Un cowboy por navidad
Esta historia es una adaptación.
La historia original de Tess Curtis.
Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.
Capítulo 5
La nevada continúa
Bella se había levantado temprano y había hecho café, no sin abrir al menos una decena de armarios de la cocina hasta dar con el paquete de café molido, pero lo había logrado y ahora degustaba una buena taza del oscuro líquido. Había mirado por la ventana y no había visto nada nuevo, seguía nevando. Así que se apoyó en el lado contrario, en uno de los armarios de la cocina, para observar nevar con más perspectiva, viendo toda la estancia a la vez.
Edward bajó las escaleras y se dirigió hacia la cocina. No había pasado una buena noche. Uno de sus sueños recurrentes lo había despertado al poco de dormir y le había costado varias horas volver a conciliar el sueño de nuevo. En aquel momento era poco menos que un zombi que solo buscaba su dosis de cafeína. No fue consciente de que Bella estaba en la cocina observándolo, mientras tomaba una taza, la llenaba e introducía varios terrones de azúcar antes de removerlo con una cucharilla que dejó a un lado de la encimera.
Bella observó con detenimiento a Edward, sus gestos, naturales y relajados, sin saberse observado por ella. Se sentía una voyeur, pero agradeció tener aquella pequeña licencia para admirar a aquel hombre, que al parecer solo dormía en pantalón de pijama. Sin camisa era incluso más impresionante de lo que se había imaginado el día anterior. ¿Qué demonios hacía un hombre como aquel solo y alejado de la civilización en Navidad? Edward era muy alto, o al menos se lo parecía a ella, que no pasaba del metro sesenta. Debía medir casi uno noventa y tenía un cuerpo fuerte y unos músculos bien definidos. Contemplarlo era un placer para la vista, sobre todo para la suya, que rara vez se había encontrado un espécimen de tal calibre.
Por lo que había visto el día anterior, sus ojos eran negros y profundos, al igual que su cabello, que le caía sobre la frente. Su rostro era cuadrado, con una fuerte mandíbula y su nariz era del tamaño justo para armonizar con el resto de sus rasgos. Se fijó ahora en su piel, estaba tostada por el sol. O era un tipo que pasaba medio día ejercitándose en el gimnasio o sin duda era de los que trabajaban con las manos y al aire libre. En aquella zona, aparte del turismo, según había leído, existía mucha agricultura y ganadería, ranchos con miles de acres cultivables y cientos de cabezas de ganado.
Edward bebió de la taza de café y ella pudo ver cómo su nuez de Adán se movía de arriba a abajo. Cuando él se volvió hacia la ventana, quedando completamente de espaldas, ella pudo deleitarse con la visión de aquel trasero tan firme y bien formado. Se imaginó recorriéndole la espalda con las manos y se mordió el labio pensando cuán placentero sería hacer aquello. Un leve suspiro escapó de entre sus labios y Edward se giró hacia ella, descubriéndola allí.
Durante unos segundos se mantuvieron la mirada, escudriñando uno la del otro. Edward se sintió endurecer al ser consciente del tipo de mirada que había visto durante al menos dos segundos en los ojos de Bella. Hacía mucho tiempo que no estaba con ninguna mujer y aquello podría ser invitación más que suficiente para cruzar la cocina y tomarla allí mismo. Pero se recordó que era su casa, que la había conocido no hacía ni veinticuatro horas y que ella estaba retenida allí contra su voluntad debido a la nieve. No era ni justo ni correcto aquel comportamiento. Aquella mujer, por mucho que lo atrajese, era su invitada y no estaba en un club de moda de Helena.
—Buenos días. —Edward le sonrió, elevando su taza de café como saludo, antes de tomar asiento en la isleta central.
—Buenos días —respondió Bella, que había sido consciente de que él la había pillado mirándolo en silencio—. Es bonito ver cómo nieva desde aquí, ya que no se detiene.
—Si no puedes con tu enemigo, únete a él.
—Exacto. Por más que lo desee, no va a dejar de nevar.
— ¿Deseas que deje de nevar? —preguntó él subiendo una ceja, divertido. Habría jurado que un rato antes aquello era lo último que deseaba.
—Bueno —comenzó dudando ella antes de decir una verdad a medias—, estoy ocupando tu espacio, seguro que estás deseando que me vaya y recuperar no sé… Lo quiera que tengas que hacer, o recibir a quien tengas pensado recibir.
—Hablábamos de tus deseos, no de los míos —replicó él, con un tono de diversión en su voz.
Bella sonrió. ¿Por qué demonios era tan encantador aquel hombre?
—Deseo dejar de molestarte. Y, bueno, la nieve lo pone difícil, ya sabes. —respondió ella en un tono suave.
—Ya veo.
—No sabía qué desayunabas, por eso solo me he limitado a hacer café, espero que no te moleste el atrevimiento.
—No suelo desayunar gran cosa. El café está genial, gracias. Hoy lo necesitaba.
— ¿Una mala noche?
—No he dormido mucho ni demasiado bien.
— ¡Vaya! Lo siento.
—No importa. Hora de ponerme en marcha —dijo levantándose del taburete para dejar la taza en el fregadero.
— ¿Piensas ir al trabajo? ¿Nevando?
—No, evidentemente no. Pero tengo algunos animales en el establo. Tengo que quitar la nieve hasta allí para poder atenderlos.
—Subo, me cambio y te ayudo —dijo ella solícita.
—No es necesario. —Sonrió él.
—No puedo estar mano sobre mano aquí mientras haces todo el trabajo.
—Solo tengo una pala, pero luego podrás ayudarme con los animales.
—Bien, dime qué hago mientras.
—No tienes que hacer nada. A pesar de las circunstancias, eres mi invitada. Y ni me molestas ni deseo que te vayas —dijo él justo antes de subir las escaleras hacia el piso de arriba.
Bella sonrió y, sin saber muy bien por qué, le hizo feliz oírle decir aquello.
¡Especial de navidad!
Espero lo disfruten y me cuenten que les parece :)
Nos vemos.
