.
Temaki kari-kari
De cómo se busca una posición estratégica
Ayame suspiró, acomodó el último plato en el escurridor tomando la toalla para secarse las manos ligeramente enrojecidas de las palmas, arrugadas y muy blancas del dorso. Volvió a suspirar, pero esta vez más como para armarse de valor, cerró los ojos moviendo su cabeza para relajar el cuello, levantó el pecho, se humedeció los labios y practicó una sonrisa para quitarse lo entumido de las mejillas.
—Papá —llamó, acomodándose el yukata y el delantal.
—¿Qué sucede, Ayame-chan?
—¿Sabes preparar temaki?
—¡¿Que si sé hacerlos?!— exclamó con tono ofendido —¡Soy un cocinero profesional ¡Claro que sé hacerlos!
—Bueno, es que desde que recuerdo, hemos servido ramen toda la vida, y para comer nosotros, la mitad de la dieta coincide con el menú de la barra y la otra mitad son ensaladas.
—Las ensaladas tú las escogiste, y te he preparado postres también.
—Bueno… ¿Sí sabes?
—Sí, es sencillo. ¿Se te antojaron unos?
—Sí, ayer que fui al mercado me dieron un volante sobre un curso para preparar sushi en todas sus variedades, es en el Centro Gastronómico de Konoha.
—¡Ah! La escuela nueva —respondió el hombre, recordando que hacía unos días, había llegado al restaurante una pequeña comitiva para invitarlo a formar parte. No podía ir a dar clases -no le interesaba principalmente-, pero aceptó formar parte de la reestructuración del gremio que estaban llevando a cabo la nueva generación de restauranteros de la aldea, e incluso aceptó sus volantes para repartirlos a los clientes interesados.
—Sí, dicen que están empezando con cursos sencillos para jóvenes amas de casa.
Teuchi asintió.
—No me molesta que quieran producir cocineros en cantidades industriales, pero no llego a comprender cómo es que piensan enseñar en tres años a un grupo de veinte personas lo que a un maestro de mis tiempos le tomaba toda una vida con un solo aprendiz. No tiene mucho sentido para mi.
Ayame se sentó en un banco alto enlazando los tobillos y recargando el codo en la barra. No había clientes y por eso quería aprovechar el tiempo, la opinión que tenía su padre sobre la escuela ya la conocía, era cortés porque hablaba de colegas, pero realmente no le gustaba.
—No les enseñan todo, al final cada uno tiene que buscar su propia sazón. Pero mientras les enseñen a diferenciar los instrumentos, creo que incluso podría traer a alguno para que nos ayude, ¿no, Ayame-chan? Parece definitiva la marcha de nuestro querido vecino, deberíamos aprovecharla para crecer.
La chica asintió.
—No es la especialidad de la casa, pero anda, tenemos arroz, te enseño a armar los temaki.
El hombre, sonriente por naturaleza y complaciente con su hija otro tanto, se dio la vuelta y rápidamente fue a la bodega para sustraer un saco de arroz de grano gordo y largo, tomando la medida de una taza.
—Doble de agua por cada una de arroz, con esta taza nos saldrán unos doce —dijo vaciando el arroz a un colador que Ayame, entrando de nuevo a la cocina, pasó a la llave del agua y lo mantuvo bajo el chorro hasta que el agua dejó de salir blanca.
Desde que colocó el agua al fuego puso el arroz y esperaron a que se cociera como normalmente harían con el arroz al vapor, una vez apagada la flama al tener la textura adecuada, lo dejaron reposar unos diez minutos.
Entro un grupo de cuatro y prontamente fueron a atenderles, el dueño del local no tenía problemas para llevar más de una preparación al mismo tiempo, así que no le afectó en lo mínimo que los cuatro pidieran cosas diferentes, solo tenía en ocasiones el inconveniente de espacio que le generaba la cocina reducida en comparación a la cantidad de clientes que atendía por día. Ayame le ayudaba en lo que podía, pero tenía que servir bebidas, limpiar, tomar órdenes, dar sugerencias a comensales y llevar las cuentas, a medida que su barra de ramen se volvía cada vez más popular, consideraba la idea de traer a uno de esos dichosos estudiantes del Centro Gastronómico.
Tal vez podría ser el futuro marido de Ayame, entonces moriría en paz.
