron con su varita mágica, Fred pronunció un hechizo:
—Rennervate.
Ron abrió con lentitud los ojos, mientras que George lo depositaba con tranquilidad en el suelo. Durante unos segundos Ron se quedó allí de pie sin moverse o decir nada.
Entonces abrió la boca.
—¿Qué ha pasado?
Fue una pregunta. Una simple pregunta. Pero lo que desencadeno esa simple pregunta fue el hecho que prácticamente todos en la sala tuviesen que sofocar una carcajada.
Y el motivo era muy evidente. La voz de Ron había sido modificado de manera que parecía tuviese un filtro de helio en su garganta, de manera que la voz de Ron sonaba más aguda de lo que era.
—¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Por qué os reís? —preguntó Ron, provocando más risa. Finalmente pareció darse cuenta de que algo extraño pasaba con su voz—. ¡¿Qué le pasa a mi voz?! —chilló Ron.
—Ron, por favor, no hables —le pidió Hermione mientras aguantaba la risa.
—Pero...
—Ron, en serio, no hables —dijo Harry en esta ocasión.
Ron miró a Harry con cierto arrepentimiento. Parecía recordar lo acontecido en el anterior capítulo.
—Harry, yo...
—¡Qué no hables! —exclamó Harry—. En serio, ya hablaremos mañana o así. Pero, por ahora, no menciones el tema... Más que nada porque no creo aguantar más tiempo la risa.
—Pero...
—Deja de hablar, Ron —suspiró Ginny—. No entiendes la risa que nos da escucharte hablar con ese tono de voz. Así que mejor no hables hasta que se pase el efecto, por favor.
Ron suspiró.
—Muy bien —aceptó al final.
—Pues ahora que el tema esta resuelto, aunque sea temporalmente, es hora de seguir leyendo —dijo Dumbledore—. Si no me equivoco es hora de que Harry lea el siguiente capítulo, ¿no?
—Eh... sí —asintió Harry tras unos segundos de vacilación, ya que no recordaba que le tocaba a él—. Pues bien... La comprobación de las varitas mágicas.
Al despertar el domingo por la mañana, a Harry le costó un rato recordar por qué se sentía tan mal. Luego, el recuerdo de la noche anterior estuvo dándole vueltas en la cabeza. Se incorporó en la cama y descorrió las cortinas del dosel para intentar hablar con Ron y explicarle las cosas,
Puede que las cosas se resuelvan ya pensó Ron, un poco esperanzado.
pero la cama de su amigo se hallaba vacía.
O puede que no.
Ron agachó la cabeza.
Evidentemente, había bajado a desayunar.
Harry se vistió y bajó por la escalera de caracol a la sala común. En cuanto apareció, los que ya habían vuelto del desayuno prorrumpieron en aplausos.
Harry se estremeció. Si su fama no le gustaba de por si, no quería ni pensar como sería cuando fuese uno de los campeones de la escuela.
La perspectiva de bajar al Gran Comedor, donde estaría el resto de los alumnos de Gryffindor, que lo tratarían como a una especie de héroe, no lo seducía en absoluto. La alternativa, sin embargo, era quedarse allí y ser acorralado por los hermanos Creevey, que en aquel momento le insistían por señas en que se acercara.
—Vale, no sé cuál de las dos opciones es peor —dijo Neville. Él mismo había sido testigo de lo insistente (para llamarlo de alguna forma) que podía ser Colin Creevey. Pero, ¿dos de ellos? No, gracias.
Caminó resueltamente hacia el retrato, lo abrió, traspasó el hueco y se encontró de cara con Hermione.
—Hola —saludó ella, que llevaba una pila de tostadas envueltas en una servilleta—. Te he traído esto...
—Gracias —le agradeció Harry, apartando la mirada del libro durante unos instantes.
Hermione se encogió de hombros.
—Ya imaginaba que no querrías ir al Gran Comedor después de todo lo ocurrido la noche anterior —dijo Hermione.
¿Quieres dar un paseo?
—Buena idea —le contestó Harry, agradecido.
Bajaron la escalera, cruzaron aprisa el vestíbulo sin desviar la mirada hacia el Gran Comedor y pronto recorrían a zancadas la explanada en dirección al lago, donde estaba anclado el barco de Durmstrang, que se reflejaba en la superficie como una mancha oscura. Era una mañana fresca, y no dejaron de moverse, masticando las tostadas, mientras Harry le contaba a Hermione qué era exactamente lo que había ocurrido después de abandonar la noche anterior la mesa de Gryffindor. Para alivio suyo, Hermione aceptó su versión sin un asomo de duda.
—Al menos una de sus amigas si le cree —murmuró James.
Lily le dio un codazo en las costillas y, con una mirada, le ordeno que cerrase la boca.
—Bueno, estaba segura de que tú no te habías propuesto —declaró cuando él terminó de relatar lo sucedido en la sala—. ¡Si hubieras visto la cara que pusiste cuando Dumbledore leyó tu nombre!
—Seguro que debió de ser de sorpresa total —comentó Harry.
—Hubiese sido genial que tu reacción hubiese sido la misma que aquí —dijo Will.
—Por favor, no me lo recordéis —gruñó Harry con las mejillas sonrojadas.
—Mira el lado positivo. Si lo hubieses tenido esa reacción en los libros, seguramente mucha más gente no habría creído que tú metiste tu nombre en el cáliz —señaló Regulus,
Pero la pregunta es: ¿quién lo hizo?
—Esa una muy buena pregunta —dijo Sally.
Porque Moody tiene razón, Harry: no creo que ningún estudiante pudiera hacerlo... Ninguno sería capaz de burlar el cáliz de fuego, ni de traspasar la raya de...
—Bueno, técnicamente un estudiante de diecisiete años o mayor sería capaz de atravesar la raya de edad —señaló Sirius.
—Pero no los veo confundiendo un objeto como el Cáliz de fuego con facilidad —añadió Remus.
—¿Has visto a Ron? —la interrumpió Harry.
Ron, quién hasta ahora había estado con la cabeza agachada, la levantó un poco.
Hermione dudó.
—Eh... sí... está desayunando —dijo.
—¿Sigue pensando que yo eché mi nombre en el cáliz?
—Bueno, no... no creo... no en realidad —contestó Hermione con embarazo.
Me lo imaginaba. Mi yo del libro sabe que Harry no hizo nada, pero esta demasiado celoso como para disculparse.
—¿Qué quiere decir «no en realidad»?
—¡Ay, Harry!, ¿es que no te das cuenta? —dijo Hermione—. ¡Está celoso!
—¿Celoso? —repitió Harry sin dar crédito a sus oídos—. ¿Celoso de qué? ¿Es que le gustaría hacer el ridículo delante de todo el colegio?
—Ni siquiera sabes si vas ha hacer el ridículo o no —dijo Ginny.
—Mira —le explicó Hermione armándose de paciencia—, siempre eres tú el que acapara la atención, lo sabes bien.
—Tampoco es que quiera eso precisamente —murmuró Harry.
Hermione le dirigió una mirada de advertencia mientras Ron se hundía un poco más en su sitio.
Sé que no es culpa tuya —se apresuró a añadir, viendo que Harry abría la boca para protestar—, sé que no lo vas buscando... pero el caso es que Ron tiene en casa todos esos hermanos con los que competir,
Los hermanos de Ron se miraron, pero no dijeron nada. Ya habían tenido esa charla con Ron en el pasado y consideraban que no era necesario que la tuviesen de nuevo.
y tú eres su mejor amigo, y eres famoso. Cuando te ven a ti, nadie se fija en él, y él lo aguanta, nunca se queja. Pero supongo que esto ha sido la gota que colma el vaso...
—Genial —dijo Harry con amargura—, realmente genial. Dile de mi parte que me cambio con él cuando quiera. Dile de mi parte que por mi encantado...
Si hubiese sido el Ron de hacía unos meses, lo más probable es que hubiera estado encantado de cambiar de sitios con Harry. Pero ahora... ahora ni siquiera quería pensar en eso. Ser famoso pero que a cambio tus padres estuviesen muertos y vivir con una familia que no te aprecia... No, Ron ya no quería eso.
Y, desde luego, no quería eso para Harry.
Verá lo que es que todo el mundo se quede mirando su cicatriz de la frente con la boca abierta a donde quiera que vaya...
—No pienso decirle nada —replicó Hermione—. Díselo tú: es la única manera de arreglarlo.
—Dudo que le vaya a decir algo —dijo Ginny.
—¡No voy a ir detrás de él para ver si madura! —estalló Harry. Había hablado tan alto que, alarmadas, algunas lechuzas que había en un árbol cercano echaron a volar—. A lo mejor se da cuenta de que no lo estoy pasando bomba cuando me rompan el cuello o...
—No tiene ninguna gracia —espetó Lily con la cara pálida.
—Eso no tiene gracia —dijo Hermione en voz baja—, no tiene ninguna gracia. —Parecía muy nerviosa—. He estado pensando, Harry. Sabes qué es lo que tenemos que hacer, ¿no? Hay que hacerlo en cuanto volvamos al castillo.
—Sí, claro, darle a Ron una buena patada en el...
—Tengo bastantes dudas de que me este refiriendo a eso, la verdad —suspiró Hermione.
—Aunque no sería mala idea —dijo Fred.
Espero que Hermione no se este refiriendo a eso pensó Ron. Le habría gustado replicar de algún modo, pero habían dos cosas que le echaban para atrás. La primera era que, en cierto modo, creía que su yo del libro merecía una buena patada en el... bueno, en la zona que Harry estuviese pensando. Y la segunda era esa ridícula voz que sus hermanos le habían puesto. ¿Es qué no podían haber dejado su voz sin tocar?
