Descanso
—¡Namikaze-san!
Minato se detuvo al escuchar que le llamaban, aprovechando para acomodar las varias carpetas que llevaba en los brazos y se resbalaban por sus cubiertas plásticas.
—¿Vas a ir con tu familia para el Día de la amnistía?
El rubio intentó sonreír, a lo largo del día le habían preguntado no menos de una docena de veces exactamente lo mismo, adjuntando una invitación para una fiesta privada, que en realidad solo era una alcoholización masiva e intensiva que se prolongaría debido al fin de semana largo que representaba la festividad.
Además, significaba que la selección del grupo representante para la Cumbre de La Gran Alianza estaba más cerca, y el trabajo con Mikoto y los gemelos, aunque avanzaba con respetable fluidez, le parecía que no tenían cubierta ni una cuarta parte de los temas.
—Pues depende más que nada de a qué hora acabe con unos pendientes.
—¡Bien! Si quieres algo bueno, haremos una fiesta en la casa de Minasa-san —le dijo, extendiéndole una tarjeta colorida con una dirección.
—No te puedo prometer nada —le dijo, como le había dicho a todos los que le habían invitado ya —. Pero si me es posible, iré.
—Es el precio de la popularidad —respondió con una sonrisa.
—Por cierto, ¿has visto a Mikoto Nakahara? Se suponía que teníamos clase, pero no llegó.
El muchacho se encogió de hombros.
—La verdad es que no la he visto desde el segundo periodo de ayer, creo. No estoy seguro si siquiera la vi en la clase de Mitokado-sensei, pero si llegó a la del decano Uchiha, la riñó por estar distraída.
Minato se llevó la mano al mentón.
—Qué raro…
—Seguro tiene alguna indisposición femenina, les suele pasar a las chicas, ¿no?
El muchacho se alejó cuando otro le llamó.
—¡Si la veo, le diré que la buscas! ¡Llévala a la fiesta!
Minato dejó escapar un suspiro. No tenía tiempo para fiestas.
Llegó hasta su auto y dejó caer las carpetas en el asiento del copiloto. Había conseguido algo de información en registros oficiales. Cuatro se los habían prestado legítimamente en la biblioteca, y los otros dos, básicamente los había robado, aunque trataba de convencerse a sí mismo de que los iba a devolver, por lo que sería como un préstamo involuntario.
Justo cuando puso el motor en marcha, otro chico lo interceptó, justamente para preguntarle si tenía planes para el Día de la amnistía, recibiendo otra tarjeta con indicaciones para llegar al punto de reunión.
Dándole las gracias, pero sin hacer promesas, Minato decidió que tenía que irse cuanto antes, sin embargo, ni bien salía del estacionamiento, cuando vio una cabellera roja sobre la acera. Sin hacer ruido, solo orilló el auto, poniéndose a la par.
—Me alegra ver que ya estás despierta —le dijo.
Ella se sobresaltó casi exageradamente.
—¡Por la melena dorada de Inoichi!
Minato no pudo evitar el reírse a carcajadas. Ya la había escuchado decir eso antes, y no dejaba de ser curioso cómo podía decirlo con tanta espontaneidad.
—Lo siento. ¿Vas a la casa?
—Sí. Ya acabé mi horario del día, ttebane.
—Sube.
Kushina sonrió, y Minato se apresuró a quitar todas las cosas que había puesto en el asiento.
—Disculpa, no suele estar así.
—Lo sé — dijo ella, acomodándose —, ya me había subido.
—¿Cómo sigue Inoichi-san?
—Bastante bien, esta mañana lo pude sacar antes de venir a clases, pero lo dejé dormido. La verdad no creo que despierte hoy.
Minato dejó escapar un suspiro. Esa era una buena noticia, o una cosa menos de la que preocuparse.
—Me gusta tu auto —dijo Kushina, quizás para romper el silencio en el que se habían sumido —. Es lindo.
—Gracias. ¿Sabes conducir?
—Claro que no.
—Bueno, es algo bastante práctico. Si quieres te enseño.
—¡¿De verdad?!
—Sí, claro.
Kushina no se resistió, se lanzó para abrazarlo, aunque se asustó enseguida por el movimiento que él hizo con el brazo para no perder control sobre el volante.
—¡Perdón!
—Descuida.
Minato ya tenía un lugar asignado para aparcar, y mirando con desconfianza el cielo, decidió poner el capote.
—¿Ustedes no van a hacer fiesta por el Día de la amnistía?
—Fiestas, como fiestas en toda regla, nunca hacemos. Aunque Chōza-kun prepara una cena especial, me imagino que está en eso ahora mismo.
—Ahora que lo mencionas, ¿en qué facultad está él?
—Está en la escuela de negocios —respondió ella buscando la llave correcta entre no menos de veinte que colgaban de un llavero —. Él se prepara para dirigir el negocio de su familia.
Al abrir la puerta, fueron recibidos por el poderoso olor de lo que inconfundiblemente era carne en el horno.
—Te dije —susurró Kushina sonriendo de tal forma que había cerrado los ojos y arrugado levemente la nariz.
Anunciaron su llegada, aunque solo estaba Chōza en la cocina y Hayashi Inuzuka en la sala de estar, viendo la televisión.
—Shikaku-kun y Shibi-kun fueron a comprar algunas cosas. Cenaremos a eso de las seis, así que tienen algo de tiempo libre.
—¿No les has contado nada? —preguntó Minato entre dientes.
—Esperaba explicarlo junto con Inoichi-kun, porque todo es muy raro, y para decidir qué vamos a hacer.
—Bien, apoyo ese plan —respondió — ¡Chōza-san! ¿Necesitas que ayudemos en algo? preguntó en voz alta
—Pues, pensaba hacer un pastel de verduras.
—Cortemos verduras, entonces.
—¡Yo haré una tarta de calabaza! —exclamó Kushina saliendo de la cocina dando saltitos.
—¿Va a comprar una calabaza? —preguntó Minato.
—Tenemos un pequeño huerto allá atrás.
—Eso es lindo. Quisiera tener un huerto en mi casa. Aunque quisiera más, tiempo para cuidarlo.
Los dos se rieron por la broma.
—La familia de Inoichi tiene una granja, de girasoles, de hecho, pero cuentan con su propio huerto y ahora está convencido de que la comida de supermercado no tiene sabor. Lo apoyo en cierta manera, a decir verdad, sí cambia al sabor, y no usa agroquímicos, así que también es saludable.
Chōza le acercó un montón de zucchinis, zanahorias, patatas, espárragos y hongos, además de un cuchillo y una tabla para cortar.
—¿Te gusta cocinar? —preguntó el muchacho de repente.
—Sí, aunque creo que no soy muy bueno. Es decir, nunca he matado a nadie, pero tampoco he recibido un elogio.
—Estoy casi seguro que solo usas sal y pimienta.
—Pues sí.
—¿Sabías que, en la antigüedad, en Konoha las especias eran un símbolo de lujo y hasta motivo para iniciar guerras? Aun así, no tenemos una amplia tradición de usarlas para cocinar.
—La guerra del Azafrán, cierto —dijo Minato —. En la preparatoria hice un ensayo sobre eso, y la verdad es que me quedé con curiosidad sobre qué tan maravilloso es el azafrán, es decir, es obvio que había un trasfondo político y económico, pero para ser la flor nacional de Suna y costar el sueldo de dos meses los cien gramos, algo debe tener especial.
—Solo hay que pedirlo —dijo Chōza dejando sus verduras para ir a una alacena cerca de la estufa. Dentro había un tipo de exhibidor de pequeños frascos que podía girar para mostrar lo que había detrás. El muchacho, aunque rollizo, pudo ponerse en puntas de pie casi como bailarina y estirar su brazo hasta lo más alto para tomar uno de los frascos.
—Lo uso para carne, y algunos platos de arroz.
Minato tomó el frasco, destapándolo con cuidado y se lo llevó a la nariz, sintiendo un olor dulzón que no pudo asociar con nada que hubiera olido antes.
—Vaya, tienes bien abastecido el barco.
—Solo lo mejor para mis amigos. Ven a cenar mañana, prepararé algo.
Chōza devolvió el frasco a su lugar al tiempo en que Kushina entraba con una enorme calabaza en brazos.
