Ínclito
En las tinieblas de la escena apocalíptica, una sola figura denotaba algo de vida deslizándose entre escombros. Tambaleante, frágil y casi sin fuerzas, empezaba a alejarse del campo de batalla.
Ante sus ojos únicamente se extendían parajes desolados, llenos de cenizas y cuerpos mutilados semienterrados entre el barullo que causaron el encuentro de fuerzas formando grotescos jardines de carne que no tardaría en entrar en descomposición. Astillas de árboles retorcidos, quemados, derribados, apuntaban con sus ramas calcinadas a la espiral de buitres y cuervos en constante pelea por la carroña que abundaba en la tierra.
Sus rodillas dejaron de responderle y sin poner las manos para aminorar el golpe, su rostro se estampó directamente en el suelo. Estiró una mano para buscar la manera de reincorporarse, sin embargo, poco éxito obtuvo consiguiendo solo arrebatarle la máscara a un rostro sin vida. Sus ojos blancos sobresalientes, la lengua salida y la piel mortecina acapararon su rango de visión. Pero la vista de un cadáver no impresionaba a quien ha estado en guerras, no en realidad tanto como la impresión de reconocer en las grotescas malformaciones a alguien familiar…
Ibiki abrió los ojos sabiendo de antemano que, a centímetros de su rostro, había alguien que lo miraba dormir. Los ojos azul oscuro de Anko no se despegaban de él y por unos segundos pareció no reconocerla por el semblante que mostraba.
— ¿Qué haces aquí? — le preguntó sin moverse de su posición en la cama.
—Buenos días a ti también. — la voz de Anko pareció volver a encajar la actitud que la dominaba usualmente, retirando de sus ojos la sombra mortecina que momentos antes le había inundado.
— ¿Pasa algo? — volvió a preguntar al no sentir que ella se moviera un poco.
—Dime tú…
Estaba a horcajadas sobre él con las manos recargadas sobre su pecho y la cabeza recargada en estas. La respiración de él se había sincronizado a la de ella como resultado de una mecanización que se había autoimpuesto desde hacía mucho tiempo; adaptarse con otras personas para minimizar su presencia.
Aún manteniendo la mirada pícara clavada sobre él, Anko buscó la manera de dar a entender sus intenciones. Él era de tez morena, pero a la distancia que estaba la kunoichi, reconocer un leve casi inexistente rubor en el capitán era bastante sencillo, incluso para creerlo posible no tenía problemas ya que se conocían de años atrás y sabía que pese a la opinión general, Ibiki Morino era un humano del sexo masculino como muchos en la villa.
La chica se incorporó un poco juntando con sus antebrazos los senos para dar innecesariamente una apariencia de más volumen e hizo un leve pero sugerente movimiento con la cadera, mismo que el otro sintió sin problemas ya que solo lo separaba de ella su propia ropa interior, la sábana y nada más, porque era bien sabido que ella no usaba nada bajo la malla…
—Anko… estate quieta.
La sonrisa que ella le dedico fue secundada por su lengua contorneándole los labios. Ibiki se quedó clavado en el viejo colchón sin despegar la vista de su compañera.
— ¡Oh! ¡Vamos! ¡No me vas a decir que no dan ganas! — dijo Anko levantando un poco más el tono de voz.
Ella debió hacerse hacia atrás cuando el otro se incorporó en ademán de bajarla, a lo que ella reaccionó cerrando más las piernas, terminando de rodear su cadera mientras abajo una ardua sesión de reconciliación le recordaba que hacía unos dos días había descubierto que tenía más vecinos aparte de la chica de arriba, eso cuando una pelea marital le despertó en su infructuoso intento de descansar.
Ahora, como toda reconciliación, según opinión meramente profesional, sería salvaje, pasional y desenfrenada.
Anko rió por el semblante del ANBU y aprovechando que estaba sentado volvió a hacerse hacia enfrente hasta que su pecho chocó con el de él. Le regaló entonces otra sonrisa pícara…
.
