Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J.K Rowling


-Zero: Jajaja, para la próxima intentaré no tardar tanto.

-Momotoides: Sí, en este libro es cuando empezamos con las muertes. Y bueno, aún queda bastante del libro, así que no diría que estamos por los capítulos finales.

-Nemesis: ¿Qué algo malo va a pasar? Bah, tonterías.

-Moro: Desde luego, todo lo que ocurre después de la tercera prueba en este libro es una de mis partes favoritas de los libros.


Bueno, parece que la mayoría estáis de acuerdo con que haga ese cambio respecto al nombre de ambos Regulus, así que eso haré. Sin embargo parece que hay algunos que no habéis acabado de comprenderlo, así que intentaré explicarlo.

Regulus (hermano de Sirius) será nombrado Reg (cosa que ya era nombrado con anterioridad). Mientras que Regulus (hijo de Sirius) pasará a ser llamado Reggie. A los dos les llamaré por diminutivos y no por su nombre completo.

Recordad:

-Reg (Hermano de Sirius)

-Reggie (Hijo de Sirius)


Después de que Minerva terminase de leer el capítulo, Astoria tomó el libro para empezar a leer el siguiente. Pero al parecer el destino tenía otros planes.

Con un nuevo destello de luz, llegó, no uno, sino dos visitantes más. Se trataban de una mujer algo regordeta con el cabello canoso y ojos marrones, y de un hombre pequeño con el cabello blanco y ojos verdes.

—Profesora Sprout —dijo Cedric.

—Profesor Flitwick —dijo también Luna al mismo tiempo que Cedric.

Se notaba que ambos estaban demasiado sorprendidos como para poder decir o hacer algo. Dumbledore se acercó a ellos con dos viales de poción en su mano izquierda.

—Filius, Pomona, seguramente los dos tendréis muchas preguntas en mente. Pero os recomiendo que antes os toméis esto, ya que os ayudará a entender mejor la situación.

Ambos profesores intercambiaron una rápida mirada antes de aceptar los viales que Dumbledore les tendía y bebérselos. Una vez se los hubiesen bebido, ambos se quedaron quietos, con los ojos cerrados, asimilando todo lo que había ocurrido hasta ahora.

—Ya veo —dijo finalmente Sprout.

—Desde luego es una situación bastante interesante —añadió Flitwick—. Sea como sea, me alegra volver a ver a varias personas.

—Lo mismo decimos, profesor —dijo Lily con una sonrisa.

—Creo que ya puede empezar a leer, señorita Greengrass.

Astoria asintió y abrió el libro.

—La primera prueba —leyó.

Ya esta aquí la primera prueba pensó Harry. De reojo, echó un vistazo a los otros tres campeones, para ver si se veían tan nerviosos como él. Cedric mantenía un rostro neutral, pero los dedos de su mano derecha tamborileaban sobre su rodilla. Fleur mantenía su mirada agachada y jugueteaba con un mechón de su cabello rubio. Y la expresión de Viktor era más hosca de lo habitual.

Cuando se levantó el domingo por la mañana, Harry puso tan poca atención al vestirse que tardó un rato en darse cuenta de que estaba intentando meter un pie en el sombrero en vez de hacerlo en el calcetín. Cuando por fin se hubo puesto todas las prendas en las partes correctas del cuerpo, salió aprisa para buscar a Hermione, y la encontró a la mesa de Gryffindor del Gran Comedor, desayunando con Ginny. Demasiado intranquilo para comer,

—Deberías desayunar algo —dijo Lily.

Harry aguardó a que Hermione se tomara la última cucharada de gachas de avena y se la llevó fuera para dar otro paseo con ella. En los terrenos del colegio, mientras bordeaban el lago, Harry le contó todo lo de los dragones y lo que le había dicho Sirius.

Aunque muy asustada por las advertencias de Sirius sobre Karkarov, Hermione pensó que el problema más acuciante eran los dragones.

—Mejor encargaros de eso primero —asintió Reg.

—Primero vamos a intentar que el martes por la tarde sigas vivo, y luego ya nos preocuparemos por Karkarov.

Dieron tres vueltas al lago, pensando cuál sería el encantamiento con el que se podría someter a un dragón.

—El encantamiento es sencillo —dijo Sirius—. Pero es difícil que para unos chavales de cuarto curso como vosotros, se os ocurra.

Pero, como no se les ocurrió nada, fueron a la biblioteca. Harry cogió todo lo que vio sobre dragones, y uno y otro se pusieron a buscar entre la alta pila de libros.

—«Embrujos para cortarles las uñas... Cómo curar la podredumbre de las escamas...»

—Ya... dudo que eso te sirva —dijo Bill.

Esto no nos sirve: es para chiflados como Hagrid que lo que quieren es cuidarlos...

—¡Oye! —se quejó Charlie. Al fin y al cabo, él era uno de esos chiflados.

—«Es extremadamente dificil matar a un dragón debido a la antigua magia que imbuye su gruesa piel, que nada excepto los encantamientos más fuertes puede penetrar...» —leyó Hermione—. ¡Pero Sirius dijo que había uno sencillo que valdría!

—Aparte de que, en principio, la prueba es burlarlos, no matarlos —señaló Luna.

—Busquemos pues en los libros de encantamientos sencillos... —dijo Harry, apartando a un lado el Libro del amante de los dragones.

Ginny bufó.

—Anda que has ido a buscar uno...

Volvió a la mesa con una pila de libros de hechizos y comenzó a hojearlos uno tras otro. A su lado, Hermione cuchicheaba sin parar:

Harry y Ron intercambiaron una mirada, sabiendo como se ponía Hermione cuando tenía que buscar algo que no sabía en los libros.

—Bueno, están los encantamientos permutadores... pero ¿para qué cambiarlos? A menos que le cambiaras los colmillos en gominolas o algo así, porque eso lo haría menos peligroso...

—No creas —dijo Charlie—. Aunque le cambies los colmillos por gominolas, aún seguiría siendo lo bastante fuerte como para destrozarte con ellas.

El problema es que, como decía el otro libro, no es fácil penetrar la piel del dragón. Lo mejor sería transformarlo, pero, algo tan grande, me temo que no tienes ninguna posibilidad: dudo incluso que la profesora McGonagall fuera capaz...

—Necesitaría la ayuda de varias personas para lograrlo —asintió McGonagall.

—Y, posiblemente, solamente sea capaz de dejarlo transformado un tiempo limitado —añadió Dumbledore.

Pero tal vez podrías encantarte tú mismo.

—Algo muy difícil para un estudiante de cuarto —dijo Flitwick—. Ese tipo de encantamientos empiezan a estudiarse ya entrados en quinto curso.

Tal vez para adquirir más poderes. Claro que no son hechizos sencillos, y no los hemos visto en clase; sólo los conozco por haber hecho algunos ejercicios preparatorios para el TIMO...

—Aunque pueden estudiarlo antes.

—Hermione —pidió Harry, exasperado—, ¿quieres callarte un momento, por favor? Trato de concentrarme.

Pero lo único que ocurrió cuando Hermione se calló fue que el cerebro de Harry se llenó de una especie de zumbido que tampoco lo dejaba concentrarse.

—Pues que bien que me haya quedado en silencio, ¿no?

Harry tuvo la decencia de parece avergonzado.

Recorrió sin esperanzas el índice del libro Maleficios básicos para el hombre ocupado y fastidiado:

—Dudo que algo de allí te sirva contra un dragón —dijo Will.

arranque de cabellera instantáneo —pero los dragones ni siquiera tienen pelo, se dijo—, aliento de pimienta —eso seguramente sería echar más leña al fuego—, lengua de cuerno —precisamente lo que necesitaba: darle al dragón una nueva arma...

—¡Oh, no!, aquí vuelve. ¿Por qué no puede leer en su barquito?

Varios levantaron una ceja, preguntándose a quién se refería Hermione, aunque otros parecía tener una ligera idea.

—dijo Hermione irritada cuando Viktor Krum

Viktor no sabía como sentirse exactamente de que Hermione se irritase por ir él a la biblioteca.

entró con su andar desgarbado, les dirigió una hosca mirada y se sentó en un distante rincón con una pila de libros—. Vamos, Harry, volvamos a la sala común... El club de fans llegará dentro de un momento y no pararán de cotorrear...

Aunque viendo eso, Viktor entendía la irritación de Hermione.

—Yo esto... siento...

Hermione intentó disculparse con Viktor, pero el búlgaro la interrumpió.

—No pasa nada. Entiendo que estés molesta con esas cosas.

Hermione asintió y le dirigió una sonrisa, que el chico le devolvió.

Ron observó ese intercambio sintiéndose, por algún motivo desconocido, de repente irritado.

Y, efectivamente, en el momento en que salían de la biblioteca, entraba de puntillas un ruidoso grupo de chicas, una de ellas con una bufanda de Bulgaria atada a la cintura.

Holly bufó.

—Espero que madame Pince les echará por armar jaleo en la biblioteca.

Harry apenas durmió aquella noche. Cuando despertó la mañana del lunes, pensó seriamente, por vez primera, en escapar de Hogwarts.

—Debes de estar realmente aterrado si quieres irte de Hogwarts —declaró Reggie. Leyendo los anteriores libros, era evidente que Harry consideraba Hogwarts su verdadero hogar. El hecho de que quisiese escapar de allí, demostraba lo nervioso y asustado que le tenía la primera prueba.

