Apotropaico

Primera parte

Ibiki miró por encima de su hombro a la quinta maestra Hokage aparecer por entre el follaje. La escolta de ANBU apartaba la mayor parte de las ramas por cortesía aunque tenían en conocimiento que no era realmente necesario, de un manotazo la mujer podía quitar todo lo que le estorbara al frente. El sitio tenía un acceso dificultoso, y si habían llegado hasta ahí era porque el equipo de excavación tenía encomendada la épica labor de nivelar el terreno para cimentar una casa nueva para el señor feudal, había hecho un descubrimiento significativo.

La construcción desde su propuesta había resultado ser todo un dolor de cabeza. El Daimyō no solo quería la casa en una zona de difícil acceso, sino que tampoco quería que se despejara un camino que conectara con la aldea, principalmente porque la idea era que el emplazamiento, la construcción, decoración y detallado fuera un absoluto secreto, y dentro del circo necesario para tales fines -en los que se excluía como medio liquidar a los trabajadores una vez terminada la obra-, estaba la movilización de equipos ninja de élite que se encargaran de vendar los ojos de quienes irían, y llevarlos por diferentes medios hasta el lugar. Los obreros además, se rotaban una vez que concluían una sección, así ninguno tendría en su conocimiento más de veinte metros cuadrados en algún punto indefinido rodeado por árboles a su parecer exactamente iguales a los miles que rodeaban Konoha.

Hasta el momento, Tsunade seguía deliberando con el consejo si el arquitecto debía morir o solo serle colocado un sello de supresión de memoria, si los constructores también tenían que tener algún tratamiento, y si los ninjas que se encargaban del transporte y supervisión, serían los mismos que fungieran de escolta cuando el señor feudal ocupara la casa, y los riesgos que implicaba que así fuera de ser requeridos en otras misiones durante el mismo lapso de tiempo.

Ibiki recién se había enterado de aquél proyecto, y fue conducido hasta ahí por órdenes directas de la Godaime, en previa aprobación del consejo. Había aceptado aquello de que lo cubrieran de ojos y oídos sin encontrarle mucho sentido, tampoco a que le dieran una serie de rodeos y vueltas, cuando por la nariz sospechaba que estaba entre la décima y la quinta milla después de la muralla, cerca del monte Popa -o en el monte mismo, no estaba del todo seguro-, llamado también el monte de los espíritus.

Justo cuando la quinta maestra pisaba el suelo nivelado y se sacaba del cabello algunas hojas que no pudo evitar completamente, el Capitán se aclaró la garganta.

—Infórmame.— vociferó ella revelando el malhumor que cargaba consigo.

—Son veintidós, y siguen buscando en los alrededores.— dijo el hombre conduciéndola hasta el hallazgo que era resguardado por otros dos ANBU.

—Aparentemente todos atados, hay trozos de soga sin podrir que lo sugieren. Hay bastante… variedad, hay tres que tienen signos de desnutrición, campesinos de bajos recursos sin duda, pero también hay varios con huesos fuertes. Tengo uno particularmente interesante, padecía algún tipo de síndrome, los huesos del cuerpo están casi desaparecidos, pero en el cráneo se puede ver una dismorfia craneofacial, no estoy seguro sobre su sexo, no es mi especialidad, sobre todo con esa particularidad en su sistema. No hay marcas aparentes de tortura, y lo único que tiene común es la edad, que oscila entre los doce y quince años, pero creo que eso debería corroborarlo un experto, solo lo supongo por la estatura.

— ¿Es posible que se trate de algún tipo de ritual?

—No hay ningún elemento que lo indique, no se ve la estructura de algún templo, monumentos o artefactos, tampoco se les cambió la ropa, en apariencia llevan puesto lo que debieron tener en vida. Lo que es un poco preocupante, porque hay un noble por allá.

— ¿Y la causa de muerte?

—Se les infringió daño físico mínimo, un solo golpe en el cuello que destruyó algunos huesos de ahí. Fuera de eso, sin traumas o fracturas en la mayoría de los casos, solo algunos pero debieron ser muy viejas porque ya están soldadas.

Tsunade resopló sin poder despegar la vista de la fosa común encontrada apenas a unos meses de empezada la construcción. Se encogió para mirar de cerca y tomó un hueso pequeño que se había separado de los demás, lo repasó suavemente con la punta de los dedos, desviando la atención entre el campo húmedo por la hierba llena de brisa y murmuró algo para sí misma. Nadie trato de darle entendimiento total, solo con leerle los labios a la primera parte se sobreentendía que era un improperio.

