Atosigo
No encontraba la forma menos cruel para salirse de la situación. Sería más fácil si se tratara de otra persona porque sencillamente se podría ir dejando al interlocutor que tenía al frente hablando con el aire sin preocuparle realmente que no tuviera a nadie más para descargar las frustraciones de su vida. Clavarle un senbon envenenado o cortarle la lengua con un kunai solo para que se callara también eran opciones, las primeras de la lista para ser sincero, pero no podía hacerle eso a Shizune. Simplemente había algo en aquella kunoichi que lo obligaba a reprimir su vena asesina. Quizás sería porque tocar a la joven morena era tocar a Tsunade y cualquier persona con un poco de inteligencia, o que quisiera conservar los huesos enteros donde anatómicamente deberían estar, evitaría sin duda, cualquier problema con ella.
—… Ya no sé qué hacer con él, Ibiki-san, por más que trato de entenderlo no puedo. Miente por mentir, es desordenado, haragán, se la pasa sentado frente al televisor y su higiene personal…— la médico hizo una mueca arrugando la nariz mientras un pequeño escalofrío le recorría la espalda.
—Y aún así te quieres casar, imagina eso con hijos. — le respondió secamente.
Los ojos oscuros de la chica se abrieron bastante, negando exageradamente con la cabeza, quizás tratando de sacar algunas imágenes de su mente. Finalmente se disculpó con tener mucho trabajo pendiente y regresó a su escritorio dejando al ANBU parado en el vestíbulo de la torre de la Hokage, pero apenas ella se hubo perdido de su vista en el pasillo, el hombre no dudó en salir inmediatamente del lugar, no fuera que todos los shinobi de la hoja decidieran saludarle y tratarlo como confidente. Cosas raras pasaban en la aldea desde que la chica esa que cuidaba había llegado de la nada a Konoha.
Hablando precisamente de su vecina, ella estaba de misión fuera de la aldea, lo que le daba algunos días libres llenos de paz y tranquilidad en los que se podía dedicar a cerrar archivos sin amenazas de morir aplastado por las viejas vigas de madera que lo separaban de ella.
Tomando pensamientos más alegres, ajenos a la espabilada aquella, sin duda los archivos que había tomado le estaba resultando productivo en demasía con respecto a aspectos nuevos del funcionamiento de la psique humana.
Por lo general, trataba siempre con ninjas, gente que desde pequeña ve la sangre y la muerte como la cosa más natural del mundo, por ende, desarrolla una tendencia sociópata que no representaba un problema en realidad, más que cuándo el propio shinobi deja de ver la diferencia entre la moralidad de su profesión y la conducta caótica de un asesino puro. Mejor ejemplo de eso eran los renegados de cada villa.
Pero los civiles eran otro asunto diametralmente opuesto.
Tal y como lo había supuesto desde la primera vez, al menos en los casos que llevaba resueltos, los perpetradores habían sido ciudadanos sin entrenamiento ninja. Sujetos totalmente ignorados como primera posibilidad, incluso como remota posibilidad.
Casi se cumplía un mes desde que había tomado los archivos a su entero control, alternándolos con sus demás obligaciones en el cuartel y por supuesto, la prioridad: "Cuida a la niña Ibiki porque es importante para la aldea saber más de su mundo".
Un mes gratificante de movimientos ocultos en los múltiples barrios, estudiando víctimas y victimarios, poniendo trampas para que los culpables se delataran, ocultando rastros de todo lo que pudiera causar pánico entre la población, después de todo, a nadie le gustaría saber que su vecino era un asesino y que, además, en años completos ningún ninja de la aldea se había dado cuenta. Si eso ocurría la imagen imponente de Konoha se vendría abajo y la estabilidad interna se fluctuaría con tensiones de inseguridad que solo darían paso a ataques por parte de villas enemigas.
Lo único bueno de la situación era que quienes no tenían nada que ver con los casos, no notaban mucho la diferencia cuando alguien "se mudaba a un lugar más tranquilo" o simplemente el capitán del departamento de interrogación y tortura se lanzaba sobre ellos para juzgarlos por sus crímenes y encerrarlos en alguna de las habitaciones del cuartel ANBU donde se quedarían encerrados en técnicas genjutsu esperando el próximo examen de aceptación de candidatos al cuerpo de élite. Así cuando menos serían de utilidad para probar a los novatos.
Los civiles no necesariamente eran blancas palomas inocentes, solían verse como poca cosa debido a su falta de entrenamiento, pero justo en esos momentos tenía en manos un asunto que casi podría tomar como personal, tal y como sucedía cuando en el folio del papel se anexaban las siglas "VAS".