—Escribir a Sirius.
—De acuerdo, apoyó eso —dijo Sirius.
Tienes que contarle lo que ha pasado. Te pidió que lo mantuvieras informado de todo lo que ocurría en Hogwarts.
Sirius asintió.
Da la impresión de que esperaba que sucediera algo así.
Varios miraron a Sirius, como esperando a que este les confirmase o negase la frase.
Sirius se frotó la parte de atrás del cuello.
—Sinceramente, no sé si mi yo del libro estaba pensando en eso o no —dijo al final—. Mientras estuve encerrado en el castillo (me refiero antes de la movida del giratiempo y lo demás), cuando Dumbledore fue a verme me contó unas cuantas cosas sobre Harry y sus anteriores cursos escolares —Dumbledore asintió, de acuerdo a las palabras del prófugo—. Y aunque se saltó varios, o mejor dicho muchos, detalles importantes, lo que me contó me basto para saber que Harry no es que sea especialmente conocido por su vida tranquila.
—Ni que la culpa fuese mía —gruñó Harry.
—Así que sí, hay posibilidades de que mi yo del libro supiese que algo malo iba a acabar sucediendo. Dudo que fuese esto, pero sin duda esperaba que algo malo pasase.
Llevo conmigo una pluma y un pedazo de pergamino...
—Olvídalo —contestó Harry,
—¿Cómo qué "olvídalo"? —preguntó Sirius con el ceño fruncido.
mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie los oía. Pero los terrenos del castillo parecían desiertos—. Le bastó saber que me dolía la cicatriz, para regresar al país. Si le cuento que alguien me ha hecho entrar en el Torneo de los tres magos se presentará en el castillo.
—Puedo imaginar a Sirius haciendo eso —asintió Remus.
—Él querría que tú se lo dijeras —dijo Hermione con severidad—. Se enterará de todas formas.
—Cierto —dijo Sally.
—¿Cómo?
—Harry, esto no va a quedar en secreto. El Torneo es famoso, y tú también lo eres. Me sorprendería mucho que El Profeta no dijera nada de que has sido elegido campeón...
—Seguiría siendo noticia aunque Harry no fuese famoso. Uno de cuarto año, superando la raya de edad impuesta por el profesor Dumbledore para participar en un conocido torneo... sería muy raro si algo así no fuese noticia por si solo —señaló Neville.
Se te menciona en la mitad de los libros sobre Quien-tú-sabes. Y Sirius preferiría que se lo contaras tú.
Sirius asintió.
—Vale, vale, ya le escribo —aceptó Harry, tirando al lago el último pedazo de tostada.
Lo vieron flotar un momento, antes de que saliera del agua un largo tentáculo, lo cogiera y se lo llevara a la profundidad del lago.
—Digo yo... ¿el calamar gigante siquiera puede saborear un pequeño pedazo de tostada? —preguntó Charlie.
—Tú sabrás. El experto en fauna mágica eres tú, ¿no? —señaló Tonks.
—Mi especialidad son los dragones, no los cefalópodos mágicos gigantes —replicó su amigo.
Entonces volvieron al castillo.
—¿Y qué lechuza voy a utilizar? —preguntó Harry,
—Cualquiera de la escuela —respondió Luna—. Están a disposición de cualquier estudiante de la escuela.
mientras subían la pequeña escalinata—. Me pidió que no volviera a enviarle a Hedwig.
—Pídele a Ron...
—No le pienso pedir nada a Ron —declaró tajantemente Harry.
—Además, dudo que Pigwidgeon pueda hacer un viaje tan largo como el que hizo Hedwig —señaló Ginny.
—Bueno, pues utiliza cualquiera de las lechuzas del colegio —propuso Hermione—. Están a disposición de todos.
Así que subieron a la lechucería. Hermione le dejó a Harry un trozo de pergamino, una pluma y un frasco de tinta, y luego paseó entre los largos palos observando las lechuzas, mientras Harry se sentaba con la espalda apoyada en el muro y escribía:
Querido Sirius:
Me pediste que te mantuviera al corriente de todo lo que ocurriera en Hogwarts, así que ahí va: no sé si habrás oído ya algo, pero este año se celebra el Torneo de los tres magos, y el sábado por la noche me eligieron cuarto campeón.
—Imagino que si habré oído algo acerca del torneo —dijo Sirius—. Y ahora que lo pienso, hay muchas posibilidades de que ya sepa que eres campeón.
—¿Cómo? —preguntó Harry.
—Por El Profeta —adivinó Tonks—. Cómo bien ha indicado antes Hermione en el libro, una noticia así saldría en el periódico. Así que no sería raro si dicha noticia hubiese salida ya con la primera tirada del día.
—Oh... cierto —asintió Hermione. Ya se había imaginado que la noticia de que Harry era el cuarto campeón saldría en El Profeta. Pero no se le había pasado por la cabeza de que podría haber salido ya.
No sé quién introduciría mi nombre en el cáliz de fuego, porque yo no fui. El otro campeón de Hogwarts es Cedric Diggory, de Hufflepuff.
—Dudo que a mi otro yo le interese mucho saber quién es el otro campeón —dijo Sirius—. Sin faltar —añadió mirando a Cedric.
Se detuvo en aquel punto, meditando. Tuvo la tentación de decir algo sobre la angustia que lo invadía desde la noche anterior, pero no se le ocurrió la manera de explicarlo,
—Puedes ponerlo como te salga, aunque parezca una tontería.
de modo que simplemente volvió a mojar la pluma en la tinta y escribió:
Espero que estés bien, y también Buckbeak.
Harry
—Ya he acabado —le dijo a Hermione poniéndose en pie y sacudiéndose la paja de la túnica.
Al oír aquello, Hedwig bajó revoloteando, se le posó en el hombro y alargó una pata.
Harry hizo una mueca. Estaba seguro de que a Hedwig no le iba a gustar lo que venía ahora.
—No te puedo enviar a ti —le explicó Harry, buscando entre las lechuzas del colegio—. Tengo que utilizar una de éstas.
Hedwig ululó muy fuerte y echó a volar tan repentinamente que las garras le hicieron un rasguño en el hombro.
Harry hizo una mueca.
No dejó de darle la espalda mientras Harry le ataba la carta a una lechuza grande. Cuando ésta partió, Harry se acercó a Hedwig para acariciarla, pero ella chasqueó el pico con furia y revoloteó hacia el techo, donde Harry no podía alcanzarla.
Harry suspiró. Ya se imaginaba un trato como ese. Igualmente le dolía.
—Puedes mandar a Hedwig a otra persona, ¿no? —señaló Emily.
—¿A quién? A las únicas personas que se me ocurren son los Dursley, y dudo que ellos estén muy felices de recibir una carta mía, sobre todo si viene vía lechuza; y los otros serían los Weasley. Y dudo que mi yo del libro quiera mandarles una carta ahora que él y Ron están peleados —replicó Harry.
Emily estuvo a punto de decir que se la podía mandar a ellos, pero entonces recordó que en esa versión, Harry aún no los conocía.
—Puedes mandarme una carta a mí —dijo en ese momento Remus—. Seguramente a mi otro yo no le importará recibir una carta tuya, Harry.
—Podría hacer eso —asintió Harry, tras unos segundos de vacilación.
—Primero Ron y ahora tú —le dijo enfadado—. Y yo no tengo la culpa.
—Bueno, técnicamente si eres un poco culpable en el caso de Hedwig —dijo Ginny.
Si Harry había tenido esperanzas de que las cosas mejoraran cuando todo el mundo se hubiera hecho a la idea de que él era campeón, al día siguiente comprobó lo equivoca do que estaba.
—¿De verdad te esperabas algo así? —preguntó Holly.
—Soñar es gratis, ¿vale?
Una vez reanudadas las clases, no pudo seguir evitando al resto del colegio, y resultaba evidente que el resto del colegio, exactamente igual que sus compañeros de Gryffindor, pensaba que era Harry el que se había presentado al Torneo. Pero, a diferencia de sus compañeros de Gryffindor, no parecían favorablemente impresionados.
—De los de Slytherin puedo llegar a entenderlos, y lo mismo ocurre con los de Hufflepuff. Pero los de Ravenclaw deberían ser neutrales, ¿no? —dijo Eli.
—No sé que decirte. La envidia puede ser muy mala —respondió Frank.
Los de Hufflepuff,
—Sería lógico pensar que a los de Hufflepuff no les hiciese gracia que Harry fuese el otro campeón —dijo Tonks.
que generalmente se llevaban muy bien con los de Gryffindor, se mostraban ahora muy antipáticos con ellos. Bastó una clase de Herbología para que esto quedara patente. No había duda de que los de Hufflepuff pensaban que Harry le quería robar la gloria a su campeón.
—Dicho así casi parecen creer que Harry puede superar a Cedric —señaló Will.
—De ser así vaya confianza me tienen —dijo Cedric medio divertido.
Un sentimiento que, tal vez, se veía incrementado por el hecho de que la casa de Hufflepuff no estaba acostumbrada a la gloria, y de que Cedric era uno de los pocos que alguna vez le habían conferido alguna, cuando ganó a Gryffindor al quidditch.
—Sigo manteniendo que esa victoria no debería contar —dijo Cedric—. Si ganamos fue por la aparición inoportuna de los dementores.
Ernie Macmillan y Justin Finch-Fletchley, con quienes Harry solía llevarse muy bien,
—Teniendo en cuenta como se comportaron contigo en segundo, tampoco hacía falta llevarse bien con ellos —murmuró James.
Harry suspiró.
