Siesta
La alarma del despertador sonó con tal estrépito que, por un momento, le dio la impresión de haberse quedado dormido en el campanario de la escuela. Sacó la mano de entre las cobijas y lo apagó con tanto desprecio, que si no fuera de metal, seguramente lo habría destrozado.
—Buenos días.
Kizashi ya estaba despierto, llevaba unos pantalones cortos color magenta y una camiseta extrañamente común y corriente de algodón blanco sin mangas.
—¿Voy a darme un baño, vienes?
Minato estiró los brazos desperezándose, tenía la impresión de que le había preguntado lo del baño como un eufemismo para decirle que debían hablar sobre el tema que había quedado pendiente entre ellos y con Inoichi al medio. Se levantó de la cama, tomó sus cosas para asearse y caminó con él, sin ser capaz de iniciar una conversación casual.
El cuarto de baño que compartían los estudiantes del piso estaba lleno. Era lunes temprano y todos se alistaban para empezar clases.
En el tiempo que llevaba viviendo ahí, Minato era capaz de reconocer a unos cuantos, especialmente a los que iban en su misma facultad, más unos distinguidos deportistas que le consideraban parte de los suyos, aunque solo había hecho unas pruebas. En cuanto entró, supo que se estaban preguntando a cuál de todas las fiestas a las que lo habían invitado ese fin de semana era la que lo había dejado en tan mal estado.
Los Hyūga también habían señalado algo respecto a lo agotado que lucía, pero entre las horas de trabajo para desarrollar una propuesta para el equipo que pensaban formar, no ahondaron demasiado en el asunto.
Sin embargo, tras su inquietante delirio febril que le había dejado fuera de sí el sábado, más el cansancio acumulado de la exhaustiva sesión con los Hyūga, ni siquiera tenía que mirarse al espejo para saber cómo se encontraba.
Decidió afeitarse primero, mientras esperaba que una de las duchas se desocupara, y su compañero de habitación optó por lo mismo, empezando uno de los rituales más curiosos que Minato había visto en él, ya que Kizashi no se afeitaba por completo, sino que mantenía la forma de sus patillas conduciéndolas hasta el bigote que recortaba con delicadeza mientras que se deshacía del resto del vello.
Antes de peinarse, el cabello de Kizashi solo lucía alborotado, pero Minato empezaba a creer que con el tiempo ya no necesitaría esforzarse demasiado para que la flor de cerezo se mantuviera a tiempo completo en la cabeza de su compañero.
Se sobresaltó cuando sintió en su espalda desnuda el toque de un dedo.
—Salvaje la chica ¿eh? —dijo con picardía uno de los muchachos que acababa de dejar la ducha y se acercaba a la fila de lavamanos para peinarse.
Minato se giró para mirar su espalda en el espejo y distinguió tres líneas rojizas en su piel, claramente parecidas a un rasguño. No pudo alcanzarlas por mucho que se esforzó, así que no había sido posible que se las hiciera él mismo mientras dormía.
Kizashi dejó su navaja y también puso atención a la marca colocando sus dedos índices, medio y anular siguiendo el trayecto que hacían. Frunció el ceño y le preguntó si de verdad se lo había hecho una chica como había sugerido su otro compañero, que ya no ponía atención más que en su peinado con una buena cantidad de gomina.
—Por supuesto que no —se apresuró a responder Minato, y lo había hecho en voz alta antes de que empezaran a circular rumores que podrían llegar a Mikoto —. Debí golpearme con algo.
El chico que se peinaba miró de soslayo arqueando una ceja y Minato se ruborizó porque Kizashi ya había demostrado que se trataba de rasguños.
Sin hacer más aclaraciones, optó por ocupar la ducha que había quedado vacante usando solo agua fría para desaparecer todo rastro de tedio o cansancio.
