Chikin Ramen
De cómo surgió el ramen instantáneo
El sol ya se ocultaba por el horizonte y las lámparas de la calle se encendían como cada noche. La señora de la tienda de amuletos cerraba su cancel despidiéndose de él apenas asomando la cabeza por debajo de las cortinas de papel, exactamente igual a como lo hacía cada día. En el mismo orden de cada cena se habían sentado los chicos del departamento de fondos y préstamos pidiendo exactamente lo mismo de siempre, más que comiendo, tragándoselo para regresar a sus oficinas y seguir con el inagotable papeleo de contabilidad de la aldea.
Pero era extraño… nadie más visitó el local después de ellos ese día y eso que no era muy tarde.
Extraño que cada noche que limpiaba la cocina y guardaba lo que no se había ocupado las cantidades de vegetales eran cada vez más...
Extraño que como le sobraba harina había prolongado la visita al molino de cada semana a cada dos...
Extraño que había días en que solo dos platos eran servidos en toda la jornada y los chicos del departamento de fondos y préstamos solo se habían aparecido una vez desde hacía ya algunas semanas…
No había duda, eran días extraños.
Salió del local bajando la cortina metálica, colocó los candados y tomó el camino a su casa, seguramente Ayame le parlotearía todo lo que hizo en la academia ninja. Su hija estaba fascinada y no parecía perder el entusiasmo aunque a veces llegara apenas despierta por el cansancio. Su mujer, siempre sonriente, le informaría de todo lo que los vecinos habían hecho y dejado de hacer; su pequeño pasatiempo, además de lo fascinante que era su jefa en el trabajo; la señora Yamanaka, o la gran dama, como ella la llamaba con cariño.
Odiaba tener que mentirle a su familia sobre cómo le iba en el trabajo. No le gustaba preocuparlas con el cuento de las bajas ventas, las rentas del local que se estaban acumulando, el lote de verduras que debió regalar antes de que se pasaran o la angustia que sentía ante lo que podía ser una inminente quiebra. La palabra en si le daba escalofríos.
Una mañana, a ya varias semanas desde el último día con ventas decentes, salió de la casa antes del horario acostumbrado, se despidió de su hija que aún estaba en ropa de dormir, de su esposa que terminaba de poner algo de brillo en sus delgados labios y salió a grandes zancadas del departamento. Una vez afuera se colocó una capa de viaje que había sacado a escondidas y corrió a toda prisa dejando atrás su adormilado barrio civil.
Algunas horas después, ya sin la capa, pero con el bulto en manos, nervioso cruzaba la calle donde se ubicaba su restaurante. Sus vecinos comerciantes arqueaban las cejas, algunos incluso salieron del interior de sus negocios para cerciorarse de que habían visto bien, pues nunca, desde que se había establecido, aquél hombre había llegado cuando menos un minuto después de las siete de la mañana.
Llegó hasta su puesto, abrió la cortina hasta la mitad y se metió… cerrando por dentro.
Apresurado se encaminó hasta la cocina dejando con cierto cuidado su capa sobre la mesa. Buscó entre las alacenas una tetera, la llenó de agua y luego la colocó sobre un quemador de la estufa, encendió la llama dejándose caer sobre una silla soltando un suspiro, solo debía esperar.
Una gota de sudor resbalaba por su cien, tenía la mandíbula tensa a tal punto que los molares le dolían, pero era incapaz de relajarse, mantenía los brazos cruzados con los puños firmemente apretados, el corazón le estaba bombeando sangre a velocidades sofocantes y mareantes.
Soltó un bufido de molestia en un inútil acto por hacer saber su total estado de irritabilidad para con el causante de las bajas ventas a lo largo de ya casi un mes en el negocio. Inútil en parte porque como siempre estaba de buen humor ese acto era poco creíble, pero la mayor razón era porque el objeto de su desprecio era un botecito de doce centímetros y medio que estaba tranquilamente puesto sobre la mesa con sus brillantes colores queriendo sobresalir como lo más importante de la cocina.
El silbido de la tetera lo sacó de sus pensamientos que maldecían la cosa aquella y lo obligó a ponerse de pie para apagar la llama que había logrado poner a punto de ebullición el agua destinada a "revivir" a su enemigo jurado.
Pasta muerta, especias muertas, salsas muertas… era comida muerta que de algún modo desde "el más allá" había puesto de cabeza su mundo.
