Apotropaico
Segunda parte
Ibiki esperaba de pie, luego de haber revisado los expedientes con calma, solo faltaba que Tsunade aprobara su elección. No estaba seguro sobre si lo haría, en realidad si accedía le estaría cumpliendo un capricho en toda regla y por tanto él tendría una deuda personal que ella no dudaría en cobrársela, pero tras examinar las posibilidades no tenía mejor opción, la chica había incurrido en una falta grave, pero no sería ni la primera ni la última en meter la nariz donde nadie la llamaba, y si a su vecina le eran extendidas demasiadas condonaciones, que no lo hicieran con ella que era la primera vez -y tras el susto con su padre, seguramente la última- le resultaría injusto y ridículo. Considerando incluso que su sentido de justicia era ligeramente diferente al de la inmensa mayoría.
—Ibiki-san.— llamó Shizune saliendo de la oficina, —Tsunade-sama espera.— agregó extendiéndole la invitación a pasar sin soltar a Tonton.
El corpulento hombre entró a la oficina, fresca por ser temprano, a eso del medio día haría tanto calor que realmente no le gustaba pasearse cerca de ahí.
— ¿Me dará la aprobación?— preguntó directamente tras haber inclinado la cabeza a modo de saludo.
—Sí.
Levantó una ceja inquiriendo que había algo más aparte de esa respuesta inmediata y positiva.
—Cierra la puerta, Shizune.
La mujer así lo hizo pero no permaneció en la habitación.
—No voy a cuestionar tus métodos. Pero no puedo evitar examinarlos y aclararte un par de cosas. La primera es que no quiero que vuelvas a ocultarme información, por ridícula que sea si incumbe el uso de recursos, aunque sea un lápiz, quiero ser la primera en enterarse.
El Capitán Ibiki Morino no era un hombre que se intimidara con facilidad, no obstante sabía reconocer sus errores y solamente inclinó la cabeza mansamente.
—Respecto a Hinata Hyūga. Ya envié el aviso, concerté la reunión en el conservatorio, te verás con ella en media hora. No te olvides de vigilar también al muchacho y valorar su utilidad. Los ANBU encontraron otro cuerpo, ya te enviarán el reporte a detalle en la noche. Tienes dos semanas Ibiki, si no hay resultados sobre la investigación abandonas la misión, tenemos muchas cosas pendientes como para gastar tiempo y dinero en casos viejos.
El capitán volvió a inclinar la cabeza sin emitir palabra alguna.
Realizar en dos semanas un trabajo completo de análisis de un caso tan viejo y nebuloso era un maratón que tenía que aceptar, solo podía hacer conjeturas respecto a uno solo de ellos pero, aunque pequeña, la única pista que tenía era ese hombre: Hisaishi Ryuichi.
—Otra cosa. Tal vez te asigne como director del programa piloto de correctivos internos.
— ¿Perdón?
Ibiki entendió en ese "tal vez" como un "con toda seguridad", y no le había hecho ninguna gracia porque en su mente se formó la historia completa de su vida como niñera.
—Te dejaré a cargo de los Genin y Chūnin que incurran en faltas al código y sean suspendidos, para que tengan tiempo de calidad durante su suspensión.
Quiso objetar, pero los ojos miel de la mujer se tornaron como dos dagas apuntando a su humanidad y la negativa dejó de ser una posibilidad razonable, expusiera el argumento que fuera.
¿Cuántos serían? ¿Unos dos o tres equipos al mes?
—No llegues tarde, Hinata necesitará detalles de lo que quieres que haga.
Y así la reunión terminó, con una serie de pequeños castigos que acabarían por causarle un sobrecargo de trabajo que jamás había tenido -salvo en tiempos de guerra- y no le gustaba tener, no era sano para nadie y él no era la excepción a la regla.
Acudió puntual, aunque la joven kunoichi estaba ya cuando él hizo su aparición. Le saludó respetuosamente pero no fue capaz de mirarlo a la cara, su atención se centraba en el suelo terroso.
—Te han informado que recibirás instrucción en este lugar para ingresar en una compañía teatral ¿Cierto?
—Si.