Sin embargo Harry estaba seguro de que, por muy preocupado que estuviese, no podría abandonar Hogwarts.

Pero en el Gran Comedor, a la hora del desayuno, miró a su alrededor y pensó en lo que dejaría si se fuera del castillo, y se dio cuenta de que no podía hacerlo. Era el único sitio en que había sido feliz... Bueno, seguramente también había sido feliz con sus padres, pero de eso no se acordaba.

En cierto modo, fue un alivio comprender que prefería quedarse y enfrentarse al dragón a volver a Privet Drive con Dudley.

—¿Acabas de comparar a tu primo con un dragón? —preguntó Will con sorpresa—. La verdad es que yo también lo preferiría —admitió tras pensarlo unos segundos.

Lo hizo sentirse más tranquilo. Terminó con dificultad el tocino (nada le pasaba bien por la garganta) y, al levantarse de la mesa con Hermione, vio a Cedric Diggory dejando la mesa de Hufflepuff.

Cedric seguía sin saber lo de los dragones. Era el único de los campeones que no se habría enterado, si Harry esta ba en lo cierto al pensar que Maxime y Karkarov se lo habían contado a Fleur y Krum.

—Es lo más seguro —reconocieron ambos.

—Nos vemos en el invernadero, Hermione —le dijo Harry, tomando una decisión al ver a Cedric dejar el Gran Comedor

—Imagino que irás a decirle lo de los dragones, ¿no? —le susurró Ginny.

Harry se encogió de hombros.

—Es lo más probable.

—. Ve hacia allí; ya te alcanzaré.

—Llegarás tarde, Harry. Está a punto de sonar la campana.

—Te alcanzaré, ¿vale?

—Más le vale darse prisa, señor Potter.

Al parecer Sprout no parecía muy contenta con la idea de que Harry llegase tarde a sus clases.

Cuando Harry llegó a la escalinata de mármol, Cedric ya estaba al final de ella, acompañado por unos cuantos amigos de sexto curso. Harry no quería hablar con Cedric delante de ellos, porque eran de los que le repetían frases del artículo de Rita Skeeter cada vez que lo veían.

—Que sujetos más agradables —dijo Emily con sarcasmo.

—Lo son —replicó Cedric en defensa de sus amigos.

Lo siguió a cierta distancia, y vio que se dirigía hacia el corredor donde se hallaba el aula de Encantamientos. Eso le dio una idea.

Algunos se miraron, preguntándose que clase de idea había tenido Harry y como de mal iría.

Deteniéndose a una distancia prudencial de ellos, sacó la varita y apuntó con cuidado.

—¡Diffindo!

A Cedric se le rasgó la mochila.

Harry soltó una risita nerviosa.

—Perdón por eso.

—La verdad, preferiría que hubieses utilizado otro método, pero entiendo que querías hablar conmigo —dijo Cedric—. Y que mis amigos no deben de haber sido especialmente amables contigo en esos momentos.

Libros, plumas y rollos de pergamino se esparcieron por el suelo, y varios frascos de tinta se rompieron.

—No os molestéis —dijo Cedric, irritado, a sus amigos cuando se inclinaron para ayudarlo a recoger las cosas—.

Eso sorprendió un poco a Cedric. No entendía por que motivo se irritaba cuando sus amigos intentaban ayudarle. Quizás fuese porque sus amigos tendían a ayudarle más que antes, debido ha haberse convertido en uno de los campeones de Hogwarts.

Decidle a Flitwick que no tardaré, vamos.

Aquello era lo que Harry había pretendido. Se guardó la varita en la túnica, esperó a que los amigos de Cedric entraran en el aula y se apresuró por el corredor, donde sólo quedaban Cedric y él.

—Hola —lo saludó Cedric, recogiendo un ejemplar de Guía de la transformación, nivel superior salpicado de tinta—. Se me acaba de descoser la mochila... a pesar de ser nueva.

—Creo que sospecha —dijo Ron.

Cedric rió un poco.

—Bueno, si la mochila, que es nueva, se ha descosido de la nada y justo cuando me quedo solo aparece Harry, creo que si sospecharía algo.

—Cedric —le dijo Harry sin más preámbulos—, la primera prueba son dragones.

—¿No crees que has sido un poco demasiado directo? —señaló Holly.

Harry se encogió de hombros.

—No es que me sobre el tiempo, precisamente —respondió.

—¿Qué? —exclamó Cedric, levantando la mirada.

—Una reacción bastante lógica —comentó Astoria.

—Dragones —repitió Harry, hablando con rapidez por si el profesor Flitwick salía para ver lo que le había ocurrido a Cedric

—Si sus amigos me han dicho que simplemente se le ha desgarrado la mochila, no creo que salga —dijo el diminuto profesor, tras pensarlo unos segundos.

—. Han traído cuatro, uno para cada uno, y tenemos que burlarlos.

Cedric lo miró. Harry vio en sus grises ojos parte del pánico que lo embargaba desde la noche del sábado.

—¿Estás seguro? —inquirió Cedric en voz baja.

—Casi como si lo hubiese leído —afirmó Fred.

—Completamente —respondió Harry—. Los he visto.

—Pero ¿cómo te enteraste? Se supone que no podemos saber...

James bufó.

—Por favor, cualquiera sabría que los campeones harían todo lo posible para saber en que consisten las pruebas antes que el resto.

—No importa —contestó Harry con premura. Sabía que, si decía la verdad, Hagrid se vería en apuros—. Pero no soy el único que lo sabe. A estas horas Fleur y Krum ya se habrán enterado, porque Maxime y Karkarov también los vieron.

Los dos nombrados asintieron.

Cedric se levantó con los brazos llenos de plumas, pergaminos y libros manchados de tinta y la bolsa rasgada colgando y balanceándose de un hombro. Miró a Harry con una mirada desconcertada y algo suspicaz.

—¿Por qué me lo has dicho? —preguntó.

Harry lo miró, sorprendido de que le hiciera aquella pregunta. Desde luego, Cedric no la habría hecho si hubiera visto los dragones con sus propios ojos.

—Bueno... ¿no es eso lógico? —dijo en ese momento Cedric, aunque sonaba un poco dubitativo—. Si consigo información acerca de una de las pruebas antes de deba saberlo oficialmente, me las guardaría para mí para tener algo de ventaja, ¿no?

—Eso sería lo lógico —reconoció Daphne—. Lo mejor que podría haber hecho Potter es no decirle nada a Diggory.

—Pues tienes suerte de que Harry sea alguien honrado —le dijo Ron a Cedric.

En ese momento la sala se dividió en dos bandos. Los que opinaban que Harry había hecho bien en decirle a Cedric acerca de los dragones, y los que opinaban que debería haberse callado. Dicha discusión se alargó hasta que McGonagall le hizo callarse para poder seguir con la lectura.

—Pero antes de continuar. —Will, uno de los que estaba en el bando de "no decir nada sobre los dragones" giró la cabeza y miró a Harry—. Ahora que hemos leído eso, ¿crees que has hecho bien en decirle a Cedric acerca de los dragones?

—La verdad es que sí —respondió Harry casi al instante—. Aunque creo que es más por el hecho de que tanto Viktor como Fleur saben acerca de los dragones. No me parece justo que tres de nosotros sepa de que va el asunto y el último no.

—¿Y si ni Fleur ni Viktor hubiesen sabido acerca de los dragones? —preguntó Emily. Ella había estado en el bando de "avisar sobre los dragones".

En este caso Harry tardó un poco más en responder.

—La verdad es que no estoy seguro —dijo al final—. Pero al final si que creo que les habría dicho algo.

Harry no habría dejado ni a su peor enemigo que se enfrentara a aquellos dragones sin previo aviso.

—¿Ni siquiera Voldemort? —preguntó James.

—Bueno, Voldemort es una excepción a la regla —respondió Harry, aunque por dentro pensaba que Voldemort, probablemente, podría matar a un dragón.

Bueno, tal vez a Malfoy y a Snape...

Algunos rieron.

—Aparte de Malfoy y Snape.

—Es justo, ¿no te parece? —le dijo a Cedric—. Ahora todos lo sabemos... Estamos en pie de igualdad, ¿no?

Cedric seguía mirándolo con suspicacia cuando Harry escuchó tras él un golpeteo que le resultaba conocido. Se volvió y vio que Ojoloco Moody salía de un aula cercana.

—¿Qué hacías allí? —preguntó Tonks con el ceño fruncido, mientras miraba a Moody. El ex-auror simplemente soltó un gruñido.

Que ella supiese el aula de Encantamientos se encontraba en el segundo piso y la de Defensa Contra las Artes Oscuras en el tercero. No tenía sentido que Moody estuviese cerca del aula de Encantamientos.

Casi da la sensación de que estuviese esperando en esa aula pensó Tonks.

—Ven conmigo, Potter —gruñó—. Diggory, entra en clase.

Harry miró a Moody, temeroso. ¿Los había oído?

—Es lo más seguro —dijo Charlie.

—Eh... profesor, ahora me toca Herbología...

—No te preocupes, Potter. Acompáñame al despacho, por favor...