Abrió el bote con cuidado hasta donde señalaba la marca. En el interior encontró dos sobrecitos, los sacó y leyó: "Salsa de soja" ¿En polvo? ¿Cómo la habían hecho polvo? "Berenjenas de Punjab" decía en el otro ¿En dónde demonios quedaba Punjab?...
Tal como decían las instrucciones vació los dos sobre la pasta seca aunque él hubiera preferido poner el sazonador en el agua para hacer algún tipo de caldo, pero instrucciones eran instrucciones. Vertió el agua, cubrió de nuevo y esperó lo que le parecieron los tres minutos más desesperantes de su vida.
Cuando finalmente se cumplió el tiempo, tomó sus palillos y retiró por completo la tapa del humeante villano de su historia. No olía mal, percibió el pollo, el puerro, la soya y lo que supondrían ser las dichosas berenjenas de Punjab. Tomó una porción de los fideos y se animó a probarlos… estaban algo pasados de sal, pero no tan malos después de todo. La sopa no estaba amarga, la consistencia de los fideos que era firme sin llegar a lo rígido, podía sentirse perfectamente la combinación de sabores que no chocaban entre sí…
.
Pasó poco más de una semana desde aquél día. Llegaba al negocio, barría, acomodaba las mesas, limpiaba los vidrios y sin preparar mas nada se sentaba en la silla de la cocina, si alguien venía ya usaría los fideos que tenía de reserva y había un par de verduras en la nueva bodega.
Un ruidito en la barra a su espalda captó su atención, se giró para recibir a quien fuera su comensal. Minato estaba serio, y en cierta forma le miraba de manera acusadora mientras jugueteaba con un vaso de ramen instantáneo aún cerrado.
— ¿No irás a dejar que esto te hunda o sí?
El rubio dejó el bote rojo sobre la barra.
Hubo un momento de silencio bastante incómodo, pero el dueño del local terminó por decir lo que ya había estado meditando desde hacía un tiempo:
—Es más fácil de preparar, se puede llevar incluso a las misiones porque dura mucho tiempo y ni hablar de que es más barato.
—Yo no comería eso, acabo de volver de la aldea en donde las hacen y sin temor a equivocarme, te digo que son altos en carbohidratos, bajos en fibras, en vitaminas y en minerales. Por la deshidratación perdieron todo lo que podría hacerlo valioso como comida. Los shinobi cuando estamos fuera de la aldea no comemos bien pero tampoco es para eso.
Otro silencio, los ojos azules del ninja eran bastante intimidantes cuando se lo proponían, pero después de un rato el shinobi terminó por darse la vuelta quedar de espaldas al hombre que a decir verdad, estaba irreconocible al igual que el negocio que aún con el rojo intenso lucía tan… apagado.
—Pensé que podías dar más… pero veo que te era todo más fácil cuando no había competencia— le dijo casi en un susurro con un toque de tristeza dejando el botecito frente al hombre que no supo ni que decir, para luego hacer rápido unos sellos y desaparecer en un nube de humo.
Solo de nuevo en el local supuestamente tenía puesta toda su fe. Levantó la vista hacia su compañero inanimado cortesía de Minato. Suspiró, él no comería eso, pero más de media aldea sí lo hacía. Se sentó de nuevo y pasó sus manos sobre sus rodillas frotándolas para darles un poco de calor, nunca había estado tan inactivo y se entumía poco a poco.
Pensé que podías dar más...
Valla muchacho. El día en que llegó a la aldea no tenían más que un par de departamentos pequeños que el Hokage les había prestado temporalmente mientras se regularizaban económicamente. Sus compañeros pudieron colocarse rápidamente, pero él tenía el inconveniente de no tener mayor gracia que cocinar, pero no conocía la gastronomía de la aldea, ni del país ya que el suyo estaba bastante lejos. Los restaurantes del sitio no querían arriesgarse a contratarlo.
Recurrió entonces al método más común del sitio de donde venía, el carrito con la improvisada cocineta. Pero entonces el problema siguió siendo el mismo, nadie en Konoha usaba la harina para algo que no fuera pan y si bien se acercaban con curiosidad a ver la forma en que estiraba los fideos, no se animaban a probar el resultado final.
Minato tuvo el primer bol de Shio Ramen que vendió.
Y de ahí, como el gran rayo amarillo de Konoha comía de su menú, la fortuna decidió acercarse y con ella, los clientes. Intervención divina la de ese ninja, eso debió ser.
Pensé que podías dar más...