Ibiki asintió aprobando la firmeza y seguridad de esa respuesta, si tartamudeaba en un monosílabo la habría mandado de regreso a su casa a cumplir quién sabe que penitencia impuesta por Hiashi.
—No toleraré que andes fisgoneando en los asuntos que no te incumben, si no se te da la información es porque no necesitas saberla ¿Entendido?
—Sí.
La joven se había puesto completamente roja hasta las orejas y movía la cabeza de arriba a abajo para reafirmar su respuesta.
—Los profesores no hacen preguntas, ya han tenido este tipo de adiestramiento con otras kunoichi, tú no inicies conversaciones, no das información de ningún tipo pero. Todo lo que veas, todo lo que escuches, todo lo que hagas y te hagan, será informado exclusivamente a mi aunque procuraré no dejarte sola por periodos largos, se supone que vigile tu desarrollo. Tengo entendido que has recibido lecciones privadas ¿Cierto?
—Sí. Danza y Shamisen.
—No demuestres todo lo que sabes, comete algunos errores pero muéstrate competente en música, solo para cumplir las expectativas de cierto profesor, vas ahí a aprender teatro, que tus debilidades estén ahí.
—Entendido.
—Una última cosa.
Ibiki ya había inspeccionado que no hubiera nadie cerca, y cobijados a la sombra de un árbol frente al conservatorio que no había empezado labores, solo ella podía estar escuchando todo lo que se le decía, en algún momento la pequeña había tenido valor suficiente para levantar la mirada, y aunque no tenía la expresión confiada y segura, al menos sí estaba poniendo toda su atención.
—Nuestro objetivo es Hisaishi Ryuichi, no lo vigiles descaradamente, solo pon más atención a él, convéncelo de que eres su nuevo talento a explotar y que él verdaderamente desee tu compañía.
Hinata nuevamente se había puesto roja, casi al borde de un desmayo y sus cejas se arquearon exageradamente, como si estuviera a punto de llorar. El Capitán, leyendo cada uno de sus gestos, respiró profundo, era completamente nuevo para él trabajar con novatos, tanto que le iba costar acostumbrarse a darles las novedades de la real vida ninja sin causarles innecesarios conflictos existenciales.
—Sí, vas a seducirlo.
Ella emitió un gemido ahogado viendo ante sus ojos convertirse en realidad un horror que la había acosado en repetidas ocasiones desde que la profesora Suzume Namida les había dado esa bochornosa plática sobre sexualidad y erotismo. Se mordió los labios y cerró los ojos con fuerza.
—Aquí viene una maestra.— señaló el hombre sin hacer alguna pregunta cortés sobre si se sentía lista, preparada, segura, o si simplemente quería hacerlo. Hinata comprendió algo al instante: no era una opción, estaba asignada y no podía rechazar la proposición.
El Capitán se adelantó para interceptar a una mujer de cabello castaño que le saludó muy amablemente. Rápidamente se pasó la mano por los ojos para recoger las lágrimas, respiró profundo; no podía decepcionar a su padre otra vez, ella no quería ser siempre una cobarde. Además, Kurenai, su maestra, le había dicho que podía hacer muchas cosas para llamar la atención de un hombre sin desabrocharse la blusa.
Se armó de valor aunque le temblaban las piernas.
— ¿Es ella?— preguntó la mujer sonriéndole, gesto que calmó en un céntimo los nervios de la chica.
—Sí. Hyūga Hinata, ella es Miyazaki Nodoka, profesora de música.
—Mucho gusto.— su voz había salido en un hilo, pero al menos lo había dicho de un tirón, lo que apaciguó el semblante rudo del capitán.
—Bien, ¿Qué tal si pasan? Los demás no tardan en llegar, siempre soy la primera.— siguió queriendo infundir confianza, rodeó a Hinata con el brazo, era más alta por dos cabezas, y la condujo a través de la puerta que había abierto mientras conversaba con Ibiki.
— ¿Cuántos años tienes, querida?
—Trece.
—Vaya… ya todo una señorita.
