Cup Noodles
De cómo toda ayuda es valiosa aún si no eres ninja
El fuego ardía de buena manera, el crepitar de sus brazas era el único ruido que podía distraer a quienes no sollozaban o se quejaban por sus heridas.
Se habían armado pequeños grupos civiles liderados por improvisadas brigadas de ninjas Genin, que luego de habérseles apartado de la batalla, formaban el mayor grupo activo. Los sobrevivientes de mayor rango no estaban presentes entre la gente, ni siquiera con sus familiares creando más incertidumbre sobre quienes realmente estaban con vida.
—Tal vez… están ayudando con los caídos. — comentó la vendedora de reliquias frotándose los brazos cuando su hermana le preguntó sobre su hijo, que era Jōnin.
— ¿Están en las fronteras verdad? — preguntó la esposa del cocinero en un susurro inaudible para los demás.
—Lo más seguro.
—Justo como hicieron con nosotros hace cinco años ¿Recuerdas? Primero el incendio y luego un grupo de ninjas… Konoha tiene muchos enemigos…
El hombre la silencio abrazándola mientras que ella a su vez estrechó más a Ayame que estaba dormida.
—No pienses en eso querida… Konoha es más fuerte que la aldea del bambú…
Ayame entreabrió los ojos.
— ¿Shisui-kun no ha venido?
—No Ayame-chan, a lo mejor su familia necesita que ayude…
La niña bajó la mirada.
—… Tengo hambre…— fue lo que dijo ella antes de volver a adormilarse.
El cocinero se puso de pie no sin antes besar la frente de su esposa. Se dirigió al Asuma, que era quien estaba a cargo de su grupo, le hizo una leve inclinación a modo de saludo y pensó bien las palabras que diría para no sonar exigente.
—Discúlpeme el atrevimiento, pero ¿En cuánto tiempo empezará el aprovisionamiento?
El muchacho moreno se llevó la mano a la boca sacándose el cigarro que acababa de empezar.
—Por favor, permítame arreglar eso, aunque no le prometo que sea pronto, andamos… cortos de personal.
—Lo entiendo, discúlpeme de nuevo. — y regresó a su sitio, volvió a sentarse besando de nuevo a su mujer y susurrándole al oído.
—No tienen nada.
Ella soltó un suspiro lleno de pesar.
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— ¿Nada? — preguntó Kurenai a Genma.
—Nada linda, el fuego se extendió hasta los sembradíos y no quedó ni una zanahoria, revisé uno por uno. Las principales tiendas estaban en el centro y ahí fue donde llegó el zorro. Los chicos que están moviendo cuerpos y los que salieron a las fronteras para repeler los ataques aprovechados, han estado a base de pastillas alimenticias, pero los laboratorios donde las hacen terminaron deshechos, así que tampoco van a durar.
— ¿Los silos?
—Vacios, apenas se iba a cosechar.
— ¿Nada?
Era la cuarta vez que la kunoichi preguntaba, y en cada ocasión el joven maestro del senbon alargaba la lista de pérdidas.
—Dos de los tres manantiales subterráneos colapsaron. Así que nos queda uno, si quieres te ayudo a sacar agua para tu brigada.
La chica se llevó las manos a la cabeza recogiéndose el cabello en una coleta que soltó en ausencia de liga para anudarla. Asuma pronto llegó.
— ¿Cómo van a quedar repartidas las provisiones?
Genma no pudo evitar bufar y rodar los ojos con pocas ganas de repetir lo que ya le había dicho al menos a cuatro. Sin embargo, Asuma lo captó al momento con resignación.
— ¿Se puede mandar algún mensaje a la capital o a alguna aldea vecina?
—Vía aérea no. — dijo Genma levantando el rostro.
—La torre donde estaban las aves mensajeras fue destruida… y pues no se ha reportado alguien con una invocación que sirva de mensajero.
— ¿Ya ha ido alguien personalmente?
—Creo que Hokage-sama envió a su guardaespaldas.
— ¿Crees?
Genma se frotó los ojos con el dorso de las manos.
—… Vallan con sus brigadas, veré qué consigo, así sean los sobrecitos de azúcar de la oficina de contabilidad.
—Habla con los Hyūga. — llamó Kurenai seriamente.
—Tienen una despensa privada en su barrio y casi no resultó afectado porque están a la orilla.
El otro inclinó la cabeza y desapareció en una nube de humo.
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Hacía varios años que el dueño de la barra de ramen estuvo en una situación similar…
La aldea del bambú era una pequeña población de aquellas que se salpicaban sin orden en la extensión de un mapa, colocadas en rutas estratégicas para recibir viajeros que buscaban una buena comida y un techo sobre sus cabezas. Durante la guerra ninja sin embargo, sus pequeñas barras se volvieron puntos discretos de reunión para shinobi… hasta que los descubrieron…
Recordaba demasiado bien ese día, todo comenzó con un incendio que desconcertó a todos, y mientras más se empeñaban en contrarrestar el fuego del centro, pronto las orillas empezaron a quemarse también quedando la inmensa mayoría del poblado atrapados entre dos fuegos.