—Hay que llevarlos a Konoha.— sentenció dejando la pequeña pieza en su lugar, aunque eso era ya inminente desde el principio, solo le habían estado esperando para dar cuenta del hallazgo. Tras haberse incorporado, los seis ANBU que estaban presentes, sin contar al capitán, extendieron largos rollos de pergamino entintado con símbolos especiales, pocas veces usados ya que se trataba de una técnica de transporte similar al de los pergaminos de armas, pero a cierto nivel superior y mucho más delicado ya que su deber era resguardar los cuerpos de los ninjas caídos. Sincronizados perfectamente, movieron los dedos y al unísono el chasquido resultante de la técnica se llevó los veintidós cadáveres encontrados hasta el momento.

Tsunade hizo una seña con la mano a uno de los enmascarados para que se acercara.

—Estás a cargo, quédate con tres más y sigan buscando, cualquier cosa manténgame informada.

—Sí, Tsunade-sama.

Luego a eso giró la vista a los restantes, que ya llevaban en brazos los pergaminos, para indicarles que se marchaban. Ibiki, al notar que no había indicación especial para él, cerró los ojos, soltó un suspiro y se dejó colocar la venda.

.

La puerta se abrió con un chirrido leve. El aceite para engrasar las bisagras funcionaba a regañadientes pero cuando menos ya no se escuchaba en todos los pisos del edificio el graznido metálico de su puerta. Arrojó el papeleo sobre la mesa del centro de la sala y se tumbó en el sillón estirando la musculosa espalda. Las quejas por sus dolores iban directo contra el viejo colchón, pero solo en esa semana que había intentado cambiarlo por el que se encontraba en su casa, una serie de eventos le restaban tiempo para realizar la mudanza con propiedad.

Antes de empezar a trabajar con la identificación de los restos, ahora que tenía bien delimitado el tiempo en que debieron morir aquellos chicos, cuyos estudios preliminares arrojaron trece años en todos los casos, decidió ver si tenía algo en la alacena o refrigerador que pudiera meterse a la boca.

El acomodo del departamento era algo que lo tenía aún receloso, pero no se había atrevido a siquiera mover el sillón cambiando la distancia entre la mesa y este. El misterio que implicaba aquél orden, los muebles aparentemente salidos de la nada y la propia desaparición de tres gavetas de expedientes casi lo obligaron a inspeccionar con furia asesina todos los confines de la villa. Pero era un hombre práctico, paciente y meticuloso, el decorador desconocido haría su aparición en cualquier momento, hasta entonces, todo tenía que permanecer imperturbable. Además, Tsunade lo había mirado como quien escucha las incoherencias de un paranoico asegurándole que debió haber sido él, pero el suministro de drogas y la influencia del genjutsu lo habían confundido, que no había posibilidad de que volver habitable un departamento, comprar muebles y llenar despensa y refrigerador, constituyera parte del plan malvado de algún enemigo.

Simplemente era demasiado bizarro, hasta para él mismo.

Pero él también estaba seguro de que no había hecho en aquél sitio más que traer consigo un juego de ropa de cama y algunos uniformes. No le gustaba el tapiz de los sillones, no le gustaba el color de la vajilla, y había libros en el librero que jamás le llamaron la atención desde que se exhibieron en anaquel. Dos trajes no eran de su talla ¡Y había un shampoo en el cuarto de baño! ¡No! ¡Él no había hecho nada de eso!

Sacó del refrigerador un plato con papel plástico que contenía sobras de la cena. No había nada más interesante así que le pareció aceptable, solo tenía que calentarlo, y justo estaba por hacerlo cuando alguien llamó a la puerta. Arrugó las cejas preguntándose quién sería mientras deseaba con todo su corazón que no fuera su insufrible vecina, abrió la puerta y la interrogante pasó de ser de quién a qué quería.

Examinó rápidamente, pero con poco disimulo, a la mujer que tenía al frente: cabello castaño suelto, largo a la altura de los hombros, ojos del mismo color, ropa holgada en tonos caqui, ni una sola marca distintiva en el rostro o algún accesorio que resaltara. Se le figuró en algún momento como un perfecto ratoncito, del tipo de gente que uno olvida con facilidad al pasar completamente desapercibido, y ante su observación no hizo más que endurecer las facciones, pues ella sería sin duda el modelo perfecto para un disfraz.