VAS, sin duda eran el tipo de delitos al que los Uchiha se mostraban renuentes a darles largas en la investigación y particularmente ofendidos, tanto que se ponían más antipáticos y secos de lo que de por sí eran, tal como sucedería con cualquier persona en conocimiento de los valores morales mínimos para el funcionamiento tranquilo de una sociedad sin importar que fuera shinobi o no. En el caso del clan que controlaba la jefatura de policía, se metía también el honor de "guardián de la aldea" y la obsesión con recobrar la dignidad del afectado convirtiendo la cacería de culpables más que en justicia, en venganza.
Ese caso que tenía en manos había permanecido abierto porque la víctima que levantó los cargos no fue capaz de identificar al atacante cuando los Uchiha redujeron los sospechosos a un número contable con los dedos de las manos, ni aún cuando el agente asignado al caso perjuraba que estaba ahí. Y cuando sucedía eso, sencillamente no hay victimario, por lo tanto aunque el oficial empeñe su alma confirmando la culpabilidad del sujeto, no se le juzga. Lo peor de la situación tantos años después, era que su nombre se había borrado de todos los documentos para no "manchar su imagen".
Así de absurda era la lógica de las leyes para sentenciar civiles.
A varios años de lo sucedido, él se haría cargo de encontrarlo de nuevo, obligarlo a delatarse, y de paso, cerrar también la misteriosa oleada, exitosamente encubierta por algunos Jōnin, de crímenes similares con respecto a la forma de acometer, que habían venido sucediendo de manera irregular de diez años a la fecha. Lo frustrante para los muchos ninjas que habían tenido el caso en asignación, era que las chicas si no retiraban los cargos, les daba una misteriosa amnesia con la que no recordaban nada de su testimonio original.
Se encaminó específicamente hacia el sur donde había sido la primer denuncia. No tenía muy claro lo que iba a hacer. Torturar a la chica, ahora ya mujer adulta, hasta que reconociera que uno de los hombres en la fila que le presentaron era su agresor, estaba fuera de la lista de procedimientos autorizados. La Hokage no estaba del todo feliz por haber usado "técnicas radicales" con simples civiles, aún considerando que él había tenido cuidado de no hacer cosas innecesariamente crueles como pasaba con quienes entraban al cuarto de interrogación a su cargo con información crucial en sus cabezas.
Quizás debía seguir usando solo genjutsu, pero igualmente no tenía ni idea de qué trataría su ilusión, estaba completamente ciego en cuanto a información para ese caso.
Llegó hasta el último domicilio registrado en el acta y por alguna razón no sintió nada en particular cuando notó que la construcción tenía al menos de diez años abandonada. Había que indagar a donde había ido a parar su punto de partida.
Solo fue cuestión de minutos averiguar el nuevo domicilio. Un departamento casi a la afueras de la aldea, donde la densidad poblacional se aligeraba a comparación del centro.
Subió las escaleras de servicio procurando no hacer sonar los peldaños oxidados y se coló por la ventana de la cocina.
Estaba casi vacío.
Solo había un refrigerador pequeño, una alacena igualmente no muy grande, la estufa de cuatro quemadores y una pequeña mesa conformaban el mobiliario. Todo alineado contra la pared dejando el centro de la habitación y un camino de la puerta a la ventana completamente libre.
Pasó al comedor, o lo que debiera serlo porque solo se encontró con una pieza vacía, salvo por un cuadro en una de las paredes blancas. En el fondo negro del lienzo rectangular solo se distinguía la silueta blanca de una mujer con la cabeza ligeramente girada hacia atrás, las manos en la espalda baja como atada, y el cabello en mechones desiguales cayendo sobre los hombros, pero no tenía rostro dibujado.
Un sofá reclinable pequeño y un televisor sobre una mesa de centro formaban la sala, una de las habitaciones estaba completamente vacía, la otra solo contaba con una cama de una plaza, una mesa de noche sobre la cual se hallaba una lámpara y un despertador digital. Un escritorio, una estantería alta, demasiado para una persona promedio según vio el capitán pues incluso él debía estirar bien el brazo para alcanzar algo.
El cuarto de baño no tenía puerta, cancel o cortina divisoria entre la zona de ducha y la del inodoro. No había espejo sobre el lavamanos ni en ningún otro sitio, solo un botiquín en la esquina junto con un cesto para la ropa sucia.
Tres golpes sonaron al otro lado de la puerta de acceso principal, y se dirigió al sitio asomándose por el visor. Aún era temprano, quizás apenas daban las ocho de la mañana, realmente no acostumbraba usar reloj; los de manecillas lo delatarían con el infernal "tic tac" que hasta cualquier civil idiota escucharía, y los digitales de la nada hacían ruidos raros que curiosamente se accionaban en el momento menos oportuno. Sin reloj estaba bien.
Por razones obvias e inteligentes no abrió aunque los golpes se repitieron de nuevo, la mira no servía de mucho porque quien fuera que estuviera al otro lado se había colocado en el punto ciego de esta, es decir cualquier sitio menos al frente. El patético mecanismo de seudo-seguridad del inmueble no servía más que para ver el número metálico que tenía el departamento de enfrente.