El bambú se trataba de un material con propiedades combustibles nada despreciables y en menos de dos días no quedaba absolutamente nada en pie, todo reducido a carbón.
¿Qué hacer? ¿Adónde ir?
Un puñado de ninjas que habían tenido la desventura de estar hospedados en esas fechas pronto se vieron implicados en una batalla en el momento en que trataron de dejar el sitio, los esperaban en las fronteras y terminaron perdiendo al verse en considerable desventaja. Sin embargo, una veintena de personas consiguió llegar a Konoha.
¿Cómo?
Los objetivos siempre son ninjas, difícilmente un shinobi ve a un civil como algo que valga la vena siquiera el esfuerzo de levantar un kunai y arrojárselo mientras corre, pese a que algunos si lo hicieron, dispersos consiguieron salir al igual que él en esos momentos, con raspones y algunos golpes de broma humillante, pero vivos…
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— ¡¿Otra vez eso?
La indignación de un niño al serle servido por cuarto día consecutivo una sopa de hiervas hirió de sobremanera el orgullo del cocinero, pero no había mucho que decir cuando no había absolutamente nada para preparar.
No obstante, el hambre era más y refunfuñando fue a su lugar con tazón en mano.
El gemido de angustia de Asuma fue escuchado en el monótono silencio del grupo a su cargo, un par de curiosos que se animaron a verle notaron que golpeaba la cajetilla de cigarros queriendo que por obra y gracia divina saliera uno más, con un resultado tan negativo como la posición de los niños a comer otra vez, la sopa verde.
—Asuma-kun— llamó Kurenai indicándole que se acercara, en suaves murmullo le dio unas indicaciones y se alejó. El joven Sarutobi rápidamente fue hasta donde su grupo de gente se reunía en el campamento improvisado y con mejor semblante se dirigió a ellos.
—Necesitamos juntar un pago para un comerciante que estaba de paso y lo han intervenido una patrulla. Tiene cuatro carretas de víveres y ha accedido a una negociación, ya que eso iba en realidad a la capital.
Los murmullos no se hicieron esperar ni requirieron más explicaciones del muchacho, las mujeres se desprendieron de sus pendientes y collares, fueron puestos anillos de matrimonio y algunos billetes y monedas que estaban en las carteras por simple casualidad.
Asuma extendió su pañuelo y todos pusieron lo que tenían, pero no era realmente algo significativo.
—Asuma…
Nuevamente Kurenai aparecía.
—El comerciante quiere confirmar si está con vida una persona, ya buscaron en las otras brigadas y no.
— ¿Cómo se llama?
—Teuchi Ichiraku…
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—Realmente no me imaginaba que siguiera vivo, Nissin-san…— dijo el dueño del Ichiraku que fue conducido ante el mercader, que era un hombre ya entrado en años, este al verle sonrió, aunque en esa sonrisa se mezclaban de manera bizarra franqueza y malicia.
—Mira, Teuchi-kun… te diré una verdad que ninguno de estos ninjas tiene planes de decir, el Daimyō no tiene dinero, no puede mandarles nada, se está haciendo una colecta voluntaria en las demás aldeas del país del fuego, pero todos están igual o peor porque acaba de terminar una guerra y muchos no tienen ni para ellos mismos. Si se junta algo, va a tardar en llegar… Propongo algo…— agregó mirando a los shinobi presentes, entre ellos el Hokage.
—Aún quiero el libro de recetas de tu abuelo, todo un tesoro de una desaparecida aldea. No me quejo de mi producto, el ramen instantáneo ha causado una revolución en la gastronomía, pero… lo haré válido por la mitad del precio que pedí por las provisiones…
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Casi una hora después de que su esposo fuera llevado, veía su silueta aparecer en el camino, corrió a darle el encuentro, y al ver la presencia del anciano al lado casi enseguida supo de lo que se trataba.
—Amor, si lo haces no podrás volver a preparar ni una sola de estas recetas en la barra. — le dijo queriendo convencerlo de declinar.
—No querida, dáselo, ya hemos cerrado el trato.
—Es el trabajo desde tu abuelo…
El cocinero la miro con la determinación de quien no dudaba de lo que hacía. La mujer bajó la vista buscando entre sus ropas un viejo libro de pastas de cuero, lo único que había tomado del departamento cuando dieron la orden de evacuación cuyo valor era más simbólico que monetario, razón por la que no se lo dio a Asuma en un principio. El libro fue entregado y cajas de ramen instantáneo, verdura deshidratada y agua, bajaba de las carretas.
—Casi cien años de tradición por cuatro carretas de alimento barato…— se quejó amargamente la mujer en voz baja sintiéndose ofendida como si el libro hubiera sido de su propia familia.
—Casi cien años de tradición por ayudar a un tener futuro…
Un par de niños no pudieron esperar los tres minutos que requería la pasta para cocerse y haciéndola crujir se la metieron a la boca.
— ¡Itadakimasu!
Cometarios y aclaraciones:
Alguien notó que es la primera vez que uso el nombre del cocinero?
¡Gracias por leer!
