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V

La muerte es misteriosa

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Shikamaru resopló. No necesitaba respirar, pero sentía que se estaba sofocando.

Su existencia antinatural, gobernada por una inusual tranquilidad en la que ni siquiera el quebrantamiento de todas las leyes del universo lograban alterarlo, se veía de pronto atormentada por la presencia de cinco cadáveres que, al igual que él, se resistían a quedarse muertos. No obstante, resultaba imposible sentir solidaridad por su condición porque había algo terriblemente pavoroso en ellos que no sucedía con él.

Los miró, en orden de derecha a izquierda: un hombre maduro, calvo con un abdomen prominente, una muchacha menudita con la garganta cortada, dos muchachos que pasaban los veinte, con la musculatura bien desarrollada, pero a uno le faltaba una parte de la cabeza y el otro tenía la cara aplastada. Finalmente, estaba otro hombre, también maduro, solo que demasiado delgado, casi encorvado y las rodillas levemente flexionadas.

—Vayan allá —les dijo señalando la esquina opuesta de la sala de estar, y en procesión, los cinco avanzaron en silencio, con un andar lento y pausado, con sus cuerpos pálidos y desnudos balanceándose ligeramente —. Ahora para allá —y señaló el otro lado, siendo obedecido de manera casi inmediata.

Tenía casi media hora haciendo eso, mandándolos de un lado a otro sin ser desobedecido, sin que emitieran una sola palabra, al menos los que deberían poder hacerlo, ni siquiera los gruñidos y gimoteos del muerto animado clásico conocido.

En todo ese tiempo, Ino había estado dormida en el sofá, en donde el muchacho al que solo le faltaba una parte de su cabeza la había dejado luego de que el otro prácticamente tumbara la puerta a embestidas.

Se había percatado de su autoridad de la misma forma accidental que Ino descubrió la que tenía sobre él, solo que Ino había tenido la amabilidad de no ordenarle cosas extrañas para comprobar que estaba obligado a obedecer.

También se había asegurado de que no poseían un solo pensamiento autónomo, no hablaban, no reaccionaban a estímulos más allá de las órdenes directas y definitivamente ni siquiera eran conscientes de que estaban ahí, en ese lugar.

Pensó con horror en si alguien había visto una comitiva de cadáveres desnudos llevando consigo a una muchacha, y si alguien los había visto entrar ahí. Respiró profundamente, de nuevo sin necesitarlo, solo para intentar recobrar un poco de la cordura que un muerto viviente podría tener frente a otros muertos vivientes.

Corrió todas las cortinas de la casa, aseguró las ventanas y puertas, mantuvo las luces apagadas y se quedó en silencio las siguientes tres horas que le tomó a Ino despertar.

La escuchó saltar, entre jadeando y gimiendo, supo que trataba de orientarse para saber en dónde estaba.

—Ino —la llamó suavemente, aunque sabía que igual iba a chillar—. No enciendas la luz.

Ino empezó a respirar rápidamente.

—¿Recuerdas lo que pasó conmigo?

—Sí —respondió tragando saliva. Realmente le hubiera gustado que fuese solo una horrible pesadilla, pero la voz de Shikamaru en la oscuridad era una realidad.

—Voy a encender la luz, pero por favor, muerde un cojín, no grites.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?!

—Muerde el cojín con todas tus fuerzas.

Ino se metió la punta del cojín que estaba a su lado tanto como pudo, al tiempo en que Shikamaru encendía la luz.

Si no hubiera tenido la tela en la boca, hubiera gritado. Shikamaru saltó hasta su lado tomándola de los hombros para mantenerla sentada.

—Lo hiciste de nuevo — susurró —, pero lo hiciste diferente.

—¿Qué hice? —preguntó notablemente alterada, haciendo que Shikamaru le metiera de nuevo el cojín en la boca para que no le diera ninguna orden inconscientemente.