—Ya se disculparon por su comportamiento —respondió.
no le dirigieron la palabra ni siquiera cuando estuvieron trasplantando bulbos botadores a la misma bandeja, pero se rieron de manera bastante desagradable al ver que uno de los bulbos botadores se le escapaba a Harry de las manos y se le estrellaba en la cara.
Tonks resopló. Entendía que Ernie y Justin quisieran darle su apoyo a Cedric al ser de Hufflepuff (¡si incluso una parte de ella, quién le caía muy bien Harry, secretamente esperaba que Cedric ganase!). Pero que ambos se comportasen de esa forma con Harry, sin creer el hecho de que él no había puesto su nombre en el cáliz a pesar de ser amigos, lo encontraba ridículo. Se suponía que uno de los rasgos de los Hufflepuff era la lealtad. Pero ninguno de esos dos la estaba demostrando en ese momento.
Ron también le había retirado la palabra.
Ron soltó un suspiró, maldiciendo a su otro yo.
Hermione se sentó entre ellos, forzando la conversación; pero, aunque uno y otro le respondían con normalidad, evitaban el contacto visual entre sí.
Hermione bufó, dirigiendo una mirada a sus amigos, quienes desviaron las suyas claramente avergonzados (más Ron que Harry, aunque Hermione no podía jurar nada debido al nuevo color de piel del chico).
A Harry le pareció que hasta la profesora Sprout lo trataba de manera distante. Y es que ella era la jefa de la casa Hufflepuff.
—Tonterías Potter —dijo McGonagall—. Ningún docente mostraría favoritismo por ningún est...
Se calló, recordando a un docente que sí tomaría favoritismo por algunos estudiantes sin ni siquiera ocultarlo.
En circunstancias normales se hubiera muerto de ganas de ver a Hagrid, pero la asignatura de Cuidado de Criaturas Mágicas implicaba ver también a los de Slytherin.
—Recuerdas que puedes ver a Hagrid fuera del horario de clases, ¿no? —señaló Holly.
Era la primera vez que se vería con ellos desde su conversión en campeón.
Como era de esperar, Malfoy llegó a la cabaña de Hagrid con su habitual cara de desprecio.
Sin que Malfoy dijese nada, Harry ya sabía por dónde irían los tiros. Seguramente diría algo en plan "sacaros una foto con él o pedidle un autógrafo antes de que lo maten en la primera prueba".
—¡Ah, mirad, tíos, es el campeón! —les dijo a Crabbe y Goyle en cuanto llegaron a donde él podía oírlos—. ¿Habéis traído el libro de autógrafos?Tenéis que daros prisa para que os lo firme, porque no creo que dure mucho: la mitad de los campeones murieron durante el Torneo. ¿Cuánto crees que vas a durar, Potter? Mi apuesta es que diez minutos de la primera prueba.
Harry resopló. Justo lo que él se imaginaba.
Crabbe y Goyle le rieron la gracia a carcajadas, pero Malfoy tuvo que dejarlo ahí porque Hagrid salió de la parte de atrás de la cabaña con una torre bamboleante de cajas, cada una de las cuales contenía un escreguto bastante grande.
—¿Cómo de grandes exactamente? —murmuró Ron con un hilo de voz. Evidentemente su voz seguía modificada, así que Harry y Hermione, los más cercanos a él, tuvieron que girar la cabeza para evitar que la gente los viesen reírse entre dientes.
Para espanto de la clase, Hagrid les explicó que la razón de que los escregutos se hubieran estado matando unos a otros era un exceso de energía contenida, y la solución sería que cada alumno le pusiera una correa a un escreguto y lo sacara a dar una vuelta.
—Eso... es una broma, ¿verdad? —dijo al final Reg después de varios segundos de un silencio absoluto. Hasta el mismo Hagrid, amante de los monstruos, debería darse cuenta de que pedirle a un grupo de adolescentes que sacasen a pasear a unas criaturas mortalmente peligrosas como si fuesen simples perros, era muy mala idea.
Lo único bueno de aquello fue que acaparó toda la atención de Malfoy.
—¿Sacarlo a dar una vuelta? —repitió con desagrado, mirando una de las cajas—. ¿Y dónde le vamos a atar la correa? ¿Alrededor del aguijón, de la cola explosiva o del aparato succionador?
—Estoy con Malfoy. ¿Cómo demonios vais a sacarlos a pasear? —exclamó Will.
—En el medio —dijo Hagrid, mostrándoles cómo—. Eh... tal vez deberíais poneros antes los guantes de piel de dragón, por si acaso.
—Mejor que se pongan un equipo de protección de cuerpo entero —dijo Charlie.
Harry, ven aquí y ayúdame con este grande...
—¿Puedo negarme? —preguntó Harry medio en broma, medio en serio.
—Creo que no —respondió Ginny.
En realidad, la auténtica intención de Hagrid era hablar con Harry lejos del resto de la clase.
—Nos lo habíamos imaginado —dijo James.
Esperó hasta que todo el mundo se hubo alejado con los escregutos, y luego se volvió a Harry y le dijo, muy serio:
—Así que te toca participar, Harry. En el Torneo. Campeón del colegio.
Cedric levantó una ceja. Que él recordase, eran dos los campeones del colegio.
—Uno de los campeones —corrigió Harry.
—Uno de los campeones —lo corrigió Harry.
Debajo de las cejas enmarañadas, los ojos de color negro azabache de Hagrid lo observaron con nerviosismo.
—¿No tienes ni idea de quién pudo hacerlo, Harry?
Harry se sintió agradecido por Hagrid.
—Entonces, ¿tú sí me crees cuando digo que yo no fui? —le preguntó Harry, haciendo un esfuerzo para disimular el sentimiento de gratitud que le habían inspirado las palabras de Hagrid.
—Por supuesto —gruñó Hagrid—. Has dicho que no fuiste tú, y yo te creo. Y también te cree Dumbledore.
—Evidentemente —dijo Dumbledore—. Aunque no niego que mi raya de edad pudiese fallar...
—Cómo si eso fuese posible —bufó McGonagall.
Dumbledore continuó como si no le hubiesen interrumpido.
—... creo que es casi imposible que fallase. Así que la otra posibilidad es que alguien metiese tu nombre en el cáliz a espaldas tuyas, Harry.
—Me gustaría saber quién lo hizo —dijo Harry amargamente.
—No eres el único —dijo Lily.
Los dos miraron hacia la explanada. La clase se hallaba en aquel momento muy dispersa, y todos parecían encontrarse en apuros. Los escregutos median casi un metro y se habían vuelto muy fuertes. Ya no eran blandos y descoloridos, porque les había salido una especie de coraza de color gris brillante. Parecían un cruce entre escorpiones gigantes y cangrejos de río,
—Cada vez tengo menos ganas de verlos —comentó Hermione mientras soltaba una risita nerviosa.
pero seguían sin tener nada que pudiera identificarse como cabeza u ojos. Se habían vuelto vigorosos y difíciles de dominar.
—Parece que lo pasan bien, ¿no? —comentó Hagrid contento.
—Imagino que se referirá a los escregutos —dijo Jake.
Harry dio por sentado que se refería a los escregutos, porque sus compañeros de clase, decididamente, no lo estaban pasando nada bien: de vez en cuando estallaba la cola de uno de los escregutos, que salía disparado a varios metros de distancia, y más de un alumno acababa arrastrado por el suelo, boca abajo, e intentaba desesperadamente ponerse en pie.
Los que tomaban clase de Criaturas Mágicas de cuarto curso se encontraban bastante pálidos. Desde luego no querían vivir esas experiencias.
—Ah, Harry, no sé... —dijo Hagrid de pronto con un suspiro, mirándolo otra vez con preocupación—. Campeón del colegio...
—Uno de los campeones —repitió Harry.
Parece que todo te pasa a ti, ¿verdad?
Harry bufó. Eso era quedarse corto.
Harry no respondió. Sí, parecía que todo le pasaba a él. Eso era más o menos lo que le había dicho Hermione paseando por el lago, y ése, según ella, era el motivo de que Ron le hubiera retirado la palabra.
Los días siguientes se contaron entre los peores que Harry pasó en Hogwarts.
Harry cerró los ojos. Para él los peores días que había vivido en Hogwarts habían ocurrido en segundo curso, cuando muchos creían que él era el Heredero de Slytherin. Desde luego no quería revivir de nuevo esos días.
Lo más parecido que había experimentado habían sido aquellos meses, cuando estaba en segundo, en que una gran parte del colegio sospechaba que era él el que atacaba a sus compañeros, pero en aquella ocasión Ron había estado de su parte. Le parecía que podría haber soportado la actitud del resto del colegio si hubiera vuelto a contar con la amistad de Ron, pero no iba a intentar convencerlo de que se volvieran a hablar si él no quería hacerlo. Sin embargo, se sentía solo y no recibía más que desprecio de todas partes.
Era capaz de entender la actitud de los de Hufflepuff, aunque no le hiciera ninguna gracia, porque ellos tenían un campeón propio al que apoyar. Tampoco esperaba otra cosa que insultos por parte de los de Slytherin (les caía muy mal, y siempre había sido así, porque él había contribuido muy a menudo a la victoria de Gryffindor frente a ellos, tanto en quidditch como en la Copa de las Casas). Pero había esperado que los de Ravenclaw encontraran tantos motivos para apoyarlo a él como a Cedric. Y se había equivocado: la mayor parte de los de Ravenclaw parecía pensar que él se desesperaba por conseguir un poco más de fama y que por eso había engañado al cáliz de fuego para que aceptara su nombre.
—Cómo ya he dicho, la envidia puede ser muy mala —dijo Frank.