—Si te lo pide "por favor" es que entonces no te va a regañar —dijo Sirius.

Harry lo siguió, preguntándose qué iba a suceder. ¿Y si Moody se empeñaba en saber cómo se había enterado de lo de los dragones? ¿Iría a ver a Dumbledore para denunciar a Hagrid, o simplemente lo convertiría a él en un hurón? Bueno, tal vez fuera más fácil burlar a un dragón siendo un hurón,

—Y también serías más fácil de matar —señaló Bill.

pensó Harry desanimado, porque sería más pequeño y mucho menos fácil de distinguir desde una altura de quince metros...

—Aunque hay razas de dragones que tienen una agudeza visual mayor que la del ser humano —apuntó Charlie, el experto en dragones.

Entró en el despacho después de Moody, que cerró la puerta tras ellos, se volvió hacia Harry y fijó en él los dos ojos, el mágico y el normal.

—Eso ha estado muy bien, Potter —dijo Moody en voz baja.

—Vale. No me esperaba eso —reconoció Will.

No supo qué decir. Aquélla no era la reacción que él esperaba.

Y, por sus expresiones, muchos otros en la sala tampoco esperaban esa reacción.

—Siéntate —le indicó Moody.

Harry obedeció y paseó la mirada por el despacho. Ya había estado allí cuando pertenecía a dos de sus anteriores titulares. Cuando lo ocupaba el profesor Lockhart, las paredes estaban forradas con fotos del mismo Lockhart, fotos que sonreían y guiñaban el ojo. En los tiempos de Lupin, lo más fácil era encontrarse un espécimen de alguna nueva y fascinante criatura tenebrosa que el profesor hubiera conseguido para estudiarla en clase.

—Me pregunto como tendría Quirrell decorado su despacho —murmuró Ron de forma pensativa.

—No había nada muy destacable en él —respondió Percy, encogiéndose de hombros.

En aquel momento, sin embargo, el despacho se encontraba abarrotado de extraños objetos que, según supuso Harry, Moody debía de haber empleado en sus tiempos de auror.

Moody gruñó.

En el escritorio había algo que parecía una peonza grande de cristal algo rajada. Harry enseguida se dio cuenta de que era un chivatoscopio, porque él mismo tenía uno, aunque el suyo era mucho más pequeño que el de Moody.

—Porque el tuyo es más barato —se excusó Ron.

—No me importa —replicó Harry—. Además, servía contra Pettigrew.

En un rincón, sobre una mesilla, una especie de antena de televisión de color dorado, con muchos más hierrecitos que una antena normal, emitía un ligero zumbido. Y en la pared, delante de Harry, había colgado algo que parecía un espejo pero que no reflejaba el despacho. Por su superficie se movían unas figuras sombrías, ninguna de las cuales estaba clara mente enfocada.

Varios mostraban bastante interés en los objetos de Moody y querían saber más acerca de ellos.

—¿Te gustan mis detectores de tenebrismo? —preguntó Moody, mirando a Harry detenidamente.

—¿Qué es eso? —preguntó a su vez Harry, señalando la aparatosa antena dorada.

—Es un sensor de ocultamiento. Vibra cuando detecta ocultamientos o mentiras...

—Mola —dijo Jake.

No lo puedo usar aquí, claro, porque hay demasiadas interferencias: por todas partes estudiantes que mienten para justificar por qué no han hecho los deberes.

—Lástima que eso casi nunca les sirva —dijo McGonagall mientras Sprout y Flitwick asentían a las palabras dichas por la Jefa de la casa Gryffindor.

No para de zumbar desde que he entrado aquí. Tuve que desconectar el chivatoscopio porque no dejaba de pitar. Es ultrasensible: funciona en un radio de kilómetro y medio. Naturalmente, también puede captar cosas más serias que las chiquilladas —añadió gruñendo.

—¿De verdad es tan sensible como para reaccionar ante una simples mentiras dichas por un estudiante? —preguntó Tonks con algo de recelo.

—Todavía no he podido comprobarlo personalmente, así que no sabría decir —respondió Moody con un gruñido.

—Bueno, según el libro eso es lo que parece —señaló James.

Alastor simplemente soltó un gruñido.

—¿Y para qué sirve el espejo?

—Ese es mi reflector de enemigos. ¿No los ves, tratando de esconderse? No estoy en verdadero peligro mientras no se les distingue el blanco de los ojos. Entonces es cuando abro el baúl.

Dejó escapar una risa breve y estridente, al tiempo que señalaba el baúl que había bajo la ventana. Tenía siete cerraduras en fila. Harry se preguntó qué habría dentro, hasta que la siguiente pregunta de Moody lo sacó de su ensimismamiento.

—¿Para qué tantas cerraduras? —preguntó Emily.

—Es un baúl mágico —respondió Moody—. Cada cerradura abre una sección diferente del baúl.

—De forma que averiguaste lo de los dragones, ¿eh?

—Y tanto que lo ha averiguado —dijo George.

Harry dudó. Era lo que se había temido, pero no le había revelado a Cedric que Hagrid había infringido las normas, y desde luego no pensaba revelárselo a Moody.

—Está bien —dijo Moody, sentándose y extendiendo la pata de palo—. La trampa es un componente tradicional del Torneo de los tres magos y siempre lo ha sido.

—¿De verdad? —preguntó Hermione.

—Hay registro de ello, señorita Granger —respondió Flitwick.

—Yo no he hecho trampa —replicó Harry con brusquedad—. Lo averigüé por una especie de... casualidad.

—Bueno, es cierto que no hizo trampas —dijo Reggie.

—Pero tampoco es que lo haya averiguado de casualidad —añadió Jake.

Moody sonrió.

—No pretendía acusarte, muchacho. Desde el primer momento le he estado diciendo a Dumbledore que él puede jugar todo lo limpiamente que quiera, pero que ni Karkarov ni Maxime harán lo mismo.

—Eso por descontado —dijo Moody.

Les habrán contado a sus campeones todo lo que hayan podido averiguar. Quieren ganar, quieren derrotar a Dumbledore. Les gustaría demostrar que no es más que un hombre.

—Pues no hace falta que demuestren nada. Es más que obvio que soy igual de humano que cualquiera en esta sala —dijo Dumbledore—. Bueno, a excepción de Filius, que tiene sangre de duende...

Moody repitió su risa estridente, y su ojo mágico giró tan aprisa que Harry se mareó de sólo mirarlo.

—Bien... ¿tienes ya alguna idea de cómo burlar al dragón? —le preguntó Moody.

—No creo que sirva echarme al suelo y suplicar por mi vida, ¿cierto?

Algunos rieron.

—No, creo que no —respondió Charlie con diversión.

—No.

—Bueno, yo no te voy a decir cómo hacerlo —declaró Moody—. No quiero tener favoritismos. Sólo te daré unos consejos generales. Y el primero es: aprovecha tu punto fuerte.

—No tengo —respondió Harry.

Los más cercanos a él lo golpearon en los brazos.

—No tengo ninguno —contestó Harry casi sin pensarlo.

Volvieron a golpearlo.

—Perdona —gruñó Moody—. Si digo que tienes un punto fuerte, es que lo tienes. Piensa, ¿qué se te da mejor?

—El quidditch —repuso con desánimo—, y para lo que me sirve...

—Se refiere a la prueba, James —dijo Lily al ver la expresión del hombre.

—Bien —dijo Moody, mirándolo intensamente con su ojo mágico, que en aquel momento estaba quieto—. Me han dicho que vuelas estupendamente.

—Eso es quedarse corto —aseguró Ginny.

—Sí, pero... —Harry lo miró—, no puedo llevar escoba; sólo tendré una varita...

Algunos entendieron lo que Moody quería decir.

—Mi segundo consejo general —lo interrumpió Moody— es que emplees un encantamiento sencillo para conseguir lo que necesitas.

Harry lo miró sin comprender. ¿Qué era lo que necesitaba?

—Vamos, muchacho... —susurró Moody—. Conecta ideas... No es tan dificil.

—Ese encantamiento ya lo han nombrado varias veces en el libro —dijo Luna.

—El encantamiento convocador —recordó Harry, pensando en ese encantamiento con el que estaba teniendo problemas. O al menos así era en los libros.

Y eso hizo. Lo que mejor se le daba era volar. Tenía que esquivar al dragón por el aire. Para eso necesitaba su Saeta de Fuego. Y para hacerse con su Saeta de Fuego necesitaba...

—Hermione

—¿Qué? —dijeron algunos estúpidamente.

—¿Acaso quieres que Hermione se lleve tu escoba a la prueba y te la arroje cuando entres? —preguntó Fred.

—¿O acaso pretendes utilizar a la joven señorita Granger como sacrificio para distraer al dragón? —añadió George.

—susurró Harry diez minutos más tarde, al llegar al Invernadero 3 y después de presentarle apresuradas excusas a la profesora Sprout—, me tienes que ayudar.

—Eso tiene más sentido —dijo Ginny.

—¿Y qué he estado haciendo, Harry? —le contestó también en un susurro, mirando con preocupación por encima del arbusto nervioso que estaba podando.

Aunque Ron sabía que Hermione no lo comentaba con segundas intenciones, igualmente sintió algo similar a una puñalada en el costado.

—Hermione, tengo que aprender a hacer bien el encantamiento convocador antes de mañana por la tarde.