Una de las flamas de la estufa se dedicaba a calentar una cucharadita de sal, una de azúcar y cuatro de vinagre de arroz, faltaba poco para que se disolviera completamente, la sal con el vinagre había reaccionado casi al instante, pero el azúcar era un poco más rebelde, así que mientras esperaba, preparó los fideos para la orden de una pareja recién llegada.
Ayame entraba y salía de la cocina, cobró tres órdenes para llevar y dejó la anotación de la misma en la cuerda de pendientes que le quedaban a su padre, aunque pronto despacharía casi todas, un ramen no podía ser lento, porque era principalmente una comida rápida -rápida, no instantánea-.
—Puedes ir rociando el vinagre —dijo a su hija que esperaba una orden de ramen con huevo. Ella tomó el cuenco de sal, azúcar y vinagre empezando a mezclarlo con el arroz cocido.
—Ponle un paño húmedo para que no se seque en lo que se enfría —volvió a indicar el hombre, terminando el armado del plato para que ella lo llevara a las mesas mientras él ya servía las órdenes para llevar.
—Aquí tiene, vuelva pronto, fue un placer atenderlo —dijo levemente sonrojada mientras el chico del departamento de contabilidad le sonreía afirmándole que así lo haría. Lo que el joven no sospechaba, era que el sonrojo de la joven nada tenia que ver con él.
—¿Salmón te parece bien? —preguntó su padre con una ceja levantada. Un contable no era mal partido, pero apreciaba la tradición del Ichiraku.
—¿Eh?
—Para los Temaki.
—¡Ah! ¡Sí, claro! Salmón es perfecto.
Los clientes ya habían sido atendidos y no tenían indicios de necesitar algo, así que Ayame entró a la cocina cuando su padre salaba un filete de salmón lavado y seco, por el lado de la piel que no había retirado para después cortar rebanadas transversales y finas, de manera que cada una conservaba una porción de piel.
—La parrilla está lista, ¿verdad?
—Sí, hice unos calamares hace un momento —respondió ella, mirándolo poner una hoja de papel aluminio aceitada y poniendo las rebanadas encima.
—Ponles un poco de mostaza, solo un poco con el pincel mientras me hago cargo de los berros y la lechuga.
Ayame atendió la petición diligentemente y sin que se lo pidieran sacó el salmón cuando estuvo cocido y crujiente por la piel.
—Muy bien —dijo su padre con aire triunfal, hacía no menos de diez años que había preparado unos y todo estaba saliendo mejor de lo que esperaba, pero era pronto para cantar victoria en esa batalla. Sacó algunas hojas de alga Nori y las cortó en cuadros equiláteros, tomó el arroz y puso encima de cada cuadro un poco, una rebanada del salmón, berros y lechuga en juliana.
—Hay que tener paciencia, no son como el sushi, aquí todo se hace con la mano, y procura no ensuciar el alga por fuera.
Uno a uno empezó a formar los conos de manera impecable, sin romper la hoja, sin ensuciarla y, sobre todo, sin derramar el contenido que era lo que le estaba pasando a su hija.
—Oh, no, no. Mira, así.
Tomó sus pequeñas manos entre las suyas, le mostró como hacer el cono.
—Ah, era para el otro lado —dijo mirando su cono que no era tan perfecto como el de su padre, pero al menos no lucía monstruoso,
—Con salsa de soja y listo.
Aprovechando que los clientes estaban en una plática sin terminar sus órdenes, decidieron comer, ya era horario también para ellos, por lo que tomando uno cada uno, agradecieron los alimentos y comieron.
El primer bocado lo dieron los dos al mismo tiempo, y quedaron pasmados ahí mismo, Ayame sintió muchas ganas de llorar, pero se las tragó junto con la masa pegajosa y agria apenas masticando.
—Esto sabe horrible —dijo Teuchi dejando lo que quedaba sobre el plato y el contenido del mismo lo echó sin miramientos al bote donde tenía los residuos orgánicos. No le gustaba desperdiciar la comida, sin embargo, también sabía cuándo algo ponía en peligro el estómago de alguien.
Avergonzado completamente, giró el rostro, incapaz de ver a su hija que solo mantenía una servilleta en su boca.
—Ayame-chan, yo…
Ella sonrió en una mueca extraña.
