Sikhye
De cómo Naruto se queda solo sin quererlo
Usualmente para alimentar un bebé, la persona que se arma de valor para hacerlo requiere de una serie de tácticas un tanto ridículas, él como padre lo sabía mejor que nadie y eso que podía presumir que era un excelente cocinero, y sin embargo, también se vio en dificultades para hacer que su retoño se alimentara debidamente.
Ya había hecho un nudo en su estómago cuando su esposa enfatizaba que no podía prepararle a Naruto ninguna de las recetas que vendió y con la que su padre, él mismo y sus hijas fueron alimentados. Y consiente como estaba solo le restaba volver a poner en marcha la fuente de su creatividad.
Con el delantal puesto y en clara ausencia de leche materna, el pequeño necesitaba un sustituto efectivo al menos hasta que cumpliera ocho meses que sería el momento de hacerle una transición casi completa a la dieta sólida. Pero el problema crecía ya que la leche de vaca estaba terminantemente prohibida hasta el primer año según su experiencia y el pediatra que atendió a Ayame cuando presentó la alergia. Hasta el momento lo habían mantenido con leche en fórmula, pero nuevamente tenían una escasez considerable en los suministros del tipo que se importaban de otras aldeas, y dada la ausencia de fábricas especializadas en Konoha, las tiendas de abarrotes se habían visto afectadas limitando sus pedidos a cosas más elementales para el resto de la población.
En sus intentos por encontrar un sustituto de leche, empezó por lo más básico, la leche de soya, que había conseguido especial para lactantes y de origen ecológico, la había descaradamente escupido por iniciativa propia aunque una mueca de Ayame que en un principio le hizo gracia, terminó por prepararlo con una rotunda negativa asqueada alentada por su hija y "¡La leche de soja es indigesta para todo el mundo! ¡No la comas Naruto-chan!"
La leche de avena, que para suavizarla y le resultara fácil de pasar, la hirvió con una pizca de sal marina por diez minutos añadiendo además un poco de agua para compensar la evaporación. Pero al parecer contrariando la idea de que se tragaría la goma del biberón por su tendencia a comer como hambreado, no pasó del primer trago teniendo el descaro de arrojar con fuerza el biberón.
Descartó por conceptos de costo la leche de almendra y coco, que no eran endémicos de la villa y el transporte los encarecía.
Los tés que hacía su mujer, por llamar de algún modo a los saquitos que ponía en agua caliente, los consentía, pero realmente seguía teniendo hambre y pedía con más frecuencia ser alimentado.
Intentó con la leche de arroz, un grano abundante que dominaba muy bien y bastante rendidor, rico en carbohidratos libre de lactosa y colesterol. Su rostro se ilumino cuando los ojos azules del rubio se centraron en las burbujas de la botella generadas por su casi desesperado método de filtración hasta el punto de estar viendo más su nariz, pero el gusto le duró poco porque las delgadas cejas empezaron a juntarse en un gesto de desagrado. Ya iba por la mitad cuando finalmente, y pese a la segura hambre que tenía, soltó la botella girando el rostro en total desinterés por la bebida.
Por un momento el cocinero se sintió tentado a obligarlo a terminársela, pero en lugar de eso optó por un medio más diplomático. Se puso de pie dejándolo a cargo de su esposa al bebé que gustoso había aceptado una ración extra de té de anís y miel.
Ya era algo tarde, pero si Naruto no tenía el estómago lleno, era seguro que no dormirían, así que daba lo mismo trasnochar para cocinarle algo, que intentar fallidamente meterse a la cama.
Tronó su cuello y empezó por lo más elemental de la cocina: poner a hervir agua.
Ya tenía como punto de partida que había consentido bien la leche de arroz, pero algo había que no terminaba de convencer a su joven comensal…
—Amor…— llamó el hombre desde la cocina.
— ¿Amor mamá o amor hija? — preguntó Ayame entrando mientras un bostezo casi ahogaba sus palabras.
—El amor que me diga si ya puede comer verduras.
—Mamá le hizo puré de zanahoria y jengibre el lunes.
— ¿Se lo comió?
—Sí.
Hirvió el agua que obtuvo de la leche con un poco de azúcar y casi nada de jugo de jengibre que tenía en una botella "para emergencias" en que no tuviera tiempo de ponerse a prepararlo como se debía. La botella estuvo lista y agitándola para asegurarse de que todo quedara mezclado. Sonrió a su hija que tenía una expresión un tanto incrédula y le dijo.