Al salir, notó que Kizashi no estaba, dando un vistazo a las cabezas que se podían ver sobre la altura límite de los paneles divisores y puertas, supo con total seguridad que no estaba ahí. Una cabellera rosa, incluso oscurecida por la humedad o bien enjabonada, era difícil de ignorar.
Se terminó de vestir y salió para tomar su primera clase, esperando poder encontrarse con Mikoto para darle la sorpresa sobre el grupo de debate para participar en la selección del equipo que pudiera representar a la universidad en la cumbre de La Gran Alianza.
Entró al salón cuando aún faltaban cinco minutos y tomó su lugar de costumbre, pero el profesor llegó, dictó su clase y el siguiente apareció, sin que hubiera rastro alguno de la chica por la que esperaba.
Quiso creer que todo estaba bien y que únicamente había perdido el tren, autobús, o lo que fuera que la llevaría a la escuela. De cualquier forma, no tenía modo de comunicarse con ella o su familia, así que pensó en tomar algo para almorzar en el rato que tenía libre.
Escuchó la estridente carcajada de Kizashi y lo pudo ver con toda claridad a unos cuantos metros de distancia, caminando hacia él y acompañado de la pelirroja llamada Kushina.
Era innegable que iban hacia donde estaba, las únicas dos personas de cabello llamativo y ropa fosforescente en el jardín de una facultad caracterizada por el estilo clásico de los trajes en escala de caqui a marrón, con algunos azules alternando, solo podían estar ahí por tener asuntos con él.
No intentó esconderse, fue hacia ellos levantando tímidamente la mano, aunque ya tenían claro en dónde estaba.
—Venimos a invitarte a almorzar —dijo Kizashi. Minato asintió, solo pudiendo dirigir un saludo quedo a Kushina, que ya no lucía tan enfadada como en otras ocasiones, pero tampoco parecía estar particularmente feliz de ser parte de la tarea de Kizashi.
Fueron a la cafetería en donde regularmente Minato pasaba a comprar una rebanada de tarta de manzana.
La mesera malhumorada de siempre estaba ahí y les tomó la orden con desgana. Para sorpresa de Minato, Kizashi había tardado casi cinco minutos en ordenar, tartamudeando y ruborizado como colegial de escuela básica frente a la niña que le gusta.
—Das tanta vergüenza, ttebane —dijo Kushina una vez que la mesera rubia se hubo marchado, más molesta de lo usual por lo que acababa de suceder.
Kizashi sonrió torpemente mientras se rascaba la cabeza.
—No lo puedo evitar, es que esa chica me pone muy nervioso —dijo.
Minato solo movió la cabeza de un lado a otro sin poder creer que precisamente Kizashi estuviera enamorado de alguien que parecía estar enojada con el mundo, con la vida y quizás el universo mismo. Pero en gustos se rompían géneros y se limitó a aguardar pacientemente que le preguntaran qué había decidido respecto a su afiliación al grupo de Parapsicología. Sin embargo, el tema no salía a flote y empezó a sospechar que ellos estaban esperando lo mismo que él.
Se aclaró la garganta pensando en la forma más educada de iniciar la conversación que iba a concluir en un rechazo a su ofrecimiento.
Pero no tuvo oportunidad alguna de expresar lo que sentía, hubo un alboroto en la cafetería y pronto todos estaban mirando por las grandes ventanas e incluso algunos habían salido del lugar.
—¿Qué mosco les picó, ttebane? No escuché la alarma contra incendios.
Minato se puso de pie, pero ya que Kizashi era más alto, fue él quien dijo que podía ver una sucesión de autos con insignias del gobierno, banderas incluidas.
—¿Una visita oficial? —preguntó Minato. Su compañero se encogió de hombros, justo en ese momento, un chico de traje entró a la cafetería con notoria exaltación y anunció que el primer ministro del País del Fuego estaba en la universidad.
Era fácil reconocer que los emocionados eran de las facultades de Derecho, Economía, Sociología, Politología, Administración y Contabilidad, en parte porque eran los que usaban traje y porque eran ellos quienes aspiraban a quedar seleccionados para la Cumbre de La Gran Alianza.
