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II

La muerte es burlada

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La mañana era fría pero el sol consiguió asomarse por entre las nubes grises que habían quedado rezagadas en la tormenta. Con las cortinas cerradas, apenas podía verse más que el marco de débil luz al otro lado de la ventana. Poco a poco la temperatura se elevó lentamente y para cuando Ino finalmente pudo abrir los ojos encontrando su reloj despertador sobre la mesa de noche, era casi el medio día, pero no tenía apuro por levantarse, se sentía entumida y trató de agazaparse más entre las cobijas, sin embargo, había algo que las mantenía como enredadas, jaló con fuerza y fue consiente del peso extra que estaba a su espalda.

Aturdida, se giró.

La señora Yamanaka había salido de compras, no se podía posponer más la visita al supermercado y también debía conseguir los medicamentos con la receta que había dejado el médico. De haber salido tan solo cinco minutos después, habría escuchado el grito de su hija, pero en la solitaria casa no había nadie más que prestase atención a lo ocurrido.

Cayó de espaldas sobre la alfombra y como pudo, se arrastró hasta el armario sin dejar de gritar, no prestó atención al pijama sucio o a sus pies llenos de lodo seco, solamente mantenía los ojos muy fijos en el cuerpo que yacía inmóvil sobre su cama. Se detuvo un instante para jadear, pero apenas pudo, volvió a gritar.

—Que problemático —susurró aquel cuerpo que debiera estar sin vida, esperando ser cremado para recibir las ceremonias fúnebres.

Vio cómo se incorporaba con lentitud exasperante, se llevó una mano a la cabeza revolviéndose el pelo, giró el rostro y sus ojos siempre carentes de vivacidad, se encontraban más hundidos, más vacíos; eran los ojos de un muerto, tenían que serlo, no había duda de ello porque ese chico fue asesinado frente a sus ojos.

—Por favor, solo cálmate —dijo con una voz, aunque suave, fría y hueca.

—¡Tú!

Hizo ademán de levantarse extendiendo una mano hacia ella, pero Ino volvió a gritar.

—¡No te muevas! —chilló con todas sus fuerzas intentando retroceder más, pero las puertas del armario se lo impedían. Él se quedó completamente inmóvil, con la cabeza caída como muñeco, el mismo brazo extendido y las rodillas flexionadas sobre la cama. Con esa imagen, la garganta irritada y pensamientos confusos, Ino se desmayó.

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Con los golpes en la puerta y la voz de su madre, empezó a volver en sí.

—Por favor, cielo, tienes que comer, abre.

Parpadeó con dificultad, ahora la luz que enmarcaba las cortinas era rojiza, el atardecer había llegado acompañado de un agradable calor. La casa estaba sumida en el silencio, pese a que su madre ya había regresado, era tal la solemnidad de sus movimientos que no resultaba fácil saber que estaba ahí a menos que, como en ese momento, hablara. Pero, ¿por qué la puerta estaba cerrada con seguro? Nunca lo ponía, no era necesario.

—Ino…

Se incorporó con lentitud, tratando de recordar por qué no estaba en la cama, las escenas regresaron a su mente, y por primera vez reparó en algo que debió haber notado antes: sus pies y el pantalón sucio de lodo. Entonces pudo recordar su salida nocturna. Presa aún del miedo, levantó la cabeza con los ojos cerrados.

—¿Ino? Baja por favor.

—Sí… ya voy mamá… solo quiero bañarme.

Consiguió incorporarse aún con los ojos cerrados.

"No hay nada."

Lo que estaba sucediendo era algo completamente imposible, inaudito en todos los sentidos, pero aún en su terror podía recordar que fue él quien llegó diciendo que estaba ahí porque ella lo había llamado. Caminando hacia atrás, sin abrir los ojos, consiguió llegar hasta la puerta saliendo al pasillo cuando por fin se atrevió a mirar.

Corrió encerrándose en el cuarto de baño y abrió las llaves del agua aun temblando.

Quizás todo era solo una ilusión, había escuchado decir al médico que serían días muy difíciles para ella, quizás era solo eso, porque los muertos no regresaban por mucho que se llorara por ellos. Sintió que unas lágrimas que escapaban de sus ojos y se metió a la regadera dejando que el agua caliente intentara calmarla.

El lodo desapareció pronto, se lavó el pelo con menos esmero a como lo hubiera hecho otros días, algo en el tacto áspero y descuidado la conmovió, nunca se hubiera imaginado que debería tener que recurrir a un corte por maltrato, enseguida se rio por aquel pensamiento.

Imaginó que tendría que aceptar la visita con el psicólogo, se había rehusado porque firmemente creía que no era necesario, pero haber imaginado a Shikamaru durmiendo a su lado ya era demasiado. Para cuando hubo terminado de limpiarse, salió de regreso a su habitación, puso la mano sobre en la manilla de la puerta y tomó aire.

"No está ahí."

Entró.

