Hwang Tae Goo Ee
De cómo a la gente le cuesta olvidar al Kyūbi
Una muy bien articulada y perfectamente audible maldición salió de la boca de una mujer que acababa de caer víctima de la cabeza metálica de un martillo que erró su tiro yendo a impactarse contra el dedo de la susodicha. Su marido la miró levantando una ceja ante el florido vocabulario que salía en su lengua natal que se había convertido para ella únicamente en un método para expresar las frustraciones de la vida sin que nadie la reprendiera por las palabras que escogía, salvo su esposo, que comprendía perfectamente el idioma.
Sin embargo, y pese a los percances de construcción, finalmente el local volvía a tener forma de tal.
La posición de los lotes consiguió asignarse tras un laborioso y tedioso proceso que involucraba entrevistar a todo mundo tomando de referencia solo el diez por ciento de las escrituras que consiguieron ser salvadas por sus dueños, y el resto, a base de suposiciones y recuerdos se había repartido lo más fiel posible a como era antes sin que ello supusiera un problema que terminara con vecinos odiándose de por vida.
—Solo falta pintar. — agregó la mujer con el dedo aún en la boca.
—Sí.
Las respuestas del hombre se habían vuelto bastante escuetas desde que se iniciaron los trabajos de construcción para el Ichiraku.
— ¿Ya escogiste un color?
—Amarillo, y quiero la barra roja.
Su esposa asintió levemente, y asegurando que regresaría con la pintura mientras él montaba los plafones lo dejó a solas tomando al bebé que descansaba en una improvisada cuna.
Teuchi no procedió inmediatamente al trabajo que tenía que hacer, en cambio, tomó asiento en un andamio no muy alto con el que estaban acomodando las vigas que darían forma al techo. Con la mirada empezó a recorrer cada rincón, se había dado la indicación "hágalo usted mismo" para la mayor parte de las obras, equipos de ninjas, constructores de la hoja y voluntarios de otras villas recorrían auxiliando a quienes tenían más problemas por su edad o capacidades, en las obras más grandes y a quienes no tenían ayuda de familiares o amigos a falta de los mismos. Cosas relativamente sencillas como una barra de ramen no representaban mayores complicaciones.
Un suspiro se escuchó en el armazón de madera al que solo le faltaban los plafones para completarse.
Buscando entre escombros dio con un par de ollas y sartenes, la vajilla estaba hecha pedazos y sepultada entre carbón, no encontró ni una sola cuchara, y de las harinas que guardaba en la bodega no quedaba absolutamente nada, supuso entonces que se habrían abierto los empaques dispersando su contenido.
Había que comenzar desde cero.
El fuego produce tierra; la tierra produce metal; el metal produce agua; el agua produce madera; la madera produce fuego, esa era la filosofía de la aldea del bambú.
Se frotó el estómago que resentía el escaso desayuno y se levantó pesadamente.
—Parece que los peces ya regresaron a este tramo del rio. — dijo Ayame entrando con una cubeta metálica dentro de la cual había precisamente, dos ejemplares. El hombre le sonrió de medio lado aceptando lo que traía y revolviéndole el cabello afectuosamente, la niña sin embargo no le levantó el rostro sonriéndole, se encogió un poco y entonces su padre notó que tenía más cabello sobre la frente que de costumbre.
De una vieja caja de madera sacó un par de cosas y se disponía a preparar algo cuando de repente se detuvo.
—No puedes usar la receta Ulsan. — puntualizó la niña sin mirarle fingiendo que acomodaba algunas tablas.
Teuchi se pasó una mano por el cuello, Ulsan era un estilo que usaba para hacer pescado a la parrilla, una receta sencilla pero muy apreciada que de vez en cuando preparaba para los domingos de verano en algún parque público tal como lo hacía su padre hacía años.
Ayame tenía razón… ya no podía hacerlo, ni siquiera para consumo personal… se llevó una mano al rostro.
Ya no podía hacer más Shōyu ramen para juntar dos dispares, la perfecta salsa de soja que jamás probó Obito sería olvidada como el propio ninja, no más fideos para que Kakashi y Gai compitieran… no más historias del pasado que recordar en cada plato.
En ese momento lo resintió, no se había quedado sin recetas, se había quedado sin trozos de su vida, sin momentos de sus comensales y amigos que con solo ver un plato los hacía presentes aunque ya no estuvieran.
… Desde cero…
Desde nada, sin memoria.
La pequeña niña se estaba encargando de limpiar el pescado, silenciosa como estaba parecía que él no se había percatado de su presencia hasta que ella entregó listos los filetes.