Además estaba el hecho de que Cedric quedaba mucho mejor que él como campeón. Era extraordinariamente guapo, con la nariz recta, el pelo moreno y los ojos grises, y aquellos días no se sabía quién era más admirado, si él o Viktor Krum. Harry llegó a ver un día a la hora de la comida que las mismas chicas de sexto que tanto interés habían mostrado en conseguir el autógrafo de Viktor Krum le pedían a Cedric que les firmara en las mochilas.
—Empiezan con las mochilas y acaban pidiéndote que les firmes en sitios muy raros —dijo Viktor.
—¿Cómo cuales? —preguntó Bill con curiosidad.
—Prefiero no hablar del tema —respondió Krum con el rostro pálido.
Mientras tanto, Sirius no contestaba, Hedwig no lo dejaba acercarse, la profesora Trelawney le predecía la muerte incluso con más convicción de la habitual, y en la clase del profesor Flitwick le fue tan mal con los encantamientos convocadores que le mandó más deberes
Harry se frotó las sienes con las manos.
(y fue el único al que se los mandó, aparte de Neville).
—Bueno, que a mí me manden deberes no es ninguna novedad —dijo Neville.
—De verdad que no es tan difícil, Harry —le decía Hermione para animarlo, al salir dela clase. Ella había logrado que los objetos fueran zumbando a su encuentro desde cualquier parte del aula, como si tuviera algún tipo de extraño imán que atraía borradores, papeleras y lunascopios—. Lo que pasa es que no te concentrabas.
—No veo el motivo por el cuál no iba a concentrarme —dijo Harry con cierto sarcasmo.
—¿Por qué sería? —contestó Harry con amargura. En ese momento pasó Cedric rodeado de un numeroso grupo de tontitas, todas las cuales miraron a Harry como si fuera un escreguto de cola explosiva especialmente crecido
—De verdad que no lo veo.
—. Pero no importa. Me muero de ganas de que llegue la clase doble de Pociones que tenemos esta tarde...
—Oh, no —gimió Harry.
Sí las clases de Pociones, por si solas, ya eran especialmente malas, ni siquiera quería pensar como serían ahora que estaba todo el lío sobre ser campeón.
La clase doble de Pociones constituía siempre una mala experiencia, pero aquellos días era una verdadera tortura. Estar encerrado en una mazmorra durante hora y media con Snape y los de Slytherin, dispuestos a mortificar a Harry todo lo posible por haberse atrevido a ser campeón del colegio, era una de las cosas más desagradables que Harry pudiera imaginar.
Harry apretó el libro que tenía entre sus manos, antes de obligarse a cerrar los ojos y suspirar. No pasaba nada. Solamente eran Snape y los de Slytherin haciéndole la vida imposible. Nada más. Lo de siempre.
Así había sido el viernes anterior, en el que Hermione, sentada a su lado, se pasó la clase repitiéndole en voz baja: «No les hagas caso, no les hagas caso»;
—Hazle caso —dijo Lily, quién no se veía especialmente contenta.
y no tenía motivos para pensar que la lección de aquella tarde fuera a ser más llevadera.
Cuando, después de comer, él y Hermione llegaron a la puerta de la mazmorra de Snape, se encontraron a los de Slytherin que esperaban fuera, cada uno con una insignia bien grande en la pechera de la túnica. Por un momento, Harry tuvo la absurda idea de que eran insignias de la P.E.D.D.O.
—¿Eh?
—Bueno, ya sé que dije que no me importaba unirme a esa organización, pero ni de broma me veo yendo a todas partes con una insignia que ponga "Pedo" —dijo Daphne.
—Es P.E.D.D.O —corrigió Hermione.
Ni siquiera la ha formado y ya esta corrigiendo el nombre a la gente pensaron Harry y Ron.
Luego vio que todas mostraban el mismo mensaje en caracteres luminosos rojos, que brillaban en el corredor subterráneo apenas iluminado:
Apoya a CEDRIC DIGGORY: ¡el AUTÉNTICO campeón de Hogwarts!
—Me gusta que hayan puesto auténtico en mayúsculas —comentó Harry—. Seguramente lo habrán hecho porque habrá gente que no pille el mensaje.
—¿Te gustan, Potter? —preguntó Malfoy en voz muy alta, cuando Harry se aproximó—. Y eso no es todo, ¡mira!
Apretó la insignia contra el pecho, y el mensaje desapareció para ser reemplazado por otro que emitía un resplandor verde:
POTTER APESTA
Harry levantó una ceja. No sabía si era porque lo estaba viendo desde una perspectiva externa o que, pero eso no le molestaba para nada.
—Sinceramente, si eso es lo mejor que se le ha ocurrido a Malfoy, me ha decepcionado bastante —dijo Harry—. Pero más importante... ¿por qué han usado el color verde para remarcar la parte mala? Cualquiera pensaría que están tratando de que la gente asocie el color verde con lo malo, que es el color de Slytherin, ¿no?
—O puede que en verdad te apoyen, pero tengan demasiada vergüenza de reconocerlo —añadió Will.
—Si eso fuese así, sería muy divertido.
Los de Slytherin berrearon de risa. Todos apretaron su insignia hasta que el mensaje POTTER APESTA brilló intensa mente por todos lados. Harry notó que se ponía rojo de furia.
—¡Ah, muy divertido! —le dijo Hermione a Pansy Parkinson y su grupo de chicas de Slytherin, que se reían más fuerte que nadie
Varios miraron a Daphne, como esperando una explicación.
—¿Qué? —soltó Daphne—. Ni Potter ni yo somos amigos ahí, por si alguien no lo recuerda (aunque tampoco puedo decir que seamos exactamente amigos aquí). Además, no puedo asegurar que me este riendo por lo ocurrido en el libro o porque mi amiga Tracey me haya susurrado algo que me haya hecho reír.
—¿Y las insignias? —señaló Tonks.
—No sé porque la llevo. Seguramente sea para que Malfoy no me dé la brasa más tarde —respondió la chica rubia—. Como ya he dicho, no es que Potter ni yo seamos exactamente amigos.
—. Derrocháis ingenio.
Ron estaba apoyado contra el muro con Dean y Seamus. No se rió, pero tampoco defendió a Harry.
—¿Quieres una, Granger? —le dijo Malfoy, ofreciéndosela—.
—¿Y yo para qué iba a quererla? —soltó Hermione.
Tengo montones. Pero con la condición de que no me toques la mano. Me la acabo de lavar y no quiero que una sangre sucia me la manche.
Hermione resopló.
—¿Acaso Malfoy no tiene más repertorio de insultos o qué?
La ira que Harry había acumulado durante días y días pareció a punto de reventar un dique en su pecho. Antes de que se diera cuenta de lo que hacía había cogido la varita mágica.
—¡Eso es! —gritó James.
—¡Dale una lección! —añadió Sirius.
Todos los que estaban alrededor se apartaron y retrocedieron hacia el corredor.
—¡Harry! —le advirtió Hermione.
—Vamos, Potter —lo desafió Malfoy con tranquilidad, también sacando su varita—. Ahora no tienes a Moody para que te proteja. A ver si tienes lo que hay que tener...
—Tiene mucha gracia que sea justamente Malfoy quien me lo diga —dijo Harry.
Se miraron a los ojos durante una fracción de segundo, y luego, exactamente al mismo tiempo, ambos atacaron:
—¡Furnunculus! —gritó Harry.
—¡Densaugeo! —gritó Malfoy.
—Uf... ambas son maldiciones desagradables —dijo Fred con una mueca.
De las varitas salieron unos chorros de luz, que chocaron en el aire y rebotaron en ángulo.
—Pues ya es casualidad —dijo Regulus.
El conjuro de Harry le dio a Goyle en la cara, y el de Malfoy a Hermione.
Casi al instante Hermione se llevó las manos a la boca. Sabía los efectos de la maldición que Malfoy había empleado y estaba segura de que no iban a ser agradables, sobre todo para su yo del libro.
Goyle chilló y se llevó las manos a la nariz, donde le brotaban en aquel momento unos forúnculos grandes y feos.
Algunos hicieron una mueca. No sonaba nada agradable.
Hermione se tapaba la boca con gemidos de pavor.
—¡Hermione! —Ron se acercó a ella apresuradamente, para ver qué le pasaba.
Harry se volvió y vio a Ron que le retiraba a Hermione la mano de la cara.
No fue una visión agradable. Los dos incisivos superiores de Hermione, que ya de por si eran más grandes de lo normal, crecían a una velocidad alarmante.
Hermione se pasó la lengua por los dientes, como si esperase que en cualquier momento estos empezasen a crecer de repente.
Se parecía más y más a un castor conforme los dientes alargados pasaban el labio inferior hacia la barbilla. Los notó allí, horrorizada, y lanzó un grito de terror.
—Suerte que mis padres no están aquí. No les gusta nada que la magia y los dientes se relacionen —dijo Hermione con una pequeña risita.
—¿A qué viene todo este ruido? —dijo una voz baja y apagada. Acababa de llegar Snape.
—El que faltaba —gruñó James. Seguro que su hijo terminaba castigado y Malfoy se libraría de dicho castigo.
Los de Slytherin se explicaban a gritos. Snape apuntó a Malfoy con un largo dedo amarillo y le dijo:
—Explícalo tú.
—Seguro que se retrata como la principal victima —bufó Sirius.
—Potter me atacó, señor...
—¡Nos atacamos el uno al otro al mismo tiempo! —gritó Harry.
—Ni te molestes. No te va ha hacer ni caso —dijo Bill.
—... y le dio a Goyle. Mire...
Snape examinó a Goyle, cuya cara no hubiera estado fuera de lugar en un libro de setas venenosas.