Ibiki sabía que en realidad habría querido decir que se veía mayor. Hinata, a diferencia de otras chicas de su promoción, había desarrollado las curvas de su cuerpo más rápido y con énfasis aunque se empeñaba en ocultarlas bajo gruesas prendas. Fácilmente, con un par de arreglos en el rostro que era lo único que conservaba de niña, podría aparentar quince o dieciséis, algo bastante significativo en ese periodo de su vida.
—Sé que en la academia les enseñan nociones básicas de música y danza ¿Aprendiste bien?
Miyazaki Nodoka había comenzado con el interrogatorio para ubicar mejor un examen exploratorio, en cuanto llegaran los demás, ella ya podría tener una idea clara de dónde partir para organizar su adiestramiento. Afortunadamente para la salud emocional del ANBU presente, la joven empezaba atablar más fluido, aunque a tonos muy bajos y no dejaba de jugar con las manos, como si tratara de darse valor ella misma, que con toda seguridad era lo que sucedía en realidad.
—Pero tuve muchos problemas con canto…— dijo tímidamente volviendo la vista al piso.
—No te preocupes, nadie puede hacer todo. Haremos unas pruebas con cuerda, me dijiste que tocabas el Shamisen ¿Verdad?
—Sí. Cuando era niña una amiga de mi padre me enseñó algo.
—Algo siempre es mejor que nada.
Nodoka terminaba de acomodar los papeles que le correspondían según un archivo con su nombre, en el reloj del pequeño vestíbulo daban las nueve de la mañana y entonces la puerta se abrió. Era Tetsuya Hanamira, el muchacho estaba increíblemente arreglado, no para una fiesta de gala, pero con los referentes que Ibiki tenía de él, casi parecía una persona civilizada común y corriente.
—Buenos días.— saludó rompiendo aún más con la norma de su apatía muda.
—Buenos días, Tetsuya-kun. Adelántate, solo debo esperar a Hisaishi-sensei y a Sakamoto-sensei.
El muchacho asintió y desapareció al dar la vuelta en un pasillo al fondo.
Los dos maestros no tardaron en aparecer. Pese a la apariencia descuidada de Sakamoto Kenji, que ahora a su combinación incoherente de prendas y colores se le sumaba un gorro de lana azul con una gran borla peluda en la punta, estuvo dentro del edificio no después de cinco minutos pasadas las nueve y sin rastro alguno de pereza en su actuar. Dejó que la maestra hiciera las presentaciones y Hinata hizo una mueca muy pequeña parecida a una sonrisa cuando le fue indicado quién era Hisaishi Ryuichi, ese gesto pudo convertirse en una crisis histérica de no ser porque ella misma bajó la cabeza en una reverencia exagerada rompiendo el contacto visual que se había establecido por solo unos instantes.
—Bueno, mi estudiante llega en media hora, tenía una revisión médica.— dijo Hisaishi cuando le fue informado que debían hacerle un examen a la chica.
Ibiki sonrió para sus adentros por la accesibilidad del sujeto cuando con Tetsuya no dudó en expresar que le parecía una pérdida de tiempo.
— ¿Nada grave?— preguntó Nodoka cambiando la expresión sonriente de su cara al preocuparse.
—Espero yo que no, algo de fiebre y taquicardia.
—Oh, lo siento.— se disculpó la maestra como si el estudiante hubiera muerto, lo que ocasionó que el inmutable rostro del hombre arqueara una ceja.
—Pues vamos entonces, Ren-san no tarda en llegar, la vi cuando estaba camino aquí, se detuvo en la panadería. Capitán, por acá.— indicó Sakamoto guiando la comitiva, Hinata al final junto con el ANBU que se había escabullido para dejar al frente a los tres maestros.
La kunoichi se había puesto más pálida de lo que era, y empezaba a frotar las palmas de sus manos con la chaqueta para secarse un sudor inexistente. Ibiki no había dejado de mirarla pero eso no le ayudaba en absoluto a ella que se había dado cuenta.
Finalmente, tras una hora y tres cuartos, se convino un horario de clases, e Ibiki no sabía si Hinata había acatado sus órdenes perfectamente o era bastante torpe, porque le hicieron bastantes observaciones de detalles a trabajar. Empezando ese mismo día y acomodando al resto de los alumnos -que a lo sumo eran veinte-, Hinata tuvo clase de coro, armonía y danza.