Una tercera vez se repitió la secuencia, sonando tétrico el eco generado por el vacío sitio. Las sombras que se proyectaban por la ranura entre el piso y la puerta le dieron el indicio de que dejaron algo en el suelo y luego los pasos apresurados bajando las escaleras le hacían evidente que se retiraba. Asegurándose de que no había nadie en el pasillo que servía de vestíbulo salió a ver el paquete, se trataba de un ramo de narcisos blancos atados con un lazo rojo, en el medio había una pequeña máscara de teatro; una mujer joven de negros cabellos recogidos, los ojos apenas abiertos y la boca mostrando los perfectamente alineados dientes manchados de tinta negra torciendo los labios en un intento de sonrisa deforme.
Una tarjeta también venía incluida y la leyó procurando moverla al mínimo.
Recuerda que eres mía.
T&H
Al menos una marca en la parte posterior de la tarjeta le dejaba claro que no habían sido compradas en la florería Yamanaka como era la decisión casi por default que tomaría cualquiera al ver las flores, como si fuera la única tienda que las vendiera en toda la aldea.
Cerró de nuevo la puerta dejando todo como estaba, aunque en realidad no había movido nada o mejor dicho, no había mucho que mover, sin embargo, habiendo tan pocas cosas en cada habitación sería demasiado fácil para cualquiera saber que hubo alguien ahí. Nuevamente usando las escaleras de servicio fue directo a la florería que marcaba la tarjeta, no era experto, pero pudo notar que no tenían mucho tiempo de haber sido cortadas.
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—Despachamos un ramo de flores blancas al menos una vez por mes ¿Verdad hija?
Una mujer detrás de la anciana que acomodaba un jarrón de geranios asintió sin poner especial atención en la plática.
—No le gusta mucho que repitamos la flor, siempre deben ser diferentes. — agregó la mayor tomando un narciso que estaba cerca sobre el mostrador envuelto en un trozo de papel celofán.
—Mandamos narcisos esta vez, la flor que dice "deseo verte".
— ¿Agrega algún detalle extra? ¿Algún regalo?
—En medio debe quedar un espacio, no sé qué le regale, pero ese espacio nos lo ha pedido desde la primera vez ¿Verdad hija? — nuevamente la mujer asintió por compromiso, ya que el arreglo que empezaba a armar la tenía absorta e Ibiki lo notó de inmediato.
— ¿Desde hace cuanto es cliente?
—Unos tres o cuatro años… era maestro de mi hija en la escuela de contabilidad ¿Verdad? — con exasperante mecanización la mujer asintió mirando los listones que tenía en la manos, en la derecha uno dorado y en la izquierda uno rojo, decidiendo cuál iba mejor.
— ¿Cómo es él?
— ¡Ay! No sé, siempre lo atiende mi hija.
Antes de que la llamaran, la aludida tomó el cuaderno de ventas y le enseñó una dirección fugazmente al ninja para luego volver a su arreglo.
Dando las gracias salió sin esperar el ataque de promociones del día que los primeros días lo habían tomado desprevenido, pero ahora ya era experto evitando que lo manipularan para comprar cosas que no necesitaba. Sí, él, Ibiki Morino había sido engatusado por un civil, lo que le obligó a corroborar su teoría sobre que nunca había que subestimar el poder de un comerciante.
Curioso que cuando lo pensaba, nunca se le había parado al frente un vendedor con oferta de bombillas eléctricas, lo que le recordaba, debía comprarlas, pero ya sería más tarde, aún tenía muchas cosas por hacer y no tenía ganas de cargar con una caja frágil.
Optó por moverse sobre la arbolada periférica de los barrios colindantes con la muralla y no por las calles. No tenía una larga cabellera roja, rosa o amarilla, o un traje naranja con azul, pero no podía negar que llamaba demasiado la atención y eso no era bueno cuando se quiere pasar desapercibido.
Llegó hasta otra casa, de otra de las víctimas amedrentadas y con la misma desfachatez de la anterior se metió sin más nada. Solo llamaba a la puerta cuando tenía que hablar con el dueño, costumbre que había perdido casi por completo cuando se percató que las personas no servían para retener datos o dar información, y no tenía tiempo para ejecutar técnicas de memoria con ellos. Era más fácil para él simplemente sacar perfiles en base a las cosas y la forma en que mantenían sus objetos personales.
Esta vez el sitio se encontraba mucho más arreglado y habitable, por decirlo de algún modo. Por ejemplo, sobre la mesa del comedor se encontraba un florero de cristal con un ramo de nardos blancos atados con un lazo rojo.
Hizo un par de clones y los envió a registrar el sótano y la planta alta respectivamente, mientras él se hacía cargo de ese nivel.
Menos de dos minutos habían pasado cuando uno de ellos regresó, deshizo a ambos y se dirigió escaleras arriba, a la habitación del fondo. Pasó el umbral y sus ojos recibieron una ligera impresión poco agradable de felpudo rosa intenso tapizando piso, muros, techo, muebles, cortinas; todo.
