Singapur ramen

De cómo la leyenda del zorro de vuelve maldita

Los pasos se silenciaban sobre el suelo de vinil gastado del pasillo. En algún tiempo fue el viejo hospital y esas baldosas debieron ser blancas, pero tras el incendio que destrozó algunos edificios anexos, se decidió que era más sencillo reconstruir nuevamente el inmueble que reparar los daños causados. Aquellos pasos que buscaban silenciar el llanto de un bebé con un paseo de ida y vuelta constante entre arrullos, pertenecían a una mujer con el corazón roto, cuya herida sangraba cristalina a la altura de los ojos.

Parecía una escena cotidiana, las voluntarias que buscaban sanar sus propias heridas cuidando de los pequeños que habían perdido todo familiar en el ataque del zorro de las nueve colas se repartían los turnos para guardias diurnas y nocturnas. Sus horas pasaban entre cambios de pañales, papillas de frutas y verduras, y sonajas donadas por niños mayores que las habían cambiado por los kunai de madera. Había que repartir besos y sonrisas para aquellos desafortunados que nunca tendrían a nadie para llamar "mamá", y no por hipocresía, quienes ahí se reunían sabían que el dolor de una pérdida era demasiado y luchaban para que alguien tan pequeño y frágil no se destrozara como muchos otros habían hecho ya.

Pero para aquella mujer esas sonrisas regaladas parecían estar en un punto aparte.

Había estado casi cuarenta horas ahí dentro por un solo niño que no cesaba su llanto. La llaga de su dolor se había vuelto una infección que con forma de salpullido en su pequeño sistema le recordaba que nunca sería recordado como el héroe que realmente era.

—Lo siento Naruto-chan, lo siento. — decía a la mitad de su canción de cuna buscando una manera más cómoda para que el niño no sufriera por el contacto de la ropa.

—No debí dejarte, no debí irme y dejarte con estas zorras.

El pequeño ya había cumplido un año hacia unos meses, pero su rezago en cuanto a maduración respecto a los otros era ridículamente grande, en parte porque ninguna otra mujer aparte de ella le prestaba atención. Si había aprendido a incorporarse y sostenerse sobre sus piernas era por la simple necesidad.

¡Como le gustaría a esa señora poder estar ahí siempre! ¡Llevarlo a su casa para que Ayame jugara con él! Para que nadie volviera a descuidarlo.

Tal vez si ella misma fuera más resistente, si no fuera tan débil no habría tenido que faltar un día a causa de un estúpido resfrío generado por el húmedo edificio donde los huérfanos estarían hasta que ingresaran a la academia. Tal vez entonces alguien habría retirado el pañal sucio y puesto uno limpio en lugar de dejarlo así hasta que ella regresó juntando toda la fuerza que le quedaba.

Las órdenes habían sido claras, la violencia contra Naruto era demasiada para que una familia civil la manejara, pero ninguna militar quería hacerse cargo.

—Yo estoy aquí, yo te cuidaré, no te volveré a dejar… lo siento tanto…

.

—Ayame-chan. — dijo el cocinero del Ichiraku llamando a su hija, misma que dejó los deberes que estaba haciendo sobre la mesa que tomaba prisionera luego de la escuela y caminó hasta donde él.

— ¿Sí?

— ¿Podrías pasarte a la mesa de aquí en la cocina? Vamos a tener casa llena hoy, nos reservaron para un cumpleaños y creo que no van a alcanzar todos los invitados.

A la niña no le gustaba estar en la cocina, el calor se volvía sofocante a ratos y sin demeritar el trabajo de su padre, el olor a fideos todos los días tenía cierto límite tolerable que ella ya había sobrepasado y por mucho. Arrugó la nariz pero no discutió y empezó a recoger sus pergaminos y lápices para empezar la mudanza.

— ¿Hana-chan no cumplía años por estas fechas? — preguntó el hombre buscando amenizar la estadía en la cocina para la aprendiz de Kunoichi mientras empezaba cortar en juliana algunos pimientos de colores, algo de cebolla, repollo, zanahorias y hongos shiitake.