Nodoka Miyazaki daba clases de armonía, ritmo, percusiones y cuerdas.
Kenji Sakamoto tenía a su cargo los cursos de coro, ensamble, e instrumentos de aliento.
Ryuichi Hisaishi impartía danza, expresión corporal, actuación y dramaturgia.
A Ibiki, cuando leyó los currículos de cada uno para buscar al infiltrado perfecto, le sorprendió bastante que el profesor más meticulosos y cuadrado diera la clase más dinámica, Hinata sin esforzase reunía las debilidades necesarias para que Hisaishi le diera el mayor número de clases, pues era de un carácter reservado, tímido, sobre todo dócil, y eso era en realidad benéfico para él también, no quería tener que lidiar con otra Ino Yamanaka que sacara de sus casillas tanto a Hisaishi como a él. Ahora solo restaba ver las consecuencias de ello, si todo salía bien, hasta Hiashi Hyūga le estaría agradecido.
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Kurenai terminó de servir los platos, arregló la mesa y estaba acomodando las flores del centro; un ramillete de camelias rojas que contrastaba con la vajilla blanca y la mantelería color chocolate.
El timbre de la puerta sonó, ordenando su cabello una última vez caminó a la puerta del departamento para abrir.
—Buenas noches, Hinata-chan.— saludó sonriendo al tiempo en que se hacía para atrás dejándola pasar. La chica tenía las mejillas encendidas y su reverencia pareció exagerada, pero a la mujer le pareció perfectamente normal, sobre todo considerando el motivo de la visita.
—Buenas noches, Kurenai-sensei.
La maestra la guió a la pequeña sala de estar y le indicó lugar con un gesto. Sus movimientos eran ligeros y muy elegantes, a Hinata, desde el momento en que la conoció, le pareció que era la mujer mas bella que había visto, pero una belleza poderosa y aplastante, diferente a los recuerdos de la belleza dulce y abnegada que podía evocar de su madre. Una fuerza indomable que podía lidiar con lo que fuera que se le pusiera enfrente.
—Ibiki-san me comentó algo.— dijo sirviendo el té mientras Hinata tomaba uno de los bocadillos de surimi con el que le habrían dado ganas de atragantarse para terminar en el hospital y abortar la misión.
—Es un hombre muy bruto, se le figura que una nace sin pudor solo por pertenecer a un clan ninja.— agregó con las cejas levemente fruncidas.
—Pero… es parte de… del trabajo…— tartamudeo la chica sin creer en absoluto en sus palabras. Kurenai negó con la cabeza.
—No para todos.
— ¿Eh?
La kunoichi mayor estaba sentada al frente, cuando se estiró para ofrecer la taza, aprovechó para desviar la mano hasta la mejilla de su aprendiz.
—Solo a los shinobi atractivos. Hay kunoichi que llegarán al retiro sin tener nunca que enfrentar una misión de este tipo.
Hinata bajó la cabeza. Kurenai no era modesta respecto a su propio atractivo, y no era mentira ni una percepción propia, era una realidad que ella aceptaba y explotaba en toda la magnitud de lo que pudiera representar aquello.
—Yo no… yo no soy atractiva…— rechazó la joven sintiendo que su voz se perdía en un nudo dentro de su garganta, —Solo tengo el busto grande.— dijo pasando la mano por sus ojos para secarse una lágrima furtiva que se había escapado.
—Tonterías. Y lo sabes. Eres muy bonita Hinata-chan, cualquier mujer puede hacer que un hombre desvíe la mirada de su pecho a sus ojos y conquistarlo completamente, la seducción va más allá de ofrecerse como carne.
La chica volvió a sonrojarse cerrando los ojos con fuerza.
— ¿Cómo es nuestro blanco?— preguntó Kunenai cruzando la pierna y dando un sorbo a su taza de té.
— ¡Kurenai-sensei! — exclamó la otra. Realmente había pensado que irían despacio, un poco de preámbulo y las implicaciones de la visita como un tema de sobremesa, pero no de apertura. Abrió la boca pero salieron varias sílabas inconexas.
