Kim Chi Ramen
De cómo Kushina y Ayame se comparan con una lechuga
Ayame no había ido a la escuela, se suponía que había que esperar a que la situación dejara de estar tan tensa y pretendían ante todo evitar que los alumnos la atacaran con preguntas cuya respuesta no deberían conocer. Pero ella tampoco quería quedarse sola en casa ni ir a la florería a hacer nada en particular por el "no te preocupes, yo lo hago" con que siempre salía tanto su propia madre como la señora Yamanaka. En la barra de ramen podía ayudar a su padre cuando menos de mesera, sus heridas no la tenían postrada en cama a diferencia de Hana que si había tenido que ir al hospital.
Sin embargo, quizás abría sido mejor que se quedara en casa, aunque igualmente allá él la podía haber ido a ver sin mayor problema.
Le hacía sentir realmente mal ver a su pequeña hija tan quebrada, recargada sobre la mesa con el rostro oculto entre los antebrazos, y es que hasta él se le hacía algo complicado ponerse de un lado o de otro en lo que acababa de ocurrir porque si bien estaba de acuerdo con Shisui, había otras formas menos bruscas de abordar el tema sin precisamente casi gritarle a Ayame, especialmente porque el carácter de su hija se daba a que nadie podía siquiera levantar un poco el tono sin que se sintiera ofendida.
¿Cuánto había pasado desde que el pequeño Uchiha salió por la puerta?
Recién había abierto el local y mientras Ayame limpiaba las mesas para acomodarlas se presentó el chico con una inusual expresión de pocos amigos, porque dentro de lo que se podía mencionar de él, es que no era del tipo amargado y resentido con el mundo o genio que se sabe genio y abusa de eso.
Esa mañana quizás le brotó la sangre Uchiha…
— ¡Ayame! — y con la ausencia del sufijo afectuoso "chan" fue más que suficiente para dejar en claro que no venía de buen humor.
— ¿Qué pasa Shisui-kun? — preguntó ella vagamente asustada por esa faceta hasta ahora desconocida.
— ¡¿Qué pensabas hacer yendo a ver a Anko después de lo de ayer?
Realmente no había una respuesta fundamentada y la niña lo sabía, simplemente en cuanto supo que la llevaron al hospital fue en seguida a verla, quizás a preguntarle por qué había actuado así, quizás solo porque quería ver cómo se encontraba la kunoichi a la que admiraba o simple y llana curiosidad. De cualquier forma un equipo de ninjas ANBU no la habían dejado pasar siquiera al pasillo donde estaba la habitación.
— ¡Te pudo matar! ¡¿Entiendes eso? — exclamó sin darle tiempo a evaluar cualquier cosa que pudiera dar como explicación.
— ¡Esa noche tuviste mucha suerte porque Anko estaba luchando contra el control de sello! ¡Te habría matado desde ahí con solo quererlo! — agregó poco más descontrolado pero aún así sin siquiera tocarla.
Ayame por su parte, había recogido los brazos a la altura del pecho y retrocedido vagamente, abrió la boca para decir algo pero no pudo, él de nuevo tomó la palabra.
—Ayame, no es un ejercicio de la academia, esto es en serio no puedes ir así como así, justo ahora están investigando hasta la persona que le vendió la caja de dangos en la mañana para saber qué demonios pasó porque ella no dice nada y con eso ya te echaste encima a un equipo ANBU.
— ¡Yo no tuve nada que ver! ¡Ella me atacó! — exclamó finalmente.
— ¡Tú lo sabes! ¡Yo lo sé! Pero a los ANBU les va a importar un carajo eso, ellos hacen sus propias conclusiones.
— ¡Qué pregunten lo que quieran!
— ¡Ese es el problema! ¡Ellos no preguntan!
Hubo un momento de silencio entre los dos mientras el hombre meditaba el cruce de palabras que acontecía del otro lado de la barra, en la zona para comensales.
Vivir en una aldea ninja era muy diferente a lo que había vivido en su aldea natal hacía años, no se acostumbraba aún a muchas cosas como por ejemplo despertar y encontrar la cerca de su edificio demolida o caminar por la calle tranquilamente y que de repente un arma perdida casi le atravesara la cabeza. O que un jovencito, en este caso apenas alcanzando los siete años de edad, hablara con palabras dignas de un hombre casi hecho y derecho.