—Sin presiones —dijo Daphne.

Practicaron. En vez de ir a comer, buscaron un aula libre en la que Harry puso todo su empeño en atraer objetos. Seguía costándole trabajo: a mitad del recorrido, los libros y las plumas perdían fuerza y terminaban cayendo al suelo como piedras.

—Concéntrate, Harry, concéntrate...

—¿Y qué crees que estoy haciendo? —contestó él de malas pulgas—. Pero, por alguna razón, se me aparece de repente en la cabeza un dragón enorme y repugnante...

—¿Cómo que repugnante? —se indigno Charlie.

Vale, vuelvo a intentarlo.

Él quería faltar a la clase de Adivinación para seguir practicando,

—Lo veo completamente plausible —dijo Sirius.

—No le animes a saltarse las clases —le regañó Sally.

pero Hermione rehusó de plano perderse Aritmancia, y de nada le valdría ensayar solo,

—En realidad, si ya conoces las bases, puedes practicar tú solo —señaló Frank.

—Ahora no le animes tú a saltarse las clases —suspiró Alice.

de forma que tuvo que soportar la clase de la profesora Trelawney, que se pasó la mitad de la hora diciendo que la posición que en aquel momento tenía Marte con respecto a Saturno anunciaba que la gente nacida en julio se hallaba en serio peligro de sufrir una muerte repentina y violenta.

—Vaya. Jamás lo habría visto venir —dijo Harry con la voz chorreando de sarcasmo.

—Bueno, eso está bien —dijo Harry en voz alta, sin dejarse intimidar—. Prefiero que no se alargue: no quiero sufrir.

Las risas no se hicieron esperar.

Le pareció que Ron había estado a punto de reírse.

El Ron de la sala si reía a carcajada limpia.

Por primera vez en varios días miró a Harry a los ojos, pero éste se sentía demasiado dolido con él para que le importara.

Harry se rascó la nuca, incómodo.

Se pasó el resto de la clase intentando atraer con la varita pequeños objetos por debajo de la mesa. Logró que una mosca se le posara en la mano, pero no estuvo seguro de que se debiera al encantamiento convocador. A lo mejor era simplemente que la mosca estaba tonta.

Se obligó a cenar algo después de Adivinación

—Bien. Porque no has comido nada —dijo Lily.

y, poniéndose la capa invisible para que no los vieran los profesores, volvió con Hermione al aula vacía. Siguieron practicando hasta pasadas las doce.

—Deberíais iros a dormir. Sobre todo porque Harry tiene la primera prueba al día siguiente —dijo Molly.

—Pero poco le servirá dormir si no controla el encantamiento convocador antes de la primera prueba —le recordó su marido.

Se habrían quedado más, pero apareció Peeves, quien pareció creer que Harry quería que le tiraran cosas, y comenzó a arrojar sillas de un lado a otro del aula.

—Peeves siempre tan servicial —dijo Fred mientras fingía que se secaba una lágrima.

Harry y Hermione salieron a toda prisa antes de que el ruido atrajera a Filch, y regresaron a la sala común de Gryffindor, que afortunadamente estaba ya vacía.

—A ver, siendo un día de clase normal, es normal que pasada las doce ya este vacía —dijo Remus.

A las dos en punto de la madrugada, Harry se hallaba junto a la chimenea rodeado de montones de cosas:

—Parece que ya lo has dominado —dijo Holly con cierta felicidad.

libros, plumas, varias sillas volcadas, un juego viejo de gobstones, y Trevor, el sapo de Neville.

—¿Por qué mi sapo siempre debe de estar involucrado? —preguntó Neville a nadie.

Sólo en la última hora le había cogido el truco al encantamiento convocador.

—Justo a tiempo. Y nunca mejor dicho —dijo Harry.

—Eso está mejor, Harry, eso está mucho mejor —aprobó Hermione, exhausta pero muy satisfecha.

—Bueno, ahora ya sabes qué tienes que hacer la próxima vez que no sea capaz de aprender un encantamiento —dijo Harry, tirándole a Hermione un diccionario de runas para repetir el encantamiento—: amenazarme con un dragón.

—No creo que eso sirva de mucho —dijo Hermione con una sonrisa divertida.

Bien... —Volvió a levantar la varita—. ¡Accio diccionario!

El pesado volumen se escapó de las manos de Hermione, atravesó la sala y llegó hasta donde Harry pudo atraparlo.

—¡Creo que esto ya lo dominas, Harry! —dijo Hermione, muy contenta.

—Vaya, no nos habíamos dado ni cuenta —dijo Ron con sarcasmo.

—Ya sabes lo que quiero decir —replicó Hermione con una falsa mueca de indignación.

—Espero que funcione mañana —repuso Harry —. La Saeta de Fuego estará mucho más lejos que todas estas cosas: estará en el castillo, y yo, en los terrenos allá abajo.

—Siempre y cuando mantenga la calma y se concentre, su escoba irá a dónde este usted, señor Potter —dijo Flitwick.

—No importa —declaró Hermione con firmeza—. Siempre y cuando te concentres de verdad, la Saeta irá hasta ti. Ahora mejor nos vamos a dormir, Harry... Lo necesitarás.

Varias personas asintieron.

Harry había puesto tanto empeño aquella noche en aprender el encantamiento convocador que se había olvidado del miedo. Éste volvió con toda su intensidad a la mañana siguiente. En el colegio había una tensión y emoción enormes en el ambiente. Las clases se interrumpieron al mediodía para que todos los alumnos tuvieran tiempo de bajar al cercado de los dragones. Aunque, naturalmente, aún no sabían lo que iban a encontrar allí.

—Ahora sí —dijo Fred.

Harry se sentía extrañamente distante de todos cuantos lo rodeaban, ya le desearan suerte o le dijeran entre dientes al pasar a su lado: «Tendremos listo el paquete de pañuelos de papel, Potter.»

Harry simplemente soltó un suspiro.

Se encontraba en tal estado de nerviosismo que le daba miedo perder la cabeza cuando lo pusieran frente al dragón y liarse a echar maldiciones a diestro y siniestro.

—Te has enfrentado a situaciones más peligrosas que esa —dijo Sirius—. Lo harás bien.

El tiempo pasaba de forma más rara que nunca, como a saltos, de manera que estaba sentado en su primera clase, Historia de la Magia, y al momento siguiente iba a comer... y de inmediato (¿por dónde se había ido la mañana, las últimas horas sin dragones?) la profesora McGonagall entró en el Gran Comedor y fue a toda prisa hacia él. Muchos los observaban.

—Los campeones tienen que bajar ya a los terrenos del colegio... Tienes que prepararte para la primera prueba.

—¡Bien! —dijo Harry, poniéndose en pie. El tenedor hizo mucho ruido al caer al plato.

—Buena suerte, Harry —le susurró Hermione—. ¡Todo irá bien!

—Claro. No es que vaya a enfrentarme a dragones ni nada de eso.

—Ya sabes lo que quiero decir.

—Sí —contestó, con una voz que no parecía la suya.

Salió del Gran Comedor con la profesora McGonagall. Tampoco ella parecía la misma; de hecho, estaba casi tan nerviosa como Hermione.

Claro que estaré nerviosa. Uno de los estudiantes de mi casa esta a punto de enfrentarse a un dragón teniendo solamente catorce años pensó McGonagall.

Al bajar la escalinata de piedra y salir a la fría tarde de noviembre, le puso una mano en el hombro.

—No te dejes dominar por el pánico —le aconsejó—, conserva la cabeza serena. Habrá magos preparados para intervenir si la situación se desbordara... Lo principal es que lo hagas lo mejor que puedas, y no quedarás mal ante la gente.

—Y tienes que terminar sin ni un solo rasguño, ¿entendido? —dijo Lily.

—Vamos Lily, es prácticamente imposible que acabe la prueba sin el más mínimo rasguño... Aunque si puede evitarlo mejor —dijo James rápidamente al ver la expresión de Lily.

¿Te encuentras bien?

—Sí —se oyó decir Harry—. Sí, me encuentro bien.

Ella lo conducía bordeando el bosque hacia donde estaban los dragones; pero, al acercarse al grupo de árboles detrás del cual habría debido ser claramente visible el cercado, Harry vio que habían levantado una tienda que lo ocultaba a la vista.

—Imagino que querrán reservar la sorpresa de los dragones hasta el último momento —dijo Jake.

—Tienes que entrar con los demás campeones —le dijo la profesora McGonagall con voz temblorosa —y esperar tu turno, Potter. El señor Bagman está dentro. Él te explicará lo que tienes que hacer...

—Aunque ya lo sabe —dijo Bill.

Buena suerte.

—Gracias —dijo Harry con voz distante y apagada.

Ella lo dejó a la puerta de la tienda, y Harry entró.

Fleur Delacour estaba sentada en un rincón, sobre un pequeño taburete de madera. No parecía ni remotamente tan segura como de costumbre; por el contrario, se la veía pálida y sudorosa.

Fleur cerró los ojos, como si estuviese tratando de recrear su aspecto en el libro en su mente.

El aspecto de Viktor Krum era aún más hosco de lo habitual, y Harry supuso que aquélla era la forma en que manifestaba su nerviosismo.