Pero lo que su clon le había informado eran las repisas a mano derecha de la entrada: había muñecas de porcelana, frascos de perfumes, pequeños espejos enmarcados, máscaras de blanca tez. Estas últimas llamaron su atención porque también eran de teatro, mujeres jóvenes blancas por el maquillaje simulado, de ojos pequeños y rasgados, pero las bocas tenían una sonrisa más definida, diferente en cada una de las diez que había.
Bonito detalle tenía con las chicas el sujeto.
Salió hacia el patio de servicio registrando de la misma forma otras casas y departamentos, no todas tenían las flores ni las máscaras, pero en las que había encontrado estaban en distintos lados: una caja en el sótano, un cajón de la cocina, el bote de la basura. La situación era obvia, un acosador, por eso habían prescindido de su testimonio original.
Sacó de su chaqueta una hoja del registro de ventas de la florería a la que había ido por la mañana, la había arrancado del cuaderno sin mayor problema justo después de que la hija le mostrara el apartado de ese cliente en particular. Narcisos por la mañana, nardos hacía tres días, claveles la semana pasada, tulipanes, rosas, orquídeas, gardenias… justo la lista que había encontrado en cada uno de los domicilios.
Más lógico no podía ser el asunto, solo había que proceder a que se delatara, lo atrapaba, lo llevaba con la Hokage y ahí que se decidiera que se haría con él.
Una sonrisa perversa se entornó en su moreno rostro; Tsunade era mujer, no abría que convencerla mucho para lograr algo interesante para el sujeto.
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De un saltó pasó la muralla que delimitaba la suntuosa propiedad cercada, de otro llegó hasta un balcón de la planta alta, abrió el ventanal y se metió en la habitación. Las probabilidades de que estuviera en casa eran demasiadas, si era contador de profesión solo podía estar trabajando en su despacho en casa o en la torre administrativa, y como en la segunda no estaba, solo le quedaba la primera.
El silencio de la casona rayaba en lo tétrico. Pese a ser pleno día aún, dentro del inmueble la obscuridad abrumaba. Gruesas cortinas de lana teñida de azul cubrían las ventanas, las puertas estaban todas cerradas bajo llave, pero nada que un senbon no pudiera arreglar.
Recorrió el largo pasillo que dividía la casa en dos alas tratando de encontrar de dónde provenía el flujo de chakra que había sentido desde afuera, pero no daba exactamente con el sitio. Era extraño porque tenía la inquietud de que algo no andaba bien, pero lo que realmente le tenía confundido era la dirección cambiante que percibía. Justo cuando llegaba a la puerta de la habitación donde creía que estaba, el flujo cambiaba abruptamente a otra zona.
Fastidiado de andar cambiando de un sitio a otro se dio cuenta de que los cambios seguían un patrón, había entonces tres personas que permanecían ocultas y de tanto en tanto rotaban el turno de llamar la atención liberando una pequeña sonda de energía como señuelo. Se acomodaban específicamente a sucesiones dirigidas de quien parecía el líder, como luces intermitentes de colores que seguían una guía blanca continua que casi pasaba desapercibida, casi, porque él era capitán ANBU y no caería tan fácil.
Optó por entrar a la habitación del líder, giró la perilla despacio para hacer dramática su entrada y anticiparse si habían puesto alguna trampa…nada, no debían tener mucha experiencia. Sacó un kunai de su bolsillo y se movió rápidamente hasta donde debía de estar oculto, lo empuñó para amenazarlo por el cuello y fue ahí cuando se dio cuenta de que era un Genin de Konoha.
Su segundo de duda le costó un ataque por la espalda que apenas evadió saltando a la derecha y luego a la izquierda para evadir un juego de shuriken, justo cuando tocó suelo mientras sacaba un par de cuchillas para inmovilizar a los niños un jutsu de parálisis le impidió moverse, acto que le resultó totalmente imposible, ese tipo de técnicas eran demasiado avanzadas como para que un pequeño de ese nivel pudiera hacerla.
—Muy buen trabajo equipo. Konohamaru-kun, sin duda serás un buen líder de escuadrón, digno del nieto de un maestro Hokage.
Los tres niños se pusieron en las posiciones que acostumbraban para resaltar el hecho de que eran equipo desde que el pequeño Sarutobi se había enterado que todos los ninjas lo tenían. El instructor a cargo era quien sostenía el jutsu y se acercaba hacia el intruso que habían pillado, y cuando lo tuvo al frente lo soltó de inmediato.
— ¡Capitán Morino! Realmente no esperábamos su llegada.
— ¿Qué hacen aquí?
—Tranquilo viejo, estamos de misión cuidando a un tipo enfermo que está al lado. — dijo el niño de la bufanda señalando la habitación contigua a la que estaban.