—Personalmente creo que le has hecho un favor —dijo Neville.
—Ve a la enfermería, Goyle —indicó Snape con calma.
—¡Malfoy le dio a Hermione! —dijo Ron—. ¡Mire!
Obligó a Hermione a que le enseñara los dientes a Snape, porque ella hacía todo lo posible para taparlos con las manos, cosa bastante difícil dado que ya le pasaban del cuello de la camisa.
—¿Hasta que tamaño pueden crecer los dientes? —preguntó Luna.
—Indefinidamente, ya que solamente se anula cuando alguien lanza el contra-malefició —respondió Remus—. Aunque cuanto más tiempo pasa, más despacio crecen.
Pansy Parkinson y las otras chicas de Slytherin se reían en silencio con grandes aspavientos, y señalaban a Hermione desde detrás de la espalda de Snape.
Ron le echó una mirada furiosa a Daphne, quién simplemente se limitó a rodar los ojos.
—Ni siquiera estabas ahí, Weasley. Así que no puedes saber lo que estoy haciendo.
—El libro lo pone bien claro —replicó Ron con una voz que era una mezcla de la suya normal y la modificada. Al parecer el efecto que los gemelos le habían puesto en la voz se estaba empezando a pasar.
—El libro esta desde la perspectiva de Potter y ya he visto que él tiende a pensar que las acciones de Malfoy son el fiel reflejo de todos y cada uno de nosotros —señaló Daphne—. Aunque, dado que es el futuro, no puedo negar el hecho de que a lo mejor me este riendo de Granger.
—Entonces...
—Entonces nada. No podemos saber quién de los dos tiene razón.
Snape miró a Hermione fríamente y luego dijo:
—Uf, se acabó. Voy a matar a Snape —dijo Harry con los ojos entrecerrados al leer la siguiente frase.
—¿Qué...? —Ron y Ginny, cada uno al lado de Harry, se asomaron y leyeron la siguiente línea. El rostro de ambos se ensombreció.
—Te acompaño.
—Ese tipo se va a enterar.
—Aunque apoyo, y bastante, el hecho de que los estudiantes hagan cosas juntos, me temo que el asesinato de un profesor no entra en la categoría —dijo Dumbledore—. Sea lo que sea que Severus haya dicho, seguro que no es para tanto.
—¿Ah, no? Pues escuche —gruñó Harry.
—No veo ninguna diferencia.
Durante unos pocos segundos la sala se quedó en silencio. Después empezó el ruido.
Algunos habían empezado a proferir insultos a Snape. Otros se limitaban a sacudir la cabeza de lado a lado, sin acabar de creerse las palabras del profesor. Y otros pocos se mostraban bastante decepcionados con la actitud de Snape.
—Albus...
—Luego, Minerva.
—De luego nada —replicó McGonagall—. La actitud de este hombre...
—Por favor, Minerva, hablamos luego. Se esta haciendo tarde y ya llevamos bastante tiempo leyendo —dijo Dumbledore—. Te prometo que después hablaremos de la actitud de Severus y las consecuencias que tendrá. Pero ahora sigamos con la lectura.
McGonagall simplemente se quedó mirando a Dumbledore, antes de asentir secamente.
—Ya, chicos, estoy bien —decía mientras tanto Hermione a las palabras de consuelo de sus amigos—. En serio, no me importa lo que el profesor Snape opine sobre mí, la verdad. —Pero, aunque decía eso, se notaba por su voz que estaba bastante dolida—. De verdad, que me da igual. Harry, sigue leyendo anda.
Hermione profirió un gemido y se le empañaron los ojos. Dando media vuelta, echó a correr por el corredor hasta perderse de vista.
—Hermione...
—¡Ron, de verdad que estoy bien! —exclamó Hermione—. Imagino que en el libro me habrá afectado más que aquí, porque allí he recibido el maleficio y todo eso, mientras que aquí no.
Tal vez fue una suerte que Harry y Ron empezaran a gritar a Snape a la vez, y también que sus voces retumbaran en el corredor de piedra, porque con el alboroto le fue imposible entender lo que le decían exactamente. Pero captó la esencia.
—Os diría algo. Pero con lo ocurrido, esta vez os lo paso —dijo Molly a los dos adolescentes.
—Muy bien —declaró con su voz más suave—. Cincuenta puntos menos para Gryffindor, y Weasley y Potter se quedarán castigados.
—Potter, Weasley, si esto sucede en el futuro, ya me encargaré yo de devolverles los puntos y retirar el castigo —dijo McGonagall con seriedad.
—¡Bien dicho, Minnie! —exclamó James.
—¡Esa es nuestra profesora favorita! —gritó Sirius.
—Pero, dado que el señor Potter se ha batido en duelo con el señor Malfoy en mitad de los pasillos, algunos puntos le tendrán que ser sustraídos. Y, tanto él como el señor Malfoy, tendrán que presentarse a un castigo.
—¡Muy mal, Minnie!
—¡Ya no eres nuestra profesora favorita!
Ahora entrad, o tendréis que que daros castigados una semana entera.
A Harry le zumbaban los oídos. Era tal la injusticia cometida por Snape que sentía el impulso de cortarlo en mil pedazos.
—Desde luego —asintió George.
Pasó por delante de él, se dirigió con Ron hacia la parte de atrás de la mazmorra y arrojó violentamente la mochila en el pupitre. También Ron temblaba de cólera, y por un momento Harry creyó que todo iba a volver a ser entre ellos como antes.
Desde luego varios así lo esperaban en la sala, sobre todo Ron.
Pero entonces Ron se fue a sentar con Dean y Seamus, dejándolo solo en el pupitre.
Pues no, al parecer no pensó Ron con cierta rabia. ¡¿Por qué su yo del libro seguía siendo tan obstinado?!
Al otro lado de la mazmorra, Malfoy le dio la espalda a Snape y apretó la insignia, sonriendo de satisfacción. La inscripción POTTER APESTA brilló en el aula.
—Y, evidentemente, Snape lo habrá visto y no habría hecho nada —dijo Charlie con los ojos entrecerrados.
La clase dio comienzo, y Harry clavó los ojos en Snape mientras imaginaba que le sucedían cosas horribles. Si hubiera sabido cómo hacer la maldición cruciatus... Snape se habría caído de espaldas al suelo y allí se habría quedado, sacudiéndose y retorciéndose como aquella araña...
—No —dijo Neville con bastante seriedad—. Por muy imbécil que sea Snape, no se merece eso —añadió con los puños apretados.
—¡Antídotos! —dijo Snape, mirándolos a todos con sus fríos ojos negros de brillo desagradable—. Ahora debéis preparar vuestras recetas. Quiero que las elaboréis con mucho cuidado, y luego elegiremos a alguien en quien probarlas...
Los ojos de Snape se posaron en Harry, y éste comprendió lo que se avecinaba: Snape iba a envenenarlo.
—Que lo intente —gruñó James.
Harry se imaginó cogiendo el caldero, corriendo hasta el frente de la clase y volcándolo encima del grasiento pelo de Snape.
Varios dejaron escapar una carcajada al imaginarse dicha escena. De alguna forma esperaban que Harry lo hiciese en los libros, pero el castigo que se llevaría sería terrible.
Pero entonces llamaron a la puerta de la mazmorra, y Harry despertó de sus ensoñaciones.
—¿Eh? ¿Quién será? —preguntó Alice.
Era Colin Creevey.
—¿Él? ¿Qué hace ahí? —preguntó Charlie, confuso.
Entró en el aula, sonrió a Harry y fue hacia la mesa de Snape.
—¿Sí? —preguntó éste escuetamente.
—Disculpe, señor. Tengo que llevar a Harry Potter arriba.
—Será algo relacionado con el torneo, ¿no? —trató de adivinar Cedric.
—Efectivamente, señor Diggory —asintió Dumbledore. El título del capítulo le daba una idea de lo que podría ocurrir.
Snape apuntó su ganchuda nariz hacia Colin y clavó los ojos en él. La sonrisa de Colin desapareció.
—A Potter le queda otra hora de Pociones —contestó Snape con frialdad—. Subirá cuando la clase haya acabado.
—Si le han pedido al joven Creevey que vaya a buscarlo, es porque quieren que vaya en ese momento —dijo Sally—. Si Snape le impide ir, lo único que conseguirá es que él quede fatal ante los demás por impedirlo.
Colin se ruborizó.
—Señor..., el señor Bagman quiere que vaya
—Bueno, si le dice que es uno de los organizadores del torneo él que le ha pedido que vaya, imagino que Snape ya no tendrá motivos para rechazar la petición —dijo Remus.
—dijo muy nervioso—. Tienen que ir todos los campeones. Creo que les quieren hacer unas fotos...
Harry suspiró. ¿Por qué Colin tenía que decir justo aquello?
Harry hubiera dado cualquier cosa por que Colin no hubiera dicho las últimas palabras. Se arriesgó a echar una ojeada a Ron, pero éste no quitaba la vista del techo.
—Muy bien, muy bien —replicó Snape con brusquedad—. Potter, deje aquí sus cosas. Quiero que vuelva luego para probar el antídoto.
—¿Por qué no te envenenas tu mismo y dejas a mi hijo en paz? —espetó James.
—Disculpe, señor. Tiene que llevarse sus cosas
—Es decir que nada de venenos —dijo Bill, triunfal.
—Y eso quiere decir que otro estudiante será envenenado —señaló Percy.
—dijo Colin—. Todos los campeones...
—¡Muy bien! —lo cortó Snape—. ¡Potter, coja su mochila y salga de mi vista!
