Inquietud
Minato tenía la goma del lápiz recargada en el labio inferior, no lo iba a morder, ni siquiera metérselo a la boca, pero tampoco lo estaba utilizando para trabajar. El reloj de latón avanzaba y marcaba casi la media noche. Kizashi había dejado una nota diciéndole que probablemente no llegaría a dormir y al final, en lugar de firmar con su nombre como haría cualquier persona, había puesto una pequeña caricatura suya con una sonrisa que incluía un resplandor en los dientes y el pulgar en alto.
No obstante, lo que le robaba concentración en ese momento, no era la ausencia de su compañero de habitación, sino las palabras de la chica pelirroja acerca del profesor unas noches antes. Le había preguntado a Kizashi y este asintió sin quitar la sonrisa de su rostro, lo que francamente había vuelto la escena mucho más escalofriante.
—Pero ¿Qué sería de una universidad sin sus propias leyendas? —dijo al final para después zambullirse en su nido de objetos encontrando un cuaderno de notas color chocolate de encuadernado manual.
Lo abrió y la portada tenía lo que parecía ser el edificio principal del campus y una flor de cerezo en la parte inferior derecha.
Esa era la firma de Kizashi, lo supuso porque había visto algo parecido en los cuadros terminados que tenía en el armario, y le había dado una amplia explicación de la filosofía samurái, lo que aclaraba que su pelo no era una estrella, sino una flor de cerezo.
Pero había algo más en aquel cuaderno, algo que no terminaba de ser de Kizashi, el trazo sobrio de tinta que emulaba más a artistas Ukiyo-e que, a los trabajos infinitamente más coloridos de su compañero, levantó la mirada interrogándole, y el chico ablandó su sonrisa.
—Es de mi madre. Estudió aquí antes que yo.
Minato pasó algunas hojas, era en toda regla un libro ilustrado en el que destacaron inmediatamente dibujos de otros edificios del campus y algo un poco más inquietante: había también escenificaciones de lo que parecían ser espíritus de personas, determinados así, por las flamas azules que los rodeaban.
—Lo del profesor está casi hasta el final.
Obedientemente se dirigió hasta ahí y encontró el dibujo de un hombre de mediana edad, pronunciada calvicie y un bigote delgado, poco poblado, iba subiendo las escaleras, con la mirada perdida y los brazos cayendo lánguidamente a los costados.
Debajo había una nota breve, con letra tan perfecta que parecía escrita a máquina, y la redacción hacía parecer más que se trataba de un poema. Se resumía al dolor de la vida por la muerte, la crueldad de la guerra y la desesperanza.
—Te lo presto, pero cuídalo mucho que la mujer me va a matar si algo le pasa.
—Gracias.
Terminarlo de leer fue una tarea sencilla, pero había algo en el conjunto de escritos y sus dibujos que lo obligaban a repasarlos, como si quisiera memorizarlos. No obstante, como hombre que prestaba atención a los detalles, herencia sin duda de su padrino Jiraiya, le había dado cierta curiosidad referente al hecho de que todo se trataba de suicidios, un total de cuarenta y dos casos en los últimos cincuenta años.
Era un número absurdamente alto. Sabía que los periodos de evaluación eran los más duros de todo el país y que el primer ciclo reportaba el mayor número de bajas de todas las universidades, pero también era cierto que los sobrevivientes eran considerados los profesionistas mejor preparados, al menos en ciencias Económico Administrativas y ciencias Aplicadas.
Minato suspiró cerrando el cuaderno. No era escéptico, y no estaba seguro del motivo dado que nunca había recibido una formación religiosa, quizás solo le gustaba creer debido a que sus padres estaban muertos, y era más agradable pensar que estaban en un lugar mejor a decidir que simplemente se habían desvanecido en el aire.
Se puso de pie con el cuaderno en mano y salió de la habitación, bajando por las escaleras hasta la primera planta que funcionaba de la misma manera que la recepción de un hotel. Tomó un teléfono, metió las monedas y marcó. Tardaron un poco en contestar, pero antes de que pudiera colgar, la voz adormilada de una mujer respondió.
—¿Yurika-san?
—¿Minato-kun?
—Menos mal que atendiste tú, disculpa la hora.
Hubo ruido como de movimiento brusco y para cuando volvió a hablar, estaba evidentemente más despierta.
—¿Qué sucede? ¿Todo bien?
—De verdad lamento la hora, sé que es media noche, pero necesito un favor ¿Puedes ayudarme?
—Sí claro ¿Qué necesitas?
—¿Puedes buscar unos reportes? Digamos pues, no oficial ¿Me explico?
—¡Por todos los cielos, Minato-kun! ¡Solo ha pasado una semana! ¿En qué estás metido esta vez?
—Nada malo, lo juro, solo es simple y llana curiosidad, ayúdame por favor —dijo usando su tono de voz más inocente, como si tuviera de nuevo diez años, con ella siempre había funcionado para salirse con la suya, por eso era bueno que ella hubiera respondido y no alguna de las otras.
Yurika era la mayor de las novias de su padrino, y con la que más había durado desde que su ex esposa le hubiera dejado a propósito de su necesidad de diversidad en la compañía femenina.
Ella suspiró.
—Dime qué necesitas, chico problema.
—No soy un chico problema —se defendió.
—Tú no causas los problemas, querido, se los quitas a otros y eso es un gran problema.
—No es verdad, solo quiero confirmar unos datos, sobre un número elevado de suicidios en el campus en los últimos cincuenta años.
—¿Suicidios?
—Eso dicen, tengo notas de cuarenta y dos.
—¿Solo en el campus?
—Sí.
—¿Por qué no podía esperar esto a la mañana?
—Porque el viejo se enteraría.
Hubo un momento de silencio.
—Supongo que puedo tenerlo para lunes ¿Tu curiosidad resistirá?
—No puedo ser exigente. Gracias.
—Más te vale tener una buena explicación sobre lo que harás con esta información.
—¿No la quieres ahora?
—Yo no la quiero, cuando tengamos que ir a rescatarte del lío en que te metiste, Jiraiya la va a querer.
—Todo estará bien, lo prometo. Gracias, y de nuevo lamento la hora de llamar.
—Nunca vas a cambiar, descansa.
—Igualmente
Minato giró sobre sus talones para regresar a su habitación, no sin aventurarse a mirar a través de las puertas de cristal. Era un poco absurdo, pero esperaba ver a la chica pelirroja que aparecía intermitentemente en sus pensamientos, con sus enormes ojos mirándolo y el aire misterioso. Ella no estaba.
Tragó saliva y miró de nuevo el cuaderno, a la mitad, entre una joven que se ahorcó al descubrir que estaba embarazada y un muchacho que se ahogó en la piscina, estaba la descripción de lo que parecía se la leyenda más antigua de todas, la de una mujer extranjera que había llegado para casarse con un eminente político, fundador de la universidad.
No había nombres en ninguno de los retratos, pero la presencia de color daba detalles característicos, y en el caso de esa mujer resaltaba su cabello rojo, un color bastante inusual.
—Lo que tengo que hacer, es dormir —se dijo.
A la mañana siguiente, había quedado de verse con Mikoto para desayunar y estaba decidido a pedirle una cita en el autocinema para ese fin de semana, que fuera textualmente una cita, y posteriormente le pediría formalmente ser su novia, protocolo incluido por muy cliché que resultara. La idea le agradaba, tanto como Mikoto misma y estaba convencido de que las mujeres como ella eran escazas, desaprovechar la oportunidad quedándose en el puerto de la amistad sería imperdonable, por no decir ridículo.
.
—Buenos días —saludó Mikoto con su sonrisa de dientes perfectos.
—Buenos días, a ti también.
La cafetería que habían escogido estaba justo en el centro del campus, no era la más grande de todas, pero era la que servía los mejores pasteles de manzana y canela, que era precisamente la especialidad por la que iban, junto con dos tazas de café.
—Ha sido una semana interesante —dijo Mikoto mientras esperaban que les llevaran sus pedidos.
—Ni me lo digas, Kizashi me sorprende cada vez más, antier estaba empeñado en que deberíamos colocar amuletos en la ventana para protegernos, no me dijo de qué.
—No creo que sea más raro que mi compañera de habitación.
—¿De verdad?
—A ti, Kizashi-kun te pidió permiso, ella simplemente ya pintó todas las paredes e incluso puso un símbolo bajo mi cama.
—¿La reportaste con la supervisora de dormitorios?
—No. No es necesario, fuera de eso no ha hecho nada molesto, a veces ni siquiera duerme en la habitación, creo que se queda con una amiga, no sé por qué no ha pedido el cambio de dormitorio. Supongo que a la larga lo hará.
—Son tiempos así, con tantos nuevos grupos religiosos, la gente rara abunda.
