Secretos revelados

Sasuke se acercó despacio. A medida que los minutos avanzaban y el pasillo de la entrada principal se quedaba vacío, pensaba con mayor seriedad en no ir a clases. No obstante, era perfectamente consciente de que Madara se enteraría de alguna forma, y eso lo volvería bastante fastidioso, más de lo que normalmente era.

Respiró profundamente y se apresuró para no llegar tarde, porque sería igual de molesto.

—¡Y no lo pude encontrar! —se quejaba Kiba —. Hice algo, pero ¡ese idiota de Naruto!

Él no había hecho la gran cosa con Hinata, ella misma se había ofrecido a hacer esa parte del trabajo sola y él aceptó de buena gana. En general no le interesaba el proyecto, mantenía la esperanza de que Madara entrara en razón para transferirlo de escuela en unas semanas, antes de entregar nada, y le interesaba menos quedarse a solas con esa chica en una habitación.

Se notaba que la ponía incómoda, era obvio que se había dado cuenta de lo que estaba mal en él, pero no se conformaba con saberlo, tenía que mantenerse temblorosa y con el corazón latiendo a mil, con tanta fuerza que podía sentirlo en su oído, y eso lo ponía tenso a él, agitaba a la maldita bestia y no había nada que odiara más en el mundo que perder el control, perder contra aquella monstruosidad en un duelo de voluntades.

Había cedido ante Naruto, y fue doloroso regresar para solo sentir la sangre en sus labios, la misma sangre del niño irritante que fuese su mejor amigo en la escuela básica.

¿Le remordía la conciencia?

Sería hipócrita asegurar tal cosa, no era la primera vez que un niño fastidioso acababa muerto por meterse en el lugar equivocado estando él de mal humor.

Lo cierto era que preferiría no haberlo hecho. Sus padres eran activistas muy reconocidos, y en opinión del propio Madara, verdaderamente fastidiosos. Sería cuestión de tiempo antes de que su madre llegara a hacer preguntas y si le reconocía, todo estaría perdido, no se la sacaría de encima.

Sacudió la cabeza, no debía de pensar en eso, era de vital importancia alejarse de las situaciones estresantes si quería evitar otro percance.

Las clases transcurrieron lentamente, como si cada segundo se hubiese convertido en todo un minuto. No había sido capaz de mantenerse concentrado pese a que la expresión de su rostro pudiese aparentar lo contrario, algo lo tenía inquieto y no se trataba de la chica con la visión pura, cuyo nombre no recordaba, pero tenía que ser de la familia Hyūga.

Sin embargo, cerca de la hora de salida sucedió lo que tanto temía.

Una mujer pelirroja en deslumbrante vestido amarillo iba camino a las oficinas, con la expresión angustiada y el paso rápido. Sasuke apenas tuvo tiempo de meterse en la primera puerta entreabierta que encontró antes de topársela de frente.

Para su desventura, la mujer no tuvo que llegar demasiado lejos, se encontró con el profesor Iruka y le detuvo justo al otro lado.

—¡Profesor! ¡Qué bueno que lo encontré, ttebane!

—Señora Namikaze, buenas tardes.

—Es que quisiera hablarle sobre Naruto-chan.

—Por supuesto, vamos a la oficina.

—¡Es solo que no podrá venir a la escuela! —exclamó de pronto —. Ayer se metió en un lío, el doctor dice que necesita estar en reposo unos días.

—¡¿Qué es lo que tiene?!

La mujer arqueó las cejas y torció la boca.

—Un par de huesos rotos.

—¡Por todos los cielos! ¡¿En qué clase de lío se metió?!

—No sé, su padre no le ha podido sacar una palabra.

En el salón contiguo a donde se encontraban, Sasuke contuvo la respiración. Eso era imposible, Naruto no podía tener solo unos huesos rotos, él lo vio, estaba hecho pedazos.

Cuando reaccionó, cuando la niebla rojiza que envolvía sus sentidos se despejó, regresándolo a la realidad en esa pequeña arboleda, Naruto estaba tendido a su lado, o al menos la mayor parte de él.

Entre la sangre y la tierra, apenas se distinguía algún mechón de pelo rubio o el girón de tela del uniforme.

El sabor de su sangre volvió a su paladar con solo recordarlo, era amarga y caliente, demasiado caliente.

—Ni siquiera quiere hablar con la policía —continuó diciendo la mujer —¡A saber qué hizo, ttebane!

—Cuando sea posible, me gustaría hablar con él.

—Sí, profesor. Gracias. Que tenga buen día.

—Igual usted.

La mujer inclinó la cabeza rápidamente y se giró para marcharse mientras que el profesor seguía su camino.

—Disculpa.

Sasuke saltó girándose violentamente, tenso, como si fuese a saltar en ese momento, aunque quedó en blanco al darse cuenta de que se trataba de la chica Hyūga.

