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VI
La muerte invita
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La muerte suele provocar las más variadas reacciones en los vivos.
La percepción del fin de la vida, siempre está relacionada con el contexto cultural, la sociedad, las creencias religiosas, incluso aspectos más íntimos como las pérdidas a temprana edad, un familiar, una mascota, una persona cualquiera, provocan distintos procesos mentales y emocionales.
No obstante, como una generalidad, cuando la muerte ronda demasiado a menudo un mismo sitio, provoca un ambiente enrarecido, difícil de explicar, aunque se trate de desconocidos.
Asuma Sarutobi dejó escapar un suspiro al darse cuenta de que el silencio abismal que se había formado en la clase, no se debía en absoluto a que tuviera su atención en el tema que tocaba abordar para la materia, sino por el hecho de que el rumor de la desaparición del cadáver de Shikamaru Nara, se había vuelto una realidad al incluírsele en la lista de búsqueda de la policía, que hacían un llamado a cooperar en la detención de lo que habían llamado, "un degenerado", que había sustraído cadáveres de un crematorio, un hospital y una sala de embalsamamiento que daba servicio a las embajadas que repatriaban cuerpos de turistas o residentes extranjeros que, por diferentes motivos, especialmente religiosos, no era cremados como se acostumbraba en el País del Fuego.
Miró el reloj de su muñeca, faltaban diez minutos para que la clase terminara, peros si los dejaba salir, seguramente el prefecto los iba a devolver.
Los miró uno a uno. Con cierta palidez, con la sensación de no entender siquiera lo que estaba sucediendo, o simplemente incómodos por el ánimo en general, pensó que todos ellos estaban hechos para la vida bajo la luz del sol, en la sociedad que apenas veía turbada su tranquilidad por eventos de menor impacto, pese a lo horrorosos que podían ser ciertos criminales.
Pronto se percató de que uno de los muchachos temblaba.
Volvió a mirar su reloj.
—Salgan a tomar aire —les dijo.
Como autómatas, con el ruido de las sillas acallando cualquier murmullo, la clase empezó a salir.
Asuma se adelantó para alcanzar a un muchacho.
—Chōji Akimichi—le llamó, poniéndole una mano en el hombro —. Quédate un momento, por favor.
El chico desvió la mirada.
—Perdone, pero es que tengo que atender un asunto.
—Entiendo. Solo quiero que sepas que no se trata solo de una actividad propagandística del director. De verdad queremos ayudarlos a pasar por esta etapa.
—¿Etapa? —preguntó el chico, animándose a mirarlo.
Algo en los pequeños ojos de Chōji, provocó que a Asuma se le erizaran los vellos del antebrazo. No podía equivocarse, ese muchacho era diferente al resto. Cuidando de no ser brusco, le hizo volver a sentarse en la silla, mientras que él apenas se recargaba en la mesa del sitio contiguo.
—Todos pasamos por la etapa de duelo. A veces parecen ser casos demasiado únicos, pero… son duelos.
—Asuma-sensei —dijo quedamente —. La muerte de Shikamaru es dolorosa. Pero puedo aceptar eso ¿sabe? Él estaba muy enfermo. Supongo que siempre supimos que eso iba a pasar.
Asuma se inclinó levemente. No estaba al tanto de algún tipo de enfermedad, aunque tampoco era como si hubiese ahondado en el expediente.
—Es su desaparición lo que me molesta, que quien sea que se lo haya llevado, lo trate como una cosa. Es grotesco.
El hombre volvió a extender su mano, sintiendo la misma sensación electrizante.
—Lo sé. Y lo siento.
—Asuma-sensei, lo siento, tengo que irme.
El hombre inclinó la cabeza viéndole salir.
Pensó en lo desconsiderado que era quejarse de su reciente empleo, por lo que se sintió menos disgustado por las órdenes que le habían dado respecto a quedarse en donde estaba hasta esclarecer los nuevos incidentes que se estaban desarrollando en la ciudad.
Volvió al escritorio para revisar algunas cosas pendientes. Sería cuestión de minutos antes de que el gran reloj anunciara el fin del día, debiendo empezar con la inspección para evitar rezagados.
El tiempo transcurrió sin darse cuenta. Ya era bastante tarde en realidad.
Dejó escapar un suspiro mientras miraba por la ventana. Entonces aguzó la vista al vislumbrar un sombrero peculiar, por lo que decidió correr a su encuentro antes de que fuera interceptado por algún otro maestro, o peor aún, el director.