Hacía ya tres años que decidió armar el proyecto para un negocio fijo con el que pudiera establecerse mejor y ampliar el menú. La misión de innovar el mercado culinario de la aldea era su mayor ambición. Determinó qué tipo de platillos ofrecería y a qué segmento de la población se iba a dirigir, así que se ubicó no tan al centro, cerca de la academia para acaparar a los chicos que salían de clases. Financiarían la empresa entre él con el carrito y su esposa que recién entraba a trabajar en la floristería Yamanaka y podría decirse que estaba tan emocionada como él de tener un "ingrediente" de su cultura original en la aldea. Por supuesto la campaña publicitaria con la que Minato involuntariamente había ayudado al ser figura conocida y preferir su comida ayudó bastante. En otras palabras, había establecido claramente los elementos más importantes de un plan de negocios.
La oportunidad era buena, un bol de ramen dejaba satisfecho a un civil, un ninja comía más, pero el precio era relativamente bajo comparado con otros sitios y por eso la gente empezó a preferirle. Sin embargo, jamás consideró la presencia de competencia. Siendo él, el único del puñado de gente de la aldea del bambú que conocía esos secretos de los fideos, no creyó jamás ser desplazado y menos por eso.
Pensé que podías dar más...
Se levantó un par de horas después de que el shinobi se marchara, fue directo a uno de los cajones que tenía bajo llave cerca de la bodega, lo abrió y sacó un cuaderno algo gastado de las orillas; el plan de negocios que había escrito antes de abrir el local.
Ya era hora de una evaluación y ver qué estaba pasando realmente.
.
A la mañana siguiente la pequeña Ayame corría de un lado a otro, revisando los locales uno a uno mientras se acercaba al de su padre:
— ¿Mi papá está aquí? — preguntaba. Ninguno sabía qué decirle, no habían visto al hombre desde el día anterior en que llegó tarde.
La señora del la tienda de amuletos tardó un poco más en contestar, no había abierto la cortina en todo el día, pero estaba segura de que cuando ella cerró había luces adentro, quizás se había quedado ahí toda la noche. La niña no esperó más explicaciones, llegó finalmente hasta el local sin hacer más paradas, tomó la callejuela que daba a la bodega y se coló sin trabajo por una ventana. Desde la bodega con cuidado se acercó a la cocina, había varias ollas, probablemente sopas nuevas porque jamás había olido algo como eso.
—Ayame-chan, ven acá— la niña se sobresaltó cuando escuchó que su padre la llamaba, se acercó hasta el área de recepción y notó algo más. Las mesas estaban dispuestas de una manera muy diferente a como usualmente lo hacía, había flores distintas en cada una en lugar de todas iguales, lo mismo con los manteles de carrizos, la misma mesa no tenía ni dos iguales, las lámparas de papel naranja ahora eran blancas y el color rojo de los muros brillaba más por eso. Del techo colgaban algunas figurillas de papel, grullas en su mayoría. Resultaba extrañamente fascinante ese detalle, debió pasar la mayor parte de la noche doblándolas, pero en algún momento también tuvo que preparar las sopas que estaban en la cocina.
—Dime hija ¿Cómo se ve?
—Es… extaño… me gusta.
—Hoy celebramos el cambio de menú.
Los ojos cafés de su pequeña se abrieron a lo más que pudieron a la par que ensanchaba la sonrisa.
Ya para la noche y con las luces nuevas, el pequeño local se mostraba imponente a comparación del resto. Lo llamativo inevitablemente atrajo a la gente, era como si se celebrara algo, y de hecho eso sucedía.
El cocinero cambiaba el menú y para difundirlo estaba dando el bol a mitad de precio.
Por primera vez en ya varias semanas se servía plato tras plato.
"Valla, el sabor es mejor que antes" "Ya extrañaba ese sabor de casa" "Sin duda esta es comida de verdad"
Los comentarios no hacían otra cosa más que enorgullecer a un rejuvenecido anfitrión que no paraba de estirar fideos como "espectáculo" para los comensales que seguían encontrando increíble el arte.
— ¡Itadakimasu!
Escuchó esa palabra varias veces a lo largo de la noche, pero solo una era la que esperaba para obtener dos victorias, la primera: después de tanto tiempo el rayo amarillo de Konoha probaba algo que no fuera Shio Ramen. La segunda: demostró que él si podía dar más.
Cometarios y aclaraciones:
*Chikin Ramen: sopa ramen instantánea con sabor a pollo, fue la primera instantánea en salir al mercado.
¡Gracias por leer!
