Soto Danging

De cómo Anko obtuvo su sello maldito

La noche era silenciosa, el viento soplaba entre las hojas de los árboles y hacía crujir las ramas en el tétrico escenario que formaban las calles irregulares de la aldea con tan solo un par de ventanas con luces encendidas y las altas farolas titubeando ante la próxima fecha de vencimiento de vida útil de sus bombillas.

No se animó a llamar como loco a su hija, no quería causar pánico fundado solamente en la paranoia que se había formado desde que Obito Uchiha le había soltado que el legendario Sannin Orochimaru estaba siendo investigado por conducta antiética al experimentar en niños las más bizarras formas de superación de la naturaleza humana.

Los pasos apresurados del dueño de la barra de ramen apagaban su sonido con la tierra tan solo de vez en cuando dejando que alguna piedrecilla saltara al ser pateada, pero nada más allá de eso.

Pocas veces salía de la seguridad de su local, tan solo de vez en cuando se tomaba unas perfectamente programadas visitas en un metódico recorrido departamento-mercado-molino-restaurante con variaciones muy ocasionales en la carnicería y pescadería, pues tan solo debía de mandar recado con Ayame y ellos enviaban un repartidor a entregarle el pedido. Por eso, justo en ese momento, mientras recorría a ciegas toda la aldea le pareció increíblemente grande. Pasaba ya con mucho la media noche, no usaba reloj porque era anti higiénico portar un objeto que jamás se lavaba, pero de alguna manera su mente se había adaptado ya a un sistema de medición de tiempo bastante preciso, así que realmente no esperaba encontrar mucho movimiento en la calle.

Dando vuelta en una esquina, como a media cuadra, distinguió un par de siluetas que no hubiera reconocido de no ser por la inmensa cosa negra y peluda que caminaba al lado de una de ellas:

— ¡Tsume-sama! — la aludida levanto una ceja al escuchar el honorifico, costumbre de civiles glorificar tanto a un ninja. La acompañaba un varón de la misma edad, igualmente llevaba el uniforme Jōnin

— ¿Qué pasa? — preguntó ella deteniendo el paso que llevaban los tres.

— Ayame-chan ¿No está con su hija?

—No sé, acabo de regresar de misión, pero podemos ir a ver, venga.

El grupo de ahora cuatro tomo dirección a la casa Inuzuka, los ninjas y el cuadrúpedo se mantenían tranquilos, pero el padre de Ayame empezó a jugar con el filo de su yukata con tal ansia que parecía querer rasgar la tela.

Desde donde se habían encontrado, la casa estaba relativamente cerca, pero antes de que el shinobi terminara de sacar las llaves de su bolsillo, la kunoichi saltó hasta la puerta pegando la nariz a la madera y de inmediato tomando distancia con los rasgos de la cara endurecidos en un gesto de poca gracia.

—Quédate en casa por si regresa. — ordenó la mujer a quien a esas alturas, el cocinero ya había deducido, era su esposo. Este inclinó la cabeza y entró a la casa, la matriarca giró el rostro al otro hombre que había ahí.

—Usted regrese a su negocio, yo me hago cargo y le llevo a su hija.

— Pero ¿Qué pasa?

—Usted tranquilo, sí está con Hana-chan ¡Ven Kuromaru!

La kunoichi y su compañero desaparecieron de su vista saltando por entre los tejados, sus pies tomaron el rumbo de regreso al Ichiraku Ramen, pero algo en su mente y en su instinto paternal le indicaban que ese "tranquilo" era como el que decían los contadores cuando andaban en números rojos por alguna cosa fuera de control o el de los recaudadores de impuestos cuando sabían perfectamente que iba a haber un aumento por costos de reparación a la zona de la aldea dañada por un par de mozalbetes que no controlaron una rencilla estúpida. No estaba tranquilo, pero como decían en su desaparecida villa; "quien no ayuda que no estorbe", y como no podía andar saltando alegremente de un techo a otro lo más prudente era dejar que quien sí podía hacerlo, lo hiciera.

.

El fuego amenazaba con expandirse más allá de los muros de la casona, no supo ni en qué momento todo se había complicado, estaba segura de que ganaba por una abrasadora ventaja y sin embargo ahora a punto de agotar su chakra, de alguna manera se encontraba inmovilizada del brazo derecho, aturdida, con el humo impidiéndole una visión clara y sofocándole la nariz. Divisó una silueta desde su posición, se acercaba con calma y en la mano sobresalía lo que parecía ser una serpiente, escuchó cómo esta siseaba para ubicarla, apenas y pudo moverse; los colmillos rozaron su pierna izquierda y cayó de costado, intentó levantarse pero apenas estaba de pie perdió el equilibrio yéndose de bruces rodando por las escaleras que le quedaban cerca. Nuevamente quiso parase pero la pierna herida no le respondía, no podía creerlo, ni siquiera era una herida de impacto propiamente, apenas la había tocado, su confusión aumentó, estaba perdiendo y no tenía ni idea de porqué.

Nuevamente aquella casi irreconocible kunoichi se acercó. Con la pierna que aún tenía bien tomó impulsó y saltó con algo de trabajo a la planta alta donde estaba inconsciente Ayame, ya no le quedaban municiones pero tenía una idea un tanto peligrosa, sin embargo a esas alturas cualquier medida era mejor que perder, eso lo había oído de su madre cada que les iba mal y tomaba decisiones radicales.

