Instrumentación

Quinta parte

A ella nadie le contaba, sabía por experiencia propia que el miedo es un ente malicioso que se infiltra descaradamente en el organismo por todos los poros de la piel, por cada rincón desprotegido de la mente, por cada estímulo del exterior sobre los órganos sensoriales. Que extiende posesivamente sus ramificaciones psicológicas y atenaza el sentido común de hasta el más aguerrido combatiente con una fuerza sobrecogedora que lleva a la perdición. A veces, es una respuesta adecuada ante una situación inevitable que contiene ciertos elementos que suponen una amenaza para la vida propia o la de los seres queridos. En otras, es solo la exagerada consecuencia de un embuste de naturaleza imaginaria, la máscara grotesca de una inconsciencia influenciada. Pero para Tsume, la matrona del clan Inuzuka, lo más inquietante del miedo era que en algunos momentos no le era fácil discernir si lo que le atormentaba la conciencia se trataba de un peligro real, o bien, un simple montaje orquestado por una mente que tiene a su disposición una extensa gama de recuerdos sombríos de sus peores días al servicio de la aldea, de batallas perdidas, de guerras interminables y enfrentamientos sangrientos mezclándose con su punto más débil jugándole malas pasadas, cambiando el lugar de sus compañeros caídos con el infantil rostro retorcido de sus hijos.

¿Qué había pasado?

Todo era negro en sus recuerdos más próximos a ese momento, solo sonidos: sonidos chillantes y un olor como de sulfuro intensificándose con rapidez, su corazón estaba alterado, bombeando sangre a un ritmo que dolía demasiado. Al principio los sonidos se conjuntaban en una alternación estresante de agudos y graves; como un cuchillo siendo tallado contra un plato de porcelana o el ronco eco de una tubería obstruida. Pero, después comenzaron a tomar forma, leves y perdidos balbuceos, guturales débiles y el golpeteo de su corazón que desembocaba justo detrás de las orejas entorpeciéndole la audición. Luego venia el dolor, un dolor tremendamente real a la vez que parecía tan intangible, los brazos y las piernas las sentía como bloques gigantescos de concreto y no sentía ningún dedo de la mano, contrario a los pies donde un cosquilleo como de miles de hormigas que se postraban en las puntas.

Para cuando entreabrió los ojos; su cuerpo yacía sentado sobre una vieja silla de madera cual muñeca de trapo abandonada. Su brazo desprovisto de la férula le punzaba terriblemente y quizás fue esa la razón por la que entró en sí. Con la mano que aún tenía útil se revisó, solo la habían dejado con el pantalón y la blusa entallada. Sus bolsillos vacíos, ni señales de algún arma, pergamino o siquiera sus pastillas de yerbabuena. Dolorida por la posición se incorporó sujetándose el brazo herido como pudo, Hana y los médicos de hospital habían hecho lo clínicamente posible para soldárselo dos veces en ese día, si bien sus huesos no estaban en pedazos dispersos por su carne, el dolor aún lo sentía.

Se encontraba en una habitación; valga la redundancia, habitable. La silla en la que había permanecido era la que daba servicio a un escritorio oscuro de ébano, al centro había una cama de dos plazas cubierta con una sábana blanca vieja por la que se alcanzaba a distinguir el color oscuro del cobertor. El ventanal de al lado tenía puertecillas de madera, se acercó para abrirlas y contra todo pronóstico dada su calidad de invitado retenido contra su voluntad, las encontró solo bajo llave pero nada que un fuerte tirón no resolviera. Por fuera el cristal estaba escarchado, por dentro solo empañado, limpió lo que pudo para tratar de distinguir el lugar.

El polígono urbano militar del centro de Konoha que alcanzaba a vislumbrar, siendo inconfundible por la funcional geometría de los edificios de aquel territorio que carecían de encanto arquitectónico pero rebosante en hálito tétrico, estaba tan desierto como de costumbre. Desconocía la hora, pero por el frío que sentía, sería de madrugada.