—¡Chiriku! —exclamó llamándolo.
El monje levantó el rostro con cierta incertidumbre en su expresión al mirarlo.
—¿Asuma-san? —preguntó.
Asuma le dio alcance haciéndole una indicación para que lo siguiera, aunque el monje continuaba mirándolo como si estuviera tratando de convencerse de que lo conocía.
Con el pelo corto, una barba bien cuidada, camisa blanca y pantalón de vestir, no se parecía de nada al tipo desgarbado de sus recuerdos de hacía tan solo un par de meses, que fue la última vez que lo vio.
Ni siquiera tenía el olor a cigarrillo que lo caracterizaba.
—Deberías dedicarte a la docencia a tiempo completo —le dijo, una vez que estuvo seguro de que sí se trataba de Asuma Sarutobi —. O al menos bañarte más seguido, sí que cambias.
Asuma chasqueó la lengua.
—No tienes idea, es un infierno.
—Sí, me imagino que sí —respondió el otro riéndose —. Dime, ¿en qué puede un humilde monje ayudar a un respetable profesor de…?
—Literatura.
Chiriku estalló en carcajadas.
—¡El gran Asuma Sarutobi es maestro de literatura!
—No hagas escándalo, si nos descubren me van a regañar.
—Está bien. Dime, ¿por qué me llamaste?
Asuma se detuvo frente al antiguo edificio abandonado.
—Unos chicos hicieron una exitosa sesión espiritista, y lo que menos necesito es una cosa así rondando mi área de trabajo.
—Oh, ya veo. Es raro que funcionen. Seguramente uno de ellos tiene una afinidad natural. Basta un poco para que con el ritual los mundos converjan.
—Sí, bueno… hay otra cosa. Les pregunté sobre lo que querían averiguar. Le hicieron preguntas sobre dos muchachos. El espíritu les dijo que Sakura Haruno no está muerta, lo que no me sorprende. Pero me preocupó lo que les dijo sobre el estudiante al que le dispararon.
El monje lo miró con gesto inquisidor.
—¿Sakura Haruno no es la niña que Jiraiya-sama incluyó en su equipo?
—Sí, esa misma.
—¿Qué les dijo sobre el otro muchacho?
—No sé si esas fueron las palabras correctas, o solo me dijeron lo que entendieron, pero con lo que sucedió recientemente…
—Ándate sin rodeos, nos conocemos de hace mucho, ¿cuál es el problema con el chico?
—Dijeron que "no estaba en el inframundo", pero con Sakura dijeron textualmente que "no estaba muerta" ¿me explico? Además, hace unas noches, el cuerpo del estudiante desapareció. Puede que solo sean ideas mías, no es el único cadáver perdido en estos días, aunque eso de por sí ya es llamativo.
—Entiendo —respondió Chiriku —. Hablaré con el espíritu antes de expulsarlo.
—¿Necesitas apoyo?
—¿Qué vas a hacer? ¿Balearlo? Espera aquí.
Recogiendo su atuendo lo mejor que podía para pasar por la pequeña apertura de la puerta clausurada, el monje desapareció de su vista. Asuma solo se cruzó de brazos mirando hacia lo alto del edificio, donde recordaba haber visto la sombra la última vez.
Daría lo que fuera por un cigarrillo. Sentía que empezaba a imaginarse el olor, era como mentolado, no le gustaban esos realmente, pero estaba completamente dispuesto a aceptarlo para no tener que esperar hasta estar lejos de la escuela para fumar.
Frunció el ceño levemente. No eran imaginaciones suyas, realmente olía a cigarro.
Descruzó los brazos tratando de ubicar la procedencia, pero para cuando se giró, Kurenai Yūhi profirió un chillido bajo mientras soltaba el cigarro.
—¡Sarutobi-sensei! —exclamó.
Por primera vez, desde que Asuma trabajaba en la escuela, vio en la mujer un rubor apoderándose de su rostro, y un dejo de vergüenza que no hizo otra cosa más que acentuar esa sensación rara en el estómago que le provocaba simplemente verla por el pasillo.
—Yūhi-sensei —respondió, inclinándose para recoger el cigarrillo que tenía el pintalabios en el extremo del filtro.