Minato tuvo un presentimiento, así que se disculpó con Kizashi y Kushina, dejando la cafetería a toda prisa.
Llegar hasta el edificio de su facultad fue considerablemente difícil, más aún el entrar, pero valiéndose de su fuerza física y olvidándose de toda sutileza diplomática, consiguió llegar al mismo pasillo en el que estaba la oficina del decano Uchiha que sería, naturalmente, el único lugar al que podía dirigirse el ministro en ese edificio, ya que no había aparcado frente a la rectoría.
No pudo llegar más allá de eso porque robustos hombres vestidos de traje oscuro impedían el paso. No era necesario hacer demasiadas indagaciones para saber que estaban fuertemente armados y perfectamente capacitados para controlar a cualquier estudiante que quisiese penetrar su perímetro de seguridad.
Minato decidió aguardar en ese lugar todo el tiempo que fuera necesario, y tras treinta minutos que parecieron una eternidad, finalmente el bullicio llegó a su clímax cuando se abrió la puerta del despacho del decano revelando que, en efecto, se trataba del primer ministro en persona. Intentó resguardarse junto a una de las gruesas columnas de piedra, resistiendo el empuje de la gente que estaba siendo controlada por los de seguridad.
Hubo un poco de caos, pero la columna ayudó bastante y después de un rato en que pensó que no iba a poder resistir más, finalmente la presión cedió. Con el avance del ministro, la multitud de alumnos iba avanzando hacia la salida.
En el jardín, sin embargo, las cosas no mejoraron.
Los alumnos de otras facultades también se movilizaron en esa media hora. A través de la ventana pudo ver las pancartas improvisadas que se oponían a la guerra, y los gritos de rechazo a la figura del hombre, aunque quedaban detrás de los que lo vitoreaban.
Afortunadamente no pasó a mayores, nadie arrojó nada, por lo que el grupo de hombres armados no debió recurrir a medidas drásticas y el ministro llegó ileso al interior de su auto. Los cinco enormes Lincoln negros que formaban la comitiva y la limusina pronto se perdieron de vista.
El pasillo finalmente quedó en silencio, así que cuando la puerta de la oficina del decano se abrió por segunda vez, giró inmediatamente.
Los ojos oscuros de Mikoto se encontraron con los suyos, estaba llorosa, con el rostro enrojecido y los labios ligeramente temblando. Se acercó a ella sin decir una palabra, cuidando que no se exaltara innecesariamente por su presencia.
Ella le dedicó una sonrisa que supo a tristeza.
—Mis padres no planearon ninguna cena el fin de semana — le dijo—. Yo lo hice.
Minato continuó con su silencio, pero su mirada era tan expresiva que Mikoto comprendió enseguida que debía de continuar. Le hizo un gesto con la cabeza para que caminaran juntos.
—Mi familia no quería que viniera a la universidad. Mi padre planeaba mandarme a una academia en el extranjero para que aprendiera protocolo y etiqueta internacional, ya sabes, cómo se debe comportar una dama de alta sociedad en el País del Viento, y cosas así. Le dije que antes de partir quería pasar una semana de vacaciones con una amiga. Creí que, si la escuela no era lo que esperaba, sería menos doloroso marcharme y ser… una dama. Pero lo cierto es que en este tiempo sé que esto es lo que amo y lo que quiero para mi futuro, así que les dije que no iría a la Academia, que me quedaría aquí con o sin su permiso.
Minato se pasó una mano por el mentón.
—Vaya… sí que debe ser duro contradecir al primer ministro.
—Él no es tan problemático, mi madre y mi abuela son el asunto delicado. Se escandalizaron tanto que mi madre se desmayó cuando le dije que era la única mujer en una promoción de 425 hombres. Es la reina del drama, ahora está segura de que jamás me casaré y moriré sola en alguna oficina de gobierno como secretaria de alto rango.
