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IV
La muerte susurra
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Asuma Sarutobi era un hombre que tomaba las cosas con calma, meditaba un asunto hasta poder tener toda la información necesaria para tomar la decisión más acertada y actuaba en consecuencia.
Hacía varios años, cuando aún era un nuevo recluta, era más afecto al trabajo de campo, a las tareas duras y un poco sucias. Después de que otra persona hubiera hecho el análisis correspondiente, él tomaba su confiable Remington y salía a la caza.
No podía recordar cómo es que había terminado en semejante embrollo que le daba la impresión de haber llegado a la dimensión desconocida, un día estaba bebiéndose unas cervezas con Hayate, celebrando que no habían perdido ningún miembro, y luego estaba ahí, esperando que le dieran una asignación "especial" para poder llevar a la práctica el programa a de apoyo a estudiantes.
Nunca en toda su vida se había planteado la posibilidad de ser maestro, y ya estaba habituado a trabajar en las penumbras de la noche, por lo que levantarse temprano, vivir bajo el sol y la rebosante energía de los chicos de escuela superior era más aterrador que cualquier otra experiencia previa.
Pero él no estaba ahí para avivar la llama de la juventud, con la llamada noche sangrienta acontecida hacía varias semanas, había sido asignado a esa escuela para asegurar que las cosas siguieran un cause más natural, tanto como lo podía ser desde que dos estudiantes habían muerto de forma violenta en lo que iba del semestre.
Precisamente de eso trataba aquella reunión con el director, a él le preocupaba que la moral de todos se encontrara decaída estando tan cerca las fechas de exámenes. Aunque tenía la sospecha de que sus sentimientos iban más dirigidos hacia la posición que ocuparía la escuela en la valoración anual de rendimiento académico que cualquier problema de índole psicológico o emocional que pudiesen tener los chicos.
El nombre de Ino Yamanaka salió a relucir inevitablemente. No era en toda regla una abeja reina, pero gozaba de suficiente popularidad como para que su nombre figurara en las listas de invitados a fiestas y los chicos la asediaran con cierta frecuencia.
Solo pudo tratarla un par de semanas, era inteligente, aunque bastaba leer a conciencia sus tareas para saber que no las hacía ella, no por completo. Tampoco era una destacada deportista, había dejado el equipo de animadoras sólo porque descubrió que no se trataba de usar el uniforme a tiempo completo paseándose por la escuela, el entrenamiento había sido demasiado duro y exigía una disciplina que no poseía.
No obstante, eso no había mermado el atractivo natural que poseía y aún sin el respaldo de las animadoras, había destacado considerablemente.
Desde la primera vez que la vio en el salón de clases, le pareció una chica superficial que no llegaría a ningún lado con esa actitud, salvo quizás conseguirse un esposo que la mimaría mientras la belleza le durara, sin embargo, su opinión había cambiado a últimas fechas.
La vio en el funeral de Sakura Haruno, que había sido una escena triste, como lo era el funeral de cualquier persona joven que no había cometido ninguna imprudencia como para ganarse el destino que tuvo: no bebía, tampoco fumaba ni experimentaba con sustancias, no era una temeraria conductora ni una imprudente buscapleitos, simplemente había estado en el lugar equivocado, en el momento equivocado.
Sakura era la mejor amiga de Ino, todos lo sabían, aunque Sakura era más como una figura difusa a la que todos se referían como "la chica de pelo rosa que siempre está con Ino". La mayoría solo supo cuál era su nombre cuando se publicó en el diario escolar, y aún con su llamativo pelo, hubo quienes ni siquiera estaban seguros de quién era.
Sus ensayos de literatura eran brillantes, y ocuparon una cita de alguno para acompañar su esquela a falta de palabras de los redactores para dedicarle algo mejor.
Por su parte, Ino, había sufrido un cambio abrupto, pese a que apenas se le había visto en público, los pocos que habían tenido contacto con ella, se les figuraba como una persona completamente diferente, como si toda la luz que manaba su presencia, se hubiera extinguido por completo.