El frío en cada uno de los poros de su piel paralizó sus músculos, hubiera gritado de nuevo pero sus labios permanecieron sellados.

—No grites.

El susurro era perfectamente claro, tan reconocible: perezoso, grave, precavido para que nadie más escuchara. Pero no se movía, estaba en la misma posición que ella recordaba, intentando incorporarse, pero sin llegar a hacerlo. Las piernas le temblaron y cayó sobre sus rodillas en la alfombra, temblando casi exageradamente.

—Es imposible.

—Lo sé… lo sé… pero de verdad, necesito que no grites y que no te desmayes otra vez.

Ino empezó a abrir la boca, signo inequívoco de que haría lo primero.

—¡Ino, por favor! —suplicó con los dientes apretados —. O si no, Iruka-sensei se enterará de lo que en realidad pasó con su auto.

La joven cerró la boca enseguida, pensaba en algo como "Sé lo que hicieron el verano pasado" y casi rio por ello.

—Tú no… — intentó decir.

—No sé qué pasó. Sé cómo llegué aquí, estoy seguro de que era tu voz la que me llamaba y recorrí el camino hasta aquí.

—Yo no… no hay manera.

El chico permanecía inmóvil en esa extraña posición, pero no era la quietud lo que mantenía incómodo el ambiente, sino todo lo que sucedía en realidad.

Ino se puso de pie, sacó ropa de su armario y se dispuso a cambiarse ignorando la situación, respiraba con dificultad, el temblor no había desaparecido, por el contrario, parecía incrementarse a medida que iba colocándose la ropa.

—Cielo santo, no hagas eso frente a mí.

No hubo respuesta alguna, no quería aceptar que estaba ahí. Con un conjunto deportivo violeta bajó las escaleras, su madre la esperaba en el comedor. En su lugar de la mesa, frente al plato de sopa había un vaso con agua y tres pastillas alineadas.

—Es el medicamento que te ha recetado el doctor —dijo invitándola a sentarse.

Así lo hizo y se introdujo las pastillas una tras otra, eso era lo que necesitaba: antipsicóticos.

Dieron gracias por los alimentos y cenaron en silencio, no obstante, algo había en la mujer mayor que resultaba inquietante, algo que parecía querer decir, pero no se convencía de hacerlo, algo que la incomodaba.

—¿Qué sucede? —preguntó Ino mientras le cambiaba el plato por otro con un filete de pescado asado con ensalada.

—Todo lo que ha pasado… he pensado mucho en ello yo también.

Bajó la mirada.

¿Quién podía ignorar lo que acontecía?

La mujer acarició su cabello, acercando la cabeza de su hija hacia ella, después se inclinó y le besó la frente.

—Debemos ser fuertes, porque los vivos debemos seguir, nos encontraremos todos en el reino del Señor.

Comió con desgana, y el postre apenas consiguió dejarle el sabor dulzón del chocolate.

Una vez que terminaron, su madre le preguntó si la acompañaría durante los rezos, era una pregunta extraña, cuando era pequeña la obligaba y con el tiempo se volvió una costumbre por la que ni siquiera preguntaba ya.

Las palabras salían de su boca con naturalidad, tantas veces había hecho ya la oración por los muertos que incluso dormida podría repetirla. Sin embargo, en esos momentos, en que sus pensamientos se debatían entre aceptar una extraña realidad o resignarse a que se trataba de una fantasía, empezaron a tener un significado diferente.

Llegaron a la parte final y su madre, ceremoniosamente cerró el libro dejándolo en el altar junto con el rosario, dentro de su caja donde aguardaría la noche siguiente.

—Mamá —susurró Ino tras mirarla hacer sus delicados movimientos.

—Dime.

—¿De verdad los muertos pueden volver?

La mujer giró el rostro, mirando a su hija con una expresión pétrea.

—Solo Dios puede hacerlos volver —respondió, aunque de ninguna manera aquello podía ser una respuesta a lo que en realidad Ino estaba preguntando, o tal vez sí, y lo que estaba en su cuarto era una de las pruebas de que el apocalipsis había llegado, con los muertos regresando de sus tumbas.

No quiso preguntar más, el medicamento le empezaba a dar sueño y pensó que solo necesitaba dormir. Su madre le había dicho que tenía el permiso para faltar a la escuela el tiempo que fuera necesario, y su profesor, que solía ser indulgente con sus alumnos, entendía el sentimiento de lo que acontecía desde lo sucedido con Sakura, pues ella era su alumna favorita.

Subió de nuevo las escaleras armándose de valor para enfrentar la verdad apenas pudiera abrir la puerta, si ya empezaba resentir el efecto somnífero del medicamento, por tanto, era momento de descubrir si estaba ahí el cuerpo de su mejor amigo, o no había nada y todo había sido un producto de su imaginación.