—Konohamaru-kun, Moegi-chan, Udon-kun, vallan con él y esperen nueva indicación. — los tres aludidos asintieron y salieron dejando a los dos adultos solos.
—Un capitán de ANBU no da recados a equipos Genin ¿Qué es lo que hace aquí? — preguntó Ebisu ajustándose las gafas y empleando su tono serio tratando también de imponer un poco su presencia ante el regio hombre torturador que tenía enfrente, el peor error que se podía cometer con un interrogador, era darle paso a su personalidad fuerte dentro de uno. Pero como era natural, el ANBU no respondió como era pertinente.
— ¿Qué es lo que tiene el cliente?
—Esclerosis múltiple*. Se rotan equipos para cuidarlo por un mes.
— ¿Desde cuándo?
—Unos diez años a la fecha, fue fundador del sistema de contabilidad actual de la villa. Instauró un sistema rápido, efectivo y seguro para organizar los saldos…
El Jōnin de élite miró todos lados solo para descubrir que se había quedado hablándo al aire.
En la habitación donde yacía el cuerpo del hombre que buscaba, estaban los tres Genin, los dos niños jugando con algo en un rincón de la habitación y la niña más cerca de la cama del sujeto. Se trataba de un hombre que pasaba los cincuenta años, la piel amarillenta, ojos cerrados como si solo durmiera y varios tubos y ventiladores conectados a su nariz y boca para mantenerle respirando, eran lo más destacable para describirlo por lo que no podía ser el que buscaba, pudo ser el culpable de diez años atrás, pero no perpetrador de lo más reciente.
Sintió un par de ojos clavados en su persona y bajó la mirada para encontrarse con la pequeña kunoichi del equipo.
— ¿Exactamente qué tienen que hacer? — le preguntó ya que estaba ahí.
—Ayudar a la enfermera, mantener la casa tranquila, alejar a los ladrones…
— ¿Han llevado paquetes o recados a algún lado?
Ella negó con la cabeza, lo que descartaba la posibilidad de los mandara a comprar y dejar las flores en el caso de que, por alguna condición médica que él desconociera, pudiera dar indicaciones en su estado. Salió de la casa. Al parecer sería un día más largo de lo que había planeado originalmente…
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Dejó violentamente las hojas sobre su mesa de centro. Nada tenía sentido, todo lo que hacía, todo lo que revisaba, todo lo llevaba de vuelta al mismo sitio: la casona del contador, donde ahí mismo había mil razones más para asegurar que el viejo no podía ser.
Se sentía como pelota en un juego de dos, donde lo mandaban de un lado a otro, a veces con tanta fuerza que sentía que esta vez si llegaba pero solo conseguía un rebote que lo dejaba de nuevo en el mismo sitio donde empezó.
Tomó con furia la hoja, arrugándola de donde la tenían sujeta los dedos, estropeando el perfecto estado en que lo había dejado Shizune, médico a cargo que bloqueaba la información que circularía en el hospital. Un reporte más que había llegado, un maldito reporte que se unía a la fila de pendientes del mismo caso. Un agresor desconocido, una víctima que luego se retracta, testigos que nunca ven nada.
Pero si había algo que lo ponía tenso era el infernal ruido de arriba que no cesaba de cantar por llamar de algún modo a los alaridos inentendibles que profería su vecina desde que había llegado hacía menos de un día.
—No te estreses. — le dijo una voz familiar a su espalda. Giró la cabeza para mirar con rencor a la persona que había detenido su secuencia de sellos para jutsu explosivo que pensaba arrojar contra el plafón del techo importándole poco si se le venía encima y lo aplastaba también.
—Anko…
—Ibiki…— respondió ella repitiendo el lúgubre tono, obviamente burlándose de esa entonación mortecina que había usado para llamarla. Entró completamente al departamento, estar en el marco de la ventana le pareció peligroso cuando este crujió amenazando con caerse.
La kunoichi buscaba un sitio donde sentarse, pero no había algo similar a un asiento en la supuesta sala, así que solo se tumbó en el suelo y tomó el expediente que anteriormente el capitán había arrumbado sobre la mesita. Pasó las hojas sin mucho interés ante la mirada examinadora de su acompañante.
—Yo venía a decirte que ya regresé.
—Me parece muy obvio.
Ella soltó otra carcajada y se rascó la cabeza revolviendo un poco más de lo normal su cabello.
— ¿Sí verdad? Bueno, el punto es que ya no es necesario que cuides mi casa… la cuidabas ¿Verdad?
—Sí. — mintió el hombre sin delatarse. En realidad había olvidado totalmente ese asunto que desde hacía meses, casi desde antes que él se mudara, se lo había encargado, pero como tenía otras prioridades que atender…
— ¡Hey! ¡Esta es la dueña de la tienda de dangos del centro! Con unos años menos claro, pero no todo mundo tiene el cabello verde-azul como para confundirla. — exclamó de repente señalando la fotografía anexa a unos de los reportes cancelados.
