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III

La muerte regresa

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—No me puedo quedar aquí —dijo Shikamaru después de que pasaran los diez minutos más largos de toda su existencia.

Habían quedado en silencio, con el sonido de la lluvia de fondo luego de haber corroborado que su corazón estaba quieto, y ahora tenía en su conocimiento que tampoco respiraba, al menos no como normalmente debería suceder. Las respuestas estaban más lejos de ser encontradas y, de hecho, había más preguntas.

Sin embargo, aunque su mente se encontraba aturdida, los hechos estaban claros en cronología y detalles, lo que no podía comprender era porqué no estaba aterrado como Ino, que sería la respuesta emocional más natural y comprensible.

La miró agazapada en la cama a su lado, envuelta en las cobijas y aún así temblando, silenciosa, con los ojos azules fijos en el piso, como si ahí estuviera la respuesta.

No podía sentir nada en especial más allá de la confusión, más parecida a un problema de matemáticas avanzadas que no entendía del todo, que a un sentimiento. Lo único que acudía a su mente en ese momento, era algo tan probable como absurdo, ridículo y sin cabida en un mundo real y racional, que era a lo que estaba acostumbrado por ser él, desde joven, una mente analítica.

Estaba total y absolutamente convencido de que había sido Ino quien le había llamado tal y como solía hacer para que se despertase. Era su voz, incluso el sutil olor a flores y pasto recién cortado que la caracterizaba por trabajar en la florería junto con su madre, eran nítidos.

Durante el tiempo que había estado desmayada y después, cuando se marchó para cenar, había tenido tiempo de sobra para pensar, comprender lo que estaba sucediendo, pero por más que intentaba, incluso aventurándose a estudios científicos carentes de validez oficial, terminaba siempre en la misma conclusión: muerto viviente.

Se llevó una mano hacia la costura de su pecho, lo que Ino se había empeñado en llamar estrella, era el vestigio del disparo y posterior extracción de la bala, luego hacia abajo una línea perfectamente recta. Le pareció curioso que el médico se hubiera tomado la molestia de hacer un corte tan limpio y luego una sutura aún más perfecta a un cadáver que iba a ser cremado.

Esa era otra prueba. Su piel no debería regenerarse para hacer una cicatriz, sería para siempre una costura que, de soltarse, dejaría expuestos sus órganos.

No había sangre, ya había conseguido meter uno de sus dedos a través de la herida y no había salido ni siquiera un coagulo.

—Deja de hacer eso —dijo Ino —. Es perturbador.

Inmediatamente retiró su mano dejándola a un lado.

Debía de añadir, además de las otras cavilaciones, lo extraño que resultaba el que cualquier orden que ella le diera, simplemente no podía contrariarla y su cuerpo obedecía enseguida, como cuando le había gritado que no se moviera, presa del terror de verle, aunque él deseaba fervientemente saltarle encima y cubrirle la boca para que se callara.

Estaba ligado a ella de alguna desconocida y poderosa manera, esa era otra conclusión que podía obtener.

—Me quedaré en el armario —dijo tras caer en cuenta de que no tenía sentido que se quedaran en silencio toda la noche, Ino necesitaba dormir.

—No sería la primera vez que dormimos juntos.

—No lo hemos hecho desde la escuela básica —respondió.

—Anoche lo hicimos.

—No tengo sueño, me quedaré en el armario, por si tu madre entra.

No podía creer que había dicho eso, pero era verdad. Aunque su voz había adquirido el matiz perezoso que le caracterizaba, lo cierto era que no podía dormir, ya lo había intentado desde que se encontró con Ino en el jardín la noche anterior y ella, convencida de que era un sueño, le había llevado a su habitación para luego romper a llorar hasta quedarse dormida, mientras que él había sido incapaz de llegar más allá de cerrar los ojos.

Y para esa media noche, la situación pintaba igual.

—¿Cómo se supone que duerma con todo lo que está pasando? —preguntó Ino levantando levemente el tono de voz.

Un relámpago fue todo lo que obtuvo como respuesta y enseguida la luz se apagó en todo el barrio, dejándolos completamente a oscuras. De pronto, antes de que pudieran seguir con su escueta conversación, escucharon pasos en el pasillo.

—Es mi madre —susurró Ino.

Shikamaru dio largos pasos para alcanzar el armario y esconderse, sin embargo, antes de poder entrar, algo en él pareció reaccionar, más instintivo que racional y volvió al lado de Ino, dejándola detrás de sí, sin dejar de mirar la puerta.

—No es ella.