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Hinata caminaba con prisa. No se le antojaba correr, pero eran cerca de las once y las calles estaban muy poco transitadas. Tampoco era que le diera miedo que alguien la abordara para asaltara, eso no era problema alguno si lo miraba objetivamente. Mucho menos tenía hora para llegar a casa. Técnicamente se encontraba en misión así que no habría reproche de ningún tipo si simplemente no le iba en gana regresar y quedarse en el departamento de su maestra como ella misma le había sugerido. Declinó la oferta, había terminado demasiado apabullada con los consejos de la mujer para lograr su objetivo y salir ilesa en el acto, como para siquiera permanecer más tiempo en aquél departamento asfixiante.
Tan solo era como un sentimiento de apego por el orden y la tradición que reinaba en la casa de su familia. Deambular por la aldea sin ocupación era reprobable, o algo así, era demasiado difícil para ella determinar si estaba haciendo las cosas bien o no, las reglas domésticas fijadas eran vagas, se regían más que nada por los arcaicos mandamientos sobre los que se había fundado el clan.
Cosas como a qué hora estar en casa, los permisos para salir, la cantidad de dulces permitidos, mascotas o parecidos, simplemente no existían. Neji estaba siempre a las nueve en punto; bañando, cambiado y listo para la cena, solo cuando estaba de misión se movía el horario, y nadie se lo había impuesto.
Hanabi regresaba solo una hora después de terminadas las clases de la academia, y si por alguna razón salía del barrio después de ese tiempo, estaba sin falta a la seis de vuelta.
Y nadie tampoco le había fijado horarios.
No tenían perro, gato o similar porque a Hanabi no le gustaban los animales y ella misma no se sentía capaz de poder cuidar alguno tras la muerte de su pez dorado, o más concretamente, el asesinato de su pez dorado. Asesinato accidental, había que aclarar para mantener la paz en su salud emocional.
Movió la cabeza de un lado a otro sacando la imagen de su mente.
Dobló en una esquina dando un salto para evadir un charco generado por alguna fuga en el sistema de agua potable.
El camino que decidió tomar pasaba justo por la calle del conservatorio. A esas horas no había nadie por ahí, y el parque se mostraba más lúgubre que de día, con los sauces colgando sus ramas hasta tocar el suelo, el siseo del viento entre ellas, el paisaje obscurecido, el crujido de la madera. No se sentía particularmente atraída por aquellos páramos tenebrosos, pero de alguna manera les veía familiares, el propio barrio de la familia tenía también su buena dotación de vegetación con siglos de historia.
Desvió la vista un instante hacia el edificio que en otros días fuera una tradicional casa de té que su padre frecuentaba con cierta regularidad.
Conservaba la misma estructura, solo habían reemplazado la puerta principal y el color de la pintura, antes rojo quemado, ahora blanco impecable. Eran solo tres plantas, dos visibles por encima del muro que lo separaba de la acera terrosa. Harían algunas remodelaciones, podía distinguir la silueta de los andamios aún de noche, pero no creía que fuera demasiado el trabajo que tenían planeado. Tal vez algún muro, la techumbre, pero no reconstruir todo el edificio, lo habrían hecho antes de colocar el conservatorio ahí.
Frunció el ceño deteniendo su paso en cuanto vio una luz titilando en una de las habitaciones superiores. La ventana, de papel de arroz, difuminaba el destello rojo y naranja, pero era claramente una luz que además, proyectaba una sombra. Había alguien en el salón de danza.
Se humedeció los labios sopesando bien las opciones y se encogió un poco llevándose las manos al pecho.
¿El Capitán se molestaría si iba a ver? ¿Le iría a avisar? ¿Se molestaría con ella por interrumpirlo? ¿Le recriminaría no haber hecho nada? ¿Esperaría hasta el día siguiente para comentarle? ¿Y si mejor no decía nada? En primer lugar ¿Eso era relevante?
