Un cowboy por navidad

Esta historia es una adaptación.

La historia original de Tess Curtis.

Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.

Capítulo 2

Una cabaña en la nada

Edward se sentó en el sofá, con los pies sobre la mesa de café, frente al fuego. Se había instalado hacía unos días en la cabaña que había comprado a muy buen precio, al recién divorciado dueño del concesionario de McAllister. Era una edificación moderna con aspecto exterior rústico en medio de la nada, a medio camino entre el rancho familiar en McAllister y la zona de Norris. La vivienda constaba de todos los lujos que se podrían esperar de un lugar como aquel, que no eran otros que agua y luz. No necesitaba nada más. Aunque la cocina totalmente equipada y el resto de la casa, con los tres dormitorios amueblados y los dos baños completos, tampoco le molestaban. Ahora solo necesitaba quince días de silencio hasta que pasara el grueso de las fiestas navideñas. Su padre se había mostrado conforme con darle tres semanas libres de las obligaciones del rancho familiar. Su madre, sin embargo, no creía que la soledad le fuera de ayuda. Pero Edward sabía lo que más necesitaba en aquellas fechas, y era precisamente aquello. Una cabaña sin recuerdos de una vida anterior y que la Navidad pasara desapercibida para él.

Unos golpes en la puerta lo sacaron del sopor en el que el almuerzo y el calor de la chimenea lo habían sumido. Solo su familia sabía dónde estaba y esperaba sinceramente que no se hubieran tomado la libertad de boicotear su retiro.

Abrió la puerta hastiado, ya que se había hecho a la idea de no ver a nadie hasta pasadas las fiestas. Sin embargo, no esperaba lo que vio ante su puerta. Era una mujer joven, envuelta con un abrigo, una bufanda y un gorro tan blancos como la nieve que la cubrían. Miró detrás de ella y no vio ningún vehículo. La mujer debía haber venido caminando.

—No compro nada —le dijo Edward, subiendo una ceja, esperando una explicación de la mujer de blanco.

—No vendo nada. Solo me preguntaba si podría usar su teléfono —respondió ella, aterida de frío, tanto, que su voz temblaba.

—No tengo teléfono —le repuso ahora Edward, escudriñando lo poco que se veía del rostro de la mujer de blanco. Apenas pudo vislumbrar unos ojos cafés entre el gorro y la bufanda.

—Quizá tenga usted línea en el teléfono móvil —rogó ella—. Porque yo no.

—Me temo que dentro de esta zona de árboles no se encuentra red.

El tipo aquel no la invitaba a pasar, Bella notaba que, o bien desconfiaba de ella o era un hombre un tanto extraño, por muy guapo, imponente y grande que fuera. Si una cosa había que reconocer era aquella: el hombre de la cabaña era muy atractivo. Lo habría admirado mejor si no estuviera congelándose de frío, tras el paseo de más de quince minutos hasta hallar la cabaña, que gracias al humo de la chimenea había podido encontrar.

— ¿Puedo pasar aunque sea un momento? —preguntó ella, pasando al lado de él sin esperar invitación.

Edward se sorprendió del descaro de la mujer, pero, aun así, cerró la puerta para evitar que el calor reinante en la casa se escapara y se giró hacia ella, pidiendo una explicación sin palabras.

—Siento ser tan maleducada, pero llevo varias horas en la nieve y estoy helada. He tenido un percance y mi coche se ha salido de la carretera, llevo esperando siglos a que alguien pase por allí.

— ¿Sabe usted que hay alerta por fuertes nevadas en la zona? —preguntó Edward, poniéndole de manifiesto su inconsciencia por conducir bajo aquellas condiciones.

—No he tenido tiempo de mirar el pronóstico del tiempo —respondió ella, tratando de exculparse.

Edward la volvió a mirar de arriba abajo. La nieve de su abrigo comenzaba a deshacerse haciendo que brillase el agua sobre la prenda.

—Nadie pasará por la carretera en días, hasta que no amaine el temporal y pase la quitanieves —dijo seguro de aquello.

— ¡Vaya! —Se sorprendió ella, poniendo a trabajar su mente, para hallar una salida a la situación—. ¿El lago Ennis está muy lejos? ¿Me daría tiempo a llegar antes de que anochezca?

— ¿A pie? —preguntó Edward, esbozando una leve sonrisa.

Aquella mujer era perseverante. Le empezaba a caer bien. Estaba cayendo una tormenta de nieve de mil demonios, en un par de horas probablemente tendrían que salir por la ventana de la cabaña y ella estaba pensando en caminar hasta el lago Ennis.

—Sí.

—Me temo que son algo más de siete millas.

—Oh, vaya. Quizá mañana…

—Mañana es posible que tengamos que salir por el tejado de la casa al exterior, señora.

Bella frunció el ceño, la nevada parecía ir en serio. Y ahora estaba tirada en la carretera o, mejor dicho, en la casa de aquel hombre que, aunque le había visto esbozar una sonrisa hacía unos instantes, estaba segura de que no estaba dando saltos de alegría de tenerla allí.

— ¿Trae equipaje consigo? —preguntó Edward, tras suspirar, haciéndose a la idea de que tendría que alojar al menos durante un par de días a aquella desconocida dama de blanco de la que aún no conocía ni siquiera el rostro, ya que seguía embutida entre el gorro de lana y la bufanda.

— ¡Oh! Yo no… No quiero importunarle.

—Me temo que no hay elección. Tendrá que quedarse aquí mientras dure el temporal de nieve.

—Tengo el equipaje en el coche —dijo ella, tomando consciencia de que no tenía otra alternativa.

—Si me deja las llaves del coche, se lo traeré —se ofreció Edward, algo que sorprendió a Bella, visto su recibimiento.

—Está cayendo una ventisca de mil demonios —objetó ella.

—Si no voy ahora, es posible que no lo podamos recuperar, ensillaré el caballo y no tardaré más de unos minutos en volver —aseguró mientras cogía un abrigo del perchero de pie que había al lado de la entrada de la cabaña, unos guantes y un gorro.

—Todo suyo. Gracias —respondió ella, alargando la mano enguantada para darle las llaves —. Es solo una pequeña bolsa de viaje que está en el maletero. Vaya con cuidado.

—Descuide. Puede ponerse cómoda y sentarse frente a la chimenea —dijo él, antes de salir por la puerta y cerrar tras de sí.

Bella fue consciente entonces de que no se había desprendido de ninguna de las prendas que llevaba encima. Todavía seguía aterida de frío, lo mejor sería deshacerse de aquel abrigo húmedo que portaba y entrar en calor frente al fuego, como le había propuesto el hombre de la cabaña.

Colgó las prendas en el perchero de la entrada y se dirigió, peinándose el cabello con los dedos, hacia la zona de la chimenea en la que un fuego ardía con viveza. Se detuvo frente a esta primero para calentarse las manos y luego, volviéndose de espaldas, observó la estancia que se desplegaba ante sus ojos. Era un lugar decorado con muy buen gusto, realmente acogedor. La cocina, de concepto abierto, podía verse desde la zona de estar, completamente equipada. El comedor lucía un fantástico juego de mesa y sillas de madera natural y frente a ella tres sofás alrededor de la chimenea. Ojalá la cabaña que había alquilado en el lago Ennis fuera algo del estilo. ¿Cuándo podría llegar hasta allí? Ni siquiera había podido llamar para avisar de que estaba atrapada cerca. Cogió el teléfono móvil y encendió la pantalla pulsando un botón. El mensaje avisándole de que no había red seguía apareciendo.


¡Especial de navidad!

Espero lo disfruten y me cuenten que les parece :)

Nos vemos.