— ¿Capitán Ibiki Morino?— preguntó con una voz suave y acompasada, como si midiera con un diapasón la afinación.

—Si.— respondió tajante.

—Me dijeron que podía hablar con usted respecto a Tetsuya-kun.

Ibiki soltó un suspiró con más aire de gruñido.

— ¿Desde cuándo ha faltado?

— ¿Faltado?

— ¿O le debe algún trabajo?

—Oh, no, bueno empezó así, pero no es por eso que vengo.

El Capitán retrocedió dos pasos y extendió la invitación para pasar, conduciéndola discretamente con ademanes hasta la sala ofreciéndole sitio en el sillón. La joven, de unos veinte años aproximadamente, aceptó la invitación sentándose con ligereza, manteniendo la espalda muy derecha y las manos enlazadas sobre su regazo. De dedos largos y delgados, Ibiki sospechó que podría hacer sellos muy rápido con cierta gracia, por lo que no desechó en ningún momento la idea de que pudiera ser ninja.

—Tetsuya-kun y su maestro realizaron unos trabajos en el edificio donde trabajo. Es un conservatorio, el primero en Konoha, impartimos clases de música y danza para compañías que van de gira, en ocasiones también ofrecemos cursos especiales a grupos selectos de kunoichi.

—Sí, claro, escuché algo del proyecto.

Aparentemente no tenía formación militar, pero la danza le daba entonces esa ligereza de movimientos.

—Parte del trabajo consistía en revestir el salón de prácticas, ahí tenemos un piano, una adquisición poco usual pero eficiente en la enseñanza y da cierto aire exótico a quienes aprenden. Sucede que el maestro decidió dejar esa habitación a cargo de Tetsuya-kun ya que era relativamente sencillo, y él bajó al anfiteatro. A decir verdad el trabajo aún está incompleto y debía terminarse el fin de semana pasado…

— ¡Ya veo! Veré al chico y lo llevaré aunque sea a rastras…

—Eh… gracias… estoy segura de que a mi director le parecerá perfecto. Pero no es eso a lo que vengo, Tetsuya-kun tiene un rendimiento irregular, eso es verdad, pero también he descubierto que tiene un talento excepcional para algo que en el conservatorio llamamos coloquialmente "aprender de oído". Le descubrí varias veces escuchando por detrás de la puerta mientras daba clase, y la semana pasada, cuando finalmente acudió para completar el revestimiento, en lugar de trabajar estaba en el piano ¡Y había de escucharle! ¡Con solo las clases que escuchó fue capaz de interpretar la pieza mucho mejor que el alumno que llevo dos meses preparando con clases diarias!

—Ya veo.

Ibiki había utilizado la frase universal para que el interlocutor abreviara las explicaciones y fuera directo al punto, la mujer así lo entendió, ruborizándose por el sutil comentario de falta de interés.

—En cuatro meses debe hacerse una presentación debut para demostrar los avances del conservatorio, si no convencemos a los críticos de la capital, nos retirarán el apoyo, y a decir verdad, grandes talentos no… no tenemos… Tetsuya-kun odia la carpintería, por favor, hable con su maestro para que no vaya más y permítale ir al conservatorio.

—Así que encontró quien le compadezca...

— ¿Disculpe?

—Yo solamente soy… su oficial custodio, pero Shizune-san es la tutora, ella arregló el trato y paga al maestro una cuota alta para soportar a un aprendiz negligente.

—Ha sido ella quién me envió con usted, para que lo valorara apropiadamente.

La mente de Ibiki despertó súbitamente, saliendo del leve estado soporífico en que había sido inducido por el ritmo medido de aquella voz. Bruscamente se puso de pie repitiendo una y otra vez la palabra "apropiadamente", Shizune no la usaba con regularidad en una conversación casual.

Se movió rápidamente por el departamento buscando con la vista en la periferia de la puerta algún memo.

—Permítame un momento. — dijo, pero antes de siquiera esperar respuesta ya había salido.

La mujer se quedó sola en el departamento, sin relajar la postura ni un momento pero tentada a curiosear, no obstante se quedó en su sitio esperando el regreso de tan extraño anfitrión, cosa que sucedió tres o cuatro minutos después, y mientras cruzaba el vano de la puerta le oyó mascullar algo respecto a los ineptos novatos.

