Un cowboy por navidad
Esta historia es una adaptación.
La historia original de Tess Curtis.
Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer.
Capítulo 6
Hoy cocinamos los dos
Edward se había dado una larga ducha caliente. A pesar de haber entrado en calor mientras había quitado la nieve, el tiempo era gélido afuera y agradeció el contacto con el agua caliente. Había disfrutado mucho por la mañana hablando con Bella acerca de los animales y de su compañía en el establo. En cierto modo, se alegraba de aquella tormenta de nieve y le agradaba mucho que a ella tampoco le gustase la Navidad. Tal como lo veía en aquel momento, eran dos Grinch en una casa en medio de la nada, sin adornos, ignorando la época exacta del año. A pesar de que él contaba perfectamente los días en su cabeza. Solo faltaban tres días para Navidad.
—Como no sabía qué te gusta o de cuántos recursos disponemos para gastar estos días no he podido hacer la cena —comentó ella una vez lo vio bajar las escaleras.
—Hay comida para un mes, eso no ha de preocuparte. Y lo que no debe tampoco preocuparte es hacer la cena. Yo haré la cena.
—No puedo estar sin hacer nada. Y tú dijiste ayer que no sabías cocinar.
—En ocasiones oculto algún secreto —rio él.
— ¡Qué embustero eres! —exclamó ella sonriendo.
—Solo serán unos macarrones con queso para cenar. Te diría que, mientras tanto, fueras a dar un paseo, pero me temo que la nieve no da tregua.
—Ya —dijo ella suspirando, a la vez que desviaba la mirada hacia la ventana, para corroborar que efectivamente seguía nevando. Al día siguiente, Edward tendría que quitar otro buen montón de nieve para llegar hasta el establo.
—Menos mal que tenemos comida para todo un mes —respondió él guiñándole un ojo.
—Menos mal. Me pregunto cómo estará mi coche.
—Igual que lo dejaste, pero un poco más frío. Estoy seguro de que no ha pasado nadie por la carretera desde entonces. En esta zona somos personas muy previsoras al respecto de este tipo de temporales.
— ¿Y si alguien se pone enfermo?
—En las ocasiones que recuerdo, se llegó a usar un helicóptero, o una moto de nieve si era imposible volar y era muy urgente.
—No tendrás una por ahí guardada, ¿no?
Edward tornó su rostro en cierta seriedad. ¿Ella quería irse?
—No tengo ninguna. Lo siento. ¿Quieres huir de mí? —le preguntó con una extraña sensación en el estómago.
— ¡No! No es eso. Estoy bien aquí, muy bien, de hecho —sonrió ella—, si mi coche estuviera ahí fuera a la vista, debajo de una montaña de nieve, no me importaría, pero me gustaría tener esa certeza. No sé… Es que aún no he terminado de pagarlo.
Bella se sentó en uno de los taburetes de la isleta central y vio que Edward sonreía.
—No te preocupes, esto no es Helena. McAllister y alrededores son lