Provecto

Quinta Parte

El grito de Ino se perdió en cuanto Hideo Kubayama saltó para escapar por un túnel, dejando que el grupo se encargara del resto de los detalles.

Ibiki sacó un kunai de medidas superiores a los estándares, pero en relación al tamaño de su mano, la desproporción era inexistente. Volvieron a reagruparse en la infalible forma de ruedo, el atacante de Kotetsu se había distanciado y aquellas criaturas viscosas también los tenían rodeados emitiendo de tanto en tanto gruñidos amenazantes.

El aire viciado de la cueva no era solo de humedad, también había podredumbre y el haber estado expuestos a ello empezaba a cobrar factura con una ligera punzada en la sien. Kotetsu carraspeó para sacarse la sensación amarga de la boca y volvió a invocar a su ostra sujetándola con fuerza y sin esperar las indicaciones de su capitán saltó sobre el sujeto que parecía controlar a las lombrices, con el afán de reanudar el enfrentamiento que momentos antes hubieran empezado. Y lo hizo con la seguridad de que sería lo último que haría de práctica en mucho tiempo tras ser devuelto a sus deberes de oficina.

Izumo iba a detenerlo por no haber esperado indicación, pero Ibiki no le permitió seguirlo, dándole la orden de hacerse cargo de una de las lombrices que habían bajado al ser llamadas.

Yūgao lanzo un par de sellos explosivos y la revuelta continuó.

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Cerca, muy cerca de su oído el silbido metálico pasó rozando su mejilla cortando también un mechón de cabello que quedó instantáneamente abandonado aún antes de tocar el suelo, por instinto se llevó la mano tocando el ligero corte que le había causado el filo del arma.

Un salto, otro más.

Aplicando el chakra adecuado pretendía conseguir un poco más de impulso, acompañado solo del crujir de las ramas y las hojas a su paso, el viento en contra golpeando contra su rostro sudoroso, el ritmo acelerado de sus compañeros desesperados por llegar dejándolo atrás por poco, pero irónicamente la diferencia existente entre el árbol que pisaba en esos momentos y el que pisaría en cuatro saltos más, sería la que haría que bajaran la velocidad, todo a razón del tratado entre villas, en tres saltos tocaría el área límite del bosque con Konoha, si esos malditos ponían un solo pie en aquel sitio, sería una declaratoria de invasión que sin dudarlo toda la villa repelería.

Dos saltos.

La rama crujió, dos ninjas frente a él habían escogido la misma para tomar impulso con chakra, por lo que no resistió la tercera carga y se quebró…

Solo faltaba uno…

El grito desgarrador de aquél que había quedado último se escuchó muy cerca de los oídos de sus compañeros, pero solo uno se detuvo girando en seco.

La obscuridad que ahí reinaba no era absoluta. La inmensa luna desplegaba sus claros entre el follaje y las luces de la ciudad hacían lo propio en tonos amarillentos restándole aire lúgubre al sitio. No obstante, aún y con toda esa iluminación, no fue capaz de vislumbrar, ni a su compañero, ni a sus perseguidores.

Con la boca reseca debido a la forzada carrera, no se atrevió a moverse del perímetro seguro de su villa. Trató de hacer saliva para calmar el ardor de la garganta pero no lo consiguió. Temeroso, angustiado y sin certeza sobre la suerte de su compañero, decidió llamarlo, primero como en susurros pero a medida que no tenía respuesta alguna, sus llamados se fueron intensificando.

¿Debía seguir con los otros?

No, seguramente ellos ya estarían en la torre entregando la información obtenida.

¿Enviarían a un equipo para ver qué fue de los que no llegaron con ellos?

Tal vez.

Bajó del árbol para tocar el elemento al que era afín, se retiró los guantes del uniforme y palpó la tierra haciendo un sondeo para determinar si solo se había caído sin dejar el límite. Porque estaba seguro de que sus perseguidores no se arriesgarían a cruzar esa invisible línea política.