Había adjetivos que hacía décadas eran empleados prácticamente a diario de forma coloquial, estaban pues, presentes en el vocabulario común de la gente aún cuando fuera un sencillo mercader de artículos de segunda mano. Sin embargo, a últimas fechas, de forma inexplicable a su entender, muchas palabras se perdían en las mareas del olvido para dar paso a vocablos más triviales y anodinos como "wow"… por darle forma escrita a la expresión de Kiba al verlo.
No era que se diera sus aires de grandeza y presencia señorial al mero estilo Hokage. No. Pero sabía perfectamente la impresión que había causado en los dos jóvenes Inuzuka y todo porque no era normal, ni considerando los acontecimientos de los últimos días, que el capitán de la división de interrogación y tortura de ANBU, cenara amenamente con ellos. Aunque había una explicación sencilla pero válida a todo eso; Tsume prácticamente lo había secuestrado cuando salía de la torre luego de un poco de actividades rutinarias.
No se sentía a gusto con la situación, pero el brazo de la mujer había recobrado fuerza suficiente como para que, enlazado al suyo, fuera conducido hasta la casa que ya habían redecorado los miembros que en ella habitaban.
Con un cuchillo y un tenedor, cubertería poco usual en Konoha, cortaba los trozos de carne y se los llevaba a la boca con cuidado. Hacía mucho tiempo, y de verdad mucho, que no probaba la comida casera, y la suya no contaba porque además de inconstante por la carga de trabajo consistía en enlatados o congelados.
Hana había conseguido distraerse atendiendo su cena y la plática de su madre al mismo tiempo, pero Kiba y Akamaru simplemente trataban sin éxito de picar con el tenedor una legumbre que rodaba por todo el plato, pero su falta de tino se debía principalmente a que su atención estaba total y absolutamente dedicada al ANBU.
—Cachorro, deja de hacer eso. — reprendió Kuromaru terminando lo suyo y refiriéndose a Kiba, quien al momento volvió la vista a su cena.
Los siguientes cuarenta minutos pasaron tensos para el más joven que no podía evitar el recordar su examen de promoción. Sin embargo, para su alivio y pese al "falta el café" de Tsume, el interrogador dejó la casa no sin antes agradecer el detalle que seguía sin encontrarle razón de ser.
Lentamente sus pasos lo condujeron hasta un poco recurrido parque de la villa donde encontró una banca para sentarse y levantar la vista para apreciar el rojizo atardecer.
Su ánimo andaba decaído y de momento solo podía puntualizarlo como ansiedad. Ansiedad en términos definitorios de diccionarios especializados, era una sensación de miedo indefinido. Una reacción normal ante cualquier contingencia incierta que provoca inseguridad, siempre que uno se enfrenta a lo desconocido, a lo anormal o a lo imprevisible.
La ansiedad, sin embargo, dejaba de ser una reacción normal para convertirse en patológica, si aparece en ausencia de unas causas lógicas.
Relajó un poco su espalda mientras su mente seguía tratando de deshilar la madeja de datos que se había enredado luego del percance con los ANBU infiltrados que, según informes no confirmados, no eran tan enemigos, pero la información se había cerrado en un triángulo que formaban él, Kakashi y Tsunade.
Su respiración anhelante, manifestación física de su ansiedad, se escapaba en breves lapsos pese a que se empeñaba en controlarla. Su organismo simplemente no podía ignorar la activación de impulsos defensivos como las frecuentes descargas de adrenalina que le estaban dando, casi preparándose a lo que pudiera ocurrir. Incluso estaba presentando episodios durante sus sueños en que recordaba turbios días de la guerra que creía haber dejado bien sepultados.
La distimia depresiva* que lo había arrastrado a esa ansiedad, se agravaba a medida que pasaban los días y que de lo ocurrido no se supiera absolutamente nada, no hacía más que empeorarlo. No se había levantado un reporte oficial con todos los datos que probarían las verdaderas intenciones del par capturado y muerto en la noche de tormenta.