—También a ti te preparaba recetas especiales, y lo sigo haciendo ¿Eh?
—Yo no dije nada. — se defendió bajando de la silla en que había estado observando a su padre tan concentrado que parecía investigar la fórmula de la eterna juventud.
Estaban por salir de la cocina cuando un grito les quitó los vestigios de sueño que aún tenían.
Corrieron a la habitación en que habían dejado a la señora encontrando a esta revolviendo frenéticamente las sábanas.
— ¡¿Qué pasó?
— ¡No está! ¡No está! — gritaba con desesperación.
— ¡Naruto! ¡Naruto estaba aquí! ¡Solo cerré los ojos un momento!
Todo su delgado cuerpo temblaba y el color le había abandonado por completo el rostro.
— ¡Estaba aquí! ¡Estaba aquí!
Sin pensarlo más el hombre dejó el departamento corriendo a la torre del maestro Hokage, tenía que informarlo de inmediato.
Sin que se percatara realmente, Ayame y su esposa habían corrido atrás de él, los tres en ropa de dormir, él con delantal y un biberón en la mano, informaron al asistente la desaparición del bebé, dejándolos solo con su estela de humo, puesto que había ido a entregar inmediatamente el reporte.
Parados a mitad de la calle sin saber exactamente qué hacer, Ayame corrió alejándose de sus padres con un objetivo más claro que el que tenían ellos en ese momento.
— ¡Hana-chan! — gritó desde afuera de la casa sumida en penumbras.
No requirió de un segundo grito, las luces de una habitación ya se habían encendido y una niña de castaños y revueltos cabellos asomó la cabeza frotándose los ojos.
— ¡Han-chan! ¡Ayúdame por favor! ¡Naruto se perdió!
Otra luz se encendió y esta vez fue un hombre quien se asomó teniendo en brazos a un bebé que había empezado llorar.
— ¡Ya lo despertaron! — les reclamó, pero Hana ya había bajado por el tejado hasta donde la otra niña la esperaba.
— ¡Hana! ¡¿A dónde crees que vas? — le reclamó enseguida cuando vio las muy claras intenciones de su hija por seguir a la otra en plena madrugada.
— ¡Quédate con Kiba-kun, papá! ¡Mamá dijo que lo cuidaras! ¡No tardo! — dijo la niña mientras el otro agitaba de arriba abajo al bebé cubierto por la manta azul.
— ¡Hana!
Pero la joven Inuzuka no le había escuchado y junto con Ayame se perdieron de su vista en las calles.
—Lo que no me gusta de los bebés es que todos huelen igual— se quejó la aprendiza de rastreadora.
—Y hay muchos en Konoha.
—Pero puedes encontrarlo ¿Verdad?
— ¡Claro que puedo! ¡Soy hija de Tsume Inuzuka!
A Ayame le costaba seguirle el ritmo a la otra, pero lo hacía tan rápido como podía, en algún momento debió callarse porque le estaba costando trabajo respirar, pero confiada en que pronto lo encontrarían, ignoro la punzada en sus piernas que le llevaban cuenta del tiempo que llevaba corriendo en pijama, en plena madrugada.
—Ya lo tengo. — aseguró Hana aumentando la velocidad dejando atrás a Ayame por una brecha que apenas le permitiría no perderla.
Se adentraron en el bosque, o al menos eso le pareció porque el camino se había difuminado entre hebras de pasto verde y los árboles se hacían más próximos entre ellos. Ya no había lámparas que les alumbraran más el sendero, pero el claro de luna se había desplegado bañando en luminiscente color plata.
Hana se detuvo abruptamente y pronto la otra comprendió la razón.
Al menos una escuadra de diez ninjas estaban rodeando algo, o a alguien, el maestro Hokage incluido.
De momento el anciano hizo una seña y todos retrocedieron incluso las niñas dejando más claro el panorama de alguien arrodillado frente a una gran piedra. Ayame no veía bien, pero Hana por el contrario había ya levantado un poco más el rostro por encima de los arbustos haciéndole una seña a su amiga para que no la interrumpiera.
— ¿Realmente crees que es lo mejor?
La voz del anciano ninja, calmada y pausada como siempre fue lo único que pareció por unos segundos mitigar el silencioso llanto de la figura que al parecer tenía a Naruto en brazos.
—Solo váyase.
