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Ebi kani tempura

De cómo se identifica a los traidores

—Ayame-chan, de verdad no puedo creer que Teuchi-san no sepa preparar cosas ajenas al ramen, parece que tú dominas demasiado bien las técnicas, cuando menos las básicas.

—Gracias, Kento-sensei. Pero en realidad me he estado esforzando demasiado, y sus enseñanzas has sido de gran utilidad.

—Nada de modestia, Ayame-chan. Tienes todo un don natural.

—Gracias.

—Eh… Ayame-chan, la clase terminó hace quince minutos.

—¡Oh! Sí, es verdad. No tardo en irme.

—¡No! ¡No es por eso Ayame-chan! Solo quería que lo supieras porque quiero invitarte a salir, en estos momentos ya no soy tu chef instructor, así que no tienes que sentirte obligada si no quieres.

—Pero… sí quiero.

Ayame se sintió enrojecer completamente debido a la prontitud de su respuesta, se había prometido no parecer desesperada una vez que estuvo completamente segura de que tenía todo a su favor para causarle una buena impresión a nivel personal, pero con esa actitud estaba lejos del objetivo original y no había ya oportunidad de echarse para atrás.

—Ah… creí que ibas a decir que no.

"Yo también", pensó nerviosa, convencida de que tal vez por lo impulsiva, terminaría por ahuyentarlo.

—¡Pero es perfecto! ¿Puedo pasar por ti mañana? ¿A las siete? ¿En la barra de ramen?

—Claro.

La joven camarera pareció olvidarse completamente de lo que estaba haciendo en esos precisos momentos y mantuvo la mirada fija en los ojos color avellana del hombre, tragó saliva y en un parpadeo el encanto pareció romperse devolviéndola a la realidad donde su equipo de trabajo seguía disperso por toda la mesa que le correspondía. Las otras chicas intercambiaron un par de palabras entre risas, ya habían notado que el instructor le tenía especial preferencia a la chica, pero no les molestaba mucho, ella no acaparaba toda la atención en clase e incluso era a la que menos le hacía correcciones, principalmente porque, como había mencionado, parecía tener más noción de las técnicas básicas en comparación a ellas.

—Te… tengo que irme.

Ayame salió a toda prisa, había terminado por meter todo en un movimiento y desaparecer rápidamente para no verlo más sino hasta el otro día. Su abrupto cambio de actitud volvió a convertirse en la conversación de sus compañeras que debían apresurarse también para llegar a sus casas.

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En el Ichiraku Ramen, Teuchi no podía quejarse de una baja considerable en la clientela debido a la ausencia de su hija. Ciertamente, más de uno lo notó, pero como solo sucedía una vez a la semana y por la tarde, no hubo alarma ni siquiera para él, que debía trabajar solo en ese rato. Hacía tanto que su hija formaba parte del proceso laboral que no podía evitar el extrañarla y sentirse ahogado entre pedidos, pero al mismo tiempo se decidió a tomar aquello como una prueba para cuando ella se fuera con su esposo. No iba a tenerla a su lado toda la vida, y eso era un precepto que se había repetido desde el día en que nació, ya fuera porque no le gustara la cocina -cosa que para su fortuna no había sucedido- o ella se casara, arrancarla de su lado era un poco inevitable.

No menos triste por ello.

—Creí que no ibas a buscar marido —dijo Teuchi viendo a su hija usar una de las únicas dos prendas de color que había en todo su guardarropa y nuevamente empezando a recitar mentalmente aquello de que los hijos son un bello préstamo de la vida, que había que cuidar y educar, para que ellos cuidaran del mundo a la partida de sus padres.

—¡No voy a casarme con él!

—Entonces no salgas con él.

—Salir con gente es bueno para la salud emocional de cualquiera.

—Entonces sal con amigas.

—Los hombres también pueden ser amigos.

—Hasta que revelan sus verdaderas intenciones.

—¡Estás exagerando! Además, pensé que te urgía subirme al primer carruaje que partiera.

—No con cualquiera, Ayame-chan.

—Pues no es cualquiera.

—¿Entonces sí vas a casarte con él?

—¡No!

—Causar una negativa con una chica antes de la primera cita no es algo a lo que esté acostumbrado.

Ayame se puso roja hasta las orejas, no atreviéndose a girar el rostro para ver al desencadenante de la conversación.

—Mi nombre es Matsuhisa Kento, encantado de conocerlo en persona —se presentó formalmente haciendo una reverencia al padre de la chica.