—No deja de ser extraño encontrarlos incluso en una Universidad, donde lo que esperas es gente razonablemente cuerda que busca el verdadero progreso.
Minato asintió, pero para él, era divertido el multicolor que daba el new age.
—Tarta de manzana y americano —dijo la camarera dejando los platos y tazas.
Ambos agradecieron, todo sonrisas, a la joven que parecía permanentemente malhumorada y ante el gesto de ambos no pudo sino soltar un bufido que disimuló mal he hizo que los otros se rieran.
—Hoy son las pruebas de atletismo ¿Verdad? —preguntó Mikoto.
Minato asintió.
—¿Puedo ir a verte?
—De hecho, pensaba pedírtelo.
En algún punto la conversación se tornó en relación a un tema de clase que había causado polémica entre los alumnos e iba dirigido a ciertas reformas que pretendían levantar la maltrecha situación económica del país, en pos del apoyo a la ocupación militar que había en el este, esencialmente porque la guerra con otro país, era en sí mismo un tema complicado de abordar, la mayoría de los considerados adultos lo veían como necesario, mientras que los más jóvenes se oponían en rotundo, al menos los que no iban y se enlistaban al ejército voluntariamente.
Tras un par de horas, lo que inició como un comentario extra clase, se convirtió en un verdadero debate al que se unieron dos chicos de curso superior que estaban en la mesa contigua. No obstante, no llegaron a acalorarse, pese a sus evidentes diferencias ideológicas, parecían tener puntos en común que permitió una charla sensata.
El par de muchachos se presentaron como Hiashi y Hizashi Hyūga, gemelos idénticos de la facultad de derecho, el primero, mayor por cuestión de minutos, era un poco más brusco y tajante en su postura mientras que su hermano parecía ser más relajado. Minato incluso atisbó en el menor, unos sutiles comentarios referentes a cuestiones ideológicas que iban precisamente más a favor de la retirada de las tropas, pero, así como aparecieron, se esfumaron con una sola mirada de su hermano.
Cerca del medio día, y cuando Mikoto hizo evidente que no habían entrado a clase, el grupo se separó, no sin antes hacer cierto proceso de protocolo social como intercambiar direcciones y acordar un encuentro para continuar con la conversación que, en palabras del mayor de los gemelos, resultaba gratificante.
—A eso me refería cuando dije personas razonablemente cuerdas que buscan el progreso. Salgamos los cuatro —dijo Mikoto mientras iban camino a la pista para las pruebas de atletismo.
—Sí, supongo que sería interesante.
—Así podríamos empezar a construir un grupo de estudio y debate, sería enriquecedor en muchos sentidos ¿Sabías que tiene registro formal un grupo de Parapsicología en la Universidad?
—¿Es en serio?
—Sí, es como el club de Matemáticas o el de Ajedrez.
El chico no supo qué decir, y de pronto la idea de reunirse con los gemelos y algunos otros que se interesaran para hablar de temas de trascendencia política y social, parecía razonablemente cuerda, en palabras de Mikoto. Estaba convencido de que la crisis de la modernidad no era sino el resultado de la falta de interés para hablar de lo que pasaba, escuchar opiniones y actuar.
Había un total de diecinueve aspirantes en la categoría de carrera para las pruebas de atletismo, corrían en grupos de ocho, que eran los carriles que tenía la pista y por orden de registro, Minato estaba en el tercer grupo, conformado exclusivamente por tres personas.
El entrenador Yūhi era el supervisor de la prueba y en la tabla que sostenía en una de las manos había anotado los resultados anteriores. Demostrando lo hábil que podía llegar a ser, dio el disparo de inicio sin soltar el cronómetro ni la tabla.
Minato salió disparado entre los gritos de los que habían asistido a las pruebas, candidatos y amigos de los mismos. Solo tomó un par de segundos, literalmente, y Minato Namikaze había superado la mejor marca por mucho.
El resto de los corredores se acercaron para felicitarle, sin creer que hubiese logrado "casi volar". El grupo de animadoras también había estallado en vítores, eufóricas por la hazaña y para las seis de la tarde, el chico de nuevo ingreso, el desconocido rubio guapo, se había convertido en "el rayo amarillo" y la única esperanza del campus para ingresar a los selectivos universitarios en esa disciplina, porque por muy buena que fuera la universidad a niveles académicos, su desempeño deportivo era la burla general de las otras universidades.