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—No le mates, Kotetsu-san. — ordenó Ibiki una vez que se aseguró que el cuerpo resbaladizo de la lombriz no se movía luego de haberle volado lo que parecía la cabeza unas tres veces.

Refunfuñó enseguida, no le quedaba más papel explosivo y no se le ocurría otra forma de matarlas, las cuchillas no abarcaban una extensión importante como para rebanarlas, además, eran lombrices un bicho que al partirse prácticamente se multiplica, y no del tipo ordinario, su velocidad de regeneración era muy superior al estándar según pudo constatar.

Usar fuego no era una opción inteligente estando encerrados y la única con capacidad para hacer corrientes eléctricas era Yūgao. Izumo había estado usando su técnica de agua, pero no era particularmente efectiva al momento de apresar algo de cuerpo sustancialmente baboso.

— ¿Alguien trae algún veneno para disolver? — preguntó de repente Izumo.

Yūgao saltó a su lado poniéndole en la mano un sobre de papel blanco para enseguida saltar a otro sitio retomando el asunto que tenía pendiente con su monstruoso oponente.

Izumo miró el paquete con cierta extrañeza. Siendo sincero, parecía más una entrega de opio. Pero confiado en que la mujer se lo había dado por algo, deshizo el envoltorio y lo dejó caer al suelo donde lo rodeaba la espesa agua que había creado con su técnica. Enseguida realizó movimiento con las manos y el agua, tornándose ligeramente del color del vino de arroz e incluso con un olor muy similar, se movió hasta envolver el cuerpo sin extremidades. Por la boca dentada salió un alarido, gracias a que estaba oscuro no se percataron de detalles pero el veneno, absorbido por la respiración cutánea de la alimaña, había empezado a escocerle la piel quemando todo músculo a su paso, hasta disolverla completamente.

—Así será más fácil. — dijo para sí mismo volviendo a manipular la corriente para dirigirla a otro objetivo.

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— ¿Qué se supone que haces? — preguntó una mujer acercándose a él, guardando las cuchillas que había sacado para empezar combate de ser necesario.

Él… no está.

— ¡Claro que no está! Se cayó en el último salto, seguro que lo capturaron.

—Pero…

—Regresemos, el capitán ya está entregando el reporte, saldremos otra vez.

— ¿Y mi hermano?

—Ya mandaran alguna misión de rescate.

—Pero…

— ¡Maldición! ¡Tal vez hasta lo mataron ya! ¡Déjalo así, regresemos a la aldea!

—Él es mi hermano…

La mujer soltó un gruñido de molestia.

— ¡Por eso no deberían mandar parientes juntos en una misión! ¡Siempre causan la misma molestia!

—Solo hay que…

Primero fue un bofetón, seguido de la mano sobre su boca y ser empujado bruscamente hasta quedar contra un árbol. Ella chistó para callarlo cuando intentó preguntar lo que pasaba.

—Siguen aquí…— susurró, aunque era probable que, de hecho, estuvieran en la mira desde que se encontraron.

El ninja abrió muchos los ojos ¡Si no se habían ido tal vez su hermano seguía ahí!

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Yūgao jadeaba, entre el movimiento se le habían abierto varias llagas y el dolor que eso le causaba era más del tipo incómodo que del paralizante. Pero al aparecer habían conseguido repeler a todas las invocaciones.

— ¿Y Kotetsu-san? — preguntó.

— ¡Por allá! — exclamó Izumo alcanzando a distinguir entre ecos la risa burlona de la ostra que pertenecía a su amigo. Los tres se dirigieron a su encuentro dentro de uno de los túneles que quedaba sin derrumbarse tras la serie de batallas contra las lombrices.

Las paredes, el techo, el suelo mismo cimbraba cada que la maza era arrojada fallando el objetivo. La visibilidad se reducía en aquél sitio pero al parecer eso no era un problema para que el sujeto encapuchado con piel animal, esquivara cada uno de los golpes directos que le era asestados.