Realmente era algo un poco escalofriante el tener en casa hombres pequeños y no hijos que se dediquen a ser malcriados, groseros, llorones y caprichosos para que uno como padre haga lo que se supone debe hacer un padre: educarlos.
Casi no conocía familias ninja, Minato no tenía parientes vivos y Kushina tampoco, no se hablaba con muchos shinobi además de ellos y por supuesto un poco con los Uchiha gracias a Obito y recientemente a Shisui, pero por lo que llegaba a comprender la estabilidad familiar de un clan ninja se lograba marcando jerarquías como si se tratara de alguna empresa donde el padre fungía de jefe dándoles responsabilidades y deberes específicos a su empleados jóvenes.
Ese niño podía verse pequeño y tierno, pero ya estaba mucho más grande por dentro, quizás le faltaba pulir habilidades sociales porque realmente no encontraba razón para llegar gritando pese a que Ayame si cometió una soberana imprudencia, pero tenía una razón de peso.
La diferencia de edad…
Cuando se le ocurrió que sería una buena idea emparejarlos solo contempló los años de diferencia entre la fecha de nacimiento de él y la de su hija pero estaba en total desconocimiento de que mentalmente había más que eso y ahora era evidente de que le faltaba un largo trecho por recorrer a su pequeña si quería nivelarse, no era solo entrar en la academia y tras ocho años recoger la banda de la hoja. Ni él ni su esposa tenían formación militar, naturalmente que la habían educado como era costumbre "normal" a diferencia de él que, evidentemente, notaba cosas que un niño promedio ni siquiera se imaginaría.
Suspiró con tristeza llamando a su hija bajo pretexto de que debía acomodar algunas cosas en la alacena, tuvo que repetirlo dos veces y solo hasta que él salió molesto por no conseguir un "Shisui-kun te prometo que no lo vuelvo a hacer" fue cuando ella se encaminó a la cocina pero no para hacer lo que su padre le había encargado, sino para soltar las lágrimas que frente al otro ya habían empezado a salir, porque ciertamente, nunca le había gritado.
De eso hacían ya exactamente tres horas en las que sobre la mesa su decaída hija miraba algún punto indefinido de la superficie como queriendo encontrar consuelo en la pieza de granito blanco.
—Ayame-chan— llamó empezando a sentirse peor como si la tristeza de su hija fuera la propia, la aludida apenas y mustió un monosílabo inentendible como respuesta.
— ¿Te acuerdas de la lechuga Napa que pusimos en sal la semana pasada?
De nuevo otro monosílabo que no calificaba como palabra pero se apreciaba que era afirmativo.
—Pásamela, está en la bodega fría.
No se le ocurría una forma práctica de atender la situación, más que nada porque era un mal de amores y eso era asunto de mujeres según dictaba la tradición de su pueblo, pero en esos momentos su esposa estaba trabajando en la florería al otro lado de la aldea y la situación debía ser atendida en ese momento.
La niña le entregó el gran recipiente al que para poder llevarlo sin problema le tuvo que quitar la loza de cerámica que le habían colocado como peso para que se comprimiera el contenido.
—Las palabras son como sal. — empezó a recitar con una sonrisa por dentro, su padre antes que él, también vivía de las analogías de la vida con la cocina, en su momento realmente era molesto y confuso porque él terminaba siendo o un trozo de brócoli o un filete de ternera, pero cocinar era lo que sabía hacer así que no podía tomar otro punto de referencia según comprendía ahora que empezaría a atosigar con eso.
—A veces es necesaria para realzar y condimentar sabores, a veces pareciera que se ha pasado y ha echado a perder el platillo. — pero como nunca antes las había usado con Ayame se preguntaba si sería claro con el punto o solo parecería un apasionado de la comida que habla cosas sin sentido.
—A esta lechuga la metimos verde ¿Recuerdas? Sus hojas tenían verde intenso, bonito y fresco, le pusimos sal y mira como ha quedado.