No sabía cómo podía tener esa absoluta certeza, pero la tenía y de alguna manera quedó confirmado cuando, en lugar de llamar a la puerta, lo que estaba al otro lado empezaba a arañar la madera.

Ino tembló completamente y abrazó a Shikamaru por la espalda.

—¿Qué es eso?

—No sé.

Un alarido, como un sollozo prolongado que distaba de todo lo humano, volvió a hacer que la chica se estremeciera.

Shikamaru deshizo el abrazo al caminar, dispuesto a abrir la puerta y hacer frente a lo que fuera. Al final, no tuvo la oportunidad, Ino había saltado mientras chillaba con todas sus fuerzas y dudaba que el nuevo relámpago fuese lo que la había asustado. Al girarse, a través de la ventana iluminada de azul, gracias a que las cortinas estaban abiertas, pudo ver una figura grotesca, como una masa informe que pegaba contra la ventana una cara enorme de boca desproporcionada.

Aquella aberración les sonreía, pero no había nada amable en su gesto, los dientes eran afilados y lucían ennegrecidos, como si se estuvieran pudriendo dentro de su boca.

Ino no dejaba de gritar mientras taba saltitos en su sitio, con las manos en el pecho.

La oscuridad volvió.

Shikamaru gruñó. Las cosas iban a peor porque la madre de Ino no se había despertado con los gritos de su hija, así que la tomó de la mano y decidió que prefería enfrentar a lo que estaba al otro lado de la puerta, además de que era más práctico intentar escapar por ahí que por la ventana.

Al abrir la puerta no encontró nada, solo el oscuro pasillo que a la derecha llevaba hacia la habitación de la señora Yamanaka y el cuarto de baño.

—¡Corre! —le dijo.

El pasillo no estaba libre como podía parecer, de alguna manera sus ojos se habían adaptado perfectamente a la oscuridad y podía ver otra figura de pie, junto a ellos. Se trataba de una mujer de pelo largo que le recordó infinitamente a la Sadako Yamamura* de Koji Suzuki. Se interpuso en su camino cuando aquella aparición pretendía ir detrás de Ino que no había hecho lo que le había pedido y continuaba gritando, quieta en su lugar.

—¡Ino! ¡Ve con tu madre!

En cuanto Shikamaru mencionó a la mujer, Ino reaccionó, si ella no estaba ya en el pasillo preguntando qué pasaba, seguramente era porque estaba en problemas y la idea de que en su ventana hubiera otra de esas criaturas sonrientes, la sobrecogió. Corrió hasta su habitación entrando sin problemas.

Mientras tanto, Shikamaru seguía obstruyendo el paso de la espectral mujer y le pareció más irreal que su propia situación. Ella no podía simplemente pasar a través de él, o derribarlo para continuar su camino que ya estaba claro que era el mismo que el de su amiga.

Se armó de valor para extender los brazos, tomándola por los hombros y avanzó para hacerla retroceder.

Ya había notado que no podía percibir sensaciones con la misma facilidad de antes, como si su sentido del tacto estuviese entumido. No había sentido el agua de su cuerpo cuando caminó bajo la lluvia hasta la casa Yamanaka, ni tampoco pudo sentir la respiración de Ino cuando se quedó dormida, aunque al cabo de un rato fue consiente del calor de su cuerpo.

En ese momento, lo que sus dedos percibían era una sensación parecida a la electricidad estática, como la que daba al pasar los dedos por la pantalla de una vieja televisión de tubo catódico.

Consiguió empujarla un par de pasos, pero antes de que pudiera decidir qué hacer con ella, la luz de la habitación de Ino se encendió iluminando el pasillo y aquella aparición se desvaneció, al igual que la que estaba en la ventana.

—¡Shikamaru!

Corrió enseguida hacia la habitación principal y al encender la luz, vio a Ino, llorosa y temblando mientras sostenía en brazos a su madre, que no daba indicios de despertar.

Shikamaru miró a todos lados, se sentía como un perro olfateando una rata, solo que no era una rata precisamente lo que buscaba. Su atención se concentró en un punto, escabulléndose por entre la gran ventana que daba a un balcón. Saltó sobre esa presencia, pero al igual que con la otra aparición, se desvaneció entre sus dedos.

No hubo necesidad de decirle a Ino que llamara a una ambulancia, ya lo estaba haciendo. Cuando esta hubo llegado, ella ya estaba vestida y él escondido en la habitación.

—¿Hay alguna persona mayor que pueda informar, señorita?

—No, soy su única familia.

El hombre asintió, le dejó subir a la ambulancia y emprendieron el camino al hospital. En ese tiempo le hicieron preguntas sobre si su madre padecía alguna enfermedad, tomaba medicamentos y cualquier cantidad de cosas que no podía siquiera comprender correctamente.

¿Ella estaba tomando también medicación?

Creía que había dejado los antidepresivos hacía años, pero con todo lo que estaba pasando últimamente, no sabía si los había vuelto a tomar.

En el hospital, pronto pasaron de ella y se quedó sola en la recepción.

Legalmente, ella no podía firmar ninguna autorización, así que tenía que buscar a alguien que pudiese hacerse cargo de eso, sin embargo, no se le ocurría nadie.

Creía recordar a un tío, medio hermano de su padre, pero hacía más de diez años que no lo veía, mucho menos tenía su número de teléfono. Su móvil empezó a sonar y se horrorizó al ver que en la pantalla se leía claramente "mamá". Pero siendo más razonable, debía de tratarse de Shikamaru.

—Más razonable — susurró —, no puede ser mi madre hospitalizada, sino un chico muerto —se dijo.

Al responder, descubrió que efectivamente se trataba de Shikamaru llamando desde el teléfono de la sala de estar, adivinando su problema respecto a las autorizaciones médicas, le recordó que su madre, Yoshino Nara, tenía un documento que la autorizaba a ser representante legal de Alessia Yamanaka para esos y otros menesteres, y viceversa. Aquello lo habían arreglado desde que sus esposos habían muerto y se mantendría vigente mientras sus hijos fueran menores de edad.

No obstante, a Ino le sabía mal tener que llamarla, porque claramente la mujer tenía su propio gran problema con la misteriosa desaparición de su hijo.

Temblando, parte de frío y parte de horror al figurársele que todo estaba siendo producto de su imaginación, de los medicamentos o quizás simplemente ya estaba loca.

Llevaba el bolso de su madre, sacó su cartera y fue a buscar un café.

—¿Se siente bien? —preguntó la encargada de la cafetería.

—Sí, gracias.

El pecho empezaba a dolerle por lo rápido que iba su corazón. Imaginaba que en su cuello podían verse las palpitaciones.

Gimoteó al sentir un viento helado en su nuca, salió de la cafetería mientras la encargada se había quedado con el vaso de café en la mano y el cambio del billete en la otra.

Tenía ganas de llorar, de gritar y sobre todo de salir corriendo, tal vez haciendo todo eso al mismo tiempo.

Empezó a caminar apresuradamente por los pasillos del hospital, poco concurrido a esas horas.

Lo que estaba pasando había empezado como espantoso, pasando por extraño, a momentos hilarante si consideraba que no tenía un fantasma, sino un cadáver que hablaba y la había chantajeado, para convertirse en una situación simplemente imposible.

Poco a poco su corazón volvió a latir con regularidad, como si hubiese encontrado la calma en aquél pasillo desierto, la frialdad de sus muros y el olor que manaba del sitio.

El cansancio se hizo presente. No había corrido un maratón, pero sus emociones habían tenido un vaivén que resultaba agotador. Se recargó en un muro, resbalando por él hasta quedar sentada, no podía mantener los ojos abiertos, sentía que se estaba quedando dormida y antes de darse cuenta, cedió a su agotamiento.

No escuchó cómo la puerta se abría, con el rechinido metálico de su propio peso que la llevaba hacia abajo, arrastrándose contra el piso.

Manos frías la tomaron por los brazos, por las piernas. Sujetaron su cuerpo con torpe delicadeza levantándola del piso. Manos blancas, frías, rígidas.

Manos que la llevaban a aquella habitación que era el destino final de los que no tuvieron suerte para atender sus dolencias y permanecían en silencio, esperando encontrar pronto un reposo más definitivo, pero ahora interrumpido por un corazón desbocado, sangre caliente que los había llamado a protegerla del miedo, y eso hacían.

La llevaban con ellos, a donde pudieran cuidar de su sueño ya que ellos habían despertado.


Comentarios y aclaraciones:

*Nombre original de la chica del aro (Samara Morgan en el remake gringo "El aro").

Me gusta por donde voy, y me gusta más haber regresado.

Promesa de oro, actualizo los demás fics en breve, porque se acerca el aniversario de Kunoichi, y quiero terminarlo para entonces. Además tengo un compromiso fuerte con lectores de Media Luz, que han sido maravillosamente pacientes, tanto como los de Dionaea.

¡Gracias por leer!