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—Vamos a regresar a la villa… por refuerzos…— murmuró la mujer entre dientes clavando sus uñas en las mejillas de su compañero debido a la fuerza que estaba aplicando para mantenerlo callado. Sin soltarlo, empezó a moverse hacia atrás, en dirección a la aldea una vez que determinó que no eran menos de diez los que les aguardaban esperando que cometieran un descuido para caerles encima como aves de rapiña.

— ¡Hermano!

La mujer no pudo hacer nada, solo sintió el dolor en el brazo cuando el otro se soltó de su agarre al escuchar que le llamaban y le vio correr en dirección de donde había venido esa voz evidentemente de trampa para que abandonaran el lugar entrando a territorio neutral. Maldijo, sacó las cuchillas de nuevo, mando un clon a la villa y ella misma fue detrás a un suicidio seguro.

Saltó apenas a tiempo para evitar que una pieza de metal dentada le cayera encima una vez que fuera dejada caer desde un árbol. No podía ubicar con precisión a los atacantes, solo sabía que sus dos imbéciles compañeros estaban a unos diez metros llevando su propio combate. Saltó por segunda vez arrojando una hoz con cadena para no desperdiciar las pocas armas que le quedaban tras esa dificultosa misión. Las trampas, parecidas a las usadas en la caza de osos, seguían cayendo, obligándola a cambiar constantemente su posición.

Aquí, allá y los refuerzos no llegaban. Pegó la espalda contra el tronco de un árbol tratando de idear un plan que la dejara bien librada, cuando de pronto un crujido le causó un escalofrío. Con toda la velocidad que pudo reunir se impulsó hacia el frente para escapar sintiendo una absurda ralentización respecto a aquella cosa que pretendía ensartarla como si de una brocheta se tratara. Era la inmensa pata de una araña la que había tocado creyéndola un árbol. Una araña gigante que solo era veloz al mover una sola de sus ocho extremidades, contrario al movimiento lento que debía realizar para mover todo su cuerpo. Sabía que pronto amanecería, porque todo alrededor se había vuelto como gris, el punto intermedio entre la noche y el día, con neblina que crecía inundando el ambiente y dejando solo en un color negro sólido los objetos más cercanos.

Las cuchillas no podían cercenar las patas duras como el metal mismo, así que no le quedó más remedio que seguir huyendo de aquella criatura que, sin duda, había venido junto con sus perseguidores.

¡¿En dónde estaban los refuerzos?!

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Kotetsu estaba con la adrenalina en alto, y tal vez ello contribuyo a que sus reflejos se agilizaran y su visión se acoplara a la oscuridad. Sabía que sus compañeros estaban observando, aguardando por el momento en que inmovilizara al sujeto y procediera el protocolo de interrogación. Le habría gustado prolongar el asunto, pero no estaba para complacencias personales.

Lanzó la ostra y se lanzó él.

Aquél evadió la invocación, pero no el puño de un Chūnin desquitando su frustración.

— ¡Maldito seas! — chilló Kotetsu, limpiándose la nariz que sangraba, mirándolo inconsciente en el suelo.

Ibiki movió la cabeza de un lado a otro. La brutalidad no era en absoluto lo que se le figuraba como solución a un problema pero no podía negar que él también ya deseaba terminar con eso. Yūgao se acercó rápidamente para inmovilizarlo.

—Hay que llevarlo arriba.

Izumo fue quien se acercó para cargarle, de manera que Yūgao y Kotetsu pudieran reabrir algún túnel que los llevara arriba.

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Evadió el dardo de algunas cerbatanas con agilidad sorprendente, y pronto se vio en la necesidad de huir hacia arriba por los troncos dejando en el camino algunas Tetsubishi para que las pisaran, pero quien la siguió no fueron los ninjas, sino la araña. Sintiendo las patas afiladas cerca de atravesarle, evadió como pudo olvidándose completamente de que estaba sobre un árbol, cayendo después de tres escapatorias exitosas.