El golpeteo de las gotas de lluvia resonó con mayor fuerza cuando quitó las tranqueras de madera que protegían los cristales, le costó trabajo pero finalmente logró abrir la ventana congelada, de un sobresalto se movió hacia atrás colocándose en una burda posición de combate improvisado a una mano al ver cómo algo se introducía en la habitación.

Sonrió de lado, un pequeño gatito color naranja de blanco pecho, tiritando de frío, fue el que entró maullando en señal de alivio al sentir el vago calor de la habitación, que si bien no era mucho, comparado con la helada de afuera, resultaba bastante gratificante.

— ¡Qué susto me has dado! —susurró la mujer con su timbre de voz ligeramente nasal mientras sacudía un índice tembloroso delante de la cara del felino, rozando apenas su nariz, haciendo que este maullara nuevamente levantando las patas delanteras y acicalándose los bigotes de curiosa manera.

—Ven aquí. — le dijo levantándolo del suelo, la correa de su cuello tenía una pequeña placa con el nombre de "Kero". El animalito de verdad estaba entumido y encontró más agradable aún el calor del cuerpo de la mujer empezando a ronronear en señal de lo que pareció agradecimiento.

Se oyó otro trueno que, en esa ocasión, estuvo acompañado de resonancias metálicas y un coro de otras descargas que se dejaban caer levemente en otros puntos de la aldea. La kunoichi giró el rostro, inspeccionando minuciosamente cada detalle de la habitación. Arrugó la nariz, molesta por un olor a vómito rondando cerca.

— ¿Una casa de seguridad? — preguntó como si el felino que sostenía en su brazo fuera a darle la respuesta que necesitaba.

Cerró los ojos para concentrarse en busca alguna trampa, o determinar si estaba metida en algún genjutsu, pero nada de lo que sus sentidos eran capaces de determinar informaba que hubiera algo fuera de lo normal, lo que irónicamente indicaba que la situación era extraña. Recapitulando los últimos hechos que a su mente venían, recordaba a Kuromaru diciéndole que habían limpiado el departamento de Ibiki Morino, que ya había avisado a la quinta sobre el ataque de los dos miembros de ANBU que Kiba y los otros chicos habían intentado repeler pero solo por la intervención de tres Jōnin habían salido vivos. Luego la estancia en el hospital y la segunda ligada de su brazo, los reclamos indirectos de Hana y la cena… la cena… ¡Sus hijos!

Saltó de nuevo al marco de la ventana y trató de usarlo para impulsarse hacia afuera pero apenas sus pies dejaron de tocar la madera, una fuerza similar a un jutsu de parálisis la sujetó con fuerza de la cintura, como si de una cuerda se tratara y su propio impulso se vio en acción inversamente proporcional en dirección contraria, haciéndole caer sobre el húmedo tejado.

El agua corría presurosa sobre su rostro, el ruido de la lluvia y los recurrentes truenos opacaban sus maldiciones para el sello que la retenía en aquella casa desconocida pero que, para fortuna suya, seguía dentro de Konoha, y es que aún en la increíble neblina que se alzaba en las calles sobre los tejados, las prominentes esculturas de los anteriores líderes ninjas se alzaban majestuosamente en tétrico paisaje, haciendo parecer a los maestros Hokage como espectadores de una puesta en escena de terror.

El frío le calaba el brazo herido dejándole insensibles los dedos, por tanto aún incapacitada para realizar posiciones de manos correctas y eso solo aumentaba su frustración. Trató ver si por arte del prodigio ninja, suerte o quizás un halo heroico como solía suceder en algunos casos que había oído en voz de algunos compañeros; lograba hacer los sellos con una sola mano, pero solo comprobaba que los milagros se alcanzaban tras arduo entrenamiento, no lograba moldear con propiedad la suficiente energía para romper el sello. Gritó para ver si algún ninja con dos manos útiles podía ayudarle en su situación, pero nadie se inmutaba en la voz de la mujer, ni siquiera los ninjas que deberían estar en guardia en la zona militar y no se divisaban en las proximidades.

Decidió volver a entrar, si para el caso tendría que seguir intentando cuando menos lo haría donde la lluvia no pudiera tocarla. Tiritando de frío volvió a cerrar la ventana y a sobreponer las puertas de madera reduciendo dramáticamente el escándalo de la tormenta.