Viktor se cruzó de brazos y miró con intensidad el libro que Astoria sostenía entre sus manos, como si fuese una snitch particularmente complicada de atrapar.

Cedric paseaba de un lado a otro.

Cedric dejó escapar un pequeño suspiro.

Cuando Harry entró le dirigió una leve sonrisa a la que éste correspondió, aunque a los músculos de la cara les costó bastante esfuerzo, como si hubieran olvidado cómo se sonreía.

—¡Harry! ¡Bien! —dijo Bagman muy contento, mirándolo—. ¡Ven, ven, ponte cómodo!

Aunque Harry sabía que Bagman no tenía la culpa de nada, de repente le invadieron fuertes sentimientos de romperle (aún más) la nariz.

De pie en medio de los pálidos campeones, Bagman se parecía un poco a esas figuras infladas de los dibujos animados. Se había vuelto a poner su antigua túnica de las Avispas de Wimbourne.

—Bueno, ahora ya estamos todos... ¡Es hora de poneros al corriente! —declaró Bagman con alegría—. Cuando hayan llegado los espectadores, os ofreceré esta bolsa a cada uno de vosotros para que saquéis la miniatura de aquello con lo que os va a tocar enfrentaros.

Dragones pensaron los cuatro campeones.

—Les enseñó una bolsa roja de seda—. Hay diferentes... variedades, ya lo veréis. Y tengo que deciros algo más... Ah, sí... ¡vuestro objetivo es coger el huevo de oro!

—Huevo de oro —repitió Charlie—. Ya veo. Por eso nos pidieron hembras.

Harry miró a su alrededor. Cedric hizo un gesto de asentimiento para indicar que había comprendido las palabras de Bagman y volvió a pasear por la tienda. Tenía la cara ligeramente verde. Fleur Delacour y Krum no reaccionaron en absoluto. Tal vez pensaban que se pondrían a vomitar si abrían la boca; en todo caso, así se sentía Harry. Aunque ellos, al menos, estaban allí voluntariamente...

Estaba claro que, por la mirada de los tres, que en esos momentos estaban pensando en si había sido buena idea apuntarse al torneo.

Y enseguida se oyeron alrededor de la tienda los pasos de cientos y cientos de personas que hablaban emocionadas, reían, bromeaban... Harry se sintió separado de aquella multitud como si perteneciera a una especie diferente. Y, a continuación (a Harry le pareció que no había pasado más que un segundo), Bagman abrió la bolsa roja de seda.

—Las damas primero —dijo tendiéndosela a Fleur Delacour.

Ella metió una mano temblorosa en la bolsa y sacó una miniatura perfecta de un dragón: un galés verde. Alrededor del cuello tenía el número «dos».

—Imagino que el número será el orden en que cada uno pasará la prueba —dijo Hermione.

—Así que soy la segunda —murmuró Fleur. No sabía si eso era bueno o malo.

Y Harry estuvo seguro, por el hecho de que Fleur Delacour no mostró sorpresa alguna sino completa resignación, de que no se había equivocado: Madame Maxime le había dicho qué le esperaba.

—Era más que evidente —dijo Neville.

Lo mismo que en el caso de Krum, que sacó el bola de fuego chino. Alrededor del cuello tenía el número «tres».

—Tercero —se limitó a decir Viktor.

Krum ni siquiera parpadeó; se limitó a mirar al suelo.

Cedric metió la mano en la bolsa y sacó el hocicorto sueco de color azul plateado con el número «uno» atado al cuello.

—Genial. Soy el primero —gimió Cedric.

—Un momento... —Harry miró el libro. Si no recordaba mal, el dragón que quedaba era...— ¡Es que lo sabía! ¡Sabía que me iba a tocar el más peligroso de los cuatro! Estoy seguro de que tengo la peor suerte de toda la historia. Incluso me atrevería a decir que si existen otros mundos o universos, nadie tiene la peor suerte que yo.


En ese momento, en otro universo, en una cierta ciudad que tecnológicamente estaba veinte o treinta años más avanzada que el resto del mundo, un cierto adolescente de puntiagudo cabello negro y una inusual mano derecha estaba ocupado cocinando, cuando de repente, y sin motivo aparente, chasqueó la lengua con irritación dejando de prestar atención a la sartén que tenía en el fuego.

—¿Por qué de repente tengo ganas de ir a Inglaterra a golpear a alguien? —murmuró en voz baja.

Tan concentrado estaba en eso, que no se dio cuenta que el contenido de la sartén se estaba quemando hasta que un peculiar olor llegó a sus fosas nasales. Rápidamente apagó el fuego mientras solamente podía murmurar:

—Que mala suerte.


Harry tuvo un repentino escalofrío.

—¿Sucede algo? —preguntó Ginny.

—Creo que acabo de fastidiarle la cena a alguien —se limitó a responder Harry.

Sabiendo lo que le quedaba, Harry metió la mano en la bolsa de seda y extrajo el colacuerno húngaro con el número «cuatro».

—Así que el orden será Diggory primero, después Delacour, tercero Krum y cuarto Potter —dijo Daphne—. No sé quien ha tenido peor suerte, si Diggory o Potter.

Cuando Harry lo miró, la miniatura desplegó las alas y enseñó los minúsculos colmillos.

—¡Bueno, ahí lo tenéis! —dijo Bagman—. Habéis sacado cada uno el dragón con el que os tocará enfrentaros, y el número es el del orden en que saldréis, ¿comprendéis? Yo tendré que dejaros dentro de un momento, porque soy el comentador. Diggory, eres el primero. Tendrás que salir al cercado cuando oigas un silbato, ¿de acuerdo? Bien. Harry... ¿podría hablar un momento contigo, ahí fuera?

Algunos alzaron una ceja. ¿Qué quería decirle Bagman a Harry que no pudiese decirle delante del resto?

—Eh... sí —respondió Harry sin comprender. Se levantó y salió con Bagman de la tienda, que lo llevó aparte, entre los árboles, y luego se volvió hacia él con expresión paternal.

—¿Qué tal te encuentras, Harry? ¿Te puedo ayudar en algo?

—¿Cómo? —exclamó Fleur—. ¿Pero eso no es ilegal? —Sonaba bastante molesta, y no era para menos.

—¿Qué? —dijo Harry—. No, en nada.

—¿Tienes algún plan? —le preguntó Bagman, bajando la voz hasta el tono conspiratorio

—Huye Harry. Que este lo que quiere es venderte droga —dijo Bill.

—. No me importa darte alguna pista, si quieres. Porque —continuó Bagman bajando la voz más aún —eres el más débil de todos, Harry.

Algunos ahogaron una risa. ¿Harry débil? Tres libros, y seguramente otros cuatro, decían otra cosa.

Así que si te puedo ser de alguna ayuda...

—No —contestó Harry tan rápido que comprendió que había parecido descortés—, no. Y... ya he decidido lo que voy a hacer, gracias.

—Nadie tendría por qué saber que te he ayudado, Harry —le dijo Bagman guiñándole un ojo.

—Oh, creo que ya entiendo lo que sucede —dijo Arthur—. Lo más seguro es que Ludo haya apostado que Harry ganaría el torneo.

Los que conocían a Ludo Bagman se mostraron de acuerdo con las palabras del patriarca Weasley.

—No, no necesito nada, y me encuentro bien —afirmó Harry, preguntándose por qué se empeñaba en decirle a todo el mundo que se encontraba bien, cuando probablemente jamás se había encontrado peor en su vida

—Porque eres así de tozudo —dijo Hermione.

—. Ya tengo un plan. Voy...

Se escuchó, procedente de no se sabía dónde, el sonido de un silbato.

—¡Santo Dios, tengo que darme prisa! —dijo Bagman alarmado, y salió corriendo.

Harry volvió a la tienda y vio a Cedric que salía , con la cara más verde aún que antes. Harry intentó desearle suerte, pero todo lo que le salió de la boca fue una especie de gruñido áspero.

—Bueno, la intención es lo que cuenta —dijo Cedric.

Volvió a entrar, con Fleur y Krum. Unos segundos después oyeron el bramido de la multitud, señal de que Cedric acababa de entrar en el cercado y se hallaba ya frente a la versión real de su miniatura.

Cedric tragó saliva, claramente nervioso.

Sentarse allí a escuchar era peor de lo que Harry hubiera podido imaginar. La multitud gritaba, ahogaba gemidos como si fueran uno solo, cuando Cedric hacía lo que fuera para burlar al hocicorto sueco. Krum seguía mirando al suelo. Fleur ahora había tomado el lugar de Cedric, caminando de un lado a otro de la tienda. Y los comentarios de Bagman lo empeoraban todo mucho... En la mente de Harry se formaban horribles imágenes al oír: «¡Ah, qué poco ha faltado, qué poco...! ¡Se está arriesgando, ya lo creo...! ¡Eso ha sido muy astuto, sí señor, lástima que no le haya servido de nada!»

¿Se puede saber que estoy haciendo? se preguntó Cedric.

Y luego, tras unos quince minutos, Harry oyó un bramido ensordecedor que sólo podía significar una cosa: que Cedric había conseguido burlar al dragón y coger el huevo de oro.

—Quince minutos... quince minutos procurando que un dragón no me matase —murmuró Cedric.