—Los levantaste, no sé cómo, pero sé que fuiste tú, y sé que estos son más parecidos a los zombis de lo que soy yo. No hablan, ni parecen tener siquiera idea de quiénes son, y obedecen las órdenes directas.

—¿Y ya intestaste decirles que se vuelvan a morir?

—¿Y luego qué hacemos con cinco cadáveres en la sala de tu casa? Mejor que salgan por su pie.

—Entonces, ¿no lo has intentado?

—No. Podemos hacerlo, pero en otro lugar.

Pálida y temblorosa, Ino se levantó del sillón, necesitaba ponerse una sudadera porque la sensación de estarse congelando era insoportable, si bien tenía la sospecha de que no serviría de nada porque no era realmente frío lo que tenía.

Al abrir las puertas del armario, se dio cuenta de que tenía una de Shikamaru, la que le prestó la última vez que se había empeñado en ir sin abrigo porque la camiseta era demasiado fabulosa como para cubrirla con cualquier cosa. También la tomó, y del armario del pasillo jaló un montón de sábanas.

—¿Para qué es eso? —preguntó Shikamaru cuando Ino les puso una sábana a cada uno de los cadáveres, resistiéndose a tocarlos, solo pasándoselas por encima, como muebles de casa a punto de ser abandonada por un largo tiempo.

—No quiero ir por ahí con cinco cadáveres desnudos —le dijo arrojándole la sudadera que era para él —, ni con un tipo con la camisa abierta.

Shikamaru no quiso objetarle que él también era un cadáver, o que sería igual de tenebroso ir con cinco sujetos cubiertos por sábanas blancas caminando en la madrugada. Aunque le concedió la razón al recordar que los dos muchachos tenían cabezas demasiado llamativas, aunque estaban limpios y no goteaban sangre. Solo se le ocurría que habían salido del hospital, cómo o porqué nadie los detuvo en su camino, no lo sabía, simplemente no los imaginaba asomándose por una esquina para vigilar que nadie los fuese a ver.

Decidieron salir por la puerta trasera, luego de que Shikamaru debió colocar de nuevo la principal, sosteniéndola con una silla debido a que los empellones del muchacho sin rostro habían desprendido las bisagras. Además, el jardín era amplio, con muchos árboles que tapaban la vista de los curiosos y podrían pasar por la casa contigua, cuyos dueños estaban de vacaciones, antes de cruzar un parque para entrar en un terreno arbolado que Ino se resistía a llamar bosque por su reducida dimensión.

Ino se había puesto la capucha de la sudadera dejando que la coleta de su pelo rubio pasara por su hombro hacia el frente, iba con la cabeza inclinada y las manos en la bolsa frontal.

—¿Y si no se quieren morir otra vez? —preguntó quedamente.

Shikamaru no supo qué responder. Él también lo había pensado como una opción, bajo la que no tenía un plan de emergencia más allá de guardarlos en algún lugar hasta saber qué hacer y esperar que Ino no volviera a hacer eso porque sería bastante difícil esconder cadáveres que no se quedaban quietos.

—Sabes que tenemos que averiguar cómo es que lo haces, ¿verdad?

—¿Sabes si hay que darles de comer cerebros o algo así?

El muchacho miró sobre su hombro a los cinco tambaleantes cuerpos que les seguían. Quería reírse y decirle a Ino que estaba loca, que eso solo pasaba en las películas, pero, en primer lugar, que un cadáver se moviera por ahí sucedía solo en el cine de terror o ciencia ficción.

Le pasó el brazo por los hombros, esperaba que el abrazo la calmara, solía funcionar antes, pero "antes" parecía otra vida por completo, en un tiempo distante y lejano. Ni él ni ella eran las mismas personas desde hacía unos días, ni siquiera le quedaba claro si él podía seguir llamándose persona.

—Si esta noche deciden no quedarse muertos otra vez, tendremos que… estudiarlos —dijo Shikamaru tras pensarlo un rato.

—¿Estudiarlos?