La caída no le causó mayor daño, y se alegró fugazmente de haber terminado cerca de los hermanos por quienes estaban en ese problema. Se acercó notando que habían podido escapar al menos en apariencia, ahora solo restaba correr de regreso a la aldea.

El menor, quien había sido capturado primero al caerse del árbol, tenía fracturada la rodilla, así que su hermano debió echárselo al hombro para avanzar.

— ¡Yo los cubro! — exclamó ella preparándose para otro brutal combate que no tenía esperanza alguna de ganar.

Pero apenas había regresado la vista al frente cuando una de las finísimas patas de aquella araña gigante le atravesó la cabeza por el ojo…

El shock fue inmediato, sus brazos cayeron lánguidos a los costados soltando las armas.

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— ¡Aire puro! — exclamó Kotetsu sintiendo el alivio en su nariz una vez que consiguieron estar fuera de aquella madriguera de lombrices.

Aunque la decepción fue grande cuando se percataron de que ya había anochecido y no había luz alguna que les cambiara mucho el panorama respecto a lo que habían pasado momentos antes, pero con el sujeto inmovilizado y aire sin viciar circulando en los pulmones, sentían los ánimos renovados y la curiosidad general por la identidad del susodicho.

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De momento y sin aviso, el clon de la kunoichi se deshizo desconcertando a los compañeros que habían ido a repeler la posible infiltración.

— ¡Sepárense por parejas! — ordenó el capitán haciendo que se desplegaran.

—No inicien batalla, emitan señal.

Todos asintieron.

— ¡Allá está Sizawa! — exclamó uno reconociendo a la mujer y bajando hasta su lado. El sol que despuntaba revelaba el cuerpo tendido en el suelo, bañado en un charco de su propia sangre que seguía derramándose profusamente por la herida de su cabeza.

—Sigue… ¡Sigue con vida! ¡Hay que llevarla al hospital!

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Sujeto con el poderoso jutsu que había usado Yūgao para no arriesgarse con uno sencillo, fue puesto sobre una camilla frente Shizune que se ajustaba los guantes para empezar una examinación. El primer paso lógico era retirarle la piel que usaba como abrigo, ya determinada como perteneciente a un oso, curtida rudimentariamente y desgastada por los años de uso bajo tierra. Siguiente: la máscara, era de ANBU, pero desgastada y resanada posiblemente con arcilla, sin acabados finos. El rostro que se hallaba debajo: delgado, blanco en extremo sin duda revelaba una edad que rondaba los setenta años.

Ante tal descubrimiento Kotetsu abrió mucho la boca ¡Un viejo le había causado tantos problemas!

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Corría tan aprisa como podía, su compañera no había podido repeler por mucho tiempo a los enemigos y faltaba aún un largo trecho para regresar a la aldea. Su hermano gritó en su oído con todas sus fuerzas, una trampa para oso había apresado su brazo en el momento en que cayeron de bruces ante la torpe huida que emprendían.

Los ninjas, como sombra, cayeron sobre ellos.

¡Todo había sido gritos! ¡Correr! ¡Correr! ¡¿A dónde?! ¡¿En dónde estaba su hermano?! ¡Lo escuchaba gritar! ¡Pero no lo veía! ¿Se alejaba? ¿Se lo llevaban?

Siguió corriendo, siempre detrás de los gritos.

— ¡Ellos regresaran! ¡Hermano! ¡No dejes que regresen! ¡La aldea! ¡Protege la aldea!

Una bomba detonó muy cerca, arrojándolo contra los árboles cercanos. Perdió el conocimiento enseguida.

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Shizune determino, al revisar el resto del cuerpo, que las facciones avejentadas no eran producto de la alimentación y condiciones de vida precaria. En toda regla se trataba de un anciano, delgado pero de constitución fuerte. Las piezas dentales completas, varias cicatrices pero poco pelo, salvo por el de la cabeza no había más vello en el cuerpo y eso solo levantó una sospecha tanto en ella como en Ibiki. Solo que por la suciedad y las cicatrices no era fácil determinar.