—Salgamos a celebrar tu ascenso en la escala de popularidad ¿Sí? —sugirió Mikoto apenas Minato consiguió escapar de un par de muchachas que no hablaban de nada particular, pero si parecían chillar muchas cosas sobre fiestas.
—Me empiezo a arrepentir de esto —dijo sonriendo —¿A dónde quieres ir?
—He escuchado de un pequeño restaurante muy recomendado en la ciudad.
Minato asintió y caminaron juntos hasta el edificio de él, ya que aparcaba el auto cerca de ahí y cuando vio la expresión de la chica no pudo sino reírse, porque ella había hecho por primera vez, lo que haría una chica común y corriente: impresionarse con su auto. Pese a que la luz ya era poca porque la noche se acercaba, el Austin Healey azul con blanco, impecable en la pintura y las vestiduras, cumplía con la misión de su existencia, de acuerdo al criterio del vendedor, apoyado por su padrino.
No obstante, lo que vino a continuación si lo desconcertó y reafirmó la teoría de que Mikoto era una chica nada corriente.
—¿Puedo conducirlo?
—¿Sabes conducir?
Ella asintió repetidamente, Minato tardó en decir algo, pero solo atinó a darle las llaves.
Como niña pequeña dio un par de saltos y corrió para subirse sin esperar a que le abriera la puerta. En cuanto dio marcha al motor, el chico no tuvo más opción que subirse también y aunque tuvo el temor de que solo conociera lo teórico, cuando consiguió aparcar en dos movimientos sin incidentes en el camino, pudo por fin respirar, o al menos había sentido que por los interminables minutos de camino con la radio encendida a un nivel en el que no había sido capaz de creer que Mikoto aceptaría, no lo había hecho.
—Es aquí —anunció ella bajando del auto y encaminándose a la puerta.
El Ichiraku Ramen era un local de dimensiones más bien modestas y decoración tan tradicional que se veía extremadamente raro entre una franquicia de hamburguesas con sus chillones arcos amarillos y asientos rojos, y una fuente de sodas rosa con el piso en blanco y negro de la que se escuchaba hasta la acera la rockola.
Consiguió alcanzar a Mikoto sintiéndose transportado en el tiempo. Lo mas extraño, en todo caso, no era ya ni siquiera las lámparas de papel y las pinturas de paisajes montañosos con pincel, era que tras la barra no había un anciano reacio a vender su local a alguna franquicia. No era un muchacho tampoco, por supuesto, y lo acompañaba una mujer joven, igual de sonriente que él.
—¡Bienvenidos! —dijeron ambos al unísono.
La amplitud en el menú era considerable, pese a todo, y aunque había bastantes personas, consiguieron privacidad en un gabinete de paneles de papel. La cena fue tranquila y Minato esperaba el momento para expresar coherentemente su propuesta, pero fue postergándolo hasta el momento en que la dejó en la puerta del edificio de su dormitorio.
—¿Irías conmigo al autocinema… en una cita… este fin?
—No puedo. Lo siento.
Minato se sonrojó ante la respuesta instantánea que había recibido, a lo que la chica apuró a continuar.
—Debo ir a cenar con mis padres. Han planeado esta cena por meses. Lo siento.
—No… no importa. Ya habrá otra ocasión.
Hubo un instante de silencio incómodo, Mikoto se levantó en las puntas de sus pies y besó la mejilla del chico aminorando con ello el sentimiento de rechazo que no había hecho a propósito.
Minato la vio encontrarse con lo que parecían sus amigas, vestidas con curiosos modelos demasiado cortos, pero realmente bonitos (o al menos mejor que algunas fundas de almohada con motivos florales que había visto circular en el campus), una de amarillo y la otra de rosa, ambas con botas blancas de plataforma que las hacían ver más altas que Mikoto, aunque seguramente tenían la misma altura.
Un auto llegó, y sin aparcar hizo sonar el claxon, las dos muchachas saltaron, se despidieron bruscamente de Mikoto y corrieron para subirse.
—¡Vayan con cuidado! —les dijo como si fuera su madre.
Ellas volvieron a despedirse y cuando pasaron junto a Minato le sonrieron pícaramente, entonces se dio cuenta de que eran gemelas, y si no lo había notado antes era porque una se rizaba exageradamente el pelo y la otra lo dejaba completamente liso, aunque cayó en cuenta que debió sospecharlo si usaban el mismo modelo de vestido.