—Cielo santo, se supone que ya no quedaba nadie, asumimos que se había marchado temprano cuando no volvió a la sala de maestros y…
—No importa —respondió —, no es que le vaya a decir a alguien.
Kurenai Yūhi se inclinó levemente.
—Estoy verdaderamente avergonzada.
—No tiene por qué, es decir, no la vi dándoselo a un estudiante o algo.
La mujer le miró un instante, decidiendo qué era mejor hacer en ese momento, si quitarle el cigarrillo que aún tenía en la mano, solo disculparse y marcharse, o hacer un poco más de conversación…
—De fortuna solo fue un Kokkuri-san —dijo Chiriku desde el interior, casi gritando para que le pudiera escuchar —, no habría lastimado a nadie a propósito, pero suelen ser descuidados y olvidan lo frágiles que somos los humanos.
Asuma sintió cómo un sudor frío recorría su espalda mientras que la maestra se inclinaba hacia el hueco de la puerta para ver de quién se trataba.
—Pero Shikamaru Nara no está en el inframundo, de hecho, nunca entró, pero sí está muerto. Debe de haberse quedado atrapado, suele pasarle a los que mueren con violencia, iré al sitio donde lo mataron y veré si puedo…
El monje se quedó callado al incorporarse y ver a la mujer de pie junto a Asuma, que parecía haber palidecido a un punto imposible para su tono de piel natural.
—Buenas tardes —fue lo único que se le ocurrió decir al monje para romper la tensión.
Kurenai giró la vista hacia Asuma.
—¿Está promoviendo este tipo de cosas entre los estudiantes?
—¿Usted vende cigarrillos por unidad?
Los labios rojos de la maestra se fruncieron al igual que sus perfectas cejas. Asuma hubiera esperado que cuando menos lo abofeteara por su comentario que simplemente salió antes de siquiera pensarlo, sin embargo, ella solo solo resopló, y sin dirigirle palabra, siguió su camino hacia el estacionamiento.
Asuma dejó caer los hombros con desanimo. Miró el cigarrillo que aún tenía en la mano, con el pintalabios marcado.
—No te atrevas, sería muy enfermizo de tu parte —dijo el monje adivinando que tenía ganas de darle una calada, aunque no estaba seguro si por su adicción al tabaco o por lo que claramente era una atracción hacia una mujer con la que no tenía oportunidad.
El maestro volvió a suspirar.
—¿Preguntaste por los cadáveres perdidos?
—No tiene idea. O no me quiso decir.
—¿Debería preocuparme?
—La última vez que alguien anduvo robando cadáveres la cosa se puso bastante fea.
—Veré si encuentro algo de información que reportar.
Chiriku palmeó el hombro de Asuma.
—¿De verdad no has considerado retirarte y dedicarte a algo como esto?
Asuma chasqueó la lengua.
—De verdad no sabes el infierno que es aquí.
—Entonces me voy.
—Yo debo ir por mis cosas.
Poniéndose el sombrero, y sacudiéndose la ropa, el monje caminó en la dirección opuesta. Por su parte, Asuma volvió al edificio nuevo, tirando la colilla del cigarrillo ya consumido en uno de los contenedores de basura. Justo pasaba frente a uno de los salones de cómputo cuando la luz de una pantalla llamó su atención.
—Estos muchachos —dijo, entrando para apagarla.
Sin embargo, notó algo extraño. Una sensación de que no era normal, o un descuido del último en salir de clases. Siguiendo sus instintos, abrió el navegador de Internet y revisó el historial.
Solo había búsqueda de noticias sobre los cadáveres desaparecidos.
Debería ser normal.
También habían visitado el sitio de una compañía de servicios funerarios; el nombre le sonó de algo.
—Shikamaru —susurró. Miró el espacio alrededor de esa computadora llamando poderosamente su atención unas migas de papas fritas.
Las recogió con los dedos, olisqueándolas. Tenían un olor muy peculiar de una marca poco popular por la intensidad de sus sabores.
—Chōji.
Sin estar totalmente seguro del motivo por el que sintió la poderosa necesidad de ir a buscar al muchacho, apagó la computadora y se olvidó de recoger sus cosas en la sala de maestros. Simplemente fue hacia su auto. Tenía que llegar primero que Chōji.
¿Qué planeaba hacer? ¿Buscar el cadáver por sus medios?
Si las cosas eran iguales al otoño del 89, estaba en peligro inminente.
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