—Y pensar que era tan sencillo —dijo, ocultando el temblor de su voz.
—Lo es, es solo que, bueno, no tengo idea de qué salió mal.
Ayame volvió a reír.
—No importa, podemos seguir comiendo ramen, ¿no?
Teuchi arqueó las cejas desconsolado. ¿No había sido capaz de hacer algo tan simple?
Ayame tomó la charola de servicio y salió a las mesas para atender a los clientes sintiéndose el ser más despreciable de la tierra.
Durante los siguientes días, Teuchi, siendo quien era, simplemente continuó reproduciendo la receta, incluso utilizando la guía escrita que nunca consultaba, y después, comprando un recetario en la librería.
Necio, testarudo y orgulloso, no descansaría hasta conseguirlo. Pero el problema se centraba en el arroz, eso era algo que no comprendía completamente, para otros platillos el resultado era excelente, pero el arroz del temaki resultaba en una agria desgracia que menguaba sus ánimos.
El vinagre por separado tampoco estaba mal, él no consentía ingredientes de baja calidad o dudosa procedencia, así que realmente no comprendía qué era lo que fallaba, y eso le llenaba de frustración.
—Papá —llamó Ayame colorada, dándole unas palmadas afectuosas en la espalda al hombre que permanecía parado frente al arroz con los brazos cruzados, mirando atentamente el cuenco de granos inflados por el cocimiento.
—¿Qué sucede Ayame-chan?
—Estaba pensando… bueno… no te vayas a molestar, solo es una idea. ¿Qué tal si voy al curso? Los chicos dijeron que a tu nombre harán un descuento… y…
Teuchi desvió su atención, la miró con seriedad mientras sus facciones rígidas no se relajaban, como no lo habían hecho desde que descubrió su reciente y horrible incapacidad para hacer exitosamente algo diferente al ramen.
—¿Molestarme?
—Bueno…
—Me parece bien Ayame-chan, sirve que sales un poco y conoces gente — agregó con la mejor de sus sonrisas. La chica, sin embargó, chocó la palma de su mano con su frente para dejar de mirarlo a los ojos que tenían plasmada la tristeza y decepción de no poder enseñar a su hija algo que supuestamente dominaba.
—¿Otra vez con lo del marido? ¡No estás viejo, papá! ¿Por qué no eres un papá celoso? —dijo refunfuñando para cambiar el tema y cortar todo rasgo de tensión, pero al menos ya con el permiso para ir al curso que empezaba ese día, solo faltaba que llenara los formularios.
Para esa misma tarde, arreglada como haría para las cenas especiales, con los documentos en la mano se presentó en el Centro Gastronómico de Konoha una hora antes de la cita para arreglar cualquier imprevisto.
Era un edificio pequeño, relativamente hablando. Unos diez metros de frente, hacia arriba cinco plantas, todo pintado de un impecable color azul con blanco y desde donde estaba, le era posible ver el humo saliendo, escapando al cielo y llevando a los vecinos el deleite de las enseñanzas en el milenario arte de la cocina.
La puerta era de madera, se conformaba por un portón enorme tallado con motivos florales, pero solo estaba abierta una pequeña puerta por la que entró al encontrarse abierta. La recepción era como una sala de estar que abarcaba todo lo que en el Ichiraku servía como comedor, y al fondo, en un escritorio de madera del mismo color que la entrada principal, estaba una chica de tez oscura y cabello negro recogido en un moño alto del que solo escapaba un fleco lacio, en corte recto.
—Nami-san. ¿Te confirmaron la llegada del salmón? —preguntó un hombre apareciendo por uno de los pasillos, la vestimenta blanca, el delantal inmaculado y el pañuelo en la cabeza ocultando su cabello rubio le dejó claro a Ayame que era un cocinero, y no uno cualquiera, aprisionando la manga derecha; un pañuelo negro con una flama bordada en rojo y una sartén blanca, le hizo suponer que sería alguno de los maestros.
—Sí, Kento-sensei.
—¿Y dónde está?
Ayame avanzó despacio, no quería interrumpir, pero tampoco quería quedarse ahí plantada, fingiendo no estar.
La recepcionista fue la primera en notarla, se puso de pie para recibirla.