Pidió a su asistente le facilitara el rociador. También solicitó entibiar un poco el agua que comúnmente emanaba fría ya que estaba diseñada para lavar material y cadáveres, no personas vivas, pero un viejo sentimiento compasivo en la kunoichi le hizo considerar que el agua fría era poco apropiada, aún si después debía ser confinado a la oficina de Ibiki para rendir interrogatorio.

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Van a regresar, van a regresar… no los dejaré, no los dejaré… ¡Kuchiyose no jutsu!

¡Rey que vives y te alimentas en las entrañas de la tierra! ¡Sirve conmigo a esta causa!

No van a pasar, no van a pasar…

Los esperaremos, los esperaremos, bajo tierra como siempre ¿No, Òmumaru? Bajo tierra bajo tierra.

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—Confirmado, se trata de un ANBU. — sentencio Shizune revelando bajo las capas de tierra y algunas cicatrices, el tatuaje de su brazo.

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Bajo tierra… bajo tierra… vivimos bajo tierra…

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—Kanko Haruki…— susurró Ibiki con la voz mortecina que, sin intención, había emitido al relacionar un par de cosas. Los demás le miraron esperando la explicación al nombramiento asignado a su sujeto capturado —Entonces este debe ser Kakuei Haruki. — siguió llevándose una mano al mentón —Quítale el sello, Yūgao.

La mujer obedeció sin chistar pero asegurándose de que las correas de la camilla estaban bien sujetas.

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Bajo tierra…

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Los ojos del sujeto desnudo y atado a la camilla comentaron a moverse rápidamente yendo detrás de las cuencas como queriendo reaccionar y finalmente lo logró, emitiendo un alarido al sentirse cegado por la blanca luz de la lámpara exploratoria, que se calmo al dar Ibiki la orden de apagarla.

—Kakuei Haruki. — volvió a repetir, pero aquél no reaccionaba a ese nombre, más bien parecía que solo deseaba salir de aquella situación así perdiera extremidades en el proceso.

No emitía más ruido que algunos guturales y gruñidos, como si desconociera incluso algún improperio para dar a sus captores o maldiciones para su suerte. Aquella criatura que no podían calificar propiamente como humana causó cierta repulsión en los presentes.

— ¿Qué deberíamos hacer contigo? — habló en voz alta Ibiki —Tu hermano está muerto, tu compañera de equipo también, ni hablar de tu maestro. Y pensar que fuiste el misterio más grande de la primera guerra ninja. No de nuestro lado, no capturado, nadie supo qué demonios fue de ti.

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Tierra…

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—Está sedado para que no pueda utilizar su chakra. — susurró Shizune que entendía un poco de la situación. Cuando más chica, su tío solía contarle historias de terror con ese nombre, un fantasma que rondaba los bosques para llevarse a los niños que salían sin permiso de sus casas.

Toda leyenda tenía siempre al final, una base real.

Kotetsu e Izumo intercambiaron miradas.

— ¿Por qué el anciano de la cueva, regresaría después de tantos años para averiguar qué había sido de su hermano? — preguntó Yūgao ya que ella también había leído el reporte antes de que Chōji apareciera con la noticia de sus amigos capturados.

—Por qué lo había olvidado. — dijo Ibiki tocando su cabeza con el dedo índice y dando dos golpecillos para enfatizar que había recibido un daño que deterioró su memoria.

—Un buen día tomando el té y jugando shōgi recuerda ese episodio de su vida y decide regresar a Konoha, intuyendo lo que haría su hermano de acuerdo a sus habilidades, lo buscó bajo tierra, pero ya era solo una criatura sin propósito, sin recuerdos, completamente enloquecida por el aislamiento y tal vez también un poco de daño cerebral. Tal vez lo reconoció, tal vez no, pelean, Kanko huye por los túneles, consigue salir a la cueva, la sella y le da un infarto, por la persecución o por ver a su hermano en tal estado…

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Bajo tierra…

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—Alterado, con los recuerdos removidos, Kakuei sale, se encuentra con Sizawa, pelean, llegan Ino y Shikamaru y se los lleva…

—Pero… ¿Por qué no los mató a ellos? — preguntó Kotetsu sin entender el tipo de locura del que hablaba Ibiki, el capitán por su parte dudó un momento.

