Reposo
—¿Nure-onna? —preguntó Inoichi dejando sobre la mesa el mazo de cartas que había estado barajando, movido por un impulso, un presentimiento que procuraba atender con apremio porque siempre significaba algo.
—Eso fue lo que dijo —respondió Minato, frotándose los brazos con la manta, se sentía entumido todavía y ni siquiera el resucita muertos de Chōza había podido recuperarlo.
—¿Sabes lo que significa?
Minato negó con la cabeza.
Quería decir algo sarcástico, como que no había llegado a ese capítulo de su guía de aspirante a la Sociedad de Estudios Paranormales, pero el asunto parecía ser demasiado serio para eso. Además, estaba tan cansado, que creía que se iba a quedar dormido en cualquier momento.
Mientras Inoichi se perdía en sus pensamientos, repasó mentalmente lo que tenía que hacer más tarde, y aparte de las clases y el entrenamiento de atletismo, no tenía ninguna otra reunión, así que pensó seriamente en faltar para dedicarse a dormir.
—Habíamos establecido que la entidad del capitolio tenía poder sobre los muertos, los yūrei, pero por lo que han pasado esta noche, es claro que hay varios yōkai a su servicio.
—¿Yōkai? ¿Te refieres a… los tanukis y eso?
Inoichi sonrió con desgana, y eso no hizo sino alarmar más al muchacho, sin embargo, en lugar de responder, solo suspiró mientras se pasaba la mano por el cabello.
—Hay que dormir, Minato-kun, me sorprende que estés consiente con lo que pasó. Mañana lo hablaremos con el resto. Algo se está gestando, quizás debamos apresurar nuestras investigaciones. Avisaré a tu amiga, Nakahara-san, para que haga los arreglos.
—¿Arreglos?
—¿Te sientes capaz de ir a clase en una hora?
La expresión devastada del joven rubio fue solo la confirmación de lo que era evidente. Lo tomó por el hombro, era seguro que no podría llegar a su dormitorio, así que lo dejaría en su habitación y él se iría a dormir con Shikaku.
No había querido despertar a nadie cuando Minato llegó con Kushina en brazos, se limitó a atender el tobillo de la chica, que no tenía una lesión grave, tanto así que pudo bañarse sola y hacerse un ovillo en la cama que tenían disponible para ella o Kizashi, cuando no se quedaban en sus respectivos dormitorios.
Minato también se había bañado, el agua del lago en su ropa hedía a podredumbre, además de estar helada, luego de eso bajó con Inoichi a la cocina en donde le contó lo ocurrido, tanto como lo podía entender, pero para ese momento, ya no tenía fuerzas ni para molestarse por la horrorosa cama de agua, dejando que lo meciera.
.
Las miradas de reprobación que le dirigió, prácticamente la totalidad del alumnado de la facultad de Economía, le tenía francamente sin cuidado.
Inoichi Yamanaka había recibido esa clase de recibimiento toda su vida, por diferentes motivos, y aprendió muchas formas de lidiar con ellos. Les dedicó una mirada pícara, movió la cabeza y sacudió su pelo mientras se acomodaba la chaqueta bermellón.
Acobardados, los muchachos rápidamente desviaban la vista y seguían con sus asuntos.
—¡Señorita! —exclamó apenas vio a una muchacha empezando a subir las escaleras del pórtico del viejo edificio —¡Nakahara-san!
Ella le miró con una clara confusión.
—Buenos días —le dijo —. Perdone, ¿nos conocemos?
—No creo —le respondió con una de sus mejores sonrisas y extendiendo su mano, que Mikoto aceptó sin prestarle demasiada atención al hecho —. Mi nombre es Yamanaka Inoichi, soy…
—¿El presidente del club de Parapsicología?
—¡Precisamente! Parece que mi reputación me precede.
—Kushina-chan es mi compañera de habitación… ¡Oh! ¡Cielos! ¿Le sucedió algo?
—Sí, no pasa nada, pero vengo a pedirle un favor respecto a Minato-kun.
Mikoto jadeo.
—¿Está bien?
—Está solo un poco desvelado, nada que una mañana de sueño no reponga, pero es muy nervioso con sus asuntos, así que me pidió que le preguntara si podría hacerse cargo de presentar sus disculpas, y cubrirlo en los pendientes.
—Si claro, por su puesto, ¿necesita que lo vaya a ver?
—Me imagino que la buscará en la tarde.
Hasta ese momento, Mikoto se percató de que Inoichi no le había soltado la mano, y pasaba el pulgar en círculos por el dorso.
Estaba por hacer algún tipo de comentario al respecto, no era como si se estuviera propasando, pero era demasiado extraño, cuando él frunció levemente el ceño.