—Bienvenida —dijo haciendo una reverencia, el hombre, por su parte solo inclinó la cabeza sin dejar por zanjado su salmón ausente.
—No debe tardar en llegar —fue la respuesta de la mujer al maestro —. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó después a la joven.
Ayame explicó brevemente su motivo, expresando también sus disculpas por llegar antes de tiempo.
—No importa —dijo la mujer sonriendo. Para ese momento, Ayame ya había notado que debía de tener unos siete meses de embarazo.
—A Kento-sensei solo le importa enseñar.
El aludido volvió a agachar la cabeza, pero terminó dándose la vuelta para irse.
—¿Ichiraku? ¿De la barra de ramen?
—Así es.
El cocinero cambió abruptamente de parecer y volvió a dirigirse a las mujeres.
—¿Teuchi Ichiraku envió a su hija a clases de cocina? —preguntó incrédulo, clavando su mirada color avellana en la muchacha que se coloró toda.
—Sí.
—Esto tiene que ser una broma. ¿No sabe preparar un humilde bentō?
Ayame, que seguía cohibida y sintiendo los golpes de su conciencia, se armó de valor para controlarse.
—Bueno… él cree que debo expandir mis horizontes.
—¡Esa sí que es sorpresa, pero bueno, bienvenida a mi clase, la pensé para amas de casa jóvenes ¿Estas en vísperas nupciales?
La chica negó moviendo la cabeza rápidamente.
—No, no, no… yo, bueno, es más profesional mi interés.
—Menos mal, empezaba a sentirme celoso.
La recepcionista actuó en ese momento arrojándole a la cara unas listas.
—Kento-sensei, creo que Ayame-chan dijo que su interés era profesional. Puedo llamarte por tu nombre, ¿verdad?
Ayame asintió, y no porque le entregara confianza total, era solo que no se acostumbraba a ser llamada por el apellido, casi nadie lo hacía, y de hecho, pocos sabían que Ichiraku no solo era el nombre de la barra, sino de toda la familia.
Nami la tomó por la mano apartándola de la cercanía del cocinero.
—Es un casanova, Ayame-chan, mantente lejos de sus garras.
Asintió quedamente sin poder recuperar su color natural, al menos no en el rostro.
—Es muy temprano aún. ¿Te apetece tomar una taza de té helado? El clima lo amerita, ¿verdad?
—Sí, claro.
Dejaron al hombre que no había hecho nada por defenderse de las acusaciones y entraron a una pequeña habitación privada con una ventana que dejaba ver claramente el vestíbulo de entrada. El cristal era de los que daban la impresión de espejo de un lado, y ese lado precisamente estaba a espaldas del escritorio de recepción.
—Espero encuentres agradable el curso, Kento-sensei puede ser algo irritante, pero es el mejor maestro que tenemos, no hay quien no salga de aquí aprendiendo algo nuevo. Él ha viajado a muchos lugares, aprendiendo todo de las cocinas más famosas, tiene ideas interesantes y está a la vanguardia en tendencias culinarias.
Ayame inclinó la cabeza aceptando el vaso que le ofrecían.
—Mi esposo es un gran cliente del restaurante de tu padre, él trabaja en la oficina de contables.
—Oh, ya veo.
La joven dio un sorbo mientras escuchaba a la mujer hablar de Kento, que era algo como su mejor amigo, se conocían desde niños porque eran vecinos y le habló sobre la correspondencia que mantuvieron mientras él estaba de viaje, algunas experiencias propias, cómo conoció a su esposo, y con algo de pena le confesó incluso que a ella no le gustaba el ramen, por eso no lo acompañaba, pero que los primeros meses de su embarazo se le antojó uno muy condimentado, entonces Ayame pareció reconocer a su esposo, un hombre que había llegado corriendo tan solo un minuto antes de que cerraran y les rogara que prepararan algo para su esposa o no le dejaría dormir en la casa.
Su padre, blando como era, accedió.
—Entonces… Kento-sensei conoce a muchas personas, ¿no es así?
—Bueno, hasta tiene un grupo de admiradoras, y no por lo guapo, dentro de los círculos de la cocina moderna es bastante popular, ya te digo, es todo un visionario, no le da miedo buscar nuevos sabores.
—Escuché también que ofrecen cenas privadas durante los fines de semana.
