La última bala de plata

Mikoto era una madre tranquila y amorosa. Aunque de más joven podría haberse considerado un caso de violencia rebelde adolescente, aquellos días pertenecían al pasado, en el presente, la imagen de ella limpiando la boca de su pequeño hijo de seis años era lo más normal del mundo, aunque el mismo chiquillo se empeñara en no dejarla hacerlo porque estaba convencido de que era perfectamente capaz por su cuenta, sobre todo porque su objetivo era no ser tratado más como un niño.

—¿Por qué no me dejaste ir con mi hermano? —reclamó poniendo resistencia a la toalla húmeda que se restregaba por su cara.

—Aún eres muy pequeño, Sasu-chan, cuando crezcas.

—¡Pero si ya crecí! ¡Mira la marca de mi puerta!

Mikoto rió un poco.

—Sí que has crecido, pero aún te falta. Tu padre ha prometido llevarte cuando cumplas doce años ¿Recuerdas?

—¡No es justo! ¡Mi hermano ya lo acompañaba a mi edad!

—Pero las cosas han cambiado… no es seguro.

Sasuke hizo un mohín y se cruzó de brazos desviando la mirada de donde estaba su madre pretendiendo consolarlo.

—Es otra forma de decir que me considera débil.

—No, Sasu-chan, él no lo ve así. Él sabe que cuando crezcas serás un digno miembro del clan, pero por el momento tienes otros deberes que hacer. ¿No es así?

Asintió solamente para complacer a su madre, así que subió a su habitación para terminar sencillas labores que le dejaban en la escuela elemental, sencillas porque todo eso su madre se lo había enseñado ya.

Mikoto, por su parte, había empezado a hacer la lista de compras, pero no podía alejar de su mente la preocupación por lo que había dicho a Sasuke. Era verdad, era demasiado peligroso.

La muerte de Shisui Uchiha había sido un duro golpe, muchos no aprobaban la decisión de Itachi de haberle liquidado, recalcaron que hubiera sido preferible que le capturara, otros reconocían que su muerte era necesaria, y también estaban los que creían que si había nacido el monstruo capaz de vencer a Shisui, tendrían que mover sus piezas más rápido.

Ella apoyaba a su hijo mayor, una abominación en la sangre del clan era imperdonable.

Fingiendo que no le daba mucha importancia se acomodó el cabello prosiguiendo con su lista, haría un par de cosas más antes de marcharse al supermercado, tal vez llevaría a Sasuke, harían una buena cena y esperaría que todo saliese de acuerdo al plan.

Por la noche recibió a su esposo animosa como siempre.

Él era un buen hombre, todo lo que ella consideraba como modelo de virilidad y seguridad, por eso se había casado con él, pero el doble trabajo le hacía tener un mal humor crónico. No lo culpaba. Capitán de policía de día, cazador de monstruos por la noche, dormía unas horas por la madrugada -si tenía suerte- y volver a empezar. Desde que Itachi había empezado a cazar también había podido descansar un poco, pero en definitiva no era un hombre que relegara responsabilidades, por eso ella misma tampoco era de las que tomaban armas a menos que la situación lo requiriera.

Estaba orgullosa y feliz de su familia, tenía que esmerarse mucho para demostrarlo con suculentas cenas, abundantes almuerzos; un hogar agradable al que pudieran llegar.

Recibió la maleta y el saco poniéndolos en el armario del vestíbulo, Fugaku al regresar del trabajo iba invariablemente como primera escala a tomar un baño, su esposa tenía siempre la bañera con agua caliente justo a la hora en la que él llegaba.

Subieron juntos en silencio por las escaleras, él se adelanto a la recámara matrimonial, ella se desvió un poco para avisar a Sasuke que su padre ya estaba en casa y cenarían en cuanto él se bañara. Lo encontró hojeando un viejo libro que hablaba de las crónicas más antiguas del clan.

—Tal vez papá no quiera hablar conmigo, pero para cuando quiera hacerlo, voy a sorprenderlo —dijo en voz baja pero su madre le escuchó.

—Estoy segura de que así será.

Lo dejó solo para ir con su esposo, él ya estaba en la tina con los ojos cerrados, relajándose un poco mientras el agua le llegaba al pecho. Solícitamente se arrodilló afuera y empezó a masajear sus hombros, casi permanentemente endurecidos.