Minato suspiró mientras la miraba secarse una lágrima con su pañuelo.
—Pudo ser peor —le dijo pensando cuidadosamente sus palabras.
—¿Morir sola como secretaria en el despacho de un economista que atienda las finanzas de una compañía en quiebra?
El chico se quedó sin palabras, pero pudo hacer un gesto que le concedía la razón sobre que eso era definitivamente peor.
—¿Vas a dejar la escuela?
—Por supuesto que no. Mi padre vino a hablar con el decano para que acepte el protocolo de seguridad de Estado, aunque ya le dije que pasó una semana perfectamente normal. Lo bueno de ser chica, es que eres invisible.
Minato sonrió de medio lado, entonces recordó el motivo por el que deseaba verla con tantas ansias ese día.
—Pero tú no puedes, ni debes ser invisible —dijo deteniéndose y obligándola a levantar el rostro al tomarla por el mentón—. Los Hyūga son nuestro equipo para las pruebas selectivas de la cumbre de La Gran Alianza.
Los ojos de Mikoto se abrieron exageradamente, olvidándose del sentimiento amargo que le había producido el fin de semana familiar y la visita al decano. El rostro se le iluminó de tal forma que Minato no pudo evitar el sonrojarse. Enseguida a eso, consiguió mantenerse sereno el tiempo suficiente como para decirle que debían buscar a los chicos.
Era de esperarse que las clases en la facultad de Economía del resto del día se hubieran suspendido abruptamente, no solo por el revuelo causado por la visita sorpresa, sino porque el decano había llamado a una reunión obligatoria e inmediata, posiblemente para informar sobre las medidas que se adoptarían en lo sucesivo. Por su parte, los hermanos Hyūga, que estaban en otra facultad, habían optado por saltarse un par de clases con el propósito de aclarar los asuntos en vista de las nuevas circunstancias.
No obstante, la cafetería o la biblioteca no eran una opción viable, así que terminaron en el estudio privado de los hermanos, bebiendo té y comiendo bocadillos que una doncella había llevado.
Hizashi le dedicó una mirada a su hermano antes de animarse a hablar.
—Ya lo sabíamos —dijo finalmente con una media sonrisa.
Minato se dio cuenta de que, pese a ser idénticos, le empezaba a resultar fácil diferenciar a uno y otro: Hiashi siempre tenía el semblante serio, la mirada severa, apenas gesticulaba y no hacía ademanes evidentes, mientras que Hizashi era más natural y expresivo, aunque dentro de un parámetro reservado.
—El nombre indicaba algo, aunque la falta de protocolos de seguridad era desconcertante, recordamos vagamente haberla visto en alguna cena de gala — dijo Hiashi —. No es muy asidua a las reuniones formales ¿No es así?
Mikoto hizo un mohín.
—Los dolores de cabeza no siempre funcionan como excusa, así que a veces no me queda de otra más que ir —respondió ella.
La broma alivió toda tensión, e incluso hizo que Hiashi curvara un poco los labios.
Trabajaron el resto del día. No hubo necesidad alguna de ir a la biblioteca central, en aquél estudio estaba todo lo que necesitaban, desde libros y revistas, hasta diarios nacionales y algunos internacionales. Eso último le interesó bastante a Minato, aunque necesitó ayuda para entender los que estaban en otro idioma, pero daban un panorama completamente diferente de un mismo tema.
Una copia oficial de la agenda de la cumbre de La Gran Alianza les sirvió para trazar su propio plan de trabajo que ya tenía un buen inicio debido los preparativos que habían realizado los chicos en el fin de semana.
Cuando cayó la noche, después de una copiosa cena que Minato agradeció profundamente, acordaron un horario conveniente para todos, pues Hiashi no estaba dispuesto a convertir en rutina el saltarse clases indiscriminadamente.
