Sousi Pa
De cómo se escoge un camino ninja
El servicio funerario había avisado que el cuerpo sería entregado cerca de las seis de la tarde. Las piernas se movían pesadamente de la cocina a la habitación donde había armado el altar, pronto sería el momento de dar una despedida a aquella mujer que había sido su esposa por nueve años, su amiga por diez.
— ¿Crees que la volvamos a ver? — preguntó Ayame con los ojos acuosos mientras dejaba sobre la mesita otra corona de flores blancas que había armado ella misma.
—... Quizás, cuando nosotros vayamos al cielo…
Teuchi era creyente y quería inculcar a su hija esa misma fe por más doliente que fuera. Con la voz entrecortada de la emoción que le embarga al hablar de su esposa, rememoró que los dos habían prometido volver a casarse.
Fue justo unos días antes de morir, cuando mantuvieron la que iba a ser la última conversación a solas. Se encontraban ya en su dormitorio, habiendo terminado las labores del día, estaban exhaustos, con el único deseo de dormir un poco antes de volverse a levantar. Esa noche, Teuchi le recordaba que el pasado fin de semana había sido su aniversario. No lo habían celebrado porque ella había estado todo el día en los cuneros cuidando de Naruto, pero no había reclamo en su voz, sino más bien la mera información como quien lee en el diario las efemérides.
— ¿Cuántos años llevamos de casados?
Ella ya estaba casi dormida, rendida por el ajetreo de cuidar de tantos niños en tan poco tiempo. Con un grado de conciencia ya muy limitado le respondió:
—Diez.
—No, son solo nueve, diez llevamos de conocernos ¿Recuerdas la fiesta de los faroles donde nos presentaron?
—… Sí… tu abuelo estaba molesto porque en lugar de atender el negocio entraste a la danza del dragón…
La fiesta de los faroles era una tradición de su aldea natal, celebrada el día quince del primer mes lunar, que vendría correspondiendo a la primera noche de luna llena después de la Fiesta de Primavera.
Los desfiles de zancos y danzas del dragón se paseaban por las calles suntuosamente decoradas con faroles de todos los colores posibles. El dragón del que Teuchi había formado parte se componía de nueve a doce segmentos, unidos por telas. Él cargaba el más cercano a la cabeza, la linternas colgantes que sostenía la agitaba en uno y otro extremo imitando junto con los otros jóvenes el contorneo sinuoso del animal.
Leones danzantes se travesaban por todos lados, más faroles se exhibían, y escritos en papeles pegados a las lámparas que levantaban vuelo, los buenos deseos para los conocidos, las plegarias elevadas con luz para la prosperidad. Fuegos artificiales, columpios de flores…
— ¿Volverías a casarte conmigo? Quiero tener una foto de nuestra boda, no pudimos sacar mucho de la casa cuando debimos marcharnos.
La mujer abrió los ojos bordeados por ojeras y sonrió.
—Sí... — respondió mientras lo seguía mirando.
—Y si me lo preguntas, quiero que sea en el mirador de la montaña de los Hokage en el día más soleado del año.
— ¿Eh? ¿Por qué allí?
—Porque la primera vez nos casamos, fue en una cueva durante una tormenta.
—Esa no fue la boda, nos casamos en el templo y…
—Desde esa vez me convertí en tu mujer, lo del templo fue mero protocolo.
Teuchi rió un poco y se acostó con ella metiéndose entre las cobijas.
— ¿Tú crees que si nos volveremos a casar, podremos tener otro bebé? — insistió ella como cada que podía, pues de verdad deseaba tener más hijos.
Él jaló sus sábanas y le besó la frente.
—Tal vez, pero ahora tienes a Naruto-kun.
—Lo sé. Pero va a necesitar un niño con quien jugar, ni creas que Ayame va a andar corriendo de un lado a otro ensuciándose la ropa. Quiero que tenga un amigo, que no esté lleno de la cizaña de sus padres…
El hombre volvió a besarla…
El jueves siguiente fue jueves de dolor. Día del velatorio donde Teuchi permaneció junto al retrato de su mujer. Muchos de sus vecinos y conocidos se dieron cuenta de que solo fue su sombra, un hombre con la mirada perdida, el rostro lleno de sufrimiento por la marcha de quien había sido el gran amor de su vida. Atendió durante más de treinta minutos pésames, abrazos y condolencias de amigos y personas que le habían acompañado a la ceremonia fúnebre. Del brazo, en todo momento, su hija Ayame, de blanco luto riguroso según la tradición enseñada por sus padres. Blanco de la paz, de la muerte…
—Era una mujer llena. Tuvo una vida de mujer muy feliz. — le dijo un amigo al acercarse a darle unas palmada en la espalda mientras le abrazaba.
Diez años casados según la cuenta de su amor. Sin apenas reproches, ni siquiera con la pérdida de su primera hija, su hogar, su aldea. Siempre pasando por encima de las adversidades, en las buena y en las malas… Como prometieron hacerlo al entregarse uno al otro.
El mundo se derrumbaba, carecía de sentido cuando alguien de veinticinco años* cortaba abruptamente su existencia. La realidad se vuelve incoherente y tratar de entenderla cansaba el espíritu, agota las esperanzas. Los buenos recuerdos se agolpan haciendo el adiós tan difícil, porque no volverá nunca la preciosa oportunidad de dar continuidad los sueños.