—De fortuna ella no lo leyó.— sentenció finalmente.

— ¿Ella?

—No importa.

El Capitán leyó el contenido del pergamino rápidamente y gruñó una o dos veces, pero se dio por enterado perfectamente qué era lo que Shizune quería realmente al decir que él sería más adecuado para evaluar "apropiadamente".

— ¿Es posible concertar una cita?

—Por supuesto.— se apresuró ella dando un salto en su lugar abriendo mucho los ojos — ¿Cuándo tiene tiempo?— preguntó enseguida.

"Cuando le pueda dar nombre a veintidós cadáveres" pensó para sí mismo, pero eso le tomaría un muy largo rato, tal vez más de lo que Shizune necesitaba. Suspiró sabiendo que si no quería represarías burocráticas, no le quedaba más que hacerlo, y fingir que era de buen modo. Ya había descubierto que detrás de la sonrisa amable, había en Shizune una criatura rencorosa y vengativa.

— ¿Es muy apresurado que sea esta noche? ¿A las ocho está bien?— sugirió ella al no recibir pronta respuesta.

—En realidad es muy conveniente, ahí estaré, y arrastraré a Tetsuya conmigo para llegar a tiempo.

—Estaré esperando.

Ambos se pusieron de pie al mismo tiempo y la mujer obedeció a los ademanes no anunciados que la conducían hacia la puerta. Ibiki se esforzaba por no resultar grosero, que era la impresión general que daba a las personas, pero había cosas con las que simplemente no se podía luchar.

—Qué tenga buena tarde, Capitán.

—Igualmente usted, señorita…

La joven se tornó roja como un tomate maduro.

—Miyazaki Nodoka. Por favor discúlpeme esta falta de educación.

—Descuide, solo una cosa, deje de fingir la voz. Es molesto.

Ella pareció sorprendida, aunque seguramente lo estaba en realidad, pues era una observación personal, bajó la mirada apenada prometiéndolo aunque deseando poder desaparecer en ese instante, pero como ninguna divinidad intervenía abriendo el suelo bajo sus pies, optó por lo más razonable que era retirarse por su propio pie.

Una vez que desapareció de su rango de visión, Ibiki se llevó el dedo meñique al oído para sacar del canal auditivo la sensación molesta que le dejaba el tono tan poco natural, tan controlado y cuidado, propio de las mujeres que se mueven en círculos sociales aristocráticos, si bien tenía que reconocer que la forma de expresarse y palabras elegidas no estaban en el marco de lo exuberante, ello no la eximia del horrible protocolo social, y si algo había quedado claro esa tarde además de la facilidad de Tetsuya para ganar la compasión de las mujeres, era que esa en especial quería impresionarlo con un motivo poco claro.

Regresó a lo que le ocupaba antes de la interrupción y el pollo le supo mejor que la noche anterior, tal vez alguna mística influencia del gas freón o el bicarbonato para evitar la mezcla de olores. Se tumbó en el piso frente a la mesa y sacó los expedientes que hábilmente había escondido de la vista con solo una servilleta de papel. Revolvió las hojas dando una nueva mirada a las fotografías y repasando los detalles que había visto con sus propios ojos.

Tragó y en lugar de chuparse los dedos -cosa que encontraba terriblemente vulgar- alcanzó una servilleta más. Le gustara a quien le gustara, usaría veinte servilletas en una sentada antes de quitarse los restos con la lengua o labios.

Frunció el entrecejo al leer uno de los reportes de desaparición que había desempolvado de los archivos que tenía resguardados en la segunda habitación del departamento; la madre que había reportado a su hijo era una campesina, trabajaba en un plantío de cebollas que había heredado de su esposo muerto durante… supuso que debió ser el ataque del zorro de nueve colas, pero una franja negra de plumón indeleble censuraba el detalle, la mujer y el hijo sobrevivieron pero el niño desapareció tres días después de cesada la alerta. Las ropas eran de lo más ordinario: algodón blanco y verde, una cinta en la frente, sandalias de paja trenzada, y lo más destacable sería un ofuda; un saquito de seda roja del que colgaba un pendiente de plata con forma de hoja, la única joya que por tres generaciones había pertenecido a la familia anudada a un amuleto que debiera protegerlo.