Un estruendo rompió la quietud de la noche y le hizo dar un brinco. De manera instintiva, aquello, disparó sus alertas, activó su byakugan enfocando el lugar en cuestión pero sin ver nada, o al menos a nadie. Se armó de valor para saltar el muro llegando hasta la techumbre para poder entrar, pero alrededor, nadie había siquiera emprendido una huida o parecido, solo pájaros y perros que afuera ladraban frenéticamente por la intromisión y el ruido. Sin encender las luces supo que tenía que salir de ahí rápidamente, pero sus pies de alguna manera se negaron a obedecerle, como si esperara que alguien más entrara y la descubriera en medio de todos los cristales rotos.
Sus labios temblaron y se apoderó de ella un miedo casi irracional porque nada había tenido que ver en ese incidente, aún así, ahí estaba paralizada y muda, con los ojos muy abiertos por si el causante estaba ahí y ella en su episodio de terror lo había pasado por alto. Pero no.
Los perros seguían ladrando, y en algún momento, súbitamente sus nervios reaccionaron haciendo que se alejara de ahí, pero la cuestión seguía siendo la misma ¿Buscaba al Capitán en ese momento o esperaría a la mañana?
Que sus antepasados la protegieran, porque iba a buscarle a donde le dijo que podría encontrarlo.
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Ibiki se movió rápidamente entre las callejuelas, movía la lengua de un lado a otro para limpiarse los dientes y quitarse el horrible sabor que le dejaba en la boca las píldoras alimenticias. Pero no tenía tiempo para una cena ni siquiera informal, estaba siguiendo a uno de los obreros del que ya había confirmado con dos ANBU que pareció reaccionar "interesantemente" ante el hallazgo de los cuerpos. No con miedo o asco como muchos otros, más bien parecía como nervioso, e incluso, trató de regresar más tarde por sus medios. Naturalmente fue detenido, negó ir a la construcción pero el camino era el indicado y no fue capaz de dar una razón congruente de su propósito para salir de la aldea a través del bosque sin seguir algún camino.
En todo el día se había movido mucho, pero nada fuera de foco, había visto mucha gente y ante la negativa de Tsunade a proporcionarle más personal, debió asignar un clon a cada uno de los que se vieran más "sospechosos" o al menos, con más probabilidades de saber algo al respecto.
Pero con tristeza veía un día entero de esfuerzos infructuosos, ni siquiera el que había enviado con Hinata a pasar el resto de la tarde le informó de algo anómalo. Se pasó las manos por la boca para reprimir el bostezo que se le estaba escapando, y pensar que solo llevaba dos días trabajando con ese nefasto horario, pero seguramente se debía a la improductividad de esfuerzos, de haber ya algo de luz, aunque fueran ya cinco o seis días ni siquiera los sentiría.
Entraron ambos a un pequeño bar a la afueras, de los que colindaban con prostíbulos y casas de juego, la zona que pese a las demandas de "las buenas familias", simplemente era imposible desalojar, y la presencia de Tsunade no era la razón particular, muchos ninjas antes de ella y muy seguramente después, veían ahí el único lugar donde descargar sus socializaciones fallidas en otros sitios. Eso precisamente, fue lo que resultó extraño, era un obrero, sin antecedentes militares o contactos estrechos con shinobi.
Se deslizó con rapidez pero sin evidenciar que era por no perderlo, buscó una posición estratégica y se pidió un trago, aún a sabiendas de que le causaría unas agruras colosales debido a su falta de alimento.
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Hinata llamó a la puerta con algo de timidez, no había luces encendidas desde afuera, lo que implicaba que tal vez estaría ya dormido y no le gustaría importunarlo, pero había decidido que tampoco quería esperar.
En el piso había solo otras tres puertas aunque era un pasillo demasiado largo, posiblemente eran departamentos amplios, pero distinguió dos puertas canceladas con tablas sobrepuestas, no sabía si era porque los vecinos habían ampliado o el departamento estaba permanentemente cerrado por alguna razón en particular.
Estaba nerviosa, miraba a un lado y a otro, le empezaba a preocupar que alguien ahí viera a una chiquilla llamando a deshoras de la noche a la puerta de un adulto soltero. Bajó la mirada recriminándose por sus propios pensamientos y volvió a dar dos golpes a la puerta, sin atreverse a subir el volumen porque tampoco quería despertar a nadie más, causándole problemas de convivencia al Capitán.