—¡Muy pero que muy bien! —gritaba Bagman—. ¡Y ahora la puntuación de los jueces!

Pero no dijo las puntuaciones. Harry supuso que los jueces las levantaban en el aire para mostrárselas a la multitud.

—¡Uno que ya está, y quedan tres! —gritó Bagman cuando volvió a sonar el silbato—. ¡Señorita Delacour, si tiene usted la bondad!

—No mucho, la verdad —murmuró Fleur. Quizás apuntarse al torneo no había sido tan buena idea como había esperado.

Fleur temblaba de arriba abajo. Cuando salió de la tienda con la cabeza erguida y agarrando la varita con firmeza, Harry sintió por ella una especie de afecto que no había sentido antes.

Fleur le sonrió a Harry.

Se quedaron solos él y Krum, en lados opuestos de la tienda, evitando mirarse.

Se repitió el mismo proceso.

—¡Ah, no estoy muy seguro de que eso fuera una buena idea!

—¿El qué no ha sido buena idea? —preguntó Fleur con un hilo de voz.

—oyeron gritar a Bagman, siempre con entusiasmo—. ¡Ah... casi! Cuidado ahora... ¡Dios mío, creí que lo iba coger!

Diez minutos después Harry oyó que la multitud volvía a aplaudir con fuerza. También Fleur debía de haberlo logrado. Se hizo una pausa mientras se mostraban las puntuaciones de Fleur. Hubo más aplausos y luego, por tercera vez, sonó el silbato.

Viktor dejó escapar un suspiro.

—¡Y aquí aparece el señor Krum! —anunció Bagman cuando salía Krum con su aire desgarbado, dejando a Harry completamente solo.

Se sentía mucho más consciente de su cuerpo de lo que era habitual: notaba con claridad la rapidez a la que le bombeaba el corazón, el hormigueo que el miedo le producía en los dedos... Y al mismo tiempo le parecía hallarse fuera de él: veía las paredes de la tienda y oía a la multitud como si estuvieran sumamente lejos...

—¡Muy osado! —gritaba Bagman, y Harry oyó al bola de fuego chino proferir un bramido espantoso, mientras la multitud contenía la respiración, como si fueran uno solo—. ¡La verdad es que está mostrando valor y, sí señores, acaba de coger el huevo!

—Bien —murmuró Viktor.

El aplauso resquebrajó el aire invernal como si fuera una copa de cristal fino. Krum había acabado, y aquél sería el turno de Harry.

—Ya me toca —susurró Harry.

Se levantó, notando apenas que las piernas parecían de merengue. Aguardó. Y luego oyó el silbato. Salió de la tienda, sintiendo cómo el pánico se apoderaba rápidamente de todo su cuerpo. Pasó los árboles y penetró en el cercado a través de un hueco.

Lo vio todo ante sus ojos como si se tratara de un sueño de colores muy vivos. Desde las gradas que por arte de magia habían puesto después del sábado lo miraban cientos y cientos de rostros. Y allí, al otro lado del cercado, estaba el colacuerno agachado sobre la nidada, con las alas medio desplegadas y mirándolo con sus malévolos ojos amarillos, como un lagarto monstruoso cubierto de escamas negras, sacudiendo la cola llena de pinchos y abriendo surcos de casi un metro en el duro suelo.

—¿Esta... esta abriendo surcos de un metro en un suelo que seguramente es de roca? —preguntó Neville con un hilo de voz.

—Bueno, los dragones son criaturas fuertes. Si a eso le añades una cola llena de pinchos, pues ya te puedes hacer una idea —respondió Charlie.

La multitud gritaba muchísimo, pero Harry ni sabía ni le preocupaba si eran gritos de apoyo o no. Era el momento de hacer lo que tenía que hacer: concentrarse, entera y absolutamente, en lo que constituía su única posibilidad.

Frank asintió.

←Eso es. No te distraigas.

Levantó la varita.

—¡Accio Saeta de Fuego! —gritó.

Aguardó, confiando y rogando con todo su ser. Si no funcionaba, si la escoba no acudía...

—Acudirá, ya lo verás —dijo Lily con absoluta convicción.

Le parecía verlo todo a través de una extraña barrera transparente y reluciente, como una calima que hacía que el cercado y los cientos de rostros que había a su alrededor flotaran de forma extraña...

Y entonces la oyó atravesando el aire tras él.

—¡Bien!

Se volvió y vio la Saeta de Fuego volar hacia allí por el borde del bosque, descender hasta el cercado y detenerse en el aire, a su lado, esperando que la montara. La multitud alborotaba aún más... Bagman gritaba algo...

—Esperemos que no este gritando que eso esta prohibido o algo así —dijo Emily.

—Dado que ha apostado que Harry ganaría el torneo, no creo que haga algo así que pueda perjudicarle —dijo Reg—. Además de que no se ha saltado ninguna regla, ya que ha usado su varita para llamar a la escoba.

pero los oídos de Harry ya no funcionaban bien, porque oír no era importante...

—No, no. Oír sigue siendo importante —dijo Alice.

Pasó una pierna por encima del palo de la escoba y dio una patada en el suelo para elevarse. Un segundo más tarde sucedió algo milagroso.

—"Se dio cuenta de que se podía ir volando de eso lugar. Así que, enfilando su escoba al horizonte, se alejó al grito de: "¡Ahí os quedáis, mamones!"

—¿Quieres seguir contando tu versión o me dejas leer? —le preguntó Astoria a Will.

Al elevarse y sentir el azote del aire en la cara, al convertirse los rostros de los espectadores en puntas de alfiler de color carne y al encogerse el colacuerno hasta adquirir el tamaño de un perro, comprendió que allá abajo no había dejado únicamente la tierra, sino también el miedo: por fin estaba en su elemento. Aquello era sólo otro partido de quidditch... nada más, y el colacuerno era simplemente el equipo enemigo...

—Bueno, un equipo enemigo que puede arrojar fuego y puede devorarte antes de que te des cuenta —dijo James.

Miró la nidada, y vio el huevo de oro brillando en medio de los demás huevos de color cemento, bien protegidos entre las patas delanteras del dragón.

«Bien —se dijo Harry a sí mismo—, tácticas de distracción. Adelante.»

Descendió en picado. El colacuerno lo siguió con la cabeza. Sabía lo que el dragón iba a hacer, y justo a tiempo frenó su descenso y se elevó en el aire. Llegó un chorro de fuego justo al lugar en que se habría encontrado si no hubiera dado un viraje en el último instante... pero a Harry no le preocupó: era lo mismo que esquivar una bludger.

—¡Cielo santo, vaya manera de volar! —vociferó Bagman, entre los gritos de la multitud—. ¿Ha visto eso, señor Krum?

—Más que verlo, lo he escuchado —dijo Viktor—. Aunque eso no quita que quiera verlo con mis propios ojos.

Harry se elevó en círculos. El colacuerno seguía siempre su recorrido, girando la cabeza sobre su largo cuello. Si continuaba así, se marearía, pero era mejor no abusar o volvería a echar fuego.

—Además que tienes que hacer que se aleje lo suficiente del nido para que puedas coger el huevo —dijo Charlie.

Harry se lanzó hacia abajo justo cuando el dragón abría la boca, pero esta vez tuvo menos suerte. Esquivó las llamas, pero la cola de la bestia se alzó hacia él, y al virar a la izquierda uno de los largos pinchos le raspó el hombro.

Algunos soltaron un gemido de dolor.

La túnica quedó desgarrada. Le escocía. La multitud gritaba, pero la herida no parecía profunda.

—Viendo lo que hacían esos pinchos en el suelo, has tenido suerte —dijo Luna.

Sobrevoló la espalda del colacuerno y se le ocurrió una posibilidad... El dragón no parecía dispuesto a moverse del sitio:

—Cuesta mucho que un dragón hembra se aleje de su nido por voluntad propia —dijo Charlie—. Los colacuerno húngaro justamente son una de las especies más protectoras con sus crías.

tenía demasiado afán por proteger los huevos. Aunque retorcía la cabeza y plegaba y desplegaba las alas sin apartar de Harry sus terribles ojos amarillos, era evidente que temía apartarse demasiado de sus crías. Así pues, tenía que persuadirlo de que lo hiciera, o de lo contrario nunca podría apoderarse del huevo de oro. El truco estaba en hacerlo con cuidado, poco a poco.

Empezó a volar, primero por un lado, luego por el otro, no demasiado cerca para evitar que echara fuego por la boca, pero arriesgándose todo lo necesario para asegurarse de que la bestia no le quitaba los ojos de encima. La cabeza del dragón se balanceaba a un lado y a otro, mirándolo por aquellas pupilas verticales, enseñándole los colmillos...

Varios tragaron saliva.

Remontó un poco el vuelo. La cabeza del dragón se elevó con él, alargando el cuello al máximo y sin dejar de balancearse como una serpiente ante el encantador.

Harry se elevó un par de metros más, y el dragón soltó un bramido de exasperación. Harry era como una mosca para él, una mosca que ansiaba aplastar. Volvió a azotar con la cola, pero Harry estaba demasiado alto para alcanzarlo. Abriendo las fauces, echó una bocanada de fuego... que él consiguió esquivar.

—¡Vamos! —lo retó Harry en tono burlón, virando sobre el dragón para provocarlo—. ¡Vamos, ven a atraparme...! Levántate, vamos...