El dueño del local miró a la persona que tenía enfrente. Por la fisonomía de su rostro, el párpado caído ocultaba casi todo su ojo, así que sabía perfectamente que no se notaba cuando escrutaba a alguien de arriba a abajo, dándose de vez en cuando ese lujo, como en aquella ocasión.

—Ichiraku Teuchi, igualmente. Bienvenido sea a mi humilde negocio —dijo aprobatoriamente, encontrando nula la posibilidad de nietos feos.

Kento sonrió complaciente, había elegido un color verde menta para la camisa con un chaleco azul marino a juego con los pantalones y llevaba el cabello suelto, cayendo en mechones disparejos, entonces se notaba mejor que era poco más largo de lo que parcía. Además, la camisa hacía que el color de sus ojos se viese con reflejos verdes cuando ese color realmente no lo tenía.

La magia de la luz.

—Papá, él… él es el instructor de la escuela...

—¡Vaya! ¡Un colega de profesión!

—Nada de eso, aún no me establezco, estoy en el camino del aprendizaje, cuando tenga una cartera de clientes fieles y tan basta como la suya, entonces seremos colegas, hasta entonces usted será con todo respeto, mi superior.

—Un profesional halagándome, esto no se ve todos los días, bienvenido eres muchacho, cuando lo consideres apropiado.

—Espero que mis visitas sean frecuentes.

Ayame ya se había pasado al otro lado de la barra inclinando la cabeza frente a su padre luego de haberlo besado en la mejilla.

—Regreso más tarde.

—Vayan con cuidado.

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Ayame seguía colorada, miraba para el lado opuesto a donde se encontraba su compañero, sin embargo, era capaz de mantener conversación. Hablaban de cosas de la aldea, él había regresado hacía poco, pero estuvo ausente por casi diez años. Siendo muy joven había emprendido el camino de las escuelas de cocina de lugares diferentes, y la Konoha de sus recuerdos no se parecía mucho a la que se encontraba frente a él.

—Había un estudio fotográfico ahí —dijo señalando un pequeño local donde en esos momentos solo vendían artículos para limpieza.

—Ahora está en el centro, creció bastante —respondió Ayame, adelantándose un poco — ¿Conoces la tienda de miniaturas de papel? —preguntó mirándolo a la cara por primera vez desde que habían salido.

—¿Miniaturas de papel?

La chica asintió y tomándolo de la mano lo condujo por las calles.

—Casi no salgo, la mayor parte del tiempo estoy en la barra de ramen, pero cuando toca entregar pedidos a domicilio, puedo conocer muchos lugares.

—Entonces estamos en las mismas —repuso él, rascándose la barbilla —. Los productores hacen entregas y si no estoy en la cocina de la escuela estoy en el restaurante, así que tampoco he podido recorrer mucho para ver todos los cambios.

Ayame sonrió, no sabía si era buen momento para meter el tema, tal vez era muy apresurado, pero le quedaba solo una semana para llegar a servir en esas misteriosas cenas importantes.

—Pero conoces a mucha gente, ¿no es así? — preguntó para dar rodeos mientras se armaba de valor.

—Bastante en realidad, el chef debe salir a agradecer a sus invitados, y en algunas cocinas de hecho, debe estar presente haciendo las preparaciones. Es algo inevitable.

—Vaya…

—Y de todo tipo, alguna ocasión tuve que servir en un comedor para indigentes y muchas otras he estado en importantes reuniones de eminencias políticas, hay gente que se desvive en halagos y otros que solo buscan hostigar. ¡Pero en la cocina nadie le levanta la voz al chef! —exclamó con entusiasmo.

Llegaron a la mencionada tienda y se pasearon entre los mostradores donde se exhibían diminutas piezas de papel doblado, aunque también había cuadros de papel cortado. En uno especialmente grande, se hallaba trazada una escena de recreo en un palacio: damas elegantes a la sombra realizando alguna labor de punto, dos más jugando con una pelota, algunas mirando por la ventana, y otras practicando caligrafía.

—¡Es increíble el trabajo! —dijo maravillado mientras miraba a un hombre de avanzada edad con enormes lentes realizar un doblado para hacer un dragón.

—¿Qué precio tiene este cuadro? —preguntó.

El viejo le miró con la expresión cansada, movió los labios como queriendo quitarles lo entumido y dijo un precio sin ánimo siquiera. Al escuchar la cantidad, Ayame perdió el habla, el viejo seguramente ya esperaba esa expresión así que, sin prestar más atención, regresó la vista a su trabajo. No pensaba bajar ni un centavo, el trabajo no se malvendía.