—Itachi dice que rastreó al lobo que atacó a Shisui. El infeliz ronda la zona norte, pero es difícil ubicarlo por completo, solo tenemos perros destrozados como pistas —dijo a su esposa con voz queda.

—La luna llena es hasta mañana. ¿Saldrán esta noche?

—Sí. Sé que es capaz de mantener su transformación sin control de la luna, así que no importa cuándo vayamos.

—Pero eso es imposible, los lobos están sujetos a los ciclos lunares.

—Sí. Pero los hermanos Hyūga lo vieron, incluso a pleno día. También Itachi, y confío en su juicio.

Mikoto se detuvo mirando el suelo.

—¿Alguien más lo sabe?

Fugaku negó con la cabeza.

—Pero lo sospechan, ninguno de mi cazadores es novato, saben que hay algo extraño en las calles. Solo es cuestión de tiempo antes de que lo noten, por eso tengo que acabar con él antes de que se salga de control.

Mikoto se puso de pie para asegurar bien la puerta del baño y regreso junto a la bañera, pero esta vez quedando de frente.

—¿Te molesta? —le preguntó mientras se desabrochaba la blusa.

—No.

La mujer terminó de desnudarse y se metió a la bañera con él, sentándose encima y abrazándolo.

—Es demasiado peligroso —susurró.

—Es por el bien del clan, y de la ciudad también.

Ella suspiró, el agua se estaba enfriando, tal vez la cena también, pasó un largo rato antes de que decidieran salir y dejar de postergar lo que de todos modos tenía que ocurrir. La cena pasó en silencio, Sasuke ni siquiera hizo el intento de empezar la conversación, miraba su plato con resignación disimulada de apetito. Sabía que ni siquiera Itachi quería hablar, y eso que él siempre se mostraba amable y paciente, aunque estuviera muy cansado siempre encontraba un rato para escucharle parlotear lo que había aprendido. Terminaron.

Mikoto besó a los dos mayores y los despidió en la puerta.

—Vamos arriba, Sasu-chan.

El niño se dejó conducir dócilmente, le iría a acostar y ella miraría la televisión un rato mientras recosía la ropa de su esposo e hijo, que casi siempre regresaba rasgada. Con el sueldo de policía (aunque fuera capitán) no era como si pudieran comprar ropa todos los días y mantener las costosas municiones que empleaban en su trabajo nocturno.

Tal como era siempre, Mikoto besó Sasuke, le arropó, apagó la luz y salió. El niño escuchó sus pasos hasta su habitación, luego el sonido del televisor encendido.

Sasuke se levantó vistiéndose en silencio y sacando de debajo de su cama su propio equipo que había armado a escondidas, era una mochila pequeña que servía a su fines. Abrió la ventana y con todo el cuidado que pudo bajó a través de un viejo árbol que descansaba muy cerca del tejado, tomó su bicicleta que había dejado estratégicamente colocada lo más cerca de la puerta desde la tarde en que estuvo dando unas vueltas en ella y se aventuró a salir de la seguridad del barrio.

Rápidamente pedaleó para alejarse, había sido muy cuidadoso para espiar a su padre, pero estaba seguro de que había una presa en la zona norte de la ciudad, cerca de donde estaban los depósitos de chatarra.

Tenía seis años pero él no era un niño ordinario y se lo iba a recordar a su papá para que al fin lo reconociera tan valioso como a Itachi.

Sonrió imaginando su victoria, él tenía un arma, solo tenía que usarla, sabía como hacerlo, Itachi le había enseñado mucho antes de que su padre le explicara porqué tenia que salir todas las noches, así que no fallaría.

Aceleró el movimiento de sus piernas, ubicaba la zona porque Naruto, su mejor amigo, vivía no muy lejos de ahí y su madre era una mujer escandalosa que deseaba con toda su alma desaparecer ese depósito de chatarra o cuando menos, mandarlo muy lejos de su casa. Fueron cerca de veinte minutos los que pasaron antes de que empezara a escuchar disparos.

¡Llegaba a tiempo!

Rápidamente se bajó y abrió su mochila preparándose, corrió en dirección a los estallidos pero se sorprendió mucho al notar que su padre y hermano no estaban solos, había otros tíos y primos ahí, todos intentando acertar a una cosa deforme que se movía velozmente entre las carcazas de los autos oxidados, lanzaban maldiciones, se insultaban, se echaban la culpa unos y otros pero no dejaban de disparar. Así que pensó en unírseles.