Para cuando no pudo más, todo se volvió oscuro, con la vaga esperanza de que al despertar, las cosas no siguieran igual…
.
El suave viento de la mañana casi se escuchaba silbar entre los tejados. La luz matinal empezaba a mezclar sus tonos amarillos, naranjas y rosas, difuminando el cielo que entre grises azules saludaba un rostro que tenía al menos tres meses sin ver.
Mientras la cortina metálica se deslizaba hacia arriba solo sentía la conciencia adormecida, el proceso de duelo llevaba tiempo y las heridas sanaban gradualmente, uno podría permanecer encerrado esperando a que solo quedara una cicatriz, pero el casero no pensaba lo mismo, tampoco el recaudador de impuestos.
Los recuerdos causaban oleadas de sentimientos, claramente la sensación de que fue robado el tiempo que deseaba pasar con esa persona calaba cada fibra. Resultaba difícil de expresar la propia aflicción cuando los demás integrantes de la familia están afligidos de igual manera.
—Buenos días…
El tercer maestro Hokage apartó el papel que colgaba sobre el tejado que daba nombre y bienvenida. El anciano caminó despacio hasta tomar lugar en la barra donde se le ofreció un menú improvisado.
—Todo esto que ha pasado… ¿Un año y medio? Los sentimientos y reacciones son normales, no los más adecuado pero normales. — habló exhalando una bocanada de humo.
El shinobi agachó un poco la cabeza no sabiendo por dónde empezar. Como el líder que era debía dar la cara por lo ocurrido aunque no había encontrado la forma, porque entendía las dos partes.
El ANBU que perdió a sus dos hijas también enfrenaba un duelo, aquél chico que había corrido hasta que las piernas perdieron fuerza apenas rememoraba con horror el impulso de su arranque.
¿Y a quién culpar? ¿La represión y el castigo lograrían ganarle a Naruto algo de respeto y dignidad?
El cuchillo fileteando el pescado estaba siendo tomado solo con la fuerza necesaria, justificar a una multitud enardecida podría quebrarle los nervios a quien debió pagar por la ira mal canalizada, pero se requería entereza para no caer en el círculo.
—No existe una manera correcta de pasar el duelo. El proceso es gradual y dura más en algunas personas que en otras. Puede haber momentos en los que se piense que nunca se disfrutará la vida de la misma manera, pero ésta es una reacción natural después de una pérdida.
Había puesto a remojar unos chiles desde hacía unos minutos, se giró para retirarles el agua y molerlos con un mortero junto con ajo, jengibre y té de limón.
—Me gustaría ofrecer una disculpa en nombre de Konoha, pero creo que no hay ninguna excusa que valga para que un ninja de elite haya permitido tal cosa.
La mezcla del mortero se pasó a una olla donde hervía leche de coco, con ayuda de una cuchara de madera se buscó unificar las dos cosas hasta que un poco de aceite se formó en la superficie.
—Y sin embargo, aquí estoy, porque soy el responsable de que las cosas marchen bien para todos…
Los fideos habían terminado de cocerse y con algo de trabajo fueron sacados de la olla y dejados en un colador mientras el pescado se añadía al caldo para cocerse.
—Pero no puedo tomar las decisiones de cada quién, no puedo controlar cada acción por mucho que me esfuerce. Nadie es capaz de hacer tal cosa.
Unas hojas de albahaca para decorar.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, mismas que apartó con el dorso de la mano. Enseguida se retiró a buscar un pañuelo para limpiarse.
—Solo puedo lidiar con las consecuencias, ese es el talento de los viejos… Solo quisiera saber si Naruto aún puede encontrar un lugar para estar.
Las lágrimas siguieron cayendo.
—El que lo aceptes no regresará la vida de aquella buena mujer, lo mismo si es que la opción es culpar a Naruto, difícilmente existirá un método que nos devuelva a los que perdimos.
En medio del silencio matinal la palabras del tercer maestro Hokage parecieron impregnarse con más fuerza, aquél hombre de verdad se preocupaba por el niño que todos odiaban, y sin embargo, era quien menos posibilidades reales tenía de brindarle una familia.
—Hokage-sama, yo… Naruto-kun siempre podrá venir, y quiero estar aquí para recibirlo… no puedo ser como mi madre, pero quiero cumplir su deseo.
El anciano asintió levemente comprendiendo que dejaría la academia.
—Y yo honraré su memoria…
El resto de las palabras las acalló, no era capaz de prometerle que en el acta de defunción se cambiaría la causa de accidente por intencional…
—Itadakimasu, Ayame-chan…
Cometarios y aclaraciones:
u.u este ciclo de conferencias motivadoras del tercero me costó mucho escribirlo, hablar como un hombre sabio es más difícil de lo que parece.
*Sí, la señora tenía 25 años, Tsubaki, la primera hija la tuvo a los 16, a Ayame a los 18.
Un margen de edad normal para mi contextualización (Aldea del Bambú=China, Konoha=Japón), Teuchi anda en los 30 (20 cuando se casó)
¡Gracias por leer!
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Para Beto, la primera persona en creer que yo podría escribir, amigo esta va para ti aunque no la puedas leer ya, siempre te recordaré con afecto.
02-02-11