—Me la llevo —dijo Kento sacando la cartera de su chaqueta —. Se verá increíble en el salón privado del restaurante.

En ese momento, el anciano sí pareció sorprenderse, y dejando lo que estaba haciendo, se apresuró a pasarse del otro lado, pensando que tal vez se arrepentiría.

—¡Pero es demasiado dinero! —exclamó la chica.

—Inversión Ayame-chan, inversión. Para un cliente, del tipo que recibimos en el restaurante, es importante que se genere una experiencia única, de manera que quiera regresar con frecuencia, no solo para comer, sino para estar a gusto.

Ayame miró al viejo descolgar el cuadro y trasladarlo al mostrador, donde lo envolvería con cuidado. El proceso fue lento, no lo culpaba, realmente a ella le daba miedo que de tan delgado que era el papel, fuera a desgarrarse pese a estar ya enmarcado.

—¿A dónde la envío? —preguntó.

—Me la llevaré yo mismo.

—Es muy pesada por el enmarcado.

—Descuide.

Ayame se ofreció a auxiliarlo, pero Kento se rehusó.

La escuela estaba a un par de cuadras de ahí, y aunque el rostro del chico estaba completamente enrojecido por el esfuerzo, no flaqueó en ningún momento.

El edificio estaba contrapuesto en un muro de piedra maciza que era un costado de una formación emergente, posiblemente una prolongación geológica de la montaña donde se encontraban esculpidos los rostros de los Hokages. El techo de la construcción prolongaba su terraza sobre la cima de esa roca, en la que algunos árboles habían conseguido afianzarse, ahí arriba estaba el restaurante, una combinación de espacios interiores y exteriores al que se tenía acceso por una enorme y elegante escalera flanqueada por farolas rojas y blancas.

La altura solo era la de cuatro pisos, pero el transporte del cuadro requirió que, al final, Ayame le ayudara, al menos para evitar que el peso le hiciera perder el equilibrio.

—Menuda cita, ¿eh? —preguntó Kento queriendo reír, pero le faltaba demasiado el aire, le dolían los brazos y le temblaban las piernas, así que se sentó en la sala del recibidor antes de entrar.

—Bueno —Ayame sonrió nerviosa —. No tengo otra para comparar —agregó ruborizándose. Kento parecía sorprendido.

—¿Es en serio? ¡No te creo!

—Bueno, hace muchos años… pero era solo una niña.

Kento se puso de pie sobreponiéndose al malestar causado por el esfuerzo.

—Lo siento, no quería hacerte sentir mal —repuso notando que el ánimo de la chica había menguado.

—Ayame-chan, quiero hacerte otra proposición.

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La concertista contratada para esa noche había llegado ligeramente tarde, aparentemente un percance en el camino retrasó su llegada. Pero, por el contrario, el escuadrón ninja que haría de seguridad privada se presentó desde unas dos horas antes del arribo del primer cliente. Se distribuyeron en toda zona, uno especialmente tomó sitio en la cocina, podría no ser capaz de freír un huevo, pero con toda seguridad reconocería un veneno, o al menos eso quiso pensar Ayame.

Le habían citado con anterioridad para explicarle la distribución de áreas, ella ya tenía experiencia como camarera, así que no hubo necesidad de enseñarle a tomar nota, el protocolo para servir y en general la manera de tratar a los clientes.

—¿Siempre es así de riguroso? —preguntó en un susurro a una compañera que llevaba más tiempo atendiendo.

—Sí, además, estas personas son muy exigentes con la presentación. ¿Notas que incluso los ninjas no traen su uniforme del chaleco verde?

La chica levantó la mirada por encima de la pequeña barra que las separaba del puesto de vigilancia del shinobi asignado a esa sección. Usaba lentes oscuros, el peinado algo revuelto y la banda inclinada, el estilo era desaliñado, pero aun así conservaba el aire profesional. No llevaba los pantalones ni la camisa azul, tampoco el mencionado chaleco, en cambio, iba de negro, encima un haori gris que en los hombros enarbolaba las espirales rojas junto con la hoja, símbolo de la villa.

—Ya veo…

Ayame comprendió que, si incluso ellos debían cambiar un poco la imagen, que ella llevara puesto lo que parecía un kimono de fiesta, era lo de menos.

—Ayame-chan. ¿Lista?