Su mirada usualmente no se mostraba ni siquiera en grandes dimensiones, sus ojos pequeños ocultos por los párpados caídos le daban siempre la impresión a su rostro de una pasibilidad inmutable, aspecto de su carácter altamente reconocible desde la primera impresión. Eso mismo le daba cierto problema para dejar entrever lo que sucedía con su mente o sentimientos. Tal vez por eso Ayame no lo vio llorar, porque de haberse percatado se habría abrazado a él hasta que la cargara y luego de un diálogo estimulante en que ella no participaba, las cosas se aclararían para el hombre dando un paso al frente como siempre hacía. Tal vez.
O tal vez se debía a que la niña también tenía un conflicto con el que lidiar y del que realmente no quería hablar hasta estar segura.
Un bowl se puso al fuego, y en él se mezclaron una cucharada de pimentón dulce y otra cucharada de pimentón picante, azúcar, salsa de soya, ajo y vinagre.
Las cosas habían cambiado mucho, no todas para bien. La expectativa sensación de que había dejado la muerte aún inundaba las calles. Ver los vestigios no animaba a las personas, la cantidad de sepulturas que se habían hecho ensombrecían con sus lápidas el valle en que se habían levantado… La voz de su esposa lo sacó de sus pensamientos. Realmente la envidiaba, ella parecía tan repuesta a todo, tan alegre con el bebé en brazos que hasta parecía suyo. Dos muchachos la habían acompañado para cargar los galones de pintura y dejándolos en la puerta se retiraron seguramente para ayudar a otro envío.
El pequeño rubio ya estaba despierto, pero por la urgencia de la mujer para desembolsar la leche, seguramente tendría hambre. Les sorprendía todo lo que podía llegar a comer y lo poco que dormía en comparación a otros bebés.
— ¡Ayame! ¡¿Pero qué te pasó?
La labor de preparar una botella con fórmula se interrumpió y la señora se agachó a la altura de su hija que había tratado en vano de cubrirse el rostro con el flequillo.
— ¡Ayame! ¡¿Qué pasó?
Fue cuando el padre miró con atención el rostro de la niña que era sujetado con fuerza por la mano de su esposa. De lado derecho, cerca de su ojo, a la altura de la ceja se recorría una apertura que ya había sido tratada, sin embargo, la inflamación era bastante notoria.
—Me resbalé en el rio y me pegue en la orilla. — dijo tímidamente.
Su madre en cambio, frunció el entrecejo.
—Ayame ¿Qué pasó?
— ¡De verdad! ¡Me resbalé en el rio!
— ¿Fue por Naruto?
Los ojos castaños de la niña se llenaron de lágrimas.
— ¡Las otras niñas dicen que es un monstruo! ¡Que debería estar fuera de la aldea! — estalló enrojeciendo por su propio enojo. La señora la abrazó en cuanto su esposo le hubo quitado al bebé para darle de comer él.
— ¿Y quién les dijo tal cosa?
Ayame se encogió de hombros.
—Hay algo que quiero que entiendas, hay cosas que no podemos controlar, hay cosas que nos asustan y nos llegan a lastimar, pero eso pasa siempre, y no puedes vivir odiando todo aquello que no te gusta. Lo que pasó en Konoha no es algo que queramos que se repita, pero buscar culpables para enojarnos con ellos no es una solución.
Naruto ya se había calmado mientras comía y movía las manos extendiendo y cerrando los dedos, la mujer acercó a su hija para que lo mirara.
—Yo sé que ya te dijeron lo que tiene Naruto-kun, porqué tiene esas marcas en la cara… pero míralo bien y dime ¿Acaso no él también perdió a sus papás?
Ayame acercó su mano al bebé dejando que este tomara uno de sus dedos apretándolo con la fuerza que a sus escasos meses de vida podía tener.
—Él también ha sufrió una pérdida y dejarlo solo sería tan injusto… míralo de esta manera Ayame-chan, él es el guardián de las cosas malas, quien no dejara que esto suceda otra vez, y entonces nosotros debemos cuidarlo a él.
—… Para que las cosas malas no pasen otra vez
—Exacto… Ayame-chan, no esperes que todas las personas piensen igual, tienen miedo y se sienten tristes por las personas que perdieron… pero tú no seas como ellos…
Ayame rió un poco.
—Yo no dije que creyera eso.
Su madre volvió a abrazarla.
—Lo sé Ayame-chan, y me da gusto porque significa entonces que no somos tan malos padres. Y bien ¿Qué te paso?
Ayame se ruborizó un poco.
—De verdad me caí, me molesté mucho y les iba a arrojar una piedra pero me resbalé…
—Y aún así quieres ser ninja. — reprochó su padre otro de los malestares que le seguían aquejando mientras daba palmadas en la espalda de Naruto que ya había terminado.
Un no tan pequeño eructo del bebé rompió la expectativa que se había formado en espera de la respuesta de Ayame.
— ¿No le hará daño comer tanto?
Cometarios y aclaraciones:
u.u
Lento lento el paso que llevamos, lo sé, pero las cosas con calma, agarraremos vuelo en el siguiente, después de todo, una aldea no se reconstruye en un día.
¡Gracias por leer!