Debido a su origen, las fibras textiles tendrían que estar totalmente desechas, así que descartó los cuerpos que fueron encontrados aún con rastro de ropa, de los restantes eliminó a los que tenían un desarrollo óseo demasiado débil, ya que aunque eran campesinos subsistían sin problemas de su cosecha o la pesca de agua dulce, ya que la propiedad tenía un lago anexo. Quedaban seis y mirando el reporte detallado entregado por el equipo forense, encontró que el dichoso ofuda rojo no figuraba entre las pertenencias halladas dentro del área delimitada. Habían pasado unas cinco horas desde dejaron el sitio, los ANBU, de haber encontrado algo, lo abrían reportado.

Marcó el reporte como aceptable para dar identidad a algún cadáver y pasó a otro, aunque el detalle del ofuda no lo descartaba. Una sonrisa cruzó por su rostro tan solo de imaginarse que con toda la facilidad del mundo encontrara a su sospechoso en posesión del amuleto y otras prendas pertenecientes a los occisos. Pero la experiencia que tenía en el trabajo no le permitieron llegar a tal suposición de facilidad, si la cosa empezó difícil solo se pondría peor, y con el terrible número de desaparecidos en la fecha aproximada de defunción gracias a la llegada del zorro de nueve colas, tendría expedientes para repasar un largo rato antes de poner nombres y apellido.

Afuera el sol brillaba en lo alto y el calor de la temporada ondeaba por las calles buscando la manera de colarse al interior de las habitaciones, pero aquél pequeño departamento ponía una magnífica resistencia a la insistencia de las cuatro de la tarde, así que el aire fresco era lo único que sentía en la coronilla y en el puente de la nariz, y aquello era normal, se había acostumbrado por el tiempo que llevaba viviendo ahí, no obstante, al exhalar un suspiro, más como un intervalo a la respiración regular que una manifestación sentimental, alcanzó a ver claramente el halo blanco salir de su boca. Aquello ya era excesivo, sobre todo considerando que afuera había no menos de treinta grados y ni una nube a la vista.

Pensó en ignorar las peculiaridades térmicas del departamento y a medida que revisaba, consideraba y descartaba reportes, no pudo sino sentir la necesidad de hacer una verificación de campo y concretar que había un trasfondo peculiar en algunas de las desapariciones reportadas. El nombre de los oficiales a cargo variaba, lo que era comprensible debido al número de integrantes del cuerpo de policía y las muchas tareas que atendían, muy seguramente por esa variación de asignaciones fue que nadie se percató de nada.

Ya para cuando caía la noche, de casi trescientos posibles, la lista se había reducido a cincuenta y siete con un modo similar de desaparición, de esos veintiuno, al menos trece podían encajar como identidades de los cuerpos encontrados, y dos lo eran con total seguridad, aún sin esperar los reportes médicos finales tan solo por las descripción de prendas y pertenencias.

Los ANBU no se habían reportado, por tanto, no tenían hallazgos significativos, miró por la ventana tratando de adivinar la hora, según él serían cerca de las siete, calculó una ducha de diez minutos y ponerse en camino para estar a tiempo, dándose el lujo de pasar por la torre de la Hokage para anunciar la reducción de posibles identidades para sus cadáveres.

Mirando de reojo el reloj de la recepción de la torre, confirmó la sospecha de medición del tiempo, Tsunade no estaba ya, pero su asistente le recibió de buena manera el reporte y le entregó un fólder con las últimas muestras recolectadas, nada significativo realmente ahora que tenía un argumento que seguir, pero servían muy bien para cumplir con el protocolo y arrojarían nueva luz en caso de estar equivocado. Acompañando a Shizune de regreso a su casa -petición que lo extrañó ya que la figuraba detrás de su maestra- aprovechó para recoger a Tetsuya, tenía diez minutos para estar presentable y quince más para llegar al conservatorio, pero para su sorpresa, el muchacho estaba bañado, peinado, y con ropa limpia. Demasiado hasta para sorprenderlo a él. Inspeccionó minuciosamente solo con la vista para confirmar que estaba verdaderamente limpio y no solo lo aparentaba, pero efectivamente había conocido el uso del agua con jabón de pasta.

Gruñendo para saludarlo y obteniendo una respuesta similar, ambos dejaron a la kunoichi sola que les deseó suerte con un gesto de la mano aún permaneciendo en el quicio de la puerta hasta que se perdieron de su vista.