—Sí, el martes que viene. — respondió la otra quedamente.

—Pero ya no me habla. — confesó aún con menos fuerza en sus palabras.

El otro interrumpió brevemente su labor levantando las cejas.

— ¿Y eso?

Ella se encogió de hombros conteniendo las lágrimas, algo malo debió haber hecho, primero Shisui y ahora Hana.

Su padre sacó un gran wok en el que puso algo de aceite vegetal para luego revolver dos huevos hasta cocerlos. Agregó ajo y el jengibre picado revolviéndolo rápidamente para dorarlos sin quemarlos.

—No te preocupes Ayame-chan.

Preocupado que aquello derivara de la influencia de haber acogido a Naruto se preguntó si toda la gente resultaba así de cerrada. Él también había perdido a alguien muy importante y no por eso buscaba cortar cabezas de ninjas de Kumo. Cuando las cosas no pueden cambiar, lo mejor es salir adelante y no empeorar todo.

¿Qué ganaban odiándolo? Ni siquiera dándole muerte al niño iban a revivir sus familiares.

Hábilmente agregó un puñado de camarones y siguió sofriendo hasta que estos adquirieron un color rosado. Luego agregó los vegetales en juliana que había reservado y solo restaba esperar a que el repollo comenzara a marchitarse.

Aunque si tenía que ser sincero, lo que más le preocupaba era que Ayame se volviera como ellos, que empezara a culpar a Naruto de cosas como que su madre pasaba más tiempo en los cuneros que con ella, o que sus amigos dejaban de hablarle por tener relación con el rubio.

—Ayame-chan… ¿Recuerdas porque es importante cuidar de Naruto-kun?

La castaña se sobresaltó con la pregunta pero respondió casi de manera textual lo que su madre le había dicho hacía ya, bastante tiempo.

— ¿Y no te molesta que mamá pase mucho tiempo cuidándolo?

—Bueno, alguien tiene que hacerlo, y me imagino que a mamá que le gustan tanto los niños le fue bien porque yo ya no juego tanto como antes…

Volvió a hacerse un breve silencio donde el agua de los fideos que habían estado escurriendo se encontró con el aceite del wok haciendo bastante ruido pero empezando a dorar un poco la pasta blanca y suave en una demostración completamente profesional donde ni uno solo de los largos fideos se vio pegado con otro o roto.

—No me molesta, de verdad que no. — dijo Ayame sintiendo la preocupación de su padre, enseguida dejó su semblante serio y le dedicó una sonrisa plenamente sincera.

—Yo quiero a Naruto-kun tanto como ella, y no quiero que esté solo, podemos compartir, yo estoy contigo y mamá con él, y cuando quiera podemos cambiar. — aseveró riendo al imaginarse peleando con Naruto por un cambio de turnos.

Teuchi sonrió aliviado.

No, Ayame nunca sería como esos idiotas.

— ¿Entonces puedes ir a llevarle algo de comer? Estoy seguro de que otra vez no querrá salir, ya vez que la última vez una muchacha tonta trató de ahogarlo con la papilla, si no hubiera sido por ese ANBU…

Movió la cabeza no queriendo imaginárselo.

Solo faltaba agregar la salsa de soya y el curry en polvo, tiempo en que su hija fue preparando la cajita y el bol para transportarlos. Una vez servidos solo le dejó caer un poco de aceite de sésamo antes de taparlo.

—Dile que es una variación de sus favoritos, que espero que le gusten más que los otros— le dijo revolviendo los cabellos de su niña que asintió mientras dejaba el lugar para dirigirse al edificio acondicionado donde estaba su progenitora.

.

El tiempo avanzaba y la realidad era que Naruto no podía ya soportar el dolor en sus ahora sangrantes partes genitales, un médico lo había revisado y prescrito una pomada de óxido de zinc junto con la sugerencia de ponerle nada hasta que se retirara el salpullidlo, y que si aún así en tres o cuatro días no mejoraba, había que tratarlo con antibióticos. Llamándola "exagerada", el médico la dejó con la palabra en la boca alegándole que no era nada importante y todos los niños pasaban por eso.