—¿Pasa algo? —preguntó ella tímidamente, esperando que le dijera, o que un gran peligro la acechaba, o que tenía un futuro brillante, lo normal que decían las adivinas de feria.
Inoichi levantó la mirada, aun con el gesto de extrañeza acentuado en las facciones de su rostro, haciéndole parecer más severo que incluso sus estirados compañeros de clase.
—Estás embarazada —susurró.
Mikoto se sobresaltó, apartando su mano enseguida.
—Eso fue grosero —dijo bruscamente, olvidándose de sus propios modales. Recogió sus cuadernos a la altura del pecho y siguió su camino sin siquiera dirigirle otra palabra.
El chico la siguió con la mirada, pero no se atrevió a entrar detrás de ella, y tras pensarlo unos momentos, decidió que él tampoco iría a clases.
No era la primera vez que una mujer le daba la vibra de la vida gestándose dentro de ella, pero nunca había sentido esa sacudida pavorosa de que había algo muy mal con eso.
A toda prisa regresó a la casa que compartía con el resto de sus compañeros y bajó al sótano, aunque sabía que únicamente estaban Minato y Kushina, ambos dormidos, aseguró la puerta con los tres pestillos.
Realmente preferiría hacerlo en un templo, pero no todas las sacerdotisas modernas compartían la misma visión sobre algunos rituales, y ni siquiera las más tradicionales veían con buenos ojos lo que él normalmente hacía para realizar sus conexiones.
Extendió un paño de terciopelo sobre una mesa de café, convertida en mesa de lecturas, y sacó su maso de cartas, revolviéndolas presurosamente.
Se detuvo solo en el momento previo a empezar, respirando profundamente para poder recitar su mantra.
Intentando controlarse, empezó a bajar las cartas una por una, dejándolas boca abajo, revelándolas después en el mismo orden.
No pudo evitar el gruñir al obtener la lectura completa, pero no tenía sentido volver a tirarlas, así que decidió hacer algo más, algo que solo reservaba para las situaciones más importantes, y a juzgar por la sensación que aún se revolvía en su estómago, eso definitivamente era importante.
Con cuidado, abrió las puertas de un pequeño nicho en el fondo de la habitación, encendió un incienso, inclinándose con reverencia a la deidad a la que estaba dedicado. Luego de hacer una oración para pedir permiso y bendición, tomó una pequeña caja a los pies de la imagen pintada a mano en un pergamino, entre las flores que ponía cada mañana como ofrenda.
Volvió a pedir la bendición de la diosa y se llevó a la boca la mezcla de raíces y hongos, postrándose de rodillas para no caerse llegado el momento.
Primero, dejó de percibir los olores.
El incienso nuevo y el viejo que se había impregnado en los muebles.
La humedad natural del sótano, su loción…
Enseguida perdió el gusto amargo en la boca, no pudo percibir nada en realidad.
Luego, todo ruido del exterior, desde los coches, otros chicos riendo escandalosamente mientras iban a sus respectivas clases, el agua pasando por el drenaje, el crujir de la madera, el viento, el sonido de las cenizas de incienso cayendo en su depósito, todo se apagó gradualmente.
Esperó un poco más.
La oscuridad se cernió sobre él, como si redujera el espacio a su alrededor hasta que no quedó nada más que él mismo, y pronto, ni siquiera eso…
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Minato despertó abruptamente al escuchar gritos.
Maldiciendo la infernal cama de agua, consiguió llegar hasta el origen del escándalo.
Kushina tenía en las manos una lámpara de pie y golpeaba con ella la puerta que iba al sótano, pero ella no era la que gritaba, sino alguien ahí abajo. Ya había hecho un hueco, no lo suficientemente grande como para meter la mano y abrir, así que la detuvo, era claro que no se podía siquiera sostener bien por su lesión en el tobillo, quitándole la lámpara y asestando un golpe con todas sus fuerzas.
La base de latón acabó rompiéndose también, pero finalmente Kushina pudo deslizar la mano y quitar los seguros, apresurándose a bajar a saltos, sosteniéndose de la baranda, con Minato detrás.
Encendieron las luces, provocando que Inoichi chillara con más fuerza.
Kushina se arrodilló junto a él, poniendo las manos en su cabeza para que dejara de golpearse.
—¿Qué le pasa? —preguntó Minato, ayudándola a controlarlo —. Esto no es porque necesite algún medicamento, ¿verdad?
—¡Claro que no! —exclamó indignada —O bueno…
Revisó la estancia con la mirada, encontrando el nicho abierto y la caja que permanecía a los pies del pergamino, abierta. Minato hizo lo mismo, y aunque no era experto en el tema, tuvo una idea bastante clara de lo que se trataba.