—Sarutobi-sensei —dijo en voz baja la profesora de matemáticas, Kurenai Yūhi, para llamar su atención.
Él giró la vista y le sonrió con picardía, aquella mujer era lo único que valía la pena de estar en ese lugar, e incluso se atrevería a decir, que de la vida misma. Pero ella no le había llamado con suavidad, ruborizada o envuelta en un halo rosado de dulzura, sino que había usado un tono inflexible, que daba la impresión de llamarlo "idiota" en lugar de su nombre.
—Ponga atención —le dijo.
Asuma se sentó correctamente en la silla, aunque no había perdido atención sobre cada palabra que el director y subdirector habían dicho respecto a su plan. Se sintió como si fuera un chiquillo al que habían regañado y no le sorprendió el motivo por el que la clase de esa profesora, pese a su dificultad, tenía uno de los rendimientos más altos.
Durante su primer día de trabajo, Iruka Umino, otro profesor, le había advertido que la profesora Yūhi era bastante directa, así que se disculpaba en su nombre por cualquier cosa que le pudiera ofender. Entonces, la imaginó como una mujer entrada en años, de semblante duro, con las comisuras de la boca bajas, ojos hundidos detrás de unas gruesas gafas y horrible ropa que seguramente había usado su madre antes que ella, cuando posiblemente también fue profesora.
No obstante, con vestidos que le entallaban perfectamente sin ser indecorosos, blazers casuales y una colección inagotable de zapatos, habría jurado que se parecía más a la sexy madrastra de uno de los chicos ricos y populares, que a una maestra de la materia más complicada para la mayoría.
Suspiró quedamente, volvían a hablar de Ino Yamanaka, pero esta vez en relación con Shikamaru Nara y su asesinato.
"Eso es tener mala suerte" pensó, la rubia había estado presente en los dos eventos.
Shikamaru le agradaba, era un chico brillante, aunque haragán. Le recordaba en algo a su amigo Hayate, con la postura desgarbada, la mirada profunda y la astucia que en ocasiones llegaba a intimidar.
La reunión se dio por finalizada y en cuanto el director y subdirector abandonaron el lugar, los profesores, como si fuesen chiquillos, empezaron a murmurar sobre otros temas.
Asuma prestó atención a una charla en particular en la que hablaban sobre un hecho perturbador que había tenido lugar en el hospital central de Konoha la noche anterior: al menos seis cuerpos del depósito de cadáveres habían desaparecido sin dejar rastro alguno.
Aunque el artículo tenía el nombre de una historia de terror de Robert Louis Stevenson, uno de los profesores apuntaba más a la existencia de un maniaco que de algo sobrenatural, si bien en cualquiera de los casos, era igualmente espeluznante.
—El cadáver de Nara-kun también desapareció, justo en las instalaciones del crematorio.
Asuma arqueó una ceja y se interesó más en la conversación.
—¿Shikamaru Nara? —preguntó, solo para asegurarse.
El profesor asintió quedamente.
—Sucedió hace un par de noches, pero yo me enteré hoy, mi esposa lo escuchó de su madre, está destrozada.
—Pudo comentar eso en la reunión que acabamos de tener —dijo la profesora Yūhi en tono reprobatorio —. Si esto se sabe entre los estudiantes, y se va a saber, no podremos controlar los rumores.
Asuma le dio la razón, y no porque le gustara la profesora, sino porque era verdad.
—Supongo que, lo que podemos hacer, es negar todo hasta que la familia decida hacer alguna declaración oficial. Si deciden hacer pública una denuncia por desaparición, sería diferente, pero si quieren mantenerlo privado hasta resolverlo, lo menos que podemos hacer es evitar una oleada de curiosos que incordien a la señora Nara.
Asuma volvió a asentir, convencido de que la mente racional de Kurenai Yūhi se aplicaba a muchos otros aspectos de la vida, más allá de sus clases y eso era encantador.