Pero no era la infección en sí lo que había destrozado a la mujer, era el completo desinterés que tenían por verlo, la saña con la que intencionalmente había omitido cualquier cuidado. En cuanto ella cruzó el umbral y Naruto le estiró los brazos encerrado en un corralito de malla con sus propios excrementos pegados en las piernas y estómago, la cara sucia, la boca, seca, casi sin voz tras haber llorado en vano durante su ausencia, ahí en ese momento el corazón que el zorro de nueve colas no consiguió endurecer se partió en pedazos.

Su mirada triste traspasaba todas las máscaras de indiferencia de las mujeres que jugaban con los otros niños: había pena y rencor, abandono, la soledad más profunda de todas por poner cara a un alma pura que aún no sabía siquiera diferenciar aquellas palabras ni como concepto.

Decidió alejarse un poco tras los reclamos de sus compañeras por el escándalo que armaba el rubio y no dejaba a los otros tomar sus siestas. Se dirigió entonces a la cafetería, donde la hora de comer ya había terminado y solo quedaba una anciana que hacia limpieza de batallas por meter la cucharada de zanahoria hervida con papa. Ella no consiguió que Naruto comiera un solo bocado, pero al menos mantenía la esperanza de que la pomada surtiera efecto y el pobre lograra dormir un rato.

Siguió caminando, meciéndolo entre sus brazos…

Algunos metros atrás un par de ojos negros la observaba, oculto tras un pilar un niño de unos siete años o tal vez menos no apartaba la vista de la mujer. Su semblante serio se enfatizaba por la renuencia de las señoras para dejarlo ver a su hermano. Los padres de ambos habrían muerto hacía poco más de un año cuando escapando de la casa en llamas algo rojo y grande los había aplastado y arrojado a los dos niños violentamente. El menor que no tenía más de un par de días de nacido había perdido las dos piernas, y fue transferido a aquellos cuneros mientras que a él se le asignó un pequeño departamento donde un emisario del señor feudal repartía algunas despensas para que se alimentara por su cuenta a condición de que entrara a la academia ninja.

Ser ninja no era algo que le molestara, lo que de verdad le hacía hervir la sangre era que no lo considerara apto para cuidar de su hermano.

"Es una carga grande, él no puede ni valerse por sí mismo" le habían dicho cada iba a pedirlo para "llevarlo a casa".

Solo le permitían verlos unos momentos, luego debía irse a estudiar y preparar sus clases, deseaba demostrar que él podía cuidarlo mejor de lo que lo hacían aquellas extrañas. Y esa fue la meta que se había propuesto, ser una gran ninja para que tuvieran fe en que podría salir adelante.

Pero su perspectiva cambió hacia unos dos días. Acudió puntualmente a su visita y mientras jugaba con su hermano una chica se acercó, conversaron un rato. Ella había perdido también a su familia, tenía tres hermanos menores, una madre un padre, y cuatro abuelos. Una familia grande en realidad que murió toda en aquél mismo día donde el fuego iluminó a toda Konoha.

Un llanto desesperado llamó su atención en algún momento y giró la vista a un espacio apartado de la habitación donde un niño rubio buscaba llamar la atención de algún modo.

— ¿Por qué no juegas con él? — le preguntó levantándose, pero notando enseguida cómo la mirada de la joven se volvía sombría. Pensó en acercarse por su cuenta para alcanzarle un juguete que por su cuenta el niño no alcanzaba.

— ¡No te acerques! — chilló la otra tomándolo con fuerza del brazo y desubicando al otro por unos momentos.

— ¡No lo toques!

—Pero…

— ¡Es una maldito monstruo! ¡Él mató a mi familia! ¡Él le quitó las piernas a tu hermano! ¡Por su culpa nunca vas a poder estar con tu hermano! ¡Por su culpa!

Una señora de más edad corrió hasta donde estaban jalando a la muchacha y callándola abruptamente la sacó de la habitación.