—¡Sasuke! —gritó Fugaku casi enseguida. Su adiestrado oído había detectado un tirador más y dio con él rápidamente ya que no estaba en un punto seguro.

—¡Sasuke! —volvió a gritar corriendo hasta donde estaba él. La fuerza del disparo hacía que sus brazos se tensaran hacia atrás pero el niño estaba decidido a no soltar el arma.

En ese momento, un aullido resonó en el viento, las balas siguieron volando con mayor intensidad, rebotando en los metales oxidados. De entre los coches abandonados, entre los fierros retorcidos, emergió un enorme lobo con el pelaje quemado hasta la piel exponiendo carne negra a la que se aferraban algunas moscas, sus ojos rojos destellaron una furia asesina que solo era concebible en un monstruo así.

Entonces se dieron cuenta de algo: no habían fallado sus disparos como habían supuesto, las balas entraban entre sus músculos pero sin ningún efecto.

—¡Hay que quemarlo! —exclamó Itachi.

Pero aún no terminaba de hablar cuando la criatura saltó sobre ellos en medio de una lluvia ascendente de balas de plata, cayendo con todo su peso sobre Fugaku Uchiha que apenas pudo apartar a su hijo pequeño de un empujón.

La bestia abrió mucho su hocico, lo suficiente para que la cabeza del hombre alcanzara arrancándola en una sola mordida, el baño de gasolina lo alcanzó cuando arrojaron los bidones sobre él, de una patada alejó a Itachi, con otro zarpazo derribó a otros dos hombres enseñando muy de cerca sus dientes amarillentos, las encías hinchadas y moradas, su aliento a podredumbre.

Sasuke gritó como no lo había hecho en toda su vida, pero cuando la mordida lo alcanzó en su costado simplemente se desmayó por el dolor.

Lanzaron el fuego y más gasolina, Sasuke fue tomado por su hermano mientras los otros evitaban que la criatura escapara, asegurándose de que se calcinaría por completo, pero ya no hubo mas gruñidos. En ese momento, empezó a reír con una risa desquiciada, como si hubiera un hombre loco debajo de esas carnes podridas de monstruo hasta que finalmente cedió al fuego.

—Le ha mordido —dijo un muchacho recogiendo su pistola que había volado no muy lejos de ahí —¡Le ha mordido! —repitió cargando el arma.

—No te atrevas —murmuró Itachi abrazando con fuerza el pequeño cuerpo de su hermano.

—¡Tú mismo decidiste que hacer! ¿No? ¡Como con Shisui!

—¡No!

Itachi se irguió completamente, arma en mano, mientras sostenía a Sasuke, inconsciente recargado en su hombro.

—A ver, a ver, muchachos. ¿Qué sucede aquí?

Un hombre alto se puso de pie limpiándose la sangre de la boca que le había salido luego de que el lobo le arrojara un par de metros.

—¡Sasuke fue mordido! ¡Tiene que ser sacrificado!

—¡No lo permitiré! —repitió Itachi.

—¿Y por qué a Shisui sí? —insistió el otro.

—Tranquilos, dime, Itachi-kun. ¿Serías capaz de todo por proteger a tu hermano aunque él mismo te asesine mañana?

El muchacho permaneció serio, sin retroceder ni bajar la guardia.

—Sí.

—¿Incluso sabiendo que como es tan pequeño podría morir durante su primera transformación, y todo sería en vano?

—Correría el riesgo.

—¡¿Acaso te has vuelto loco?! ¡Qué demonios estás diciendo…!

Pero no terminó de hablar, cayó sobre sus rodillas muerto por un disparo en la garganta propinado por ese hombre. Los demás tardaron en reaccionar, en entender que ese hombre, su propio compañero, había matado a uno de los suyos en defensa de un niño ahora maldito.

—Pero ¡qué…!

Itachi disparó.

El grupo de doce fue eliminado.

—Entonces ya has decidido —murmuró el hombre —. Y no hay vuelta atrás, ni es posible dejar el trabajo sin terminar.

Itachi se quedó quieto un instante, congelado por lo que acababa de hacer, pero el gimoteó de Sasuke lo regresó a la realidad, tenía que llevarlo a la casa y evitar que siguiera sangrando, calmarle la fiebre, encerrarlo antes de la siguiente noche.

Y su madre...

—Vamos, Itachi-kun, a esta hora hay poca gente en el barrio, será mejor que lo hagamos uno a uno para facilitarnos el trabajo.

Itachi volvió a sentirse lento.

—Sí, Madara-san.


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