Giró la perilla, entró rápidamente y cerró la puerta a su espalda. Se rehusó terminantemente a cerrar los ojos y por ello fue capaz de ver la silueta inmóvil de un cuerpo en posición de incorporarse sin llegar a hacerlo. Solo se podía ver como una sombra entre la relativa oscuridad.

Sintió que sus piernas temblaban, el impulso de gritar llegó a su mente con urgencia, pero su voz simplemente no salió. Todo lo que pudo hacer, fue dejarse caer de rodillas al pie de la cama con los ojos fijos en aquel cuerpo que no debería estar ahí.

—Vaya, espero que esta vez podamos tener una conversación decente.

Abrió la boca, pero de nuevo solo el silencio. Algo iba mal con ella, debería estar gritando o desmayarse, sin embargo, solo sentía su corazón latir con la misma fuerza que el día en que descubrió que estaba enamorada de su mejor amigo.

Una fracción de su cerebro buscaba las conexiones adecuadas para hacerla sentir miedo mientras que el resto se enfocaba en esa absurda emoción y un inmenso alivio de saber que no estaba loca.

—¿Cómo es que estás aquí? —consiguió preguntar.

—Ya te lo dije. No lo sé… fue como… como cuando… ¿Recuerdas ese campamento al que nos mandaban de niños? Tratabas de despertarme en las mañanas llamándome a gritos, abrí los ojos y primero pensé que solo era una mañana ordinaria, pero empecé a tener los recuerdos del restaurante. No quería levantarme, mi cuerpo lo hizo por sí mismo.

La joven rubia sintió que se estremecía descontroladamente, ella había tenido el mismo sueño, un recuerdo de ese campamento: Shikamaru estaba dormido y ella quería despertarlo para ir al lago a una carrera de nado.

—No entiendo.

Los dos sentían lo mismo.

—Ino, realmente me gustaría cambiar de posición.

—¿Por qué no lo has hecho?

—No lo sé. No puedo. Me dijiste que me quedara quieto, y aunque he tratado de concentrarme en hacerlo, simplemente no puedo.

—¿Yo? ¡Yo no te estoy obligando! ¡Haz lo que quieras!

Inmediatamente Shikamaru consiguió incorporarse bien y estiró los brazos perezosamente, tan propio de él. Ella solo podía mirarlo con los ojos bien abiertos, sin rastro alguno de la somnolencia que juraba tener hacía solo unos instantes.

—De verdad eres tú —susurró.

—Parece que sí.

El chico volvió a tirarse en la cama, con los brazos extendidos y la cara al techo. Ino consiguió gatear hasta la orilla del colchón para subir también. Una idea había surgido en su mente y se apresuró a ponerla en práctica.

—¡¿Qué haces?! —preguntó Shikamaru al ver que empezaba a arrancarle la ropa. Los botones de la camisa saltaron y su torso quedó expuesto.

Ino tragó saliva, después pasó sus manos por el pecho, encontró la marca del disparo y una línea que la atravesaba, seguramente por la que el médico sacó la bala. Estaba cocido, al tacto se podía sentir el hilo en contraste con la piel. Él nunca tuvo abundante vello, solo un intento de barba en la punta del mentón, así que todo el pecho estaba liso, pálido como lo estaría cualquier cadáver y frío, muy frío.

Reaccionó después de unos instantes.

—En uno de esos campamentos nos perdimos en el sendero durante un paseo en bicicleta ¿Recuerdas?

—Sí, te caíste en una pendiente.

—Tú bajaste por mí, y te lastimaste la pierna.

—¿Quieres ver la cicatriz? —preguntó él.

Ella asintió y se incorporó dejando que él también se levantara. Shikamaru desabrochó el pantalón y lo bajó para dejarle ver una cicatriz en la pierna derecha que iba desde el tobillo hasta el muslo. Parecía el hasta de un ciervo, blanca y sobresaliente del resto de la piel. Ino hizo lo mismo que con la otra marca, recorriéndola con los dedos.

—Bueno, al menos ya sabemos que sí soy yo —dijo Shikamaru volviendo a subirse el pantalón y abrochándolo.

—¿Qué está pasando?

Era la tercera vez que preguntaba eso en un día, pero al igual que las veces anteriores, no supieron qué decir. La única opción era tan improbable como el hecho mismo de que Shikamaru estuviera ahí, conversando con ella en lugar de estar en el crematorio.

—¿Acaso yo te hice volver?

Shikamaru no podía abrochar la camisa porque le habían arrancado los botones, así que se conformó con meterla dentro del pantalón, aunque un instante después, Ino se había arrojado de nuevo sobre él, recargándose en su pecho.

Quedaron así unos instantes, en silencio.

—¿Qué… haces?

—No escucho tu corazón.

—Entonces… sí estoy…

—Creo que sí. Creo que estás muerto. Muerto de verdad.


Comentarios y aclaraciones:

¿Ya vieron la portada? ¡Adivinen quién la hizo! ¡Claro! ¡HIGURASHI WORKSHOP STUDIOS!

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