—¡Mírala! ¡Es hermosa! —exclamó.
La risa de Kushina era agradable. Las pocas veces que la había escuchado, no podía evitar el sonreír como mínimo, más aún ya que se había puesto a cantar una ronda infantil, precisamente sobre calabazas, mientras la lavaba.
Con entusiasmo, aunque un poco psicópata en el fondo, la chica tomó el cuchillo más grande y con un grito de guerra, asestó un golpe lo suficientemente fuerte como para partirla en dos.
La pobre hortaliza crujió y luego recibió dos golpes más para pasar a ser un montón de trozos más fáciles de manipular.
Minato acabó pronto con lo suyo, y a pedido de los dos cocineros, se fue con Hayashi.
Kizashi llegó pronto, rompiendo la relativa quietud en que estaba la casa y empezando a arreglar la mesa con singular alegría, colocando unos banderines que había hecho él mismo a propósito del día que celebraban.
Minato miró las formas conceptualizadas que eran símbolo de las naciones que se habían unido para dar forma a la Gran Alianza. El Día de la amnistía conmemoraba el cese al fuego de la guerra, el inicio de las negociaciones, los juicios por crímenes de guerra y culminarían con el Día de los caídos.
Shikaku y Shibi llegaron al poco rato con un montón de cajas de sodas, un par de botellas de vino, cerveza, dulces de todo tipo y patatas fritas.
Tal como la vez anterior, aquello se volvió una animada reunión, como si el mundo se hubiera tomado una pausa y nada de lo que ocurría fuera de ese comedor, importaba realmente.
Ni la cumbre.
Ni los selectivos.
Ni el demonio de la rectoría.
Se excusó un momento en que sintió que ya no podía respirar por el chiste tan absurdo que Kizashi había hecho.
Salió al pórtico. Ya era de noche y el aire había refrescado, o quizás dentro hacía mucho calor. Podía escuchar a lo lejos la estruendosa música de otras fiestas, pero en ese barrio, solo al final de la cuadra lo que parecía ser una barbacoa.
—Oye.
Giró la vista, viendo a Kushina detrás de él con una bandeja casi vacía, salvo por los dos platos con pastel y dos tazas humeantes.
—Hum, ¿quieres del pastel que hice? También prepare té, Chōza-kun dice que combina bien…
—Sí, gracias.
Minato tomó el plato, uno de los tenedores en el borde y le cortó la punta.
—¡No cocino tan bien como Chōza-kun! —exclamó levemente sonrojada cuando se lo metió a la boca.
—En realidad está bastante bueno.
—Yo… bueno… mi mamá me enseñó una receta, ttebane.
Minato le hizo una seña para sentarse en la banquilla mecedora larga que colgaba del techo.
—Es que adentro hace mucho calor.
Kushina se sentó a su lado, dejando la bandeja en un pequeño banco de madera que le servía de mesa en ese momento.
—Es lo único que sé hacer en realidad —dijo, tomando su propio plato.
—Bueno, es básicamente el concepto de especialidad.
—No sabes lo que dices. Agradece que no lo viste entero. Es el tipo de cosas que prefieres comerte con los ojos cerrados.
Él no pudo evitar el reírse.
—De verdad está bueno.
Los dos levantaron la vista cuando escucharon un estallido. Se trataba de fuegos artificiales que formaron varias flores rojizas.
—Minato-kun… —susurró Kushina, pero no pudo decir nada más, Shibi Aburame salió abruptamente.
—Inoichi despertó. Quiere vernos a todos.
Comentarios y aclaraciones:
Abrí una fanpage de Facebook: El moleskine de Kusubana.
¡Síganla! Tendré material adicional y algunas noticias sobre el provenir de esta y otras historias.
Y más que nada, quiero desearles ¡Felices fiestas!
Este año logré alcanzar el centenar de historias publicadas y nada de esto tendría sentido sin ustedes los lectores.
¡Mis mejores deseos para todos! Especialmente en estos tiempos tan difíciles, espero poder cooperar en algo, aunque sea un minúsculo aporte para hacer más llevadero el asunto
¡Gracias por leer!