—Nunca se había puesto así —dijo Kushina, volviendo su atención a Inoichi, tomando su rostro entre sus manos para establecer algún tipo de contacto visual.
—¡Hey! ¡Chico dorado! ¡¿Me escuchas?!
Inoichi haló aire, como si le estuviesen sacando de una piscina en la que se ahogaba, pero con horror, Minato vio que sus ojos estaban en blanco.
—Cuando regreses voy a pegarte, ttebane. ¿Cómo se te ocurre hacer esto solo?
Un ruido escabroso salió de la boca del muchacho.
—Aquí viene…
—¿Quién viene? —preguntó Kushina golpeando sus palmas contra las mejillas de Inoichi.
—El amo… su progenie…
Kushina volvió a palmearlo, esta vez en la frente, haciendo sonar el golpe como un bofetón.
—No creo que sea necesario que le pegues —susurró Minato.
Su voz, sin embargo, pareció hacer reaccionar más a Inoichi que le detuvo la mano con fuerza.
—Su progenie es la llave y la puerta…
Inoichi volvió a gritar, retorciéndose de tal forma que Minato debió usar todo su cuerpo para controlarlo.
—¿No puedes hacerlo volver?
—Yo… no lo sé… de verdad que nunca había estado así.
—¡Hay que intentarlo! ¡No podemos dejarlo así!
Kushina asintió, montándose en Inoichi para detener su torso, lo que su compañero aprovechó para sostenerle las manos por encima de la cabeza.
La pelirroja levantó el brazo, con la mano extendida y la dejó caer con tanta fuerza sobre el rostro del muchacho delirante. El estruendo se sobrepuso a sus gritos, nuevamente haló aire, pero esta vez sus ojos volvieron a la normalidad.
Se desvaneció casi enseguida, y los otros dos decidieron sacarlo del sótano.
Apenas salían, Kushina se dio cuenta de que Inoichi empezaba a tener fiebre.
—Hay que darle un baño de agua fría.
Minato se lo echó a la espalda como mejor pudo, dejando que la chica se adelantara dando saltos para abrir las llaves del agua.
—La progenie es la llave —susurró de nuevo Inoichi en su cuello, sin embargo, era claro que no estaba del todo consiente.
Esas palabras en realidad no tenían muchas implicaciones, o al menos a él no le parecía que se tratase de una advertencia ambigua. Quizás, la parte más racional de su ser le podría adjudicar parte de la culpa a lo que había consumido, sin embargo, esa misma parte también era perfectamente consciente de que se trataba de un consuelo necio, porque la única verdad era que se refería a aquella monstruosidad que habitaba en el capitolio.
La fiebre no cedió con la ducha fría, para la tarde, Shikaku y Choza debieron ir a un supermercado de la ciudad para comprar bolsas de hielo.
—¿Por qué un médico no es opción? —preguntó tímidamente Minato a Shibi. Ya le había preguntado a Kushina y solo había recibido una mirada furibunda.
—Porque no hay nada que realmente pueda hacer —le dijo.
El grupo completo se había reunido en la habitación, Shibi y él, estaban en la recámara, ocupando las dos sillas disponibles.
—Ahora mismo, le pasó lo que a ti la primera vez que te Kizashi te trajo —continuó explicando.
—Se quedó en el viaje —agregó Hayashi Inuzuka, que se tambaleaba en la cama de agua, mirando la puerta abierta del cuarto de baño, donde Kushina, Kizashi, Shikaku y Chōza rodeaban la bañera con Inoichi dentro.
—El problema es que Shikaku-san no puede hacerlo solo, y por alguna razón, Kushina-chan está agotada, ¿qué pasó en el lago?
Minato suspiró, no sabía cómo explicárselos y claramente Inoichi no había tenido tiempo de hacerlo.
Cerca de la media, finalmente Shikaku convenció a todos de a dormir, sugiriendo un más efectivo método de guardias que excluía a Kushina, quien, aunque se quejó por ello, pronto comprendió que el problema duraría todo el tiempo que ella no tuviera fuerza para traerlo de vuelta.
Tampoco habían contado a Minato, se le notaba igual o peor que la chica. Le ofrecieron quedarse en la casa, pero él lo rechazó, necesitaba ropa limpia, aunque prometió pasar en la mañana antes de clases.
La soledad de la calle lo sobrecogió, y al levantar la vista a la luna, las palabras de Inoichi resonaron en su mente: la progenie es la llave.
Las cosas iban a ponerse peor, estaba seguro de eso.
Comentarios y aclaraciones:
Kushina, tan suave y delicada como siempre…
¡Gracias por leer!