La enorme bestia se alzó al fin sobre las patas traseras y extendió las correosas alas negras, tan anchas como las de una avioneta, y Harry se lanzó en picado. Antes de que el dragón comprendiera lo que Harry estaba haciendo ni dónde se había metido, éste iba hacia el suelo a toda velocidad, hacia los huevos por fin desprotegidos. Soltó las manos de la Saeta de Fuego... y cogió el huevo de oro.

La sala estalló en vítores. Varios dejaron escapar el aliento que habían estado conteniendo.

Y escapó acelerando al máximo, remontando sobre las gradas, con el pesado huevo seguro bajo su brazo ileso. De repente fue como si alguien hubiera vuelto a subir el volumen: por primera vez llegó a ser consciente del ruido de la multitud, que aplaudía y gritaba tan fuerte como la afición irlandesa en los Mundiales.

—Es que eso debe de haber sido alucinante de ver —dijo Ron con una enorme sonrisa.

—¡Miren eso! —gritó Bagman—. ¡Mírenlo! ¡Nuestro paladín más joven ha sido el más rápido en coger el huevo! ¡Bueno, esto aumenta las posibilidades de nuestro amigo Potter!

—Sin duda —asintió Dumbledore.

Harry vio a los cuidadores de los dragones apresurándose para reducir al colacuerno; y a la profesora McGonagall, el profesor Moody y Hagrid, que iban a toda prisa a su encuentro desde la puerta del cercado, haciéndole señas para que se acercara. Aun desde la distancia distinguía claramente sus sonrisas.

Voló sobre las gradas, con el ruido de la multitud retumbándole en los tímpanos, y aterrizó con suavidad, con una felicidad que no había sentido desde hacia semanas. Había pasado la primera prueba, estaba vivo...

—¿Podías no ser tan dramático? —le pidió Lily.

—¡Excelente, Potter! —dijo bien alto la profesora McGonagall cuando bajó de la Saeta de Fuego. Viniendo de la profesora McGonagall, aquello era un elogio desmesurado.

—No creo que tenga otra manera de describir su actuación —dijo McGonagall. Flitwick y Sprout asintieron con ella.

Le tembló la mano al señalar el hombro de Harry—. Tienes que ir a ver a la señora Pomfrey antes de que los jueces muestren la puntuación... Por ahí, ya está terminando con Diggory.

—¡Lo conseguiste, Harry! —dijo Hagrid con voz ronca—. ¡Lo conseguiste! ¡Y eso que te tocó el colacuerno, y ya sabes lo que dijo Charlie de que era el pe...!

—¡Hagrid, calla!

—Gracias, Hagrid —lo cortó Harry para que Hagrid no siguiera metiendo la pata al revelarle a todo el mundo que había visto los dragones antes de lo debido.

—Suerte que has estado rápido allí —dijo Tonks.

El profesor Moody también parecía encantado. El ojo mágico no paraba de dar vueltas.

—Lo mejor, sencillo y bien, Potter —sentenció.

—Muy bien, Potter. Ve a la tienda de primeros auxilios, por favor —le dijo la profesora McGonagall.

Harry salió del cercado aún jadeando y vio a la entrada de la segunda tienda a la señora Pomfrey, que parecía preocupada.

—¡Dragones! —exclamó

—Vale que el chaval no sea un adonis, pero tampoco hace falta llamarle dragón a la cara —dijo Fred.

en tono de indignación, tirando de Harry hacia dentro.

La tienda estaba dividida en cubículos. A través de la tela, Harry distinguió la sombra de Cedric, que no parecía seriamente herido, por lo menos a juzgar por el hecho de que estaba sentado. La señora Pomfrey examinó el hombro de Harry, rezongando todo el tiempo.

—El año pasado dementores, este año dragones... ¿Qué traerán al colegio el año que viene?

—¿Un sapo monstruoso? —dijo Ginny mientras se encogía de hombros.

Quinto año... un sapo... pues mira, no va tan desencaminada pensó Alan con diversión.

Has tenido mucha suerte: sólo es superficial. Pero te la tendré que limpiar antes de curártela.

Limpió la herida con un poquito de líquido púrpura que echaba humo y escocía, pero luego le dio un golpecito con la varita mágica y la herida se cerró al instante.

—Y con los métodos muggles habría tardado mínimo una semana en curarse —dijo Hermione en voz baja.

—Ahora quédate sentado y quieto durante un minuto. ¡Sentado! Luego podrás ir a ver tu puntuación. —Salió aprisa del cubículo, y la oyó entrar en el contiguo y preguntar—: ¿Qué tal te encuentras ahora, Diggory?

—Ni siquiera sé lo que me ha pasado —dijo Cedric.

Harry no podía quedarse quieto: estaba aún demasiado cargado de adrenalina. Se puso de pie para asomarse a la puerta,

—Te gusta el peligro, ¿verdad? —dijo Remus, quién conocía muy bien el carácter de la enfermera de la escuela.

pero antes de que llegara a ella entraron dos personas a toda prisa: Hermione e, inmediatamente detrás de ella, Ron.

Algunos miraron atentamente el libro, recordando que Harry y Ron estaban peleados.

—¡Harry, has estado genial! —le dijo Hermione con voz chillona. Tenía marcas de uñas en la cara, donde se había apretado del miedo

Hermione se pasó los dedos por la cara.

—. ¡Alucinante! ¡De verdad!

Pero Harry miraba a Ron, que estaba muy blanco y miraba a su vez a Harry como si éste fuera un fantasma.

—Harry —dijo Ron muy serio—, quienquiera que pusiera tu nombre en el cáliz de fuego, creo que quería matarte.

Silencio.

Harry y Ron intercambiaron una mirada.

—¡Te ha costado, ¿eh?! —exclamó Ginny al final.

Fue como si las últimas semanas no hubieran existido, como si Harry viera a Ron por primera vez después de haber sido elegido campeón.

—Lo has comprendido, ¿eh? —contestó Harry fríamente—. Te ha costado trabajo.

—Bastante por lo que parece —dijo Ron con una sonrisa nerviosa.

Hermione estaba entre ellos, nerviosa, paseando la mirada de uno a otro. Ron abrió la boca con aire vacilante. Harry se dio cuenta de que quería disculparse y comprendió que no necesitaba oír las excusas.

—Está bien —dijo, antes de que Ron hablara—. Olvídalo.

—No —replicó Ron—. Yo no debería haber...

—¡Olvídalo!

—Pero...

—¡Qué lo olvides!

Ron le sonrió nerviosamente, y Harry le devolvió la sonrisa.

Hermione, de pronto, se echó a llorar.

—¿Por qué lloras? —preguntó Ron con sorpresa.

—¿Tú que crees? —replicó Hermione, ahogando un sollozo.

—¡No hay por qué llorar! —le dijo Harry, desconcertado.

—¡Sois tan tontos los dos! —gritó ella, dando una patada en el suelo al tiempo que le caían las lágrimas. Luego, antes de que pudieran detenerla, les dio a ambos un abrazo y se fue corriendo, esta vez gritando de alegría.

Hermione se sonrojo, mientras Harry y Ron se reían.

—¡Cómo se pone! —comentó Ron, negando con la cabeza

—¿Y por culpa de quién me pongo así?

—Esto... ¿nuestra?

Hermione resopló y se cruzó de brazos, aunque no pudo ocultar la sonrisa que había en su cara.

—. Vamos, Harry, están a punto de darte la puntuación.

Cogiendo el huevo de oro y la Saeta de Fuego, más eufórico de lo que una hora antes hubiera creído posible, Harry salió de la tienda, con Ron a su lado, hablando sin parar.

—Has sido el mejor, ni punto de comparación.

—Aunque no hemos visto las otras pruebas para poder juzgar —señaló Daphne.

Cedric hizo una cosa bastante rara: transformó una roca en un perro labrador,

—La transfiguración siempre ha sido uno de sus mejores temas, señor Diggory —dijo McGonagall.

para que el dragón atacara al perro y se olvidara de él.

—Pobre perro —murmuró Eli.

—Técnicamente es una roca —señaló Cedric.

—Eso es maltrato animal.

—¡Qué es una roca!

—Pues maltrato roquil.

La transformación estuvo bastante bien, y al final funcionó, porque consiguió coger el huevo, pero también se llevó una buena quemadura porque el dragón cambió de opinión de repente y decidió que le interesaba más Diggory que el labrador.

—Espero que no fuese muy grave —dijo Molly.

—No te preocupes, mamá. La mayoría de quemaduras se pueden curar si se hace a tiempo —dijo Charlie.

Escapó por los pelos. Y Fleur intentó un tipo de encantamiento... Creo que quería ponerlo en trance, o algo así. El caso es que funcionó, se quedó como dormido, pero de repente roncó y echó un buen chorro de fuego. Se le prendió la falda.

Fleur hizo una mueca.

La apagó echando agua por la varita. Y en cuanto a Krum... no lo vas a creer, pero no se le ocurrió la posibilidad de volar.

—No creo que a muchas personas se les ocurra eso —dijo Viktor.

Sin embargo, creo que después de ti es el que mejor lo ha hecho. Utilizó algún tipo de embrujo que le lanzó a los ojos.