—¡Nami-san! —exclamó la chica que estaba con Ayame —¡Ya deberías estar en casa preparándote para recibir a tu bebé! —dijo sorprendida. Entraba en el noveno mes, el médico le había dado fecha para una semana más, pero la mujer insistía en trabajar, salvo ese último viernes en que llamó para decir que no se sentía bien, Kento le dio el día sin reprocharle nada, pero ahí estaba, con vestido elegante, un gran cinto rojo sujetaba su vientre crecido y el peinado alto.

—Falsa alarma, el médico dijo que sí se quedará aquí otra semana.

—Pero el esfuerzo…

—Yo solo estoy en recepción, checo la reservación y llamo a la camarera que los atenderá.

—Nami-san…

La mujer se retiró para tomar su puesto, la concertista consiguió estar lista antes de que llegara el primer grupo de clientes, una familia acomodada del norte, seguida de un matrimonio de ancianos que celebraba su aniversario, un grupo de seis comerciantes con sus esposas, y el grupo que atendería Ayame: Hiashi Hyūga, sus dos hijas y su sobrino.

—Bienvenidos. Mi nombre es Ichiraku Ayame, los atenderé esta noche —dijo sonriendo con calidez y haciendo una reverencia, la idea con el Ichiraku era la misma, pero la ceremonia se extendía a niveles nuevos.

Hiashi inclinó la cabeza y asintió cuando le ofreció una copa de sake para iniciar.

—Solo a él —indicó enseguida el hombre respecto a que solo le sirviera a Neji, evitándole tener que preguntar a ellas, a quienes entregó el té que había preparado en ese momento. Las cartas ya estaban sobre la mesa, no esperaba que ordenaran enseguida, siempre había como un preámbulo para degustar el aperitivo que era una combinación de verduras, carnes y mariscos en tempura con salsa de limón.

—Por favor disfruten.

Ayame se retiró con solemnidad a un espacio contiguo en el que esperaría diez minutos aproximadamente, si le necesitaban antes, harían sonar una pequeña campana apostada en un extremo de la mesa.

Tenía las manos enlazadas al frente, movía los dedos con nerviosismo, no tenía otra mesa para atender, así que no le quedaba más que esperar.

—Ayame-san.

Se sobresaltó asustada, la menor de las niñas estaba a su lado y no se percató de en qué momento se había puesto de pie.

—¿Sí?

—Es el cumpleaños de Hinata-oneesan —dijo suavemente —. Quisiera una tarta para ella. Le gustan los rollos de canela.

Ayame inclinó la cabeza.

—Le diré al chef.

La pequeña giró sobre sus talones regresando al apartado donde estaba su familia. La camarera rápidamente llegó a la cocina y buscó a Kento.

—Kento-san, hay una chica que cumple años hoy, y le gustan los rollos de canela.

—Eso no me lo habían dicho. Usualmente cuando se hace la reservación se pregunta el motivo para tener el ambiente adecuado— respondió torciendo la boca con aire pensativo.

—Pero creo poder resolverlo. Sota-san, reemplázame en esto —dijo cambiando de lugar con otro de los chefs que no rechistó siquiera, a su vez, a él uno más debió ocuparse de lo que hacía y todos los puestos en la cocina se reorganizaron. La joven los dejó para regresar a atender justo a tiempo.

El hombre mayor fue quien realizó el pedido completo, sus tres jóvenes acompañantes apenas pronunciaron palabra, en silencio, solo intercambiando alguna mirada, ni siquiera pudo saber si en realidad habían podido decidir sobre lo que pedirían.

—Yo…

Había hablado Hinata, pero enseguida se arrepintió y se llevó el té a los labios para dar un sorbo.

—Hinata-oneesan quiere saber si puede traernos más de esta tempura.

—Sí, enseguida.

Ayame se sentía abochornada, algo en la convivencia entre los integrantes de su mesa la ponía nerviosa, pero no estaba segura de qué era. A Hinata la conocía de antes, iba con cierta frecuencia a la barra de ramen en compañía de sus amigos, en menor medida al chico también, solo que no recordaba su nombre, y no era tampoco particularmente hablador.

Le entregaron la orden de tempura, junto con la de otra chica.

—Es un éxito. ¿No? —le comentó.

—Definitivamente, lo malo será que solo quieran la entrada—respondió Ayame sonriendo, pero sin sentir realmente más ligero el humor.

Iba de regreso con la charola en la mano, las cuerdas vibrantes de la concertista y el murmullo suave de las otras conversaciones de los invitados bien seccionados de manera que no chocaran los grupos, era lo que inundaba el ambiente. Entonces, pensó por primera vez, en qué exactamente tenía que hacer en ese sitio, porque ser camarera era la segunda actividad.