El sol de la tarde caía perezosamente entrando por las ventanas. El enorme reloj que era un ícono de la escuela, sonó anunciando el fin de la jornada del día. A partir de ese momento, ningún estudiante podía quedarse, y de eso debían encargarse ellos.
Acostumbrados a una rutina como esa, los profesores se despidieron y tomaron cada uno su camino para revisar las aulas y el resto de las instalaciones.
Asuma tomó su maletín, su chaqueta y decidió hacer rápidamente su ronda para poder encender un cigarrillo. Aquél trabajo lo estaba volviendo loco, era como un programa de desintoxicación y no estaba seguro de sobrevivir más que otra semana a lo sumo.
Le correspondía el último piso, en donde usualmente estaban los alumnos de grados superiores. Se preguntaba si era simbólico, como si quisieran representar el ascenso educativo con escaleras literales.
No se encontró nada anómalo, solo un salón en el que los escritorios estaban mal acomodados, como si un grupo se hubiera reunido al centro, apartando los muebles que estorbaban. Decidió regresarlos a su lugar, sin embargo, algo que llamó poderosamente su atención, fue una sombra en el edificio que estaba al otro lado del patio. Se trataba de una construcción antigua y actualmente abandonada con planes a ser demolida.
"Por supuesto", pensó, "toda escuela tiene que tener un edificio abandonado, necesariamente, para atraer alumnos curiosos".
Resultaba natural la existencia de un grupo de afectos a lo sobrenatural, con un edificio abandonado a pocos pasos y dos chicos declarados muertos recientemente, era una fórmula que daba un resultado inevitable.
Dejó sus cosas en la entrada del viejo edificio para mover las tablas que clausuraban la puerta, que todo mundo sabía que, hacía tiempo se habían desclavado dejándolas sobrepuestas para dar la impresión de cierre, pero podían entrar cuando les viniera en gana.
Él no era tan pequeño como un estudiante, pero consiguió pasar por el reducido espacio disponible sin rasgarse la camisa.
Resopló para quitarse de los labios la sensación polvosa e intentó recordar el piso en el que había visto el movimiento. Debió encender el flash de su móvil para alumbrar el camino, aún no oscurecía completamente, pero ahí adentro la luz era mínima.
No se habían sacado los muebles. Los escritorios para estudiantes eran funcionales, pero se había decidido que, con la construcción de las nuevas instalaciones, se requería material nuevo también, ya fuera por vanidad o un sentido pragmático de modernidad, en donde ya no se usaba la madera, sino el polietileno reciclado y otros materiales políticamente correctos y no dañinos para la salud.
No recordaba a alguien de su generación que hubiera muerto por sentarse en un escritorio con una mano de pintura a base de plomo, pero tenía que reconocer que no imaginaba esos muebles en los salones nuevos, con pantallas interactivas y luces ahorradoras.
Sus pasos resonaban quedamente y sus sentidos se aguzaron para percibir cualquier ruido que le indicara la ubicación de los estudiantes que buscaba. Escuchó pasos en el piso de arriba, apagó la luz para no alertarlos y se apresuró a darles alcance.
Era un hombre sigiloso pese a su tamaño, bastante atlético y de reflejos ágiles, aunque sentía que en el tiempo que llevaba como maestro se había oxidado, como si se convirtiera en uno de ellos: enclenque, de gafas, con pérdida gradual de pelo y la autoestima dañada por el trato constante con gente joven, algunos de los cuales no concebían la idea de respeto como algo humano.
Salvo por Kurenai Yūhi, todos se ajustaban al cliché, y no le sorprendió que siendo él un hombre musculoso y más despierto, tanto mental como emocionalmente, hubiese significado algo interesante para las estudiantes, con todo y que definitivamente no era ningún Adonis.