—Imagino que eso era lo que te quería decir —dijo Sirius.

El problema fue que el dragón empezó a tambalearse y aplastó la mitad de los huevos de verdad. Le han quitado puntos por eso, porque se suponía que no tenía que causar ningún daño.

Ron tomó aire al llegar con Harry hasta el cercado. Retirado el colacuerno, Harry fue capaz de ver dónde estaban sentados los jueces: justo al otro extremo, en elevados asientos forrados de color oro.

—Cada uno da una puntuación sobre diez—le explicó Ron.

Entornando los ojos, Harry vio a Madame Máxime, la primera del tribunal, levantar la varita, de la que salió lo que parecía una larga cinta de plata que se retorcía formando un ocho.

—No esta nada mal.

—¡No está mal! —dijo Ron mientras la multitud aplaudía—. Supongo que te ha bajado algo por lo del hombro...

—Es lo más seguro —dijo Sprout.

A continuación le tocó al señor Crouch, que proyectó en el aire un nueve.

—¡Muy bien! —aplaudió Percy. Algunos lo miraron con diversión—. ¿Qué pasa, es que no puedo alegrarme?

—¡Qué bien! —gritó Ron, dándole a Harry un golpecito en la espalda.

Luego le tocaba a Dumbledore. También él proyectó un nueve,

—¡Genial!

y la multitud vitoreó más fuerte que antes.

Ludo Bagman: un diez.

—¿Un diez? ¿No es demasiado exagerado?

—No, si quiere que Harry gane el torneo —dijo Bill.

—¿Un diez? —preguntó Harry extrañado—. ¿Y la herida? ¿Por qué me pone un diez?

—¡No te quejes, Harry! —exclamó Ron emocionado.

—¡Eso, eso!

Y entonces Karkarov levantó la varita. Se detuvo un momento, y luego proyectó en el aire otro número: un cuatro.

—¿Qué? —exclamaron algunos con indignación.

—¿Qué? —chilló Ron furioso—. ¿Un cuatro? ¡Cerdo partidista y piojoso, a Krum le diste un diez!

—Sinceramente, creo que se llega a escapar mi dragón y mata a la mitad del publico, y aún seguiría dándome un diez —dijo Krum con un tono agotado.

Pero a Harry no le importaba.

—Pues debería importarte.

No le hubiera importado aunque Karkarov le hubiera dado un cero. Para él, la indignación de Ron a su favor valía más que un centenar de puntos.

Harry sintió que sus mejillas se ruborizaban, mientras Ron miraba hacia otro lado.

No se lo dijo a Ron, claro, pero al volverse para abandonar el cercado no cabía en sí de felicidad. Y no solamente a causa de Ron: los de Gryffindor no eran los únicos que vitoreaban entre la multitud. A la hora de la verdad, cuando vieron a lo que se enfrentaba, la mayoría del colegio había estado de su parte, tanto como de la de Cedric. En cuanto a los de Slytherin, le daba igual: ya se sentía con fuerza para enfrentarse a ellos.

—Seguro que han habido Slytherin que te han animado —dijo Ginny.

—Yo mínimo lo haría —aseguró Astoria.

—¡Estáis empatados en el primer puesto, Harry! ¡Krum y tú!

Los aludidos se miraron.

—le dijo Charlie Weasley, precipitándose a su encuentro cuando volvían para el colegio—. Me voy corriendo. Tengo que llegar para enviarle una lechuza a mamá; le prometí que le contaría lo que había sucedido. ¡Pero es que ha sido increíble! Ah, sí... me ordenaron que te dijera que tienes que esperar unos minutos. Bagman os quiere decir algo en la tienda de los campeones.

—Imagino que será relacionado con la segunda prueba —dijo Sally.

Ron dijo que lo esperaría, de forma que Harry volvió a entrar en la tienda, que esta vez le pareció completamente distinta: acogedora y agradable. Recordó cómo se había sentido esquivando al colacuerno y lo comparó a la larga espera antes de salir... No había comparación posible: la espera había sido infinitamente peor.

Fleur, Cedric y Krum entraron juntos. Cedric tenía un lado de la cara cubierto de una pasta espesa de color naranja, que presumiblemente le estaba curando la quemadura. Al verlo, sonrió y le dijo:

—¡Lo has hecho muy bien, Harry!

—Y tú —dijo Harry, devolviéndole la sonrisa.

—Aunque en verdad no he visto nada —rió Harry.

—¡Muy bien todos! —dijo Ludo Bagman, entrando en la tienda con su andar saltarín y tan encantado como si él mismo hubiera burlado a un dragón—. Ahora, sólo unas palabras. Tenéis un buen período de descanso antes de la segunda prueba, que tendrá lugar a las nueve y media de la mañana del veinticuatro de febrero.

—Veinticuatro de febrero —murmuró Hermione. Cerro los ojos y un calendario apareció en su mano. Algunos soltaron una exclamación de sorpresa, claramente se habían olvidado que esa sala hacía aparecer lo que uno quería—. Cae en viernes —informó después de revisar atentamente el calendario.*

¡Pero mientras tanto os vamos a dar algo en que pensar! Si os fijáis en los huevos que estáis sujetando, veréis que se pueden abrir... ¿Veis las bisagras? Tenéis que resolver el enigma que contiene el huevo porque os indicará en qué consiste la segunda prueba, y de esa forma podréis prepararos para ella. ¿Está claro?, ¿seguro? ¡Bien, entonces podéis iros!

Harry salió de la tienda, se juntó con Ron y se encaminaron al castillo por el borde del bosque, hablando sin parar. Harry quería que le contara con más detalle qué era lo que habían hecho los otros campeones. Luego, al rodear el grupo de árboles detrás del cual Harry había oído por primera vez rugir a los dragones, una bruja apareció de pronto a su espalda.

—Tengo la sensación de que sé quién es —murmuró Arthur.

Era Rita Skeeter.

—Era evidente.

Aquel día llevaba una túnica de color verde amarillento, del mismo tono que la pluma a vuelapluma que tenía en la mano.

—¡Enhorabuena, Harry! —lo felicitó—. Me pregunto si podrías concederme unas palabras.

—La verdad es que no.

¿Cómo te sentiste al enfrentarte al dragón? ¿Te ha parecido correcta la puntuación que te han dado?

—No, sólo puedo concederle una palabra —replicó Harry de malas maneras—: ¡adiós!

Bill hizo una mueca.

—No sé si ha sido buena idea responderle de esa manera a Skeeter. Se lo merece, pero no me sorprendería nada que usase eso como excusa para empezar a difamar sobre ti.

Y continuó el camino hacia el castillo, al lado de Ron.

—Fin del capítulo —anunció Astoria Greengrass.


*: Lo he mirado y efectivamente el 24 de febrero cae en viernes en el año 1995.


Hola gente.

Y este ha sido el capítulo vigésimo quinto de este fic, dónde hemos visto el transcurso de la primera prueba. La verdad es que es un poco sorprendente que haya actualizado esta historia, cuando ayer mismo publique un nuevo capítulo de Leyendo Percy Jackson. A lo mejor esto quiere decir que hay un nuevo capítulo o una nueva historia... (Ya os adelanto que no esperéis nada, que no tengo nada preparado).

En fin, pues en este capítulo hemos introducido a los profesores Flitwick y Sprout a la lectura. Y ya que estamos, os hablaré de algunos personajes y si saldrán en la lectura o no.

Personajes que no van a aparecer en esta serie de lecturas:

-Snape: Ya di mis motivos para no meterlo en la historia en otros capítulos, pero básicamente no estará por su actitud en los libros, ya que creo que provocaría muchas peleas entre los que están leyendo los libros, especialmente cuando se lea que mató a Dumbledore o que le cortó una oreja a George.

-Hagrid: Reconozco me gustaría ponerlo, pero al mismo tiempo me resulta muy difícil de imaginar involucrado en la lectura. Además, si añadiésemos a la lectura a Hagrid junto a Snape, imaginaos cual sería el resultado en cuanto se leyese la muerte de Dumbledore (solo por eso, me dan ganas de meter a ambos, pero no).

Personajes que a lo mejor salen, o puede que no:

-Señores Granger: Efectivamente los padres de Hermione. La verdad es que me hubiese gustado ponerlos desde el principio de la lectura, pero como en los libros prácticamente no tienen participación, me resultaría un poco raro ponerlos.

-Malfoy: No voy a mentir. Malfoy era el que iba a aparecer en este capítulo en vez de Sprout y Flitwick. Pero ha sido escribir un poco estando con él en la sala, y me he dado cuenta de que me iba resultar muy difícil no terminar cada frase con una batalla campal entre Malfoy y otras personas de la sala. Así que, por ahora, Malfoy se queda fuera de las lecturas.

Personajes que sí saldrán en esta serie:

-Shacklebolt: Desde el principio ya tenía pensado que su personaje aparecía en las lecturas, pero que no le veríamos el pelo hasta el quinto libro.

-Slughorn: Lo mismo que Shacklebolt, desde el principio sabía que iba a aparecer en las lecturas, pero no hasta el sexto libro.

Bueno, estos son los personajes de los que quería hablar, así que no tengo mucho más que comentar. Espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki.

PD: Veamos cuanta gente capta esa pequeña escena correspondiente a otra serie.