Caminaban a paso regular, el tiempo lo tenían bastante bien y a Ibiki pocas cosas le metían prisa, si se levantaba temprano y organizaba todos sus deberes, no había absolutamente ninguna razón para andar como maniaco el resto del día. Para Tetsuya el caso era diferente, pero el resultado el mismo, con las manos en los bolsillos del pantalón y la espalda ligeramente encorvada, no había en él un cambio significativo más allá de su inusitado aseo personal, de hecho, Ibiki reconsideraba la idea de que el cambio de profesión fuera a importarle nada a ese niño, hacía varios días que lo figuraba como el habitante desahuciado del puente que vivía de lo que se le caía a la gente y las limosnas de ancianas caritativas. Y que además, con algún trozo de carbón rayaría toda propiedad pública con frases anarquistas, si es que ello no suponía un esfuerzo mayor.

Abiertamente no lo expresaba, pero una noche mientras regresaba de una jornada de voluntariado obligado con Tetsuya, comenzó a preguntarse si el muchacho le culpaba a él, o a la aldea, de que su pacífica y cómoda vida al lado de Hanamira Kotori se haya esfumado dejándolo en la orfandad -por segunda ocasión, de hecho-. Medidas para tomar tenía pocas, a un grupo terrorista no se unía al ser enclenque como ningún otro, lento de reacción y perezoso a más no poder; así que no, en definitiva no tenía a su lado a un potencial Sasuke Uchiha. Pero un odio pequeño podía impulsar talentos insospechados, podía volverse un espía, un medio de comunicación y contrabando, o en el más bizarro de los casos resultar -como muchos otros casos- un genio demente que al sentirse incomprendido desataría una guerra…

Tal vez era demasiado extremista, pero leer al muchacho era como leer un libro de tres palabras, a sus acciones, gestos y frases se le podían dar dos mil interpretaciones. Shizune también tenía esa sospecha, que los pequeños actos de descuido en la casa como dejar correr el agua del fregadero, no cerrar la puerta del refrigerador cuando sacaba algo o meter monedas en la lavadora, no eran sino una infantil forma de mostrar su enojo. El pergamino que había recibido por la mañana equivocadamente dejado en el piso de arriba por un grupo de Genin, le informaba de haberlo sorprendido asfixiando a un ratón al que previamente le había sido amputada la cola.

Suspiró cansado de darle vueltas al asunto, pero con la firme convicción de que si todos los que presentaran ese tipo de síntomas fueran reportados y de alguna manera ayudados, no existirían los archiveros que tenía en el departamento y parte de la oficina. Como venía insistiendo desde que se empezó a hacer cargo del trabajo de la desaparecida policía militar: que no fueran ninjas no los volvía menos peligrosos.

Llegaron al conservatorio con diez minutos de ventaja, pero la mujer les estaba esperando en la recepción y al verles a través del cristal de las puertas, se puso de pie con apuro.

—Buenas noches, Morino-san.

—Buenas noches, Miyazaki-san.

El chico apenas levantó la cabeza con un gesto vago que a Ibiki le antojó motivo suficiente para tomarlo de la cabeza y obligarlo a ponerse a los pies de la maestra ya que gracias a ella tendría un oficio mil veces más cómodo y mucho mejor pagado.

—Tetsuya-kun, por favor adelántate, ya sabes en donde está el salón.— dijo ella afectuosamente, siendo obedecida al instante.

—Morino-san, por favor, Tetsuya-kun es un buen muchacho, solo necesita encontrar su camino y estoy completamente convencida de que es este.

Ibiki inclinó un poco la cabeza. Ahora tenía la certeza de que aquél diablillo había estado hablando pestes de él, y no quería poner a discusión sobre si le había dado el apoyo o afecto suficiente. Para él había sido una carga más al vergonzoso trabajo de niñera, no le había simpatizado en absoluto desde la primera vez que le vio, y aunque se sabía responsable de haberle dejado sin madre -que siendo completamente sincero, era un sol con él aunque mató a sangre fría a otras dos personas-, simplemente era incapaz de tenerle cuando menos compasión, mucho menos desarrollar ese instinto protector que por lo visto ya había ganado de la maestra. Se aclaró la garganta para hacerle saber que estaba listo para lo que fuera que querían demostrarle ese día.