El gatito había bajado de su sitio en el escritorio mirando a la mujer en sus fallidos intentos por soltarse y empezaba ronronearle en los pies.

— ¿Tienes hambre? — preguntó ella —Cuando salgamos de aquí podemos ir a comer algo, no cené y ya empiezo a resentirlo. — continuó sonriendo —Si me ayudas, vienes conmigo ¿Te parece?

En un momento que mantenía cerrados los ojos buscando otra posible solución y entre su monólogo de las opciones que se le ocurrían, llegó hasta sus oídos un golpeteo sordo de procedencia incógnita. Al principio atribuyó ese inquietante ruido a un burdo artificio de su imaginación, ya había revisado el flujo de chakra y el lugar estaba vacío, además, su nariz no daba señales de un segundo inquilino en la casa, pero la persistencia del sonido le hizo desterrar tal suposición. Su rara resonancia también le hizo descartar la posibilidad de que pudiera tratarse de simples asentamientos naturales de goteras que chocaban contra algo tras filtrarse del techo al interior.

Azuzada por esa sensación angustiosa que representaba el saber que algo o alguien estaba cerca y no poder definirlo de manera tangible con alguno de sus sentidos, caracterizados irónicamente por la precisión, era sencillamente uno de los horrores indefinidos que poblaban sus pesadillas durante una misión. Se puso de pie aquejada de una debilidad de piernas que le hizo adoptar en su camino el rumbo serpenteante e inseguro de un ebrio: en parte por el frío que la calaba, en parte por la vacilación de no saber qué se suponía que iba a hacer cuando se encontrara con lo que estaba del otro lado de la puerta. Las manos le temblaban y los dientes castañeteaban de una forma ridículamente incontrolable, sin embargo, cuando se plantó frente a la puerta de la habitación, inhaló profundo y tomó el semblante que correspondía a su estatus de Tokubetsu Jōnin.

De pronto, sintonizó unos sonidos guturales y un aroma desagradable que se habían sumado al incesante aluvión de golpes sordos, pero perfectamente audibles. Ahuecó la mano sana que había soltado al felino momentos antes, cuando este decidió que lo mejor era permanecer bajo la cama, en torno a su oreja derecha para agrandar la recepción auditiva y captar con mayor precisión la procedencia del ruido o el origen.

Algo rompiéndose precedió su intento de jalar la puerta y salir, para en cambio lograr que inhalara una vez más para determinar la naturaleza del ente al otro lado, pero solo percibía el nauseabundo olor de comida a medio digerir expulsaba por el esófago hacia la boca junto con jugo gástrico y saliva.

Tambaleantes pasos se aproximaron más decididamente a la vez que el gato maullaba lo que en una situación más hilarante habría sido interpretado como una súplica para retirarse.

—Tranquilo, pequeñito. — dijo importándole poco que la oyeran del otro lado, sabía que había estado hablando desde hacía un rato y guardar silencio ahora no tenía mucho sentido, sobre todo si la otra presencia no se inmutaba para controlar su acercamiento.

El gato volvió a maullar desde su sitio bajo la cama.

—No traigo pergaminos de invocación. — dijo empezando a tratar de mover los dedos de su mano herida para que, a como fuera lugar, hacer un sello.

—Tengo uno donde guardo bolas de arroz. — continuó riendo un poco.

La perilla de la puerta tembló señalando que ya el otro sujeto estaba afianzado a ella y empujaba con fuerza a la vez que Tsume preparaba un golpe diestro y certero a la cara con todo el chakra que pudo reunir…

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Cuatro ninken y dos ninjas contra una invocación inverosímil, y los de Konoha iban perdiendo con arrolladora desventaja. El bulldog estaba agotado, su propio tamaño era su mayor desventaja, el de los lentes empezaba a cojear por un zarpazo en su pata derecha, el pequeño Bisuke solo permanecía al margen tratando de no perder de vista al objetivo si intentaba escapar; su tamaño no le permitía encarar un combate cuerpo a cuerpo como los otros perros invocados y los vendajes de Ūhei se habían salido de su lugar causándole más problemas que la usual protección extra.