Nada en todo el día le había dado tanta luz a su vida como el comentario espontáneo de su visita. Sonrió de una forma en la que consiguió que la invocadora de serpientes se echara ligeramente para atrás dudando bastante de la causa de tan extraño gesto.
—El verde es llamativo, seguramente tendrá algún admirador.
—Sí, ahora que lo dices sí, de vez en cuando le llevan flores.
— ¿Y consideras que es un buen prospecto? Digo, tú como mujer ¿Cómo encuentras al tipo?
—Ni idea, nunca lo he visto.
El pequeño rayo de luz que lo había iluminado desapareció por completo e incluso su vecina dio una nota alta muy poco agraciada que causó una risa tonta por parte de la kunoichi que agregó: —Siempre las lleva una niña rubia, que va con un perro.
— ¿Un perro?
—Si un perro; un animal peludo que anda en cuatro patas…
— ¿Color? ¿Tamaño? — interrumpió él controlando el tic que crecía cada vez más en su cien a causa del comentario y la carcajada de la mujer que tenía enfrente, aunada a los constantes aullidos de la de arriba.
—Blanco excepto por una oreja que es café, pequeño y lanudito con cola pequeña como de conejo se ve tan perfecto... como para lanzarlo volando de una patada y ver si al caer hace el mismo ruido que un juguete.
El silencio, salvo por su "música de ambientación" cortesía de la chica que vivía en el departamento superior, se hizo presente… Y luego decían que él era sádico.
—Yo ya me voy, no limpiaste nada y todo está hecho un asco. — le dijo estirando los brazos y riendo de nuevo por la forma de cantar de la vecina, se encaminó de nuevo a la ventana por la que había llegado.
—Ibiki. — llamó señalando el techo —Es buena chica, medio lerda, pero buena, no la odies. — terminó saliendo de un salto.
Ibiki trató de ignorar lo último, no podía ser buena una persona que trae las desgracias del mundo como tarjetas de presentación. Salió a toda prisa directo a la casa Inuzuka, si había alguien que conociera de perros lo encontraba en esa casa sin duda alguna.
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—Kumiko Akari. — dijo Hana sin dejar de cepillar el largo cabello de un can amarillo dorado —Es la nieta de la dueña de la florería del lado este, la mancha en su oreja no es por color pelo, es una quemadura que aún no sana, lo trae de vez en cuando para que no se le infecte la herida.
Y así fue como dos mujeres le solucionaron el caso poniendo en orden todo lo que su mente no había pillado desde el principio. Se sitió totalmente idiota porque mientras jugaba al detective una joven más había sido atacada en sus narices como burla a su labor y ni cuenta se había dado de que todo el tiempo en el juego donde él era la pelota, cuál de los jugadores era el que buscaba.
Casi caía la noche a ya más de una semana de haber empezado a indagar y con toda la prisa del mundo saltó de tejado en tejado hasta el edificio departamental donde vivían la florista. Faltaba poco para llegar y fue cuando se dio cuenta de que en el pórtico del edificio, sentada en las escaleras con un perrito blanco de oreja café echado al lado, se encontraba una niña con cabello castaño tan claro que parecía rubio. Cayó al frente de ella y se agachó a su altura.
— ¿En dónde está tu abuela?
— En su casa.
— ¿Tu mamá?
—Arriba con mi papá, pero no entre que se van a enojar.
— ¿Por qué?
—Hoy es viernes, viene una amiga de mi mami a jugar, no me dejan entrar hasta que se vallan, por eso Luka y yo esperamos aquí afuerita.
—Bien, entonces sé buena niña y quédate aquí, a mi me invitó tu papá ¿Cuál es el número? Lo olvidé.
—Es el treinta y dos B.
—Gracias…
Subió las escaleras a saltos y llegó hasta la puerta con el número indicado, pegó la oreja pero no escuchó nada. Usó el siempre útil senbon para botar el seguro y meterse sin hacer ruido cerrando a sus espaldas. El recibidor, la cocina, la sala y el comedor estaban oscuros. Solo un poco de luz se colaba por debajo de la puerta de la recámara principal junto con unos gemidos obvios de contexto.
Contó desde afuera, eran tres personas.
Estaba a un paso de terminar con todo lo que le aturdía la cabeza y hacía eco aún en la conciencia de todos los asignados al caso. Un fracaso tras otro, el entrenamiento que él tenía sobre la mente humana no era de dominio general y si incluso él, el experto en el tema, se la pasó dando círculos y rodeos ¿Qué se podía esperar de un experto en taijutsu si ni siquiera sabría la diferencia entre un esquizoide y un psicópata, calificando a los dos como "loco"?
Estaba solo a una miserable puerta de ponerle las manos encima al maldito que causó el suicidio de unas cuantas, el aislamiento de otras y el miedo de todas y cada una de las víctimas que había tomado como si de simples objetos se trataran.
