Impaciente observó su teléfono. No había ningún mensaje o llamada pérdida.

Rascó su nuca sintiéndose incómodo.

A su alrededor las personas comían o conversaban animados. El mesero le llevó el vaso con agua que había solicitado y lo bebió tratando de tranquilizarse.

- ¿Necesita algo más señor?

- Por el momento no, espero a alguien.

El mesero hizo un asentimiento para luego alejarse de la mesa.

Habían acordado encontrarse en ese restaurante por mensaje de texto y la ansiedad iba a matarlo.

Desde que Rose le indicó que ella había ido hasta Los Angeles a buscarlo no paró de pensar y pensar que la había llevado a dar ese paso tantos meses después. La última vez que hablaron ella lo dejó, necesitaban sanar, continuar con sus vidas después del daño que ambos se hicieron. Los meses transcurridos habían sido largos pero aún así no creía que tanto se hubiera curado en tan poco tiempo. Pero Bella ya antes lo había buscado, en realidad más de una vez si se consideraba que fue a la universidad que él soñaba con la esperanza de encontrarlo. Su mente le decía que tal vez ella de nuevo lo quería en su vida, tal vez ella quería saber si después de esos meses él había sanado o quería sanar con ella. Miles de ideas similares pasaban por su mente.

Respiró hondo.

¿Qué le diría? Si ella le decía que lo extrañaba y que quería otra oportunidad, una real y sin ningún trato en medio.

Los últimos meses pasaron por su cabeza.

Él estaba bien. Ya no tenía esos pensamientos oscuros sobre su vida, claro que no consideraba su vida un ejemplo ni estaba orgulloso de ella, al menos ya no se sentía avergonzado. Tenía un trabajo que le permitiría pagar la cuenta cuando ella llegara y aunque no tenía un departamento propio y vivía en el sofá de su amigo si podría, en unos meses, alquilar un pequeño lugar en alguna parte de la ciudad, claro si no empezaba a estudiar. Aún no lo había decidido pero si era una posibilidad.

Fue entonces cuando decidió que quizás si podía con la idea, tal vez era muy pronto para intentarlo pero daría lo mejor de él. Nada de reproches ni discusiones. Empezarían de cero. Pequeñas salidas para ver si podían funcionar, como dos personas normales que se atraían. Porque ella seguía atrayéndolo, no se mentiría diciendo que no, ella era y es la mujer más hermosa que vio en su vida. Y no negaría que le gustaba la idea de volver a saber que era suya, de hecho anhelaba la sensación que tenía en Forks; sentirla todos los días al despertar y al anochecer sabiendo que estaban juntos ante los ojos de todos.

Si. Le diría que si. Con esa decisión tomada, un peso en su pecho se deshizo. Cedería. Podría de su parte en esta nueva oportunidad que ella quería.

Pasó media hora y ella seguía sin aparecer. Nervioso pidió un café. Ella había ido a Los Angeles a buscarlo, él podía esperar un par de horas.

Volvió a revisar su teléfono pero no habían llamadas ni mensajes. ¿Y si le había sucedido algo en el camino? Se enderezó sintiéndose enfermo con la idea. Empezó a llamarla de inmediato. El teléfono sonó y sonó pero no contestó. Nervioso escribió un mensaje preguntándole como se encontraba y si iría a verlo como habían acordado. Sin embargo, el teléfono prácticamente se le cayó de las manos cuando levantaron la silla junto a él y lo saludaron.

- Edward. Es un gusto volver a verte. - saludó Renne Swan con ese exquisito acento francés que aún tenía.

- Señora Swan, no la esperaba.

- Lo sé. - sonrió cínicamente. - Y antes que preguntes; no, Isabella no vendrá. De hecho no sabe que ambos estamos hablando ahora.

- ¿Qué sucede? - preguntó nervioso. - ¿Dónde esta ella?

La mujer quito la sonrisa y espero a que el mesero se acercara para hacer su pedido.

Cada segundo Edward se sentía más aprensivo. ¿Qué demonios quería Renne Swan de él?

Cuando el muchacho se retiró Renne buscó su bolso.

- He traido algo para ti. - susurró sacando un sobre pequeño y discreto. - Es en agradecimiento. No sabes lo bueno que fue para todos nosotros que al fin te alejarás de Isabella. Mis hijos necesitaban enfocarse en la empresa y claramente ninguno de los dos lo hacían en ese momento. Jasper estaba muy preocupado por su hermana y ella estaba jugando a la casita contigo. - rió amargamente. - Bueno ahora quiero asegurarme de que todo siga igual de bien. Es por eso que estoy aquí.

Edward no tomó el sobre. Incómodo y serio siguió escuchándola.