En algún momento sacó de la bolsa de su pantalón la moneda que Toku había grabado y ocultado bajo su lengua antes de ser asesinado, y también eso lo tenía afectado de una manera bastante sombría. La persona menos enterada del asunto había pagado caro el solo hecho de estar en mal momento y mal lugar. Tal vez nunca sabría exactamente porqué lo mataron.
Su boca se entreabrió dejando escapar una risa hueca.
¡Pero qué ridícula y estúpidamente patética situación la suya! ¡Ni que ese ANBU fuera el primero en morir así!
¡Precisamente él que presumía de poder controlar todo aspecto de su mente, se sumía en algo que carecía de fundamentos suficientemente sólidos para derrumbarlo de tal forma!
Se llevó una mano a la frente para mitigar la luz cálida que le daba en pleno rostro. Él ya era un ser nocturno, se movía en las sombras y la penumbra de la noche, ese paisaje luminiscente había quedado muy atrás como contexto para ubicarlo.
Volvió a sentir la presencia de Anko a su espalda, la mujer se había sentado sobre el respaldo de la banca recargando la barbilla en su cabeza y las rodillas en sus hombros.
—Prometo no violarte. — le dijo agitando un pequeño frasco ámbar de medicamento frente a su rostro —Lo manda Shizune. — agregó abriéndolo por él y sacando una pequeña píldora que sin pedir permiso le metió en la boca para que la tragara.
—Que es para tu déficit de seritonina.
—Serotonina*. — corrigió él haciendo lo que la kunoichi esperaba sin necesidad de agua.
—Da igual, debes de ser el ninja con más suerte de Konoha, cuatro mujeres guapas, sexys y solteras se preocupan por ti.
Ibiki levantó una ceja interrogante pero no agregó nada más a la conversación solo viendo a la mujer que había dado un salto para alejarse, caminar por la avenida que se cubría por las sombras de la naciente noche. Entonces, volvió a enfocar sus ojos en el firmamento.
—Cuando quieras dejar de auto compadecerte, recuerda que la vida continúa con o sin ti ¡Que no te deje muy atrás! — fue lo que le gritó la kunoichi agitando los brazos y sin girarse para verlo. El capitán al escuchar aquello solo apretó los puños donde la moneda de Toku entibiada por la manipulación pareció doblarse un poco.
Cerró los ojos, y de esa manera se encaminó a su departamento con paso aletargado…
Conoció a Anko hacía varios años, no recordaba exactamente la fecha y sinceramente poco le importaba en ese tiempo aunque de haberlo querido estaría marcado en el calendario de su mente.
Era todavía una niña, una kunoichi que no tenía mucho tiempo de haberse graduado y corrió con una de las mejores suertes que cualquiera pudo haber deseado: ser entrenada por Orochimaru, el legendario Sannin serpiente. Claramente, antes del alboroto armado que causó su declive.
La primera impresión al verla atada a la camilla de hospital fue poco menos que lastimera, se había mantenido despierta a fuerza de voluntad para no permitir a ningún analista irrumpir en su mente, no había aceptado absolutamente ningún tipo de alimento o bebida creyendo que la sedarían, ni siquiera los médicos fueron capaces de administrarle un suero ya que se retorcía de tal manera que temieron desgarrarle una vena si lo intentaban nuevamente.
Estaba delgada, ojerosa, pálida, o más concretamente: amarillenta.
La poca cordura que le quedaba luego del episodio de violencia incontenida que la sobrecogió días antes, se desvanecía ante la falta de sueño y en sus ratos de lucidez soltaba maldiciones a todo, especialmente a él que era su vigilante.
En esa primera impresión también pudo sobrepasar los límites de su autocontrol para ver los efectos de su sello rodeándola hasta deformarla violentamente, y en esa ocasión incluso la vio desplomarse, abatirse de dolor más que físico, el que le corroía el alma al saberse tan poca cosa para el hombre al que idolatraba.
Cada palabra de sus recuerdos sobre la forma en la que fue marcada y presencio la muerte de sus compañeros, la impotencia que sintió al estar fuera de control posesa por la sed de poder y necesidad de frenesí… todo tenía que ser reconstruido a detalle con fines meramente profesionales.