—Sí. Saber qué pueden hacer, qué necesitan y qué tan peligrosos pueden llegar a ser.

—¿Para qué?

—No podemos dejarlos que anden por ahí, y si por alguna razón alguno se llegara a escapar, tenemos que saber cómo controlarlo o se desatará un caos.

Ino frunció el ceño. Empezaba a imaginar el apocalipsis zombi, pero no creía que fuera el caso porque los cadáveres que venían siguiéndoles no parecían ser de ese tipo. Eran silenciosos, ligeramente torpes e inmutables.

—Realmente no quisiera tener nada que ver con ellos.

—Estamos en el mismo barco, y no puedes decirme que se trata de una simple coincidencia, eres tú la responsable de esto.

—¡A mi no me eches la culpa!

—No levantes tanto la voz, vas a despertar a alguien. Si no es por tu culpa, ¿entonces cómo es que vuelven a ti?

Ino hizo un mohín girándose para no verle, pero incapaz de apartarse de su lado. Pese a que él tampoco debería de estar ahí, estaba totalmente segura de que era Shikamaru, sin importar las condiciones de su cuerpo. Pero de ellos, no solo eran desconocidos, eran cuerpos huecos que difícilmente podía aceptar como algo existente.

Enseguida se sintió avergonzada de su pensamiento.

Eran familia de alguien, amigos de alguien, que seguramente ya estarían vueltos locos por buscarlos, saber qué había pasado y por qué no podrían tener dignas ceremonias fúnebres.

Recordó entonces a la madre de Shikamaru y no pudo evitar girar el rostro para recargarse en el hombro de él, sacando una mano de la bolsa de la sudadera para rodearlo por la cintura, como solían ir antes de que él empezara a salir con Temari, cosa que ella sugirió porque no quería que la rubia de Suna la viera como algo que debía desaparecer de la vida de Shikamaru lo antes posible.

Y ella misma no tenía ganas de convertirse en una "amiguita". Así que, aunque le doliera el corazón, prefería ser su mejor amiga que eso.

¿Y qué pasaría con Temari?

¿Shikamaru habría pensado en ir a verla?

No le había preguntado al respecto de si quería ver a alguien, o dar un mensaje, o esas cosas clásicas de los muertos que no pueden descansar en paz, si bien lo que tenía al lado era un cadáver, no un fantasma que podría "seguir la luz" una vez resuelto su asunto pendiente.

Llegaron a la arbolada final del parque, desde donde los árboles dejaban de estar bien alineados para crecer salvajemente con arbustos y matorrales. Siguieron el sendero que se había formado por el paso continuo de las personas que entraban para correr o pasear en la bicicleta. Pero en algún punto se alejaron de él, internándose como podían y dándose cuenta que ni las piedras ni las ramas que se clavaban en los pies y piernas de los cinco cadáveres detenían su paso, confirmando que no tenían ningún tipo de vínculo con el mundo exterior, más allá del que los hacía obedecer, cualesquiera que fuera, porque no creía que fuera por oír o ver.

Llegaron hasta una ladera rocosa en la que algunos niños jugaban a montar el castillo y defenderlo. Cuando eran más chicos, ellos también lo hicieron, seguramente dentro de la minúscula cueva aún estaban sus nombres, tallados en la piedra con ayuda de una roca.

No iban a quedarse ahí indefinidamente, pero era un hecho que no había paseantes que los pudieran molestar hasta que se acercara la hora habitual de los corredores matutinos.

—Diles algo —susurró Shikamaru.

—¿Algo como qué?

—No sé, ordénales algo, hasta el momento solo yo les he dicho que hacer y obedecen, deberían obedecerte a ti.

—¿Por qué?

—Por la misma extraña razón que yo lo hago.

Ino miró los cuerpos frente a ella con los labios tensos y las cejas entornadas.

—Salten —ordenó con un hilo de voz.