Rodeada como estaba, la criatura debería mostrarse cuando menos intimidada, pero su hocico carente de labios dejaba solo una sonrisa burlona a juego con sus saltones ojos amarillentos de marcadas venas rojizas.

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Las palabras se entremezclaban, bailaban ante sus ojos y no podía comprender lo que estaba leyendo, las horas que llevaba estudiando eran más que suficientes para ella. Cerró todos los libros y se frotó los ojos enérgicamente con el dorso de sus manos. Le dolía la vista y el sueño la abrumaba, era hora de irse a casa pero había recibido también la directa orden de relevar a Shizune en el cuidado de Yūgao, y jamás, menos aún con Tsunade, había sido indulgente.

Regresaba sobre los pasos que antes había dado, cuando para mantenerla al tanto del caso clínico sin mayores problemas, se le envió a revisar tomos específicos sobre toxicología. La noche estaba siendo fría, lluviosa y brumosa, eso hacía que nadie se encontrara en la calle, o quizás podría ser también por la hora de media madrugada que era, o quizás el toque de queda por el intruso en la aldea. Las tres eran razones lógicas.

Sakura seguía caminando solitaria y taciturna, segura bajo la sombrilla rosada que astutamente había sacado de la oficina antes de salir. Parecía que iba a olvidar el motivo por el que caminaba cuando una imagen ocupó su mente; unos expresivos ojos biliosos aparecieron sin saber ella si estaban ahí o en su mente, sin embargo pronto dejaron de "estar" y desaparecieron en la oscuridad. A pesar de que sus manos estaban heladas, su cuerpo se cubrió por segundos con una delgada capa de sudor que no parecía tener explicación considerando el pequeño diluvio que arreciaba sobre Konoha.

Se adentró en uno de los tantos parques de la aldea por el que podía cortar camino para el hospital. El lugar parecía más oscuro que de costumbre; la energía eléctrica se había interrumpido desde hacía largo rato, los árboles lo hundían en un frondoso bosque del que parecía imposible salir, el sonido de sus pasos contra los charcos lodosos queriendo hacer competencia a los truenos que de tanto en tanto rugían iluminando de azul los escenarios por los que pasaba o el estrepitoso golpeteo del agua que trataba casi inútilmente de atravesar el espeso follaje minimizando la densidad de la lluvia en tramos. Seguía en dirección a su destino, absteniéndose de imprudentemente ir sobre las ramas a riesgo de resbalarse o simplemente mojarse de más, cuando una bruma invernal empezó a hacer su aparición, pero aquella niebla era algo más fría que de costumbre.

—El intruso en la aldea. — dijo para sí misma asumiendo que aún no le habían encontrado pese a todo el movimiento que su maestra había ordenado desde el informe de Kuromaru.

Aceleró el paso, pronto distinguió la silueta ensombrecida por la niebla del edificio que buscaba. Todo estaba a oscuras salvo por algunas linternas estratégicamente colocadas en los corredores y salones principales. Aquella última habitación a la que debía dirigirse, se encontraba iluminada por la luz de una lámpara de aceite, lo que le daba a la misma un aura densa con un cierto toque de misterio. Al acercarse, Sakura pudo ver en la entrada al guardián de la habitación, no podía distinguirse muy bien pero era con seguridad un ANBU. La lámpara se encontraba directamente encima de la cama donde descansaba la kunoichi de violeta cabellera, la luz tambaleante se escurría hacia abajo en todo lo que le rodeaba, las sombras de los objetos que la circundaban se contorneaban en el suelo formando figuras que por momentos parecían cobrar vida.

Cuando se encontró en la entrada del lóbrego lugar, pudo ver con más detalle a la que hacía unas horas fuese una hermosa y joven mujer, quien levanto la mirada por un momento para cruzarla con la de su visitante. Sakura se sintió perturbada al ver el rostro grotesco de aquella chica, un rostro tan extraño que podía jurar que se trataba de una vieja moribunda, tan desagradable, tan terriblemente afectada. No solo era poco agraciada, era repugnante. Sus cabellos eran en sus puntas casi tan grises, verdosos y ralos como sus dientes, sus ojos escurridos hacia abajo casi cubiertos por párpados caídos reflejaban el dolor de aquella persona, casi inspiraba lastima. Dudó antes de acercarse más y ver la energía curativa de Shizune aflorar de sus manos para minimizar el dolor de las erupciones que invadían el cuerpo de la joven.