—Porque Shikamaru protegió a Ino…— sentenció —Se identificó con él, por eso no pudo matarlo, y decidió protegerlos llevándolos con él a su refugio seguro. Entonces debió encontrarse primero con los chicos, Sizawa sale con el alboroto y le hace frente, Kakuei la considera amenaza y la mata.

Shizune no podía evitar seguir sintiendo pena por aquél a quien en un gesto compasivo había puesto a dormir con un jutsu.

—Yo creo que Sizawa trató de matar a los chicos. — murmuró.

—Ino dijo que, primero los atacaron con árboles y rocas, ya revisé la casa, todas eran trampas de Sizawa, además, dice que cuando la estaba devorando en la cueva, le dijo unas palabras, él la reconoció al final…

Kotetsu agitó la cabeza de un lado a otro. No le iba nada bien ahondar tanto en motivos viejos.

— ¿Ino está bien? ¿Y Shikamaru? — preguntó recordándolos ahora que hacían mención de ellos.

—No les hemos podido quitar el jutsu de las piernas, pero están bien, las heridas de Shikamaru ya están tratadas.

— ¿Por qué Sizawa querría matarlos? ¿No estaba medicada?

—La herida en su cabeza le dejó un daño severo, nada se podía hacer por ella.

Por un largo rato en que todos miraban al anciano, nadie pronunció palabra.

—Creo que es tiempo de que todos nos retiremos. — dijo Izumo siendo el primero en encaminarse a la puerta se guido de su amigo y la mujer ANBU.

—Buenas noches capitán…

—Buenos días, querrás decir.

Ya el sol despuntaba por la ventana, el viejo dormitaba más tranquilo y relajado.

—Llamaré a Inoichi, que le ponga un par de sellos a ver cómo reacciona. Si puede llevar una vida más o menos normal podrá quedarse ¿No es así? Al fin, esta es su aldea.

— ¿Y si no es así? — preguntó Shizune.

Ibiki no respondió, solo desvió el rostro y también salió por la puerta directo a su departamento, pensaba dormir algunas horas antes de ir a la oficina, pero de momento recordó algo y cambió el rumbo de sus pasos hasta una casa poco cuidada donde un ninja nudista estaría despertando.

Llamó a la puerta, somnoliento pero consiente, el dueño de la casa abrió la puerta.

— ¿Capitán?

—Necesito un favor, Kubayama-san.

— ¡Claro!

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Ibiki terminó su trabajo siguiendo meticulosamente las instrucciones que había recibido del guardia de la muralla. Enseguida arrastró una silla y se sentó frente a la ventana esperando. Desde su lugar también podía ver la puerta, era cuestión de tiempo.

Pronto, hubo ruido sobre su cabeza. Ya se levantaba, a buena hora, perezosa al baño, arrastrando los pies a la cocina…pasó un rato… la puerta… las escaleras. Extrañado se levantó de su lugar asomándose por la ventana al tiempo en que una cabellera roja salía con toda tranquilidad del edificio.

¡Es que eso no era posible!

Salió por la puerta para revisar los sellos que había colocado en los peldaños, paredes y toda ruta posible por donde aquella mujer del demonio pudiera pasar ¡Y no había activado ninguno!

¡Ahora sabía por qué demonios podía salirse de la aldea como si nada!

¡Burlaba los sellos sin percatarse de ello! ¡Los de chakra por su rareza! ¡Y los de Kubayama porque…! ¡Por qué no era humana! ¡Esa era la conclusión!


Comentarios y aclaraciones:

Creo que he jugado mucho Limbo

Bueno les aclaro una cosa del final porque hace siglos que no actualizo, los sellos de Kubayama se activan con presencia humana. En fin solo me resta decir:

¡Gracias por leer!