Naruto empezaba a despertarse, lo había sacado de la casa sin más ropa que su enterito de dormir y la fría madrugada desplegaba su manto de neblina que llenaría de rocío la hierba. Al momento en que el rubio hacía un intento por llorar en un rápido reflejo la chica meció los brazos estrechándolo contra su pecho y empezando a tararear una canción de cuna. En ese momento fue perceptible que su voz estaba quebrada por el llanto.
—Rin, no compliques más las cosas deja al niño.
Pero ella no escuchaba al líder de su villa. Cerca de ahí uno de los ninjas que habían ido como escolta del maestro Hokage se acercó despacio, pero la kunoichi en un rápido movimiento sacó un kunai y se lo arrojó apenas rosando su rostro.
—Ve al hospital— ordenó el tercero.
—Estoy perfectamente maestro.
—Rin envenena todas sus armas.
Sin volver a objetar nada el shinobi dejó su estela de humo evidenciando su retirada.
La quietud volvió a hacerse presente, más de uno de los presentes creían firmemente que el anciano Sarutobi podría arrebatarle al niño sin absolutamente ningún problema, por lo que la pasibilidad del hombre no hacía más que atenazar los nervios de que algo saliera mal. Y reconociéndolo sin recato, no era tanto el niño lo que les preocupaba, sino que el zorro fuera a romper su sello.
Nuevamente otro voluntario trató de acortar la distancia solo que con un movimiento más rápido que el anterior.
De pronto estalló en gritos…
Eran alaridos lastimosos, hirientes, sobrecogedores. Sonidos agudos como escapados de la garganta de una mujer en agonía. Los gritos se fueron extendiendo sobre la neblina, rebotando contra los árboles, enroscándose en los oídos de los presentes y pareció quedar flotando en el aire dejando inmóvil a aquél que trataba de maniobrar. El bebé se sobresalto de sobremanera y empezó a llorar, también consiguiendo encogerle de angustia el corazón a las dos niñas que estaban tentadas a salir, pero un chico las tomó por el hombro negando con la cabeza.
—Rin por favor, no te culpes de todo lo que sale mal. Tu maestro decidió su destino…
— ¡¿Y Obito? ¡¿Y Kushina? ¡¿Y Kakashi? ¡¿Acaso soy tan repulsiva que no desea volver a verme?
El anciano cerró los ojos.
—Kakashi está llevando su propio duelo…
— ¡No! ¡No es así! — y gritando apretó más al bebé intercalando sus gritos con suaves susurros para tratar en vano de calmar al rubio.
— ¡El no trató de parar la hemorragia de Obito! ¡Lo hice yo! ¡El no cuidó de Kushina! ¡El no estuvo con nuestro maestro! ¡Se fue! ¡Nos dejó! ¡Nos dejó y le importó una mierda lo demás! ¡No es el único en todo el mundo que sufre! ¡Yo lo necesitaba!
El Sandaime bajó su pipa soltando el humo finalmente moviéndose un poco avanzando al frente consiguiendo que la kunoichi se echara hacia atrás sin soltar al bebé que ya había aminorado su llanto pero más seguramente por la falta de respiración ante el fuerte abrazo.
—Rin, suéltalo. — la voz del anciano se había agravado un poco pero ante la negativa de ella debió hacer las cosas de mala manera en bien del pequeño.
La joven volvió a gritar y zafándose de un intento de agarre corrió hasta internarse en el bosque seguida de cerca por otros dos.
Ayame se acercó despacio pese a que Hana no parecía estar el todo de acuerdo. Estiró despacio los brazos para recibir a Naruto, pero el Hokage negó con un movimiento. La niña humilló la cabeza y sacó de la pequeña bolsa de su pijama una botella de un espeso contenido blanco entregándosela al ninja, este le sonrió, la aceptó y se la acercó a Naruto que ya había empezado a llorar con toda la fuerza de sus pulmones al verse liberado.
Tanteo con la boca hasta la boquilla plástica y empezó a tomarla… pronto se quedó dormido.
La hija del cocinero se quedó en su lugar solo viendo desaparecer en el banco de niebla la capa blanca. Entonces no pudo evitar llorar, el corazón se le encogía… un Chūnin se ofreció a llevarlas a ella y a Hana a su casa, en su rostro también estaba plasmada la huella de quienes quedaron marcados por el dolor de un lamento eterno.
Cometarios y aclaraciones:
¡Gracias por leer!