Un grito lo sacó de sus cavilaciones obligándolo a girar de una buena vez la perilla con kunai en mano, mismo que lanzó directo a un punto específico del pecho del sujeto, no con la intención de matarlo, solo inmobilizarlo de tal manera que cayó de costado. La sangre era inevitable y eso perturbó a las dos mujeres que estaban desnudas a ambos lados de él.
Una de ellas era la hija de la anciana que había entrevistado al principio de su peregrinar, ella permaneció callada mirando el suelo. Algo que llamó su atención era que llevaba un collar negro del cual una cadena la sujetaba a una de las patas de la cama, tenía las mejillas sonrojadas pero no era rubor, era la hinchazón de un golpe, los senos los tenía marcados por mordidas, de hecho, el pezón izquierdo sangraba escandalosamente. A la otra la reconoció por una fotografía anexada al expediente, también llevaba el collar, estaba atada al otro lado, ella tenía la cara llena de saliva, sangre, seguramente semen y otras cosas que, prefirió no tratar de identificar.
Inconscientemente su boca se torció en un gesto de asco.
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La lluvia de abril caía sobre la aldea anunciando la próxima primavera, el festival de las flores y el de la conmemoración de la fundación de la aldea, el del día de la tierra, el de los niños, el de la rosa…
No había entrado a su departamento, estaba en el techo del edificio dejando que el agua se llevara su frustración.
Diez años…
Diez años en que los ninjas encubrían la oleada de ataques a mujeres, en que nunca se supo nada, en que nadie habló del tema por ser un escándalo vergonzoso que en una aldea ninja ocurrieran esas cosas. Diez años de fracaso tras fracaso en la investigación.
Diez años de problemas que él había resuelto en poco más de una semana.
Diez años de espera la basura.
Había llevado al hombre ante la presencia de la quinta, que aunque ya no estaba del todo sobria, sus acciones eran coherentes. Cumplió con todo el protocolo, llevó incluso todos los archivos desde el primero hacía diez años hasta el último de hacía unos días. Llamaron a las chicas… y ahí fue donde todo se arruinó
¿Cómo pudo pasar eso?
Pudo ver sus rostros, su propia esposa incluida en la lista de víctimas, pero ninguna habló y no era miedo lo que había en sus rostros. Ni una sola fue capaz de levantar el dedo y decir "ese es el hombre que me violó", solo un comentario estúpido de parte de una de las más jóvenes "está arrepentido, siempre me lleva regalos, no lo culpo".
¿Cómo podían perdonarlo? ¿Cómo podían amarlo?
— ¡Hey! — gritó Anko que llegaba detrás suyo —No sé qué hiciste pero la quinta quiere verte ahora mismo, está en el bar. — dijo mientras metía la cabeza en el cuello de su chaqueta tratando de aminorar el frío, frotándose los brazos para luego desaparecer en una nube de humo tras hacer los sellos correspondientes. El ANBU saltó de inmediato, yendo directo hasta el lugar de la cita. La barra estaba libre salvo por la rubia y su asistente.
—Shizune, tráeme… ve para allá, anda. — dijo la legendaria curandera en cuanto el capitán cruzó la puerta del local que acostumbraba hacer de oficina cuando el sol anunciaba casi el anochecer.
—Pero, Tsunade sama…
—Está Ibiki-kun ¿Qué me va a pasar?
Muy dudosa la morena, pero confiada en que el capitán podría controlarla, se pasó a una mesa medianamente lejos, lo suficiente para dar privacidad pero la mínima distancia para no quedar fuera de todo.
— ¿Me llamaba?
—Sí… ven, siéntate aquí conmigo. — él obedeció dudando que realmente fuera algo importante la razón por la que lo había mandado traer, no dejándole padecer plenamente su episodio depresivo.
—Hay en mi escritorio. — habló la mujer en voz baja indicándole que se acercara un poco —Un reporte sobre un asesinato. —continuó mirando de reojo a su asistente que parecía querer captar algo sobre la conversación sospechosamente privada. —Un imbécil que se creía mucha cosa, dice que fue un asesinato pasional, su mujer lo mató porque la iba a dejar por otra más joven, y luego ella se suicidó porque lo amaba demasiado, ya sabes, "si no es mío, no será de nadie más"…
— ¿Tsunade-sama?
—El único problema es que los dos siguen vivos…
Un brillo extraño se hizo presente en los ojos de la rubia mientras daba un trago más al sake que le acababan de servir.