Se despidieron con menos formalidad, por una cuestión práctica ya habían decidido que todos se llamarían por sus nombres. Minato, como de costumbre, llevó a Mikoto a su edificio. Ella miró el lugar con melancolía.
—Tal vez tenga que mudarme —dijo.
La residencia para señoritas de la universidad, a diferencia de la de los varones, era más parecida a una gran casa que a un edificio de habitaciones compartidas.
—Bueno, tu compañera de habitación se sentirá mal después de tomarse tantas molestias para mantenerte segura de las fuerzas del mal.
Mikoto rió.
—Hablando de ella —dijo levantando la mano para saludar a una chica pelirroja que saltó en su lugar y corrió a su encuentro.
—¡Estás bien, Mikoto-chan! —le dijo tomándola de las manos —¡Empezaba a creer que algo malo te había pasado! ¡Estaba preocupada!
Minato se mostró consternado, se trataba de Kushina Uzumaki. Luego cayó en cuenta de que debía de haberlo sospechado ya que era la única chica del grupo de parapsicología y Mikoto le había dicho que su compañera estaba ahí.
Notando su presencia, la pelirroja cambió su expresión alegre para ponerse súbitamente desdeñosa.
—¿Por qué estás con él?
—Bueno, Kushina-chan, él es mi compañero de clase, además de que estamos juntos en un equipo de debate.
—Ya veo, ttebane.
Minato se puso rojo, no era esa la forma en la que quería decirle a ella, a Kizashi o Inoichi, que no quería estar en su grupo, pero sí en otro.
—Que lindo que se conozcan — dijo Mikoto —. A Minato-kun le gustan estas cosas new age.
Minato no pudo evitar la conversación, Mikoto le había hablado a su amiga de su pálido interés en lo sobrenatural y su flexibilidad para creer, convirtiéndole en una ferviente fascinación.
—Inoichi-kun quiere reclutarlo —dijo Kushina.
La bomba había caído, y aunque le cayó por sorpresa a Mikoto, ella simplemente sonrió, giró para verle y dijo:
—Deberías ir, Kushina-chan dice que son muy relajantes sus sesiones y a partir de ahora nos espera una gran cantidad de trabajo.
Minato se quedó en blanco.
—¿De verdad? —preguntó Kushina —¡Eso hará feliz a Inoichi-kun!
—E-espera… es que yo no he dicho que sí, además, con el horario que ya tengo…
—¡Cierto! Toma. Kushina-chan, este es nuestro horario de clases y el del grupo de debate.
—¡Ya estoy también en el equipo de atletismo! —consiguió decir Minato en voz alta.
—Pero los entrenamientos son en la mañana y los sábados, así que no habrá problema por la tarde y la noche —dijo Mikoto.
—También tengo que dormir ¿Saben?
—Está bien, ttebane. Nosotros nos reunimos por las noches, es cuando hay menos disturbios en las energías y se clarifican los portales.
—¿Se reunirán hoy?
—Sí, iba para allá.
—Minato-kun te lleva.
Sin ser capaz de oponerse, de pronto se vio de vuelta en el auto, con Kushina Uzumaki sentada a su lado, y Mikoto en la acera despidiéndolos con la mano.
Minato suspiró dejando caer los hombros. Él solo quería llegar a su cama.
Comentarios y aclaraciones:
Tengo que decirles que este fue un buen año. Quizás no tanto como en mis inicios de escritora de fics, cuando podía actualizar una vez a la semana, pero no pueden quejarse. Para quienes me siguen desde hace algunos ayeres, sabrán que se me estaba haciendo costumbre actualizar solo una vez al año. En 2016 el acontecimiento sucedió varias veces, y de hecho pude poner punto final a algunas historias.
Justo hoy también celebro un final (Una rosa sin aroma), y eso es bueno, porque significa que habrá más historias nuevas.
No creo retirarme pronto, así que esperen noticias mías muy pronto. Mientras tanto, les deseo un excelente 2017.
¡Gracias por leer!