Y los cinco flexionaron las piernas dando saltos dispares, siendo los dos hombres mayores quienes apenas se movieron mientras que la chica y los muchachos llegaron más alto.

—Al parecer se mantienen en sus posibilidades.

—¿Qué pensabas? ¿Que iban a tener superfuerza?

—Ino, cargué a tu mamá desde su cuarto hasta la sala de estar, yo jamás habría podido hacer eso, ni siquiera pude contigo, Chōji me tuvo que ayudar, y pesas la mitad.

—¡Vuélvanse a morir! —exclamó Ino de pronto, pero los cuerpos seguían dando saltos en su sitio —¡Dejen de saltar!

Y así lo hicieron.

—¡Quédense muertos!

No hubo reacción alguna.

—¡Mueran!

Nada.

—¡No deben estar aquí!

Shikamaru puso la mano en su hombro presionándolo suavemente.

—No está funcionando.

—Dime algo que no sea obvio, inténtalo tú.

—Les ordeno que… dejen de ser cadáveres reanimados.

Shikamaru no esperaba que funcionara, y no lo hizo por supuesto, así que se dedicó a pensar algo que pudieran hacer para esconder a los cinco zombis de los que ahora eran responsables.

—¿Crees que obedezcan a un extraño? —preguntó Ino de pronto.

—Por supuesto que no —respondió.

—¿Por qué estás tan seguro?

Se quedó callado. La respuesta había salido natural y confiada como si le hubiera preguntado por el resultado que le daba el ejercicio de física antes de entrar a clase.

—No vamos a traer a un extraño para que les diga que se sienten, rueden, y les de la mano.

—Tú dijiste que teníamos que estudiarlos. Si cualquiera les puede dar una orden y las obedecen, va a ser problemático… oh, diablos, ya sueno como tú.

Shikamaru sonrió.

—Hay que volver a tu casa, seguro se pueden quedarse en el invernadero de atrás, el pequeño.

—¿Vamos a meterlos en una gran caja de cristal?

—Vámonos antes de que lleguen los corredores.

Volvieron por donde llegaron e Ino abrió la puerta del invernadero pequeño que estaba adosado a la casa. Su madre lo usaba para las plantas con las que cocinaba, hierbas principalmente, aunque también habían sembrado fresas, espinacas y tomates, porque se quejaba de que en Konoha no había buenos tomates para preparar la salsa de la pasta.

Le daba dolor meterlos ahí, en algo personal y amado para su madre, pero era más seguro por si alguien los visitaba. Además, no los quería en la sala, no los quería cerca.

Shikamaru y ella entraron en la casa cuando acabaron de pegar hojas de periódicos pasados en los cristales, y eso fue cuando estaba despuntando el alba.

—Creo que no voy a ir a la escuela —dijo Ino sentándose en el desayunador, mirando el muro que separaba la cocina del invernadero.

—¿Realmente pensabas ir?

Movió la cabeza distraídamente.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó afligida. Dejarlos encerrados era una solución temporal que duraría mientras su madre regresaba del hospital, y aún estaba eso, tenía que ir allá para saber qué era lo que tenía.

—Préstame tu laptop—dijo Shikamaru de pronto.

—¿Vas a buscarlo en Google?

—Sí. Es tonto creer que somos los únicos en esta situación, nadie es tan especial. Solo hay que saber qué buscar.

Ino fue por lo que le había pedido. Al principio no estaba segura de en dónde la había dejado porque hacía mucho que no la usaba, pero cuando la encontró, se sentó a su lado para revisar con él.

—¿Qué ponemos?

Shikamaru la miró, él había dicho que había que saber cómo buscar, pero no tenía idea de cómo hacer tal cosa para el caso que los ocupaba.

—¿Qué hacer cuando tienes un zombi en casa? Quizás haya un manual para reanimadores novatos.

Ino curvó los labios por la ocurrencia. Eso era lo más cercano que había tenido a una sonrisa en mucho tiempo.


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