Sin prometerle que sería breve, o algo parecido que alentara al hombre para no mostrarse huraño por perder valioso tiempo de trabajo, ella finalmente lo soltó: —Espero que no le moleste que haya otros dos maestros. Quisiera dejar en claro la postura que tengo respecto a Tetsuya-kun, nadie aquí tiene confianza en que un muchachito procedente de una familia desconocida y sin preparación previa, tenga talento.

—Desde luego que no.

El Capitán caminó a su lado dejándose conducir por la joven que de repente se había vuelto más agradable al hablar, siguiendo la petición que le hiciera por la tarde, había dejado de darle el aire aristocrático y la conversación fluía más natural, incluso ya había podido notar los cambios en volumen y entonación que le facilitaron infinitamente conocerla mejor.

Llegaron al consabido salón, dentro ya estaba sentado Tetsuya ante el instrumento poco frecuente de ver, a un costado se enfilaban cuatro sillas forradas en piel, dos ya estaban ocupadas, pero los dos hombres se pusieron de pie para saludar a los recién llegados.

—Miyazaki-sensei. — dijeron al unísono.

—Hisaishi Ryuichi-san, Sakamoto Kenji-san. El Capitán Morino Ibiki-san.

Los recién presentados cumplieron con el debido protocolo y ocuparon sus sitios detrás del muchacho que miraba distraídamente algún punto indefinido en el piano mismo.

Ibiki no estaba del todo seguro si estar detrás era lo mejor, Tetsuya estaría nervioso, y no ver la expresión de los jueces, aprobatorias o no, le harían dudar, o tal vez la maestra consideraba que los maestros no eran alentadores, a saber, pero él preferiría estar al frente.

Hasta ese momento, Tetsuya empezó a demostrar algo de nerviosismo, finalmente se había perneado en la capa de indiferencia un poderoso escalofrío y la evidente torpeza al localizar las teclas con las que debiera empezar.

—Tranquilo, Tetsuya-kun.— dijo la joven maestra tratando de sonar conciliadora.

—Vamos niño, tengo que dar clase al próximo concertista de la corte, alguien que ha trabajado muy duro por dos años para ganarse su sitio.

Ni las palabras ni el modo le resultaron gratas a la única mujer, y su enfado se marcó con las cejas arqueadas. Ibiki suspiró, el eterno conflicto del talento natural contra el talento desarrollado, ahora lo veía presente en ámbitos más allá de lo que acostumbraba, pero no se sintió realmente sorprendido por la actitud de Hisaishi, a todas luces se veía que era de los que se sometían a largas horas de estudio y práctica privándose de cualquier indicio de la vida personal más allá de aquello que consideraban "importante", en este caso, la música.

El otro profesor era todo lo contrario, su imagen era menos pulcra. Aunque estaba limpio, los colores de sus ropas no combinaban entre si, caso contrario a Hisaishi que vestía de blanco llevando sobre los hombros un impecable haori color verde manzana con lo que debiera ser el escudo de su familia. De facciones finas, tez pálida y ojos oscuros, pasaría por atractivo/misterioso de no ser por el muy ridículo peinado que aplastaba su corto cabello contra la cabeza dejando libre solo el fleco dividido en dos partes muy simétricas que tenían forma como de dos cuernos, cada uno apuntando a lados distintos. Con toda seguridad tendría el cabello tan rebelde como Kakashi, estaba convencido de eso, por eso lo usaba corto con generosa cantidad de gomina para que no retara la ley natural de gravedad manteniendo así la imagen de orden y control total. Sakamoto, en cambio, tenía el cabello largo, negro, liso y suelto confundiéndose con su barba dejada en libertad para crecer cual ramas de sauce.

"Y este debe ser el genio natural" dijo para sí notando la tensión que se había producido cuando precisamente Sakamoto ganó la palabra a Miyazaki para defender al chico que agitando los dedos seguía tanteando las piezas blancas y negras sin animarse a presionar ninguna.

De verdad esperaba una pelea donde uno y otro se agredieran hasta que la joven los detuviera molesta por su "actitud inmadura y vergonzosa", era como un clásico cuando existían dos opuestos así con un punto neutral sintiendo pena ajena, pero en realidad fue Tetsuya quien zanjó el asunto encontrando valor para empezar de una vez por todas.

Los primeros ocho segundos los encontró flojos e inseguros, estaba seguro de que Tetsuya se detendría, de ahí se le ocurrían dos cosas: que se disculpara y se quedara petrificado dejando así vía libre a Hisaishi para que destrozara lo que le quedaba de confianza y amor propio o huir derecho a la casa de Shizune y no volver a salir sin escuchar lo que el estricto juez tenía que decir, pero igualmente la moral estaría destruida hasta sus cimientos en un ciclo de auto-tormento por tiempo indefinido.