Harry se echó la bolsa al hombro, se levantó y se dirigió a la puerta. Al pasar por entre los pupitres de los de Slytherin, vio la inscripción POTTER APESTA brillando por todos lados.
A pesar de que al principio no encontraba molesta esa estúpida insignia, ahora Harry le estaba empezando a coger algo de tirria.
—Es alucinante, ¿no, Harry? —comentó Colin en cuanto Harry cerró tras él la puerta de la mazmorra—. ¿No te parece? ¿Tú, campeón?
—Yo no diría eso, Colin —dijo Ginny con una mueca.
—Sí, realmente alucinante —repuso Harry con pesadumbre, encaminándose hacia la escalinata del vestíbulo—. ¿Para qué quieren las fotos, Colin?
—¡Creo que para El Profeta!
—Cómo no —suspiró Harry.
—Genial —dijo Harry con tristeza —. Justo lo que necesito. Más publicidad.
—¡Buena suerte! —le deseó Colin cuando llegaron.
Desde luego la voy a necesitar pensó Harry.
Harry llamó a la puerta y entró.
Era un aula bastante pequeña. Habían retirado hacia el fondo la mayoría de los pupitres para dejar un amplio espacio en el medio, pero habían juntado tres de ellos delante de la pizarra, y los habían cubierto con terciopelo. Detrás de los pupitres habían colocado cinco sillas, y Ludo Bagman se hallaba sentado en una de ellas hablando con una bruja a quien Harry no conocía, que llevaba una túnica de color fucsia.
—Creo que tengo una ligera idea de quién podría ser y, desde luego, espero equivocarme —dijo Arthur.
Como de costumbre, Viktor Krum estaba de pie en un rincón, sin hablar con nadie. Cedric y Fleur conversaban. Fleur parecía mucho más contenta de lo que la había visto Harry hasta el momento, y repetía su habitual gesto de sacudir la cabeza para que la luz arrancara reflejos a su largo pelo plateado.
Fleur levantó una ceja. Al parecer estaba tratando de coquetear con Cedric. Aunque esas acciones podrían atraer a gente no deseada.
Un hombre barrigudo con una enorme cámara de fotos negra que echaba un poco de humo observaba a Fleur por el rabillo del ojo.
Cómo esa.
Bagman vio de pronto a Harry, se levantó rápidamente y avanzó como a saltos.
—¡Ah, aquí está! ¡El campeón número cuatro! Entra, Harry, entra... No hay de qué preocuparse: no es más que la ceremonia de comprobación de la varita.
—Deberíamos haber imaginado que se trataría de eso —asintió Lily.
Los demás miembros del tribunal llegarán enseguida...
—¿Comprobación de la varita? —repitió Harry nervioso.
—Básicamente se comprobaran vuestras varitas mágicas para asegurarse de que no haya ningún problema de cara a las pruebas —explicó Dumbledore.
—Tenemos que comprobar que vuestras varitas se hallan en perfectas condiciones, que no dan ningún problema. Como sabes, son las herramientas más importantes con que vais a contar en las pruebas que tenéis por delante —explicó Bagman—. El experto está arriba en estos momentos, con Dumbledore. Luego habrá una pequeña sesión fotográfica. Esta es Rita Skeeter
—Sí. Era ella —suspiró Arthur.
—añadió, señalando con un gesto a la bruja de la túnica de color fucsia—. Va a escribir para El Profeta un pequeño artículo sobre el Torneo.
—A lo mejor no tan pequeño, Ludo —apuntó Rita Skeeter mirando a Harry.
—Sí, va a ser pequeño y apenas va ha hablar sobre mí —gruñó Harry.
Tenía peinado el cabello en unos rizos muy elaborados y curiosamente rígidos que ofrecían un extraño contraste con su rostro de fuertes mandíbulas; llevaba unas gafas adornadas con piedras preciosas, y los gruesos dedos —que agarraban un bolso de piel de cocodrilo— terminaban en unas uñas de varios centímetros de longitud, pintadas de carmesí.
—Ya por la descripción me doy cuenta de que no va a ser nada agradable tratar con ella —dijo Will.
—Me pregunto si podría hablar un ratito con Harry antes de que empiece la ceremonia
—No —dijo Harry rápidamente.
—le dijo a Bagman sin apartar los ojos de Harry—. El más joven de los campeones, ya sabes... Por darle un poco de gracia a la cosa.
—Cómo si la cosa no tuviese ya su gracia —bufó Emily.
—¡Por supuesto! —aceptó Bagman—. Es decir, si Harry no tiene inconveniente...
—Eh... —vaciló Harry.
—Divinamente —exclamó Rita Skeeter.
—Ni siquiera ha aceptado —replicó Jake.
—Como si a los periodistas le interesaran esas cosas —dijo Viktor.
Sin perder un instante, sus dedos como garras cogieron a Harry por el brazo con sorprendente fuerza, lo volvieron a sacar del aula y abrieron una puerta cercana.
—Es mejor no quedarse ahí con todo ese ruido —explicó—. Veamos... ¡Ah, sí, este sitio es bonito y acogedor!
Era el armario de la limpieza.
—No suena especialmente acogedor —dijo Regulus con una mueca.
Harry la miró.
—Entra, cielo, está muy bien. Divinamente
—Creo que necesita revisar la palabra "divinamente" —señaló Tonks.
—repitió Rita Skeeter sentándose a duras penas en un cubo vuelto boca abajo. Empujó a Harry para que se sentara sobre una caja de cartón y cerró la puerta, con lo que quedaron a oscuras
—Normalmente estaría orgulloso que mi hijo estuviese a solas con una mujer en un armario de la limpieza. Pero en esta ocasión no lo estoy —dijo James.
—. Veamos...
Abrió el bolso de piel de cocodrilo y sacó unas cuantas velas que encendió con un toque de la varita, y por arte de magia las dejó colgando en medio del aire para que iluminaran el armario.
—¿No te importa que use una pluma a vuelapluma, Harry? Me dejará más libre para hablar...
—¿Una qué? —preguntó Harry.
—Una pluma especial que esta encantada para escribir lo que el dueño quiera —explicó Lily.
Rita Skeeter sonrió más pronunciadamente, y Harry contó tres dientes de oro.
—¿De verdad? Creo que yo solamente vi dos —dijo Dumbledore de forma pensativa.
Volvió a coger el bolso de piel de cocodrilo y sacó de él una pluma de color verde amarillento y un rollo de pergamino que extendió entre ellos, sobre una caja de Quitamanchas mágico multiusos de la señora Skower. Se metió en la boca el plumín de la pluma verde amarillenta, la chupó por un momento con aparente fruición y luego la puso sobre el pergamino, donde se quedó balanceándose sobre la punta, temblando ligeramente.
—Probando: mi nombre es Rita Skeeter, periodista de El Profeta.
Harry bajó de inmediato la vista a la pluma. En cuanto Rita Skeeter empezó a hablar, la pluma se puso a escribir, deslizándose por la superficie del pergamino:
La atractiva rubia Rita Skeeter,
—Vaya, eso es vanidad —dijo Sally.
—Ya dije que la pluma escribe lo que el dueño quiera —señaló Lily.
de cuarenta y tres años, cuya despiadada pluma ha pinchado tantas reputaciones demasiado infladas...
—Pues algo me dice que la suya debe de ser una de las más infladas —dijo Ginny.
—Divinamente —dijo Rita Skeeter una vez más.
Rasgó la parte superior del pergamino, la estrujó y se la metió en el bolso. Entonces se inclinó hacia Harry.
—Bien, Harry, ¿qué te decidió a entrar en el Torneo?
—Eh... —volvió a vacilar Harry, pero la pluma lo distraía. Aunque él no hablara, se deslizaba por el pergamino a toda velocidad,
—Da igual lo que digas. La pluma escribirá lo que Skeeter quiera —dijo Bill.
y en su recorrido Harry pudo distinguir una nueva frase:
Una terrible cicatriz, recuerdo del trágico pasado, desfigura el rostro por lo demás muy agradable de Harry Potter,
—¡Eh! Mi cicatriz solo ocupa una parte de mi frente. Y, desde luego, no me desfigura nada.
—Bueno, no sé que decirte, joven Potter —dijo Fred, mirando seriamente a Harry.
—Esa cicatriz te ha dejado un extraño bulto entre los ojos y la boca —añadió George.
—Dejad mi nariz en paz.
cuyos ojos...
—No mires a la pluma, Harry —le dijo con firmeza Rita Skeeter. De mala gana, Harry la miró a ella—. Bien, ¿qué te decidió a participar en el Torneo?
—Yo no decidí participar —repuso Harry—. No sé cómo llegó mi nombre al cáliz de fuego. Yo no lo puse.
—Seguro que te cree —bufó Holly con sarcasmo.
—Y aunque le crea, seguramente que seguiría escribiendo que fue decisión suya entrar —dijo Eli.
Rita Skeeter alzó una ceja muy perfilada.
—Vamos, Harry, no tengas miedo de verte metido en problemas.
Harry resopló. ¿Él con miedo de meterse en problemas? ¡Pero si casi no hacía nada más que eso! Lo cual no era muy alentador.
Ya sabemos todos que tú no deberías participar. Pero no te preocupes por eso: a nuestros lectores les gustan los rebeldes.
—O más bien atraen más la atención —dijo Percy.
—Pero es que no fui yo —repitió Harry—. No sé quién...
—¿Qué te parecen las pruebas que tienes por delante? —lo interrumpió Rita Skeeter
—Ya sé que no he estudiado periodismo ni nada... Pero, ¿no sé supone que el entrevistador debe dejar que el entrevistado pueda responder? —preguntó Charlie.
—Estoy muy seguro de que así es.