Hubo varias entrevistas seguidas a esa donde él hurgaba en sus recuerdos mientras permanecía reclusa en la habitación, agazapada en un rincón solo esperando a que su única visita la torturara con sus propias memorias. Cada día más apagada, cada día perdiendo la sensibilidad a su propio dolor, enajenándose, dejándose llevar a dónde él la guiara sin fuerza de voluntad, estallando de vez en cuando, renegando de su vida y maldiciendo a los demás.
Fueron poco más de dos años encerrada, aunque solo la mitad de ese tiempo fue orden de los altos mandos, el resto de su reclusorio lo pasó por voluntad propia. Ya cuando tocó ese punto, haciendo cada vez más largos los periodos entre comidas y sueños llegando a pasar días enteros solo mirando sin mirar algún punto perdido de los muros, respirando y dejando latir su corazón porque realmente no implicaba poner una real atención en eso, ya parecía que simplemente se dejaría morir, pero…
"Cuando quieras dejar de auto compadecerte, recuerda que la vida continúa con o sin ti…"
Aquellas palabras las dijo sin la intención real de que se arrojara a sus brazos llorando, encontrando en él un apoyo invaluable o algo parecido. Las dijo por el mero hecho de no soportar el patetismo que la embriagaba, de humano a humano, de ninja a ninja. Esa fue su última visita.
Entonces vivía aún en casa de sus padres junto con su hermano menor, y el día que lo encontró a él boca abajo apresado por una llave bien aplicada de parte de la kunoichi, dos fracciones de segundo le tomó reaccionar para sacársela de encima temiendo lo peor, descubriendo después que en realidad estaban jugando y que ella le enseñaba un movimiento nada más. Enseguida a la aclaración, una bolsa de plástico con un par de latas de jugo, dos cajas de almuerzo más un complemento de dangos en ración extra apareció casi como invocación.
Lo había obligado a comer con ella, sentados en el pórtico de la casa pues no hubo forma de que ella pasara al comedor o que él se zafara de la obligada invitación.
Hablaba y hablaba sin que él preguntara, no paraba de parlotear cuidando de no omitir detalles por absurdos que estos fueran, dejándose más que entrever, completamente descubierta… luego ella lo entendió literal sacándose la ropa interior.
A esa tarde le siguieron muchas otras, siempre al aire libre de cara al sol, pero aunque a Ibiki los dangos lo habían hostigado ya, no había descripción para las expresiones en el rostro de la chica cuando los comía…
"Tal vez así se valla el mal sabor…"
Fue lo que le respondió cuando le preguntó por tan empalagoso gusto. Y no volvió a mencionarlo siquiera, comprendiendo entonces la forma en la que canalizaba el fárrago de emociones que la sobrecogían. Luego a eso, de alguna manera Anko Mitarashi entró a su vida para quedarse.
"Cuando quieras dejar de auto compadecerte, recuerda que la vida continúa con o sin ti…"
Sus palabras habían sido devueltas y eso le resultaba extraño.
En su departamento, todas las luces estaban apagadas salvo por una bombilla de cien watts en medio de la sala de estar donde Yūgao con las piernas cruzadas, sentada en un sillón que él no compró, releía las hojas de un expediente mientras tomaba un sorbo de café en vaso térmico que estaba a su lado.
La amarillenta y difusa luz iluminaba su máscara levemente descubierta hacia arriba, dejando solo una pequeña brecha que revelaba su boca repasada con carmín, misma que desapareció en menos de un segundo.
—No te levantes. — le indico cuando la mujer planeaba darle un saludo formal — ¿No deberías estar disfrutando tu incapacidad? Te queda bastante.
—Perdone si lo molesta, capitán.
—No te disculpes ¿Qué sucede?
—Hay muchos detalles que no cuadran en mi informe personal de lo acontecido. — comenzó ella tendiéndole una charola de cartón grueso donde un vaso térmico con el logo de una cafetería local tenía apuntado al lado con plumón negro las especificaciones de la bebida que contenía.