Se encogió de hombros mientras el sonido de la música se perdía. Con los ánimos confusos, entre el rechazo y el beso, finalmente llegó a su habitación. Kizashi estaba despierto, considerablemente recuperado de una monumental resaca y aparentemente armando una cámara fotográfica de modelo poco convencional mientras comía de una bolsa de papas fritas, todo en ropa interior que esta vez parecía mas o menos normal, solo que en color rosa fosforescente.
—¿Cómo te fue? —le preguntó.
—¿Eh?
—La chica ¿Cómo te fue?
—Bien, creo.
—¿Crees?
Kizashi se incorporó dejando de lado su aparato en cuestión, cruzando las piernas y mirándolo a la espera de que contara detalles, algo que Minato no pensaba hacer, mucho menos con él. El rubio se acercó hasta la ventana abierta, sentándose en el alféizar. Había notado el olor de la hierba desde que abrió la puerta y alcanzó a ver a Kizashi apagar el cigarrillo en el interior de una botella, arrojándole algunas cosas encima.
No iba a juzgarlo por eso, pero a él no le gustaba, por eso había ido a la ventana.
—Mikoto es especial, no funcionará como con otras chicas —le dijo por toda respuesta. Luego tomó el cuaderno de dibujos fantasmales y lo aprovechó para cambiar el tema.
—Es un trabajo verdaderamente hermoso. De una calidad artística increíble, en muchos sentidos.
Kizashi sonrió y apagó la luz ya que tenía el apagador cerca.
—Es hora de los cuentos de terror.
Minato arqueó una ceja con incredulidad.
—Respóndeme algo, Kizashi-san, tú perteneces al grupo de Parapsicología de la Universidad ¿Verdad?
Pudo ver el reflejo de sus dientes blancos debido a luz exterior.
—Soy el vicepresidente.
Minato echó la cabeza hacia atrás mientras empezaba a reírse.
—¡Cielo Santo! ¿Me prestaste el cuaderno porque me estás reclutando?
—Lo intento, sí. Antes de tu llegada, tuve una visión, e Inoichi-sama me leyó las cartas, una luz dorada entraría a mi vida, una luz de verdad y justicia, y cuando llegaste, pude ver la fuerza de tu aura.
—Yo…
Se le olvidó qué iba a responder, porque debido a los sentimientos que le estaban causando el discurso de Kizashi, había desviado la vista. Abajo, al pie del edificio como hacía varias noches, estaba la misteriosa pelirroja, podría pensar que lo miraba a él, pero sabía que realmente su atención estaba más arriba.
—Dame un momento, Kizashi-san, hablaremos de esto cuando regrese —y diciendo eso salió corriendo a toda prisa.
Empujó las puertas principales con fuerza debido a la carrera, pero no había nadie ahí. Salió al jardín mirando hacia arriba por curiosidad, y solo estaba la estrella rosa que era la cabeza de su compañero aún en la oscuridad.
Se rió ante la idea de la chica fantasma y giró sobre sus talones, de regreso al edificio. No había ruido, la mayoría había salido de fiesta por ser fin de semana, en esa quietud fue pensando en cómo decirle a Kizashi que no creía que estuviera loco, pero que le interesaba más la idea de Mikoto y el grupo de debate. Herir susceptibilidades en cuanto a creencias era demasiado fácil y no quería tener problemas con su compañero de habitación.
Giró en uno de los tramos de la escalera y casi chocó con alguien.
—¡Lo siento mucho! —dijo deteniéndose a tiempo.
Levantó la vista encontrándose con un hombre delgado, encorvado por la mala posición al andar. Casi no le quedaba cabello y un poco poblado bigote enmarcaba una mueca de profunda tristeza, pero no fue sino hasta que vio donde debían de estar sus ojos, cuando un escalofrío lo recorrió: solo había vacío, como dos agujeros negros que realmente no miraban nada. Hubo una corriente helada y sintió un dolor en el pecho, la fuerza de una angustia tan poderosa que no había sentido nunca, le obligó caer de rodillas.
Aquella siniestra aparición continuó subiendo tras haberle dedicado solo unos segundos de atención. Minato trató de incorporarse, pero el peso de su cuerpo era demasiado, jadeó viendo el vaho blanco de su aliento. Solo unos instantes después, escuchó un estridente alarido que terminó de congelar su sangre.
Finalmente pudo moverse y corrió en cuanto el grito que escuchó enseguida fue el de su compañero de habitación.
—¡Kizashi-san!
Comentarios y aclaraciones:
Me pregunto si tienen ya una idea de en qué época andamos…
¡Gracias por leer!