—. ¿Estás emocionado? ¿Nervioso?
—No he pensado realmente... Sí, supongo que estoy nervioso —reconoció Harry. La verdad es que mientras hablaba se le revolvían las tripas.
—En el pasado murieron algunos de los campeones, ¿no? —dijo Rita Skeeter—. ¿Has pensado en eso?
—Bueno, dicen que este año habrá mucha más seguridad —contestó Harry.
—Toda la seguridad que podría haber —afirmó Dumbledore.
Aunque al final si que habían acabado habiendo muertos pensó Alan.
Entre ellos, la pluma recorría el pergamino a tal velocidad que parecía que estuviera patinando.
—Ni siquiera quiero saber que esta escribiendo —suspiró Bill.
—Desde luego, tú te has enfrentado en otras ocasiones a la muerte, ¿no? —prosiguió Rita Skeeter, mirándolo atentamente—. ¿Cómo dirías que te ha afectado?
—Eh...
—¿Piensas que el trauma de tu pasado
¿Pero qué trauma? ¿De que habla esta tía loca?
puede haberte empujado a probarte a ti mismo, a intentar estar a la altura de tu nombre? ¿Crees que tal vez te sentiste tentado de presentarte al Torneo de los tres magos porque...?
—Yo no me presenté —la cortó Harry, empezando a enfadarse.
—Cómo si eso le importase.
—¿Recuerdas algo de tus padres?
—No.
—¿Cómo crees que se sentirían ellos si supieran que vas a competir en el Torneo de los tres magos? ¿Orgullosos?, ¿preocupados?, ¿enfadados?
—Pues seguramente como nos sentimos ahora. Una mezcla entre orgullosos y preocupados —respondió Lily mientras James asentía.
Harry estaba ya realmente enojado. ¿Cómo demonios iba a saber lo que sentirían sus padres si estuvieran vivos? Podía notar la atenta mirada de Rita el entrecejo, evitó sus ojos y miró las palabras que acababa de escribir la pluma.
Las lágrimas empañan sus ojos, de un verde intenso, cuando nuestra conversación aborda el tema de sus padres, a los que él a duras penas puede recordar.
—¡¿Qué?! —exclamó Harry.
—Supongo que quería añadirle drama al asunto —dijo Will.
—¡Yo no tengo lágrimas en los ojos! —dijo casi gritando.
Antes de que Rita pudiera responder una palabra, la puerta del armario de la limpieza volvió a abrirse. Harry miró hacia fuera, parpadeando ante la brillante luz. Albus Dumbledore estaba ante ellos, observándolos a ambos, allí, apretujados en el armario.
—Suerte que los has encontrado, profesor —dijo Lily.
—Imagino que habré escuchado los gritos de Harry —respondió Dumbledore con una sonrisa, sonrojando al muchacho.
—¡Dumbledore! —exclamó Rita Skeeter, aparentemente encantada.
—Me gusta ese aparentemente —dijo Cedric.
—Dudo que la señorita Skeeter este muy encantada de verme. Sobre todo después de su último articulo dónde me mencionaba —dijo Dumbledore.
Pero Harry se dio cuenta de que la pluma y el pergamino habían desaparecido de repente de la caja de quitamanchas mágico, y los dedos como garras de Rita se apresuraban a cerrar el bolso de piel de cocodrilo.
—¿Cómo estás? —saludó ella, levantándose y tendiéndole a Dumbledore una mano grande y varonil—. Supongo que verías mi artículo del verano sobre el Congreso de la Confederación Internacional de Magos, ¿no?
—Francamente repugnante
—Coincido completamente en ello.
—contestó Dumbledore, echando chispas por los ojos—. Disfruté en especial la descripción que hiciste de mi como un imbécil obsoleto.
—Fue mi parte favorita. Hasta me guardé el recorte —dijo Dumbledore.
Rita Skeeter no pareció avergonzarse lo más mínimo.
—Sólo me refería a que algunas de tus ideas son un poco anticuadas, Dumbledore, y que muchos magos de la calle...
—Me encantaría oír los razonamientos que justifican tus modales, Rita —la interrumpió Dumbledore, con una cortés inclinación y una sonrisa—, pero me temo que tendremos que dejarlo para más tarde.
—Preferiblemente que el más tarde sea nunca —añadió el director.
Está a punto de empezar la comprobación de las varitas, y no puede tener lugar si uno de los campeones está escondido en un armario de la limpieza.
Muy contento de librarse de Rita Skeeter,
Los que había lidiado con esa mujer, comprendían los sentimientos de Harry.
Harry se apresuró a volver al aula. Los otros campeones ya estaban sentados en sillas cerca de la puerta, y él se sentó rápidamente al lado de Cedric y observó la mesa cubierta de terciopelo, donde ya se encontraban reunidos cuatro de los cinco miembros del tribunal: el profesor Karkarov, Madame Maxime, el señor Crouch y Ludo Bagman. Rita Skeeter tomó asiento en un rincón. Harry vio que volvía a sacar el pergamino del bolso, lo extendía sobre la rodilla, chupaba la punta de la pluma a vuelapluma y la depositaba sobre el pergamino.
—Me pregunto que podría llegar a sacar Rita Skeeter de una comprobación de varitas —dijo Will de forma pensativa.
—Conociéndola, cualquier cosa —respondió Bill.
—Permitidme que os presente al señor Ollivander
—¿El señor Ollivander? —se extrañaron varios.
—Es el mejor fabricantes de varitas mágicas del país. No es raro que este ahí —señaló Percy.
—dijo Dumbledore, ocupando su sitio en la mesa del tribunal y dirigiéndose a los campeones—. Se encargará de comprobar vuestras varitas para asegurarse de que se hallan en buenas condiciones antes del Torneo.
Harry miró hacia donde señalaba Dumbledore, y dio un respingo de sorpresa al ver al anciano mago de grandes ojos claros que aguardaba en silencio al lado de la venta na. Ya conocía al señor Ollivander. Se trataba de un fabricante de varitas mágicas al que hacía más de tres años, en el callejón Diagon, le había comprado la varita que aún poseía.
Harry tenía que reconocer que su visita a la tienda de ese hombre, hacía más de tres años, había sido bastante peculiar.
—Mademoiselle Delacour, ¿le importaría a usted venir en primer lugar? —dijo el señor Ollivander, avanzando hacia el espacio vacío que había en medio del aula.
Fleur Delacour fue a su encuentro y le entregó su varita.
Como si fuera una batuta, el anciano mago la hizo girar entre sus largos dedos, y de ella brotaron unas chispas de color oro y rosa. Luego se la acercó a los ojos y la examinó detenidamente.
—Sí —murmuró—, veinticinco centímetros... rígida... palisandro...
Fleur asintió, demostrando que el señor Ollivander había acertado en los datos acerca de su varita.
y contiene... ¡Dios mío!...
—Un pelo de la cabeza de una veela —dijo Fleur—, una de mis abuelas.
—No sabía que se podían usar pelos de veela como núcleos para varita —dijo Percy con interés.
Fleur se encogió de hombros.
—No creo que sea lo más común, pero al menos en mi familia es así. Quiero decir, la varita de mi madre también contiene un pelo de veela —explicó Fleur—. Y sé que mi hermana, cuando tenga la edad suficiente, también tendrá una varita con el mismo núcleo.
—Imagino que, al estar emparentadas por la sangre, es más fácil que se pueda usar un pelo de veela como núcleo —murmuró Hermione.
De forma que Fleur tenía realmente algo de veela, se dijo Harry, pensando que debía contárselo a Ron... Luego recordó que no se hablaba con él.
—Puedes decírmelo en cuanto nos reconciliemos —dijo Ron con una pequeña mueca.
—Hecho.
—Sí —confirmó el señor Ollivander —, sí. Nunca he usado pelo de veela. Me parece que da como resultado unas varitas muy temperamentales. Pero a cada uno la suya, y si ésta le viene bien a usted...
—Bastante bien —afirmó Fleur.
Pasó los dedos por la varita, según parecía en busca de golpes o arañazos. Luego murmuró:
—¡Orchideous! —Y de la punta de la varita brotó un ramo de flores—. Bien, muy bien, está en perfectas condiciones de uso —declaró, recogiendo las flores y ofreciéndoselas a Fleur junto con la varita—. Señor Diggory, ahora usted.
Fleur se volvió a su asiento, sonriendo a Cedric cuando se cruzaron.
Sí, definitivamente antes estaba coqueteando con él pensó.
—¡Ah!, veamos, ésta la hice yo, ¿verdad? —dijo el señor Ollivander con mucho más entusiasmo,
—Sin duda Garrick se entusiasma mucho cuando se trata de sus varitas —dijo Dumbledore con una risita.
cuando Cedric le entregó la suya—. Sí, la recuerdo bien. Contiene un solo pelo de la cola de un excelente ejemplar de unicornio macho. Debía de medir diecisiete palmos. Casi me clava el cuerno cuando le corté la cola. Treinta centímetros y medio... madera de fresno... agradablemente flexible.
—Lo mismo que me dijo cuando la compré —comentó Cedric—. Incluida la parte en la que un unicornio macho casi le clava el cuerno.
Está en muy buenas condiciones... ¿La trata usted con regularidad?
—Le di brillo anoche —repuso Cedric con una sonrisa.
—¿Le sueles dar brillo a menudo? —preguntó Harry.
—Una vez al mes le paso un trapo por encima, y cada seis meses la limpió concienzudamente —explicó Cedric—. Pero creo que casi nadie hace eso —añadió al ver la expresión de Harry.