Se agachó manteniéndose quieto una vez que hubo llegado al piso de donde provenían los pasos. Como un predador esperando tener una localización exacta antes de saltar sobre su presa, decidió avanzar lentamente. Escuchaba un murmullo, y a medida que se acercaba al aula, fue que comprendió lo que estaban diciendo.
—Niños —murmuró rodando los ojos.
Abrió la puerta de un solo golpe sin decir palabra, pero el acto había sido suficiente para que los tres chicos gritaran con tanta fuerza que seguramente los habían escuchado en los edificios nuevos.
Estando de pie frente a la puerta, ninguno pudo salir del salón, aunque habían corrido hacia la ventana, lo que podía parecer absurdo porque no podían escapar por ahí, sin embargo, era natural ya que estaban al lado contrario de donde provenía lo que les había asustado.
Cruzo los brazos sobre su ancho pecho y los miró con el semblante endurecido, pero su atención pronto se fijó en la hoja de papel que habían dejado abandonada.
Recordó la formación de los escritorios en el otro salón, y supo enseguida qué era lo que habían estado haciendo: una sesión espiritista.
—Afuera —les ordenó.
—¡Pero Asuma-sensei! ¡No nos hemos despedido del espíritu! —dijo una chica de gruesas coletas de pelo naranja.
—Afuera —repitió moviéndose un poco del vano para que pudiera pasar.
Con la cabeza gacha, los dos niños y la niña salieron en fila.
Asuma volvió a dedicarle una mirada a la hoja de papel.
—¿Y se enteraron de algo interesante? —preguntó mientras bajaban las escaleras.
—Es una tontería —dijo uno.
—No es una tontería, Konohamaru-kun —respondió la niña mientras miraba con preocupación por encima de su hombro, aunque ya no era posible ni siquiera ver el salón en el que habían dejado la hoja.
El profesor frunció el ceño, el nombre del niño era tan peculiar que no pudo evitar recordar con recelo el motivo por el que no quería ir a esa escuela en primer lugar: ahí estudiaba el hijo de su hermano menor.
Había optado por negar el parentesco. Solo hasta después de que los profesores empezaron a hacer preguntas, pensó que debió de usar otro nombre para presentar su solicitud de empleo. Afortunadamente, su hermano, con quien tenía muy mala relación, había negado también el parentesco cuando el niño preguntó y él se había encargado de divulgar en la escuela que no estaban relacionados.
Sin embargo, la verdad era difícil de ocultar, tarde o temprano alguien notaría el sospechoso parecido que tenía con Hiruzen Sarutobi y saldría a flote la leyenda de la misteriosa desaparición de la vida pública del conflictivo hijo mayor que tuvo. Para entonces, solo deseaba estar de vuelta en la oscuridad de su trabajo.
—Kokkuri-san dice que Haruno-senpai no está muerta —dijo la niña.
Asuma carraspeó intentando ocultar su expresión de asombro que se manifestó en algo parecido a una risa.
—¿De verdad?
—Por eso digo que es una estupidez —insistió Konohamaru.
—También dijo que Nara-senpai no está en el inframundo —agregó el otro niño, haciendo sonar su nariz constipada.
—No me digan…— respondió sin sonar demasiado interesado en el hecho.
—Dice que hay una voz que está haciendo eco en los sepulcros.
Llevó a los niños hasta la entrada de la escuela, les advirtió que por esa ocasión los dejaría marchar indemnes, pero que, si volvían a entrar en el edificio viejo, les pondría una amonestación.
Pero no dijo nada respecto a Kokkuri-san.
Regresó al viejo edificio, mirándolo desde lo bajo. Volvió a ver una sombra moverse en una de las ventanas del último piso.
Suspiró con cansancio.
—Definitivamente necesitaré ayuda por aquí.
Comentarios y aclaraciones:
Kokkuri-san es un tipo de espíritu travieso, mal comparado con la ouija, pero con metodología similar en lo que al tablero se refiere.
Estoy tan feliz de llegar hasta acá, y solo les puedo decir ¡Feliz año 2017!
¡Gracias por leer!