—Es amor… es amor, no miedo, escogía mujeres que no habían tenido otro hombre en su vida, o que tuvieron uno que las abandonó. Les daba los regalos como haría cualquier novio. Algunas, como su esposa, que obviamente le ayudaba a mantener a las otras calladas, vieron en él a la única persona que las hizo sentir bonitas, deseadas, amadas ¿Traicionarías tú a alguien así?... Después de todo, muchas tienen vergüenza, sienten que ningún hombre se fijaría en ellas después de haber sido humilladas... Otras solo quieren olvidar y decidieron continuar sus vidas fingiendo que nada pasó… la última chica, la del último reporte que te mandé; se lanzó desde mirador de la montaña de los Kages cuando supo que no pudimos acusarlo de nada. Ella aún estaba inconsciente por los golpes que le dio, por eso no se presentó a reconocerlo. Si el tribunal hubiera esperado un poco, solo con ella habríamos logrado algo…
La botellita blanca quedó vacía y pidió más en un escandaloso grito que hizo que Shizune quitara el semblante de sospecha que tenía.
—Esto no va acabar, él va a seguir haciéndolo hasta que muera. Va hacerlas dependientes de él, va a obligarlas a que no conciban la vida sin él… a mi reporte le faltan los cuerpos…
—Los tendrá, Tsunade-sama.
—Bien, creo que especifica algo de un cuchillo de cocina…
—Sí, entiendo.
Salió del bar, aún llovía, y por última vez para ese caso se dirigía a los edificios departamentales. Usó los balcones para llegar hasta el nivel que correspondía. Las cortinas estaban cerradas y sigilosamente las movió un poco para ver el interior. Era la habitación de la niña que dormía abrazando a su perro, el gimoteo y suspiros de la pequeña le hicieron saber que había estado llorando y para no delatarse aplicó una pequeña cantidad de chakra en el perro, lo suficiente para inmovilizarlo mientras hacía su trabajo pero no demasiado para dejarlo dormido por toda la noche, eso sería muy absurdo si quería que pareciera algo más escandaloso. Se dirigió a la cocina para tomar el cuchillo y fue a la recámara principal.
Entró en medio de las penumbras que dominaban, pero debido a su entrenamiento era más o menos consiente de la situación: el lecho matrimonial estaba ocupado solamente por el varón. Buscó en los alrededores y encontró en el suelo, echa un ovillo por el frío, a la mujer con su cadena afianzada a la pata de la cama. El olor metálico de la sangre llegó a su nariz.
La lluvia poco a poco cesó y las nubes despejaron el cielo, había permanecido inmóvil por mucho tiempo tan solo queriendo entender. Un rayo de luna iluminó un deformado rostro en un golpeado cuerpo desnudo que apenas respiraba.
—Perdona amor. — susurraba entre sueños ella, como si todo fuera su culpa.
La quinta tenía razón, eso no iba a parar, ellas se aferraban a su destructivo amor y solo abultaban el ego del tipo. De alguna manera todo debía de terminar en nombre de las chicas con folio VAS que habían muerto por su culpa, las que se encerraron en su mundo de negación y las que ensancharían el expediente cada que se le antojara aumentar su harem.
VAS; víctimas de ataque sexual, víctimas de degenerados con traumas severos de autoestima, aceptación y sin duda, impotencia en el tema, que solo buscan de alguna manera sentir que tenían el control al menos sobre alguien sin importarles quebrar el espíritu, arruinar vidas, condenar a un eterno suplicio de auto castigo a quienes caían en su círculo de violencia, en el mundo que se inventó al fracasar rotundamente en la academia.
Porque no se trataba solo de sexo, era meramente poder el que quería sentir. Ser el amo de alguien…
Levantó el cuchillo a la altura del pecho masculino que subía y bajaba acompasadamente, respirando tranquilo como si nada pasara, y le parecía absurdo porque para él nada pasaba. Bajó el filo despacio queriendo despertarlo intencionalmente para que empezara el acto.
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Regresó a su piso casi por la madrugada, había ido al cuartel diciendo que tenía pruebas de la culpabilidad del sujeto, envió a un ANBU a buscarlo. Con suerte sería ese el primero en ver la escena y sacaría a la niña antes de que encontrara a su padre apuñalado y a su madre colgada frente al cadáver de su esposo.
No tenía ánimos ni para quejarse por no haber comprado las bombillas para el departamento. Ni siquiera para fastidiarse por estar empapado.
Un golpe cimbró el techo seguido de un chillido de indignación, varios reclamos para una mascota desobediente.
—Tienes demasiada suerte, porque lo que pasó, ni a ti te lo deseo. — dijo en voz baja sin despegar la mirada de las vigas que soltaban polvo y aserrín con cada pataleo.
Comentarios y aclaraciones:
*La esclerosis múltiple (EM) es una enfermedad desmielinizante, neurodegenerativa y crónica del sistema nervioso central. No existe cura y las causas exactas son desconocidas. A causa de sus efectos sobre el sistema nervioso central, puede tener como consecuencia una movilidad reducida e invalidez en los casos más severos. (fuente: Wikipedia)
Conste que yo advertí de que temática iba el fic. Este capítulo me ha costado bastante, y creo que igual lo harán los demás así que posiblemente las actualizaciones para este sean algo lentas… solo algo.
¡Gracias por leer!