—Oh, sí, es una forma en la que podemos solventar algunos gastos sin subir las cuotas de inscripción, los profesores realizan varios platillos y las reservaciones son exclusivas, desde que abrimos hace unos cinco meses, hemos tenido todo lleno, con decirte que, si quisieras una reservación ahora, solo te la podría dar hasta dentro de otros cinco meses. Y no es nada barato, nuestra clientela es muy exclusiva.
—¿Entonces solo los profesores participan?
—Recientemente Kento-sensei propuso que los alumnos más brillantes ayudaran al servicio, claro, tendrían además de cartas de recomendación, un pago por el trabajo.
Ayame sonrió, la mujer pareció captar la intención de ello.
—Una chica con ambición, es definitivo, Kento-sensei ya no te quitará los ojos de encima.
La joven camarera volvió a sonreír.
"Pero yo no vengo aquí a buscar marido", se dijo.
—Trabaja duro, Ayame-chan, y te permitirán subir.
—Eso es lo que haré.
Llamaron a la puerta, desde la ventana camuflada habían visto que se trataba de otro de los maestros, en voz baja hizo algunos comentarios a la mujer de la recepción y enseguida desapareció escaleras arriba.
Tan solo unos minutos después, uno a uno empezaron a llegar el resto de los alumnos inscritos al curso de sushi, tal como lo había previsto el maestro, eran en su mayoría mujeres jóvenes que, por comentarios posteriores, Ayame supo que eran casadas o prontas a estarlo.
La clase se dio en el segundo piso, eran en total diez, aparte de Kento, solo otro varón. Y durante las siguientes dos horas les fue explicado el proceso con el cual podrían realizar de manera sencilla el armado de sushi, que era lo que comúnmente se conocía y, de hecho, era el procedimiento idéntico que había tratado de enseñarle su padre, salvo porque no contenía leche agria, ingrediente utilizado por Ayame para sabotear el arroz todas las ocasiones.
Con el recuerdo, su semblante se entristeció, realmente se sentía muy apenada, pero no había otra manera para que consintiera que la hija de un cocinero no aprendiera en casa conforme a la tradición y se anotara en una escuela.
Kento pasó a su lado alabando su armado del rollo tradicional. Ella dio un salto asustada, debido a que estaba distraída.
—Tranquila, ante todo lo profesional —dijo sonriendo.
Y era verdad, aunque su forma de actuar y de moverse entre las mesas de las alumnas era coqueta, no había hecho comentarios impropios, no había hecho contacto más allá de la corrección en posturas de preparado y a todas las llamaba con la debida propiedad, sin excluir en ningún momento a su estudiante varón.
—Y bien, ¿quién de ustedes tiene niños pequeños? —preguntó una vez que hubo constatado que todas habían aprendido a preparar el arroz.
Para ese momento, Ayame comprendió aquello de las ideas creativas, mientras hablaba, había tomado una hoja de algas, un puño de arroz, salmón y trozos pequeños de verduras, seguía insistiendo sobre la importancia de la apariencia, que de la vista nace el amor, que la cocina debiera ser una experiencia donde no solo participe la nariz y la lengua, sino todo, hizo el corte del rollo grueso, montó en un plato y al unísono, una exclamación enternecida se hizo presente, los rollos, ya montados sobre una ensalada de brotes de trigo, se veían sin equivocación alguna, como osos panda en su selva de bambú.
El cuerpo, todo de arroz redondeado, con las pertinentes manchas negras hechas de alga, incluso los brazos delanteros, las orejas, cortando una tira delgada de la misma alga dio un ultimo toque haciendo una sonrisa.
—Pero así menos se lo va a querer comer —dijo una de las chicas sin despegar los ojos del plato.
Kento soltó una carcajada tomando un oso y comiéndolo.
—Bueno, tal parece que tenemos muchas ideas para desarrollar en estos tres meses. ¿No es así?
Todas asintieron, motivadas a que había sido una buena inversión.
—Nos veremos la próxima semana entonces, y no olviden practicar, el panda las espera.
Ya atardecía, Ayame se había olvidado unos instantes del amargo recuerdo de la expresión de su padre al no conseguir unos rollos decentes, cruzaba el puente cuando escuchó el croar de una rana, se detuvo y miró al rió que pasaba por debajo.