— ¿Qué te dijo? — preguntó la mujer regresando a la habitación evidentemente preocupada.

—Que él mató a su familia y…

— ¿Y? — la angustia de la mayor crecía ante la duda del chico.

—Que también él le quitó las piernas a mi hermano.

— ¿Solo eso? — volvió a preguntar sujetándolo por los hombros.

— ¿Solo te dijo eso?

—…Sí… si, señora… ¿Es eso verdad? — preguntó mientras su corazón latía rápidamente hasta escucharlo palpitarle en las sienes.

La mujer cerró los ojos soltando un suspiro, pero el niño lo notó, también a ella se le había ensombrecido la mirada. Se puso de pie, pues debió agacharse para sujetarlo como lo había hecho.

— ¿Es eso verdad? — insistió buscándole la mirada y agitando su respiración gravemente.

—No podemos hablar de ello, no le digas a nadie lo que esa niña te dijo.

— ¡¿Entonces es verdad?

—Todo lo que amamos y perdimos… es porque ese niño… ¡Vete a tu casa! ¡Ya sabes que no puedes quedarte mucho tiempo aquí!

Ese día dejó la habitación, pero regresó al siguiente, y pudo ver cómo todos lo miraban como quien pasa junto a un perro callejero con sarna. Era joven, había algo que no le querían decir, pero el entrenamiento en la academia valía la pena luego de calificarlo como tortura, pues ya había aprendido a deducir y sacar algo de información. Habilidades que según su maestro, solo se obtenían con la práctica. En solo dos días lo había concluido, todos estaban convencidos de que si ese niño no hubiera estado, todo sería mejor…

Y le constaba, no había visto a una sola persona que siquiera se compadeciera del ya afónico niño, él tenía que ser el culpable, él tenía que ser quien no debería existir.

Hasta que llegó otra mujer…

Una mujer que por su cuerpo pequeño y delgado parecía más una niña, pero en su rostro y pelo pintaban ya algunos años, ella lo abrazó y lo limpió, incluso buscaba calmar su llanto.

¿Quién era ella? ¿Por qué quería cuidar al monstruo? ¿Por qué no lo odiaba?

La siguió todo el día y la vio llorar, seguramente estaba loca, había perdido a su bebé como muchas otras y ahora solo estaba confundida.

Caminó despacio cuando ella se acercaba a la cafetería. Siguió sigilosamente sus pasos mientras un poderoso cosquilleo invadía las plantas de sus pies y manos. Dejó de respirar por unos segundos a medida en que la distancia entre él y la señora se hacía menor.

La anciana de la limpieza levantó la mirada unos momentos y vio al niño avanzar más rápido. Pudo advertirle a la señora Ichiraku…

"Ese niño es el demonio, no merece protección"

Una chica salía de una habitación con sábanas sucias que bajaría a la lavandería, vio al niño levantar las manos. Pudo gritarle al niño que no lo hiciera…

"Esa mujer se lo buscó por involucrarse con una bestia"

Un ANBU miraba desde la ventana, se levantó de su posición original en cuclillas y decidió entrar por la cocina. Aunque realmente pudo romper el cristal para entrar más rápido…

"Era inevitable, ese niño está maldito"

Al principio gritó por el susto, pero casi enseguida pegó más el niño a su pecho dejando que su frágil cuerpo fuera el que recibiera el impacto de los peldaños de concreto en su recorrido escaleras abajo. Sus ojos hinchados no podían distinguir mucho, solo sentía el calor en su cabeza y la humedad bajando por su blusa. Ni siquiera sus piernas dislocadas por la rodilla o el brazo roto podían superar el dolor que le dejaba en el corazón el tener que irse y abandonar a sus dos hijos.


Cometarios y aclaraciones:

T.T me hice llorar yo solita, pero Naruto no podía tener un recuerdo de una figura materna.

Pero el niño (el que la empujo) no era malo, fue culpa de los adultos! Sandaime lo dijo! Los niños imitan el rencor de los adultos!