- No puedes entrar en contacto con Isabella o Jasper ni siquiera María. Nadie. Quiero que sigas manteniéndote alejado como has hecho hasta ahora. Es por eso que tendrás más cheques como ese todos los meses y podrás vivir cómodamente, con la condición que te mantengas alejado. Tendrás a personas siguiendo tus pasos. Siempre. Esto parará cuando vea que mi hija dejó su obsesión por ti. Pero si se te ocurre volver a buscarla, no sólo no recibirás un cheque mensual sino que el contrato con ese bar de pacotilla se irá a la basura, tu amiga Rosalie ya esta enterada y estuvo dispuesta a colaborar conmigo cuando le pedí tu número.

Sorprendido no supo que decir. Estaba siendo abiertamente amenazado.

- No puedo creer que después de tantos años sigas teniendo la misma expresión inocente. - se burló. - No finjas Masen, ya estoy harta del daño que ha significado tu existencia para mi familia. Te quiero lejos.

- Yo no quiero su dinero. - gruñó indignado. - No necesito nada que venga de ustedes.

- ¿Así? ¿Entonces por qué Isabella sigue pagando cuentas del hospital donde atienden a ese muchacho que tú dañaste?

Avergonzado alejó la mirada. Su orgullo estaba siendo ridiculizado.

- Ese cheque mensual servirá para pagar esa cuenta además de darte una vida cómoda. No finjas dignidad, tú no la tienes.

No contestó porque por más rabia que sintiera era cierto. No tenía dignidad. Él seguía dependiendo de Isabella a pesar de ya no estar juntos. Quiso maldecirse por lo estupido que era.

El mesero apareció con un martini para la mujer.

- Sigue tu vida. Has estado divirtiéndote mucho últimamente, no cambies eso. Sólo recuerda que es la única vida que se te es permitida, nunca tendrás una junto a mi hija.

Bebió su trago mirándolo con una sonrisa para luego levantarse con elegancia.

- Adiós Edward. Espero que esta sea la última vez que te veo en mi vida.

Devastado observó su café hasta que este se enfrió y tuvo la fortaleza suficiente para levantar el rostro. Había sido pisoteado y denigrado. Necesitaba salir de ese lugar pero antes tomo el sobre para destrozarlo en miles de pedazos que quedaron como evidencia sobre la mesa.

Caminó las solitarias calles mojandose un poco bajo la lluvia. Por alguna razón no se sentía incómodo al saber que lo perseguían, aún.

La tristeza lo estaba alcanzando a pasos agigantados, tenía el corazón pesado, las palabras de esa mujer lo habían golpeado. Sus inseguridades habían aflorado y le habían recordado la vida de mierda que tenía. Vendía autos mientras sus amigos tenían trabajos estables y bien remunerados. Dormía en el sofá de su amigo. No tenía más ropa que la maleta que guardaba en el armario de James. Y no le alcanzaba el dinero ni para beber tanto como quisiera.

Por otro lado debía admitir que la decepción era el sentimiento más presente. Bella no lo había buscado. Posiblemente ya había encaminado su vida, como su madre decia, y él no era requerido para arruinarla de nuevo. Recordó las veces que ella lloró abiertamente frente a él, las veces que cedió a sus deseos y las veces que le dijo que lo amaba. Quizás en realidad todo era parte de su obsesión por tenerlo. Tal vez no fue real. ¿Sino por qué no lo buscaría? ¿Ya lo había hecho antes, no? ¿O tal vez después de cómo la trató ya no quería tenerlo junto a ella? No la culpaba.

- ¿Gran tormenta, no? - un hombre junto a él mencionó mientras esperaban el autobús. - Dicen que será la peor que hemos tenido en años.

Edward no supo que contestarle. La lluvia y los relámpagos le daban igual. En Forks el clima era aún peor.

Subieron al autobús cuando este apareció. Las calles estaban mojadas por lo que el conductor manejaba muy despacio, eso empezó a exasperar al hombre que había estado hablándole en el paradero.

- ¿No puede apurarse? Muchos tenemos cosas que hacer. - criticó y luego le dió una mirada a Edward buscando su aprobación pero este alejó la mirada del patán.

- Estoy respetando la velocidad permitida. - le contestó con voz monótona.

- ¡Pero las calles están vacías! - reclamó indignado.

El conductor respiró hondo ignorándolo.

- Este hombre es un idiota. - le aseguró a Edward que seguía evadiéndolo.

- ¡Más rápido que ya cambiará el semáforo! - lo apuro de pronto alterando al hombre que aceleró por reflejo y terminó chocando contra un camión que venía también hacía esa intercepción.

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Pequeño y nocivo; como una botella de veneno.

Díganme que piensan. Comentarios y sugerencias.

Nos leemos pronto.