Un nuevo intento y nadie respondía cuando menos.
—Seguro salió.— se dijo desechando completamente la idea de revisar con su técnica ocular, se preguntó una vez más qué sería lo más correcto, según las órdenes que le habían dado no podía acudir a nadie más, pero ese nadie ¿Incluía a la Hokage? ¿Sería prudente irla a ver a ella solo por unos vidrios rotos?
Se mordió los labios, había otra opción, podía buscar al Capitán aunque eso le tomara toda la noche. O esperar a la mañana.
Su mente de pronto se volvió un lío de probabilidades y ninguna se manifestaba con claridad como la respuesta más acertada a su situación, por cada una de las opciones que se le ocurrían saltaban encima no menos de cinco argumentos para considerarlo como un error. Seguía muy quieta, parada frente a la puerta deliberando mentalmente lo que debía hacer.
Dio un pequeño brinco al escuchar pasos en la escalera, deseó que fuera él, así todo el embrollo que tenía se esfumaría, pero los pasos se detuvieron en uno de los descansos. Esperó un instante, se inclinó al frente y en un susurro dijo:
—Soy Hinata Hyūga… ¿Capitán?
No obtuvo respuesta, se aventuró a dar dos pasos al frente asomándose por entre los barrotes de madera que formaban el cubo de la escalera, a simple vista solo veía una sombra que de ninguna manera se asemejaba a la del capitán, era más bien delgada y no muy alta.
—Lo siento, buenas noches.— dijo por toda excusa y volvió a retroceder hasta la puerta recargándose en esta.
El individuo no subió más, no le escuchó moverse, ni su respiración siquiera, eso la puso nerviosa y apresuró el curso de sus decisiones: lo buscaría a primera hora de la mañana.
Decidida su situación recargó la mano en la baranda para bajar, pero debió retirarla al instante cuando percibió una sensación viscosa adherida a la madera, una que no había sentido cuando usó el mismo para subir.
Limpiándose en la chaqueta, bajó procurando no hacer crujir los escalones, y al llegar al descanso donde había visto la sombra, se encontró con la sorpresa de que no había nadie, solo una mancha de lodo fresco en el piso. La saltó sin problema y salió del edificio, se iría a acostar, estaba demasiado nerviosa por todo lo acontecido en el día. De repente, tal vez por el estrés, empezó a sentirse muy cansada y con sueño.
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Un grito agudo y penetrante desgarró la quietud de la noche. Se prolongó solo unos segundos antes de detenerse súbitamente, no al perder potencia, no al tomar aliento para hacer un segundo estallido de voz, solo se apagó a la mitad de su pronunciación, como podía ser como cuando se apaga una vida.
En un principio, Hinata sintió cada vello de su cuerpo erizarse como si jalara de cada uno de ellos una fuerza invisible y helada, nunca había escuchado un grito así y le asusto imaginarse el motivo por el que se apagó tan súbitamente. El frío se hizo presente colándose entre su cabello y silbando en sus orejas, su reacción, sin embargo, fue la más rápida del día y en un par de saltos llegó al lugar que había precisado como procedente de aquél espeluznante alarido.
Soltó un chillido y se tapó los ojos, pero incapaz de permanecer así, de nuevo acosada por el miedo de fallar la primera suposición, se dejó ir de rodillas al frente llevando las temblorosas manos a la garganta de una mujer adulta, estaba tibia aún pero a la luz de la farola bajo la cual yacía su cuerpo, era imposible negar la realidad que implicaba tener la cabeza completamente invertida, con el pecho a tierra y los ojos de mirada perdida fijos al cielo.
Fue bajo esa luz que pudo entonces ver con claridad en sus blancas manos la mancha marrón que había ensuciado también su ropa cuando se limpio al sentir la viscosidad de la baranda del obscuro edificio departamental. Un marrón rojizo, pegajoso, el color de la sangre secándose, y entonces, por esa noche, un segundo grito se escuchó.
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