Más a rastras que de otra manera se internó de nuevo en el laberinto de habitaciones llevando consigo a su amiga. Entró en una que aún no estaba del todo consumida por las llamas y se sentó en la orilla de la cama dejando a la otra niña cerca. Sus conocimientos sobre situaciones ninja se limitaban a la capacitación que le habían dado en ese su primer año de la academia más algo que había pillado de sus padres cuando discutían de alguna misión en particular, y el problema era especialmente porque aunque ya tenía bastante experiencia teórica al provenir de un clan ninja, ella no era ninja. Pero sabía perfectamente que cuando no se puede contra el enemigo lo más sano era pedir ayuda, a quien fuera que estuviera cerca.

Escuchó cómo se acercaba, solo había una oportunidad y sería cuestión de tiempo para que las encontrara, la perilla giró, entró calmada con el infierno ardiendo a su espalda. Aún con la pierna y el brazo inutilizados Hana se lanzó de frente, con un impulso de fuerza heroica evadiendo las mordidas de las serpientes que había invocado quien fuera una vez Anko, el modelo a seguir de las kunoichi de academia, le alcanzó y pegó la bola de papel bomba en el pecho de la deformada niña para luego arrojarla de lleno a otra habitación completamente abrasada por las llamas, esperó solo un momento, su idea resultó en una poderosa explosión que de seguro alguien vería si es que las llamaradas del lugar no habían captado ya la atención de algún curioso espectador.

Pero cantar victoria era imprudente, sobre todo porque al sentir una mordida en su cuello se percató de que a quien atacó era un clon, la joven Inuzuka llamó a su amiga en un ahogado quejido y cayó inconsciente al suelo.

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Abrió los ojos lentamente tratando de hacer primero recapitulación de los hechos.

Se dirigía a casa de Hana, no era tan tarde como para irse a escuchar a su mamá lo que habían hecho con los arreglos de flores en el negocio Yamanaka durante el día, le pareció ver a Anko y se acercó creyéndola herida pues se encorvaba un poco sujetándose fuerte el hombro derecho.

Sus ojos, marcas negras que emergían desde el cuello… la había atacado, no quiso correr de regreso al local, su padre no podría defenderla, así que solo se le ocurrió ir con Hana, toda su familia era de ninjas, sabrían que hacer.

Anko… las marcas le llenaron el cuerpo y al parecer le dolían…

Hana estaba sola, buscaron al maestro de Anko porque sería él quien la controlaría y así llegaron a la casona de Orochimaru, pero él aún no regresaba del restaurante.

El fuego inició, no supo exactamente cómo y ella no duró mucho en batalla, Hana quedó sola peleando… ¡Hana!

Se incorporó sobresaltada preguntando por su amiga.

—Tranquila pequeña. — su padre la abrazó, parecía que aún estaban en el local, solo que alcanzó a ver la cortina metálica cerrada. El lugar estaba vagamente concurrido, la señora Inuzuka, Kuromaru y Hana que terminaba de ser revisada por su madre, su padre de nuevo con el delantal puesto, su madre con los ojos llenos de lágrimas y los delgadísimos labios rojos temblando y Shisui detrás junto a ellos.

— ¡Algo le pasa a Anko-san!

—Ya la llevaron a que reciba ayuda, tú tranquila— explicó el pequeño Uchiha sonriéndole y tomándole la mano.

—Ya todo está a cargo del Sandaime, solo nos resta esperar a que se dé solución.

Por un momento todos guardaron silencio hasta que el anfitrión se apartó un poco de su hija y caminó a la cocina, para cuando regresó tenía en manos una humeante olla, Kuromaru se relamió el hocico.

—Preparé esto cuando me mandó de vuelta a mi casa.

—No sé qué sea, pero huele demasiado bien.

—Soto Danging, carne cocida con guarnición de camarón, chalote, jengibre y limón en caldo de res.

— ¿Sin pasta? —preguntó dudosa la mujer a quien el trigo molido y cocino no hacía mucha gracia.

—Sin pasta.

La olla fue puesta sobre una de las mesas, la mujer fue por la vajilla para que su marido empezara a servir, el amanecer ya desfilaba y ninguno de los presentes había comido nada desde la noche, algunos desde antes y en vista de que en la búsqueda-rescate no había sido en absoluto productivo, sintió que lo menos que debía hacer como agradecimiento era, lo único que sabía hacer, cocinar.

— ¡Itadakimasu! — exclamó la mujer separando sus palillos y llevándose el primer trozo de suave corte de ternera a la boca pero tragándolo de golpe.

—¡Mi marido! — gritó parándose y saliendo por la puerta del local recién abierta recordando que había dejado solo al hombre y sin noticias de su hija.

Pasaron menos de dos minutos cuando regresó por su plato, su hija y su peludo compañero.

—Esa mujer…— murmuró la esposa del cocinero un poco desubicada de lo que sucedía.

—Es una gran persona. — completó el señor riéndose un poco y dándole una fuerte palmada a Shisui que aún no soltaba la mano de su hija.


Cometarios y aclaraciones:

n.n

No tengo mucho que comentar, salvo:

¡Garcias por leer! (y perdonen la demora, jeje)