—No, creo que tratar la varita así es lo correcto —interrumpió Harry—. Al fin y al cabo, es común que las armas muggles tengan que ser tratadas a menudo. Imagino que con las varitas suceden lo mismo. ¿Qué usas para la varita?
—Un kit de mantenimiento de varitas —respondió Cedric—. En Hogsmeade hay una tienda dónde los venden. Te podría llevar allí en la próxima visita.
—Estaría bien.
Harry miró su propia varita. Estaba llena de marcas de dedos. Con la tela de la túnica intentó frotarla un poco, con disimulo, pero de la punta saltaron unas chispas doradas. Fleur Delacour le dirigió una mirada de desdén, y desistió.
Fleur le mandó una mirada de disculpa.
El señor Ollivander hizo salir de la varita de Cedric una serie de anillos de humo plateado, se declaró satisfecho y luego dijo:
—Señor Krum, si tiene usted la bondad...
Viktor Krum se levantó y avanzó hasta el señor Ollivander desgarbadamente, con la cabeza gacha y un andar torpe. Sacó la varita y se quedó allí con el entrecejo fruncido y las manos en los bolsillos de la túnica.
—Mmm —dijo el señor Ollivander—, ésta es una manufactura Gregorovitch, si no me equivoco. Un excelente fabricante, aunque su estilo no acaba de ser lo que yo... Sin embargo...
Levantó la varita para examinarla minuciosamente, sin parar de darle vueltas ante los ojos.
—Sí... ¿Madera de carpe y fibra sensible de dragón?
Krum asintió.
—le preguntó a Krum, que asintió con la cabeza—. Bastante más gruesa de lo usual...
—Las varitas de Gregorovitch son bastante gruesas —dijo Viktor.
bastante rígida... veintiséis centímetros... ¡Avis!
La varita de carpe produjo un estallido semejante a un disparo, y un montón de pajarillos salieron piando de la punta y se fueron por la ventana abierta hacia la pálida luz del sol.
Por algún motivo desconocido Ron se estremeció.
—¿Sucede algo, Ron?
—Nada, solamente que he sentido un escalofrío ante la mención de los pajarillos —respondió este.
—Bien —dijo el viejo mago, devolviéndole la varita a Krum—. Ahora queda... el señor Potter.
Harry se levantó y fue hasta el señor Ollivander cruzándose con Krum. Le entregó su varita.
—¡Aaaah, sí! —exclamó el señor Ollivander con ojos brillantes de entusiasmo—. Sí, sí, sí. La recuerdo perfectamente.
—¡Oh, yo también! —dijo Harry, cayendo en la cuenta de cierto detalle que tenía su varita. Esperaba que el señor Ollivander no lo mencionase allí, o ya imaginaba que Rita Skeeter tendría un ataque de la emoción.
Harry también se acordaba. Lo recordaba como si hubiera sido el día anterior.
Cuatro veranos antes, el día en que cumplía once años, había entrado con Hagrid en la tienda del señor Ollivander para comprar una varita mágica. El señor Ollivander le había tomado medidas y luego le fue entregando una serie de varitas para que las probara. Harry cogió y probó casi todas las varitas de la tienda, o al menos eso le pareció, hasta encontrar una que le iba bien, aquélla, que estaba hecha de acebo, medía veintiocho centímetros y contenía una única pluma de la cola de un fénix. El señor Ollivander se había quedado muy sorprendido de que a Harry le fuera tan bien aquella varita. «Curioso —había dicho—... muy curioso.» Y sólo cuando al fin Harry le preguntó qué era lo curioso, le había explicado que la pluma de fénix de aquella varita provenía del mismo pájaro que la del interior de la varita de lord Voldemort.
—Desde luego como Skeeter se entere de eso va a ser muy malo —dijo Sally.
Harry no se lo había dicho a nadie. Le tenía mucho cariño a su varita, y no había nada que pudiera hacer para evitar aquel parentesco con la de Voldemort, de la misma manera que no podía evitar el suyo con tía Petunia.
Pero esperaba que el señor Ollivander no les revelara a los presentes nada de aquello.
—Sin duda no lo hará —dijo Dumbledore.
Le daba la impresión de que, si lo hacia, la pluma a vuelapluma de Rita Skeeter explotaría de la emoción.
—Y la pluma no sería la única que explotase de la emoción —dijo Bill.
El anciano mago se pasó mucho más rato examinando la varita de Harry que la de ningún otro. Pero al final hizo manar de ella un chorro de vino y se la devolvió a Harry, declarando que estaba en perfectas condiciones.
—Gracias a todos —dijo Dumbledore, levantándose—. Ya podéis regresar a clase.
—Mejor no —dijo Harry, recordando la amenaza de Snape sobre el veneno.
O tal vez sería más práctico ir directamente a cenar, porque falta poco para que terminen...
Harry se levantó para irse, con la sensación de que al final no todo había ido mal aquel día, pero el hombre de la cámara de fotos negra se levantó de un salto y se aclaró la garganta.
Harry suspiró. Se había olvidado de las fotos.
—¡Las fotos, Dumbledore, las fotos! —gritó Bagman—. Todos los campeones y los miembros del tribunal. ¿Qué te parece, Rita?
—Eh... sí, ésas primero —dijo Rita Skeeter, poniendo los ojos de nuevo en Harry—. Y luego tal vez podríamos sacar unas individuales.
—No, gracias —dijeron Harry y Krum al mismo tiempo, mientras que Cedric y Fleur decían:
—¿Por qué no?
Las fotografías llevaron bastante tiempo. Dondequiera que se colocara, Madame Maxime le quitaba la luz a todo el mundo,
—Imagino que es lo que debe suceder cuando eres tan grande —dijo Sirius.
y el fotógrafo no podía retroceder lo suficiente para que ella cupiera. Por último se tuvo que sentar mientras los demás se quedaban de pie a su alrededor. Karkarov se empeñaba en enroscar la perilla con el dedo para que quedara más curvada. Krum, a quien Harry suponía acostumbrado a aquel tipo de cosas, se escondió al fondo para quedar medio oculto.
—Estoy bastante acostumbrado a las fotografías —dijo Viktor—. Así que prefiero quedarme fuera de ellas.
El fotógrafo parecía querer que Fleur se pusiera delante, pero Rita Skeeter se acercó y tiró de Harry para destacarlo.
Harry suspiró de nuevo.
Luego insistió en que se tomaran fotos individuales de los campeones, tras lo cual por fin pudieron irse.
Harry bajó a cenar. Vio que Hermione no estaba en el Gran Comedor, e imaginó que seguía en la enfermería por lo de los dientes.
Hermione volvió a tocarse los dientes superiores con la lengua.
Cenó solo a un extremo de la mesa, y luego volvió a la torre de Gryffindor pensando en todos los deberes extra que tendría que hacer sobre los encantamientos convocadores. Arriba, en el dormitorio, se encontró con Ron.
Varios se tensaron, sabiendo la mala relación que esos dos tenían actualmente en los libros.
—Has recibido una lechuza
—Mi respuesta —dijo Sirius.
—le informó éste con brusquedad, señalando la almohada de Harry. La lechuza del colegio lo aguardaba allí.
—Ah, bien —dijo Harry.
—Y tenemos que cumplir el castigo mañana por la noche, en la mazmorra de Snape —añadió Ron.
—No me acordaba que estábamos castigados —dijo Ron.
—Yo tampoco —reconoció Harry.
Era evidente que ambos preferían no pensar acerca de su pelea.
Entonces salió del dormitorio sin mirar a Harry. Por un momento, Harry pensó en seguirlo, sin saber muy bien si quería hablar con él o pegarle, porque tanto una cosa como otra le resultaban tentadoras.
—Casi prefiero que hables conmigo, la verdad.
Pero la carta de Sirius era más urgente, así que fue hacia la lechuza, le quitó la carta de la pata y la desenrolló:
Harry:
No puedo decir en una carta todo lo que quisiera, porque sería demasiado arriesgado si interceptaran la lechuza. Tenemos que hablar cara a cara. ¿Podrías asegurarte de estar solo junto a la chimenea de la torre de Gryffindor a la una de la noche del 22 de noviembre?
—¿No estarás pensando colarte en el castillo, verdad? —preguntó Sally, mirando fijamente a Sirius.
—Si es lo que yo creo... no del todo —respondió Sirius. La mirada de Sally se intensificó—. Ya verás a lo que me refiero.
Sé mejor que nadie que eres capaz de cuidar de ti mismo, y mientras estés cerca de Dumbledore y de Moody no creo que nadie te pueda hacer daño alguno. Sin embargo, parece que alguien está haciendo intentos bastante acertados. El que te presentó al Torneo tuvo que arriesgarse bastante, especialmente con Dumbledore tan cerca.
Estate al acecho, Harry. Sigo queriendo que me informes de cualquier cosa anormal. En cuanto puedas, hazme saber si te viene bien el 22 de noviembre.
Sirius
—Fin del capítulo —dijo Harry—. Creo que este ha sido el capítulo más largo que hemos leído hasta la fecha.
—Coincido con el señor Potter —dijo Dumbledore—. Ya es bastante más tarde de la hora habitual. Sugiero que todos nos vayamos a dormir y sigamos mañana con la lectura.
Hola gente.
Y este ha sido el capítulo vigésimo segundo y, sin dudas, creo que uno de los más largo hasta la fecha, motivo por el cuál haya tardado tanto en subirlo. Cierto que me he tomado una semana de relax, pero igualmente he tardado bastante en escribir este capítulo.
En fin, espero que os haya gustado. Y, de paso, recuerdo que el siguiente capítulo será exclusivamente del futuro (bueno, si se queda corto a lo mejor añado algo del presente).
Se despide,
Grytherin18-Friki.