—Menos mal que llegas. — intervino la asistente de la quinta logrando que Sakura parpadeara y dejara de clavar su mirada en la consiente pero impedida ANBU —La planta de emergencia no funciona tampoco y necesita energía para mantener activos sus órganos vitales.

—Sí. — respondió automáticamente preparando su flujo y acercándose para hacer el relevo.

— ¿Terminaste los libros que te dije?

—Sí. — seguía con respuestas en automático una vez que sus verdes ojos nuevamente se posaron en las costras marrón-azules que llenaban la amarillenta piel arrugada y demacrada.

— ¿Sakura-chan? — preguntó la morena al sentirse evidentemente ignorada, la aludida dio un respingo y dada su proximidad en el brusco movimiento rozó una de las erupciones que al suave contactó se deshizo revelando un espeso líquido oscuro que ensució escandalosamente la mano de la aprendiz de médico. La chica de cabello rosa chilló apartándose y corriendo al lavamanos vertió tres pequeñas efusiones de desinfectante y abriendo la llave hizo una abundante espuma blanca con olor a cloro.

—Para una infección se necesita contacto con el torrente sanguíneo, Sakura-chan. — señaló la morena poniendo su atención en la kunoichi herida que había resentido el salpullido soltando un débil quejido.

Por su parte, la menor respiró profundo, tras secarse las manos se recogió el cabello en una coleta alta deteniendo parte de su flequillo solo con la banda ninja, en ese instante no iba regresar a solo mirar cómo los demás daban lo mejor en momentos difíciles.

.

Una bocanada de aire entró a sus pulmones directamente, casi sin sentirla por la nariz. Resultó algo fresco, parecido a un hálito de vida relajante contrariado con el dolor punzante de su cuerpo. Postrada en su lecho, sufriendo espasmos al menor de los contactos, revolviéndose entre las sabanas repentinamente haciendo que Shizune decidiera mejor retirárselas para que sus llagas no rozaran la tela y se lastimara más de la cuenta. Con la pesadez clásica de sus párpados cuando le tocaba hacer turno en domingo o día feriado luego de una misión de seis días de camino, encerrada en la oscuridad de su mente divagando en algún lejano lugar, ya pasado el efecto de la inconsciencia anestésica en su cuerpo: despertó.

¿Sería el cielo? ¿O tal vez el infierno?

Decidió abrir los ojos para tener una perspectiva real de su entorno, poco a poco pudo notar cómo su visión volvía a enfocarse normalmente y los detalles tomaban forma clara. Pero no había ángeles o demonios esperándola, sino más bien un color blanco bastante monótono y brillante como pegado en las paredes de la habitación en la cual se encontraba. Para su decepción, solo observó el titilante destello de las largas lámparas de luz blanca. Mientras torcía su cuello a un lado y otro, el movimiento se hacía más natural con cada leve tronido que sus entumidas articulaciones daban, un dolor agudo le atenazó la columna frenando su pequeño ejercicio, se encontraba llena de tubos incrustados a su piel perforando sus brazos y piernas, incluidos los orificios de su nariz, cayendo en cuenta entonces que sentía el aire de esa manera porque literalmente llegaba directo a sus pulmones.

Recordó las caras desdibujándose y el burdo reporte que entregó cuando la quinta fue a verla. El reverbero de luz del atardecer colándose a través la de la cortina dispersa por el aire enrarecido de la habitación evocaba la imagen gloriosa de las novelas épicas del final del héroe que muere rebosante de paz, mirando entre las nubes los rostros de las personas que perdió en el camino.