Los pequeños trozos de un verde pálido apenas distinguible del blanco fueron remojados para quitar los granos de sal que aún tenían entre ellos.
—Pareciera que la sal le ha hecho daño. — decir que "le había quitado la vida" sonaba exagerado hasta para él, con "daño" bastaba, o al menos eso pensaba.
Después de un rato enjuagando, escurriendo, volviendo a enjuagar y de nuevo escurriendo sacó una olla grande con agua fresca; le vació una cucharada de chile en polvo, dos más de puré de jengibre, una de azúcar, dos dientes de ajo finamente picados y toda la lechuga.
Con cuidado para no derramar nada la llevó de nuevo a la cámara fría.
Saliendo de ahí sonrió a su hija que lo miraba con total desconcierto en la cara, quizás así se veía él a su edad cuando empezaba el sermón extraño de su padre. Le desordenó el cabello en un gesto de cariño y la llamó a atender al cliente que entraba.
.
Dos días se había cumplido desde el incidente con Shisui a propósito de lo cual, ni la sombra del niño se veía por algún lado, pero finalmente tras una larga ausencia cierta joven mujer de larga cabellera de un llamativo rojo cruzó el umbral.
— ¿Lo de siempre? — preguntó el cocinero sonriendo por verla finalmente.
—No, lo que sea pero que sea otra cosa. — respondió desganada casi dejándose caer sobre la barra en un gesto que le era extrañamente familiar.
— ¿Misión difícil?
—No te ofendas viejo, pero no quiero hablar de eso— masculló ella sin siquiera mirarlo evidenciando el detalle de que algo había salido mal.
—Me enteré que la cosa se puso fea por aquí. — retomó de momento como no queriendo sumir el sitio en silencio.
—Problemas con algún ninja. — comentó él encogiendo los hombros.
—No cualquier ninja, hasta los animalitos andan rondando.
— ¿Los animalitos?
—ANBU's… Hay como cuatro acá fuera, no me sorprende que no los hayas notado, a eso se dedican.
Soltó un suspiro, dos días o más siendo vigilados y él ni enterado, de verdad que Shisui hablaba en serio, aunque hasta ahora no se habían puesto tan agresivos como en un principio se había imaginado en un secuestro de toda la familia para hablar bajo tortura.
Dos días, cierto, ya habían pasado dos días completos.
—Ayame-chan, ayúdame a servir. — dijo sonriendo de nuevo y yendo a la bodega fría por la olla del caldo con la lechuga.
La puso al fuego y mientras tanto se dedicó a estirar fideos de trigo, trató de conversar de algo más alegre para que las dos chicas se animaran un poco, teniendo realmente muy poco éxito así que optó por un sabio silencio.
El caldo empezaba a hervir, sacó dos platos, puso su ración de fideos recién terminados de cocer y vertió el caldo teniendo cuidado de dejarle también un poco de los vegetales, al final coronó con dos rollos de camarón y un poco de wasabi.
Tendió uno a cada una de las únicas clientas del momento y esperó a que lo probaran.
El intenso sabor de la vinagreta creada por la fermentación de la lechuga y el tiempo de reposo se sentía bastante "gracioso" al pasar por la boca, inevitablemente se salivaba, como cuando se toma el jugo de un limón pero empezando a notarse en la garganta la presencia del picante y un ligero toque fresco.
—Si la sal no hubiera encurtido la lechuga no sabría más que a un simple caldo de verduras sin más gracia… la sal en un principio pareció haber hecho daño, pero son el tratamiento adecuado, puedes aprovechar eso para sacar algo mejor de la situación.
Tanto la pelirroja como la pequeña castaña ladearon un poco la cabeza y regresaron la vista a su plato.
—Las palabras son como sal. — repitió la menor queriendo encontrar el significado de la analogía.
— ¡Itadakimasu chicas! ¡A comer!
Cometarios y aclaraciones:
No tengo mucho que decir salvo que este es mi tipo favorito de ramen n.n y que agradezco mucho los comentarios que me han hecho llegar, es bueno saber que les agradan mis desvaríos jeje.
¡Gracias por leer!