Se inclinó al frente sorprendido por haber errado la primera suposición. Contra todo pronóstico y desafiando el comentario hiriente a su inusitada torpeza continuó, y no solo eso, el ritmo, aunque lento, era el más propio para las piezas románticas-deprimentes y se mantuvo así por un minuto aproximadamente, Ibiki no tenía conocimientos muy especializados sobre música, pero sintió algo como un "tropiezo" y después el ritmo cambio, más confiado, ágil, y debió reconocer que llegó a gustarle.

Tras una hora y cuarenta minutos, aparentemente sin previa preparación, Tetsuya se las arregló para no hacer pausas significativas y abarcar un amplia gama combinaciones de sonidos, todas en un orden muy aceptable a su inexperto pero sensible oído, y si bien tenía la certeza de que iba a perder el tiempo en esa cita, al final todo resultó más agradable: la maestra estaba feliz, Hisaishi refirió algo respecto a enseñanza de básicos, pero aunque fue rudo en su manera de hablar Ibiki no encontró real desaprobación o desprecio.

"Es lo bueno de que ya sea adulto." pensó, ya que de tener la misa edad que Tetsuya estaría haciendo una rabieta. Al que pudo predecir claramente fue a Sakamoto que se puso de pie aplaudiendo efusivamente y solo le faltó evocar a "la llama de la juventud" para ser la copia bohemia de Gai, porque sí, había la posibilidad de que existiera una criatura más estrafalaria, y era músico o algo parecido -Miyazaki no le específico de qué fungían exactamente-.

—Vamos a cenar.— sentenció acercándose a Tetsuya que se había puesto pálido como un pergamino limpio y estaba bañado en una capa de sudor como si le hubiera obligado a dar diez vueltas alrededor de la aldea, las manos y las piernas le temblaban, en general sus emociones lo habían apabullado con fuerza y sin piedad.

Ibiki lo tomó por el hombro para ayudarle a sostenerse mas o menos derecho y tras despedirse de los maestros ofreció acompañar a la maestra a su casa. Tetsuya no escuchó muy bien aquello, de lo contrario se habría negado en rotundo.

—Muchas gracias, solo debo pasar a firmar mi salida y ver que todo está en orden. No tardo.

El capitán dejó al chico caer sobre un sillón, había entrado en una especie de shock cuando el director que estaba de salida, le dijo que su horario sería complicado el primer bimestre, pero se ajustaría conforme se regularizara en clases, eso en una traducción evidente, significaba que había leído los reportes favorables y estaba aceptado.

El primero en salir fue Sakamoto, Ibiki intuyó que no había pasado a firmar como los otros. El segundo en pasar a su lado fue Hisaishi, que con más propiedad se despidió, estaba por salir pero Miyazaki le llamó desde la escalera.

— ¡Hisaishi-sensei! ¡Espera un momento! Dejaste esto en la oficina.

La joven le entregó un saco rojo, algo pálido por el desgaste, de hecho se podía notar que tal vez la prenda se rompería de un momento a otro.

— ¡Que descuido! — exclamó el hombre aceptando la pieza —Muchas gracias, Miyazaki-sensei.

Ibiki permaneció absorto, fue como un reflejo instintivo el que bajara el ritmo de su respiración, sus latidos, en cierto modo había pasado a una faceta de vigilancia y alerta. Sus ojos se clavaron en ese saco rojo absteniéndose de hacer algún movimiento pero esperando ver, aunque fuera solo un segundo, el lazo que lo anudaba…

Apretó los dientes y los puños con fuerza, el destello plateado se hizo presente, reconoció la hoja y de inverosímil manera el kanji grabado en ella que identificaba a una familia en especial, y no era Hisaishi.


Comentarios y aclaraciones:

Miyazaki Nodoka, personaje directo de las Crónicas Perdidas pero aún no tenemos esas confiancitas. Bien, la verdad es que Ellis no tenía mucho de ella, así que rescaté lo que había y le puse fertilizante para que creciera, a ver como queda el OC.

Pues todos mis músicos tienen mezclas de nombres de músicos japoneses, solo por si estaban con el pendiente.

¡Gracias por leer!