—Sabes que no te puedo decir nada.
—Lo sé. Pero una de mis dudas era si fue imaginación mía o realmente este lugar ya lucía habitable. — le dijo denotando cierto tono más alegre en su voz.
—Vaya, también lo notaste. — agregó él aceptando el soborno para sobrellevar una conversación extraoficial y sentándose en el sillón para sacar de una bolsa de papel estraza un panqué de moras, enseguida le indicó que era su turno de soltar diálogo.
—No es algo que el capitán haya escogido, eso puedo verlo, pero creo que se ajusta mucho a lo que usted considera como estéticamente acogedor.
—Quiero traer algunos libros, puede que mi estancia aquí se prolongue un poco más…
—Capitán… ¿Seguirá trabajando con los expedientes Uchiha?
Un momento de silencio se hizo en la pequeña sala. Solo un asentimiento por parte del hombre fue dado como respuesta y siguió la pauta para que las verdaderas intenciones de la ANBU de pelo violeta fueran reveladas. Su delgado cuerpo ataviado por el uniforme reglamentario vendado en aquellas zonas donde usualmente la piel era visible, se acercó a él con tal sigilo que ni siquiera las viejas tablas de madera que hacían de piso se atrevieron a protestar.
Ella llegó hasta el sillón donde el capitán descansaba y se arrodillo lentamente inclinando el rostro.
—Comprendo que mientras menos gente haya involucrada se podrá mover más rápido. Entiendo perfectamente la necesidad de acallar cualquier voz que lance indiscreta información no confirmada. Sé que fue a causa de mi derrota en la batalla que he sido dejada al margen… Pero capitán, yo sé lo que vi…
—Yūgao… — la llamó él como usualmente nunca hacía, como una verdadera colega más que una subordinada obediente.
—No le pido que me informe, acepto su silencio…— ella levantó las manos que tenía en puño recargadas en el piso hasta tomar las ásperas y morenas de Ibiki que las tenía descansando sobre las rodillas; —Pero al menos permítame ser su fuerza. Permítame estar a su lado y servirle…
Él se soltó del agarre y se inclinó hacia el frente para levantarle el rostro casi consiguiendo penetrar la porcelana.
—Ambos sabemos lo que viste…
Iba a continuar pero el ruido del techo le cortó las palabras que tenía para la mujer.
— ¡¿Cómo es que nunca quieres hablar conmigo?!
A pesar de la máscara, Ibiki pudo ver la sonrisa de Yūgao al escuchar a su vecina en episodio de reproche, realmente hasta a él le parecían cómicas las escenas encaprichadas que podía llegar a montar.
—Quédate Yūgao, si ese es tu deseo no me opondré. — cortó Ibiki levantándose de su sitio.
—Aunque no lo crea nadie más. — dijo la kunoichi ANBU mientras arriba seguía un sermón sobre la importancia de la comunicación —Es más fácil que usted permita que lo ayuden. — continuó levantando un dedo para señalar el piso de arriba.
—Kakashi-senpai jamás abre su barrera aunque haya tantas personas que quieran ser su apoyo…
Y en su voz apagada se revelaban sus propios intentos por acercarse al ninja que compartía su secreto también.
Comentarios y aclaraciones:
Tiempo de definiciones:
Distimia depresiva: proveniente de unas palabras griegas que significan "humor perturbado", se emplea para calificar una alteración del estado de ánimo que también se denomina con otros nombres: Depresión menor, Depresión neurótica o Depresión Crónica.
Serotonina: neurotransmisor cerebral que se encarga de moderar los cambios de humor, su deficiencia proporciona la inestabilidad que conlleva a la ansiedad y esta a su vez puede desbocar en la depresión.
Un capítulo de transición para que retomemos nuestro ritmo, aunque he de decir que "Instrumentación" la seguiré trabajando aunque ya no será "la trama principal"
Decidí tener a Kakashi un rato, recordemos que hasta Tsunade cree su sharingan es una alucinación.
¿Ya vieron mis intenciones con las chicas?
¡Gracias por leer!