—Perdona —dijo con un hilo de voz, casi llorosa —¿qué fue lo que sucedió con Naruto-kun?

El chico se quedó quieto, pensando en si debía recuperar una postura más digna que esa de perro de ataque y al mismo tiempo tratando de entender el sentido de la pregunta.

—Ayer, él fue detrás de ti —continuó diciendo con una extraña claridad, muy lento, posiblemente para no tartamudear, pero en un volumen tan bajo que solo porque su oído era muy sensible podía escuchar.

—No sé de qué hablas —respondió.

—¿Acaso lo lastimaste tú?

—¿Qué?

—Ayer estabas perdiendo el dominio sobre ti… seguirte era mala idea.

Era evidente que tenía que tenía que darse cuenta, si no por su visión pura, por el simple apellido y el conocimiento general de su condición entre todos lo que frecuentaban el círculo de las lunas rojas, que era como Madara llamaba a los clanes y a algunas personas con talento que se dedicaban a mantener monstruos y espíritus a raya.

—No pasó nada.

—Entonces sí lo hiciste.

Sasuke estuvo seguro de que la chica iba a romper a llorar cuando sus ojos se llenaron de lágrimas y la nariz se le enrojeció por completo. Sin embargo, se controló.

—¿No lo sabes? —preguntó ella.

—¿Saber qué?

Quizás fue algo en su cara, en su comportamiento defensivo o ese maldito poder que se decía que tenían los miembros del clan Hyūga para ver el alma.

—No puedes matar a Naruto-kun.

Pocas veces en su vida, Sasuke había sentido un impulso para salir corriendo, tan poderoso como el que tenía en ese momento, pero las palabras de la chica se quedaron en su cabeza, martillando como las campanadas de un reloj al medio día.

"No puedes matar a Naruto-kun"

—¿Qué? —consiguió preguntar.

—¿No lo sabes?

—¡Maldita sea, es obvio que no!

Ella tembló y se echó para atrás con el grito.

—Quizás debas ir a verlo.

—¿A Naruto?

—Sí.

Sasuke consiguió moverse, abrir la puerta y salir corriendo.

No estaba seguro sobre si Naruto seguiría viviendo en el mismo sitio, pero era un buen punto para empezar, y si fallaba, tendría que humillarse un poco y buscar el rastro de la loción de hierbabuena que usaba su madre, esa que incluso antes de que sus sentidos se volvieran tan agudos, ya le picaba la nariz.

Una vez fuera, saltó la verja de metal, no se molestó por cuidar las apariencias, empezó a correr tan rápido que podía escuchar el silbido del viento en sus orejas.

La casa estaba a las afueras de la ciudad, del otro lado de donde estaba el barrio Uchiha, y era la única casa que parecía más una cabaña que una casa en toda regla. Las manías ambientalistas de sus padres tocaban puntos extraños en los que ni siquiera había una instalación eléctrica convencional, pues había una serie de molinos chirriantes para la electricidad, un calentador de agua solar, un depósito para captación de agua de lluvia y otras rarezas.

Bajó la colina de un salto cayendo a cuatro, jadeando, aún en pleno control de su forma humana, lo que era bueno pese a las circunstancias.

Era evidente que los Namikaze no se iban a mudar.

Sin pensárselo siquiera corrió a la puerta, no llamó, solo la empujó con tal fuerza que la madera crujió estrepitosamente.

Bastó un solo jadeo para percibir el olor.

¡Era imposible!

Subió las escaleras a saltos y entró a la misma habitación en la que recordaba hacer estado, hacía tanto tiempo.

En efecto, ahí estaba. Con la expresión de zorro idiota que lo caracterizaba, todo envuelto en vendajes y férulas, y un estúpido pedazo de manzana en la boca.

Cayó de rodillas sintiendo un calambre que empezaba en el hombro derecho y bajaba por su espalda, el latido de su corazón se volvió insoportable y abrió la boca dejando escapar un gruñido.

—¡No por favor! ¡No quiero pasar por eso otra vez!

Pero Sasuke no lo escuchaba, porque la calma que había conseguido mantener desde la tarde anterior se había esfumado por completo.

—¡Mamá! —chilló Naruto con todas sus fuerzas, apenas pudiendo moverse.

Sasuke sintió la primera convulsión violenta, la que desencadenaba todo.

Estaba por saltar sobre el chico postrado en la cama cuando algo lo detuvo, algo que era terriblemente caliente, como el fuego mismo.

Se escuchó gritar, esperaba el aullido, el último vestigio lúcido que tendría antes de que todo perdiera nitidez, en cambio, fue un grito perfectamente humano.

—¡Cielos santo! ¡Qué muchacho tan problemático eres, ttebane!

Giró la vista, la madre de Naruto lo sostenía… con su cabello.


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