En el agua enturbiada por el cause, se veía el reflejo -debajo del puente- de una mancha rojiza.
—Siempre he querido ver a un animal hablar —dijo para si, por respuesta recibió un croado.
—¿Crees estar arriba al final del curso, A-chan?
—Sí —dijo con toda seguridad, agachando la cabeza hasta recargarla en la baranda, pero ocultando su boca con los brazos cruzados.
Otro leve croado.
—Da tu mejor esfuerzo, nos vemos, A-chan.
No vio a la rana, le daba curiosidad porque nunca había visto a un animal hablar, pero era mejor así, le daba miedo fallar en la discreción sobre todo porque, muy quedamente, como murmullo, la rana antes de dejarse caer al río le había advertido que un sujeto la seguía.
—¡Hey!
Era la voz de Kento.
Ayame levantó la cabeza como si hubiera estado pensando alguna cosa muy importante y no hablando con una rana.
—Ayame-chan, te olvidaste de llenar la forma del seguro —dijo alcanzándola.
—¿No la llené? —preguntó extrañada.
—No, o no la encontramos ahora que estábamos acomodando los expedientes de nuevo ingreso.
—Vaya, iré ahora mismo.
—No es necesario, además, Nami-san ya debió de cerrar, pero podrías pasarte mañana, ¿qué tal? — preguntó guiñándole el ojo.
Ayame asintió, un poco avergonzada, odiaba que se subiera rango por algo que no fuera talento y preparación, pero tenía que ser mesera en tres meses a cualquier costo.
—Claro, no tengo problema.
Y sonrió, una sonrisa poco auténtica en felicidad y más tendida a la propia decepción. Aunque pudo corregirla antes de que el otro se diera cuenta.
.
—Minato siempre dijo que tenías talento, coincido con él y por eso mismo necesito a alguien que pueda moverse con un perfil bajo.
—Perdón, pero yo no… no completé el entrenamiento.
—No solo los ninjas protegen a su aldea, Ayame-chan.
Ayame agachó más la cabeza, como si eso fuera posible a su grado de timidez adquirida.
—Pero Ayame-chan, una vez que entras no hay vuelta atrás, y el remordimiento no tiene cabida, si dejas que entre, te va a devorar el corazón, no siempre lo que es mejor, necesariamente es bueno... y es imposible que todos ganen algo, convéncete a ti misma de que es por un bien mayor y llegarás muy lejos.
Comentarios y aclaraciones:
La última nota es, el arroz ya compuesto con el vinagre no dura más de un día, y en el refri se seca, no olviden el paño mojado para evitarlo.
Bueno, un aviso un tanto extraño y largo -que además verán en varios fics-
Ya saben que no soy la constancia andante respecto a actualizaciones, y aunque generalmente la culpa la tiene la falta de tiempo, justo ahora enfrento un problema mayor y tiene que ver con las musas.
Usualmente a un autor la musa se le va, y viene cuando le da la regalada gana. Hay muchos a quienes los abandonan por tiempo indefinido y tal vez para siempre. Si algún colega escritor esta leyendo esto y dice "Es verdad, a mi me dejaron con un fic a la mitad", pues bueno, hago este aviso porque es probable que yo la haya encontrado, que a mi hayan llegado todas las musas de los autores que no pueden actualizar un fic por más que lloren sangre en el acto, y eso compañeros, es muy malo.
Tengo 10 fics en publicación justo ahora, pero hay otros 19 pendientes en mi compu y lo triste del caso, es que ahora resulta que las musas quieren trabajar en los otros.
No, no estoy anunciando un hiatus, sino algo peor…
Voy a subir todo lo que tengo en mi compu.
Así es, la decisión más absurda, impulsiva, irresponsable y grotesca del mundo, pero si no lo hago las ansias me van a comer porque de los proyectos hay cuatro que están a nada de ser terminados, entonces, esta autora se va a meter en un gran lío, pero espera que con ello las musas se vuelvan no solo activas, sino organizadas y puedan sacar adelante todo lo pendiente, y ayuden como terapia ocupacional para evitar el estrés que me genera la tesis.
Y pues, ya ven, que como yo no tengo nada mas que hacer, espero que los demás tampoco y se den un tiempo para visitarme ¡Hay para escoger!
¡Gracias por leer!