Podía contemplar el silencio en toda su magnitud. Cuando cerró nuevamente sus párpados víctima de un letargo extraño apoderándose de todo su cuerpo, aquél hormigueo a través de su espina dorsal se extendió a cada rincón de sus músculos sintiendo perder el control su propio cuerpo. Sintió el sabor de la sal entrar por su boca entreabierta, como gotas que caían de algún lugar que ella desconocía. Lágrimas quizás… no las suyas, sino las de otra persona que representaron un poco de luz absorbida en las penumbras de la oscuridad, algo como un atisbo de humanidad de la cual aferrarse en su silenciosa agonía. Quiso hablar, pero los músculos de su cara no se movieron en lo absoluto, permanecieron inertes de la misma manera que el resto de su cuerpo… lo pensó por un momento, y siendo sincera con ella misma, esa sal podría ser algo menos romántico que lágrimas, más bien como la solución salina para rehidratar superficialmente la piel.

Sí, sería eso lo más lógico, ella no tenía familia, no tenía amigos íntimos… no tenía a nadie…

Consiguió imaginar la dulce boca de su amado cerrándose en un beso cercano a sus labios adormecidos. Más allá del silencio agarrotando sus oídos, quería imaginar el llanto quebrado de su amado Hayate, gota tras gota, llamándola a despertar de su inevitable condición de muerte aparente. Imaginar sus manos acariciándole la piel por cada rincón, cada poro abriéndose en contacto ante la suavidad de sus caricias.

Se conformaba con la tos de media noche que no la dejaba dormir, cuando menos una vez más…

Sintió cómo el aire se comprimía en sus pulmones.

Prisionera de su propio cuerpo, de su propia mente sin alivio alguno pensó que, hasta de manera profesional era fácilmente reemplazable y aferrarse a una vida que poco tenia de valor era absurdo.

El sonido cortante de la maquina conectada a su cuerpo tan lejano para ese momento se apagó abruptamente empezando un espantoso zumbido. El aire se volvió más denso, le hacía respirar con más dificultad, los tubos de su nariz dejaron de suministrarle la dolorosa pero refrescante dosis de oxígeno.

¿Así terminaba todo?

Ya estaba un poco más cerca, solo a unos cuantos segundos de un desenlace inevitable a la vez que natural, sobre todo para alguien en servicio militar. Las imágenes de un nuevo mundo a su alrededor se condensaron en su conciencia, retomando una nueva forma más etérea a su habitación de hospital. Las imágenes pasaban al interior de su mente, semejantes a pequeñas lucecillas centelleantes, como la cinta de un video antiguo y dañado, de poca nitidez pero sin duda piezas claves: frente al despacho del capitán Morino, Toku cayendo inerte al suelo y su sangre expandiéndose… las sombras del cuartel, los ataques que evadía.

No corrió como liebre asustada solo yendo de un lado a otro, había peleado con todas su fuerzas quizás al nivel de agilidad que el ANBU mono o la fiereza del ANBU tigre. Y fue que entonces los intrusos reforzaron su arremetida obligándola a tocar sus límites guerreros dando lo que si bien sería una solución suicida, no la pasarían tan fácilmente, no a Yūgao Uzuki, ANBU de Konoha.

Su último ataque liberó una explosión fulminante más rápida que la que se conseguía con papel bomba, las máscaras se quebraron dejándole un panorama más amplio que el que estaba acostumbrada, los tres rostros se encontraron: una mujer de finas facciones y cabellos violetas, un varón adulto, moreno de negra cabellera y un joven de tez morena, castaños mechones cayendo sobre su frente y unas pequeñas marcas bajo los ojos.

Ese último rostro lo había visto en otro lado, a gran escala, todos los días al caminar por Konoha, siempre vigilando la aldea, siempre presente en la montaña de los Hokage…

No podía darse el lujo de morir en ese momento.


Comentarios y aclaraciones:

Ya no me dio "espacio" para escribir el encuentro entre Tsunade y Danzō, hubiera quedado más largo que lo que de por sí es. Pero bueno, relacionen el capítulo dos (de "Instrumentación", claro) con este y ya sabrán quien es el mono que tanto intriga.

¡Gracias por leer!

Ya saben, un comentario no cuesta nada y hace felices a los autores especialmente a aquellos que casi mueren por culpa de huelguistas.