No le habían dado indicaciones sobre si tenía que contactar a alguien, vigilar a alguien, o tal vez solo tenía que conseguir estabilidad en su puesto ahí para eventos posteriores.

—Aquí tiene, disculpe la espera.

Había hecho complementación a la nueva orden con otra bebida, solo que esta era fría, sugerencia del chef; agua mineral y menta, un toque más fresco en contraste con la primera ronda.

La cocina no era un servicio rápido, y aunque se procuraba dar a los clientes la atención más inmediata, por el proceso de elaboración basado en alimentos frescos, sí tomaba algo de tiempo completar las órdenes, de ahí la importancia de pequeños aperitivos que también compensaran discretamente las raciones consideradas apropiadas en la alta cocina.*

Hiashi le hizo una indicación para que le sirviera más sake, Ayame así lo hizo, teniendo la mesa de servicio a un lado para comodidad. No era su especialidad atender con tanta ceremonia, pero hacía el esfuerzo con creces y aparentemente el cliente no tenía inconveniente alguno.

No decían nada, la menor intentó entablar una conversación, pero se convirtió en un monólogo con casi nulas participaciones de su hermana que se remitían a monosílabos, el chico llego a hacer mención de algo, pero pronto ese intento murió y Ayame decidió que ya era hora de que estuviera lista la orden, y la pequeña niña volvió a pedir repetir el plato de aperitivo.

—Que no se diga que cumplimos caprichos, y alaben al chef que trabajó en tiempo récord. Estará justo a tiempo para cuando terminen.

Uno de los chefs movió la cabeza de un lado a otro restándole importancia, pero los asistentes y lavaplatos aplaudieron como Kento esperaba que hicieran. Ayame sonrió y tomó la bandeja para acomodar los platos.

Volvió a salir, y una vez fuera de la cocina la curiosidad sobre la naturaleza de su encomienda volvió a punzar. Servir era el trabajo de toda su vida, le gustaba tratar con la gente, se contentaba cuando daban las gracias o hablaban de recomendaciones, pero en ese momento no se sentía particularmente a gusto, se sentía fría y distante, tal vez sus comensales le habían contagiado el humor.

—Está listo —dijo empezando a acomodar la mesa sin atreverse a dejar que los platos chocaran, haciendo ruido.

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Serían cerca de las diez cuando la mesa Hyūga quedó desocupada. A recomendación de sus compañeras, les acompañó hasta la puerta y hasta después regresó a limpiar. Había retirado la vajilla conforme se iban desocupando los platos, pero había que encerar la madera inmediatamente, cambiar los cojines, aspirar la alfombra, y prácticamente dejar el espacio como nuevo. Justo hacía eso cuando al cambiar uno de los cojines, sintió la textura de un papel. Por un instante se paralizó, pero consiguió dominarse y colocar el papel en la manga del kimono, iría a los servicios y lo revisaría ahí.

Rápidamente terminó de hacer los acomodos y recorrió el pasillo hasta donde se señalaba el servicio de mujeres. Se abstuvo de revisar si alguien la seguía, esa fue una de las dos únicas recomendaciones que le había dado Jiraiya antes de marcharse. Entró rápidamente y se encerró en un cubículo, sacó el papel, pero lo encontró completamente en blanco.

Frunció el ceño y torció la boca.

¿Que se supone iba a hacer? ¿Había sido un error?

Decidió guardarlo, por lo que fuera, nunca estaba de más. Estaba por salir cuando el golpe de la puerta principal la sobresaltó.

—Nami-san… yo creo que no es lo más apropiado… el bebé…

—El bebé está bien, muy bien, pero yo ya no puedo más.

El corazón de Ayame empezó a bombear rápido, sus mejillas se encendieron y por alguna razón, no podía respirar ¿Por qué? ¿No era acaso que nada de eso era real?

—Nami-san… aún queda una mesa por atender.

—No se asomarán por acá, son dos hombres.

La conversación se cortaba por lo que a todas luces era un pasional beso.

A Ayame se le llenaron los ojos de lágrimas, ella realmente había empezado el juego y ahora le salía todo al revés completamente, y dolía demasiado, le seguían tratando como niña, una pequeña asustadiza a la que otras mujeres se adelantaban para dar lo que a ella le daba miedo.

—Nami-san…

Empezaron a gimotear.

—Kento-kun...


Comentarios y aclaraciones:

*me refiero a esas raciones q parecen muestras gratis, pero te cuestan un ojo de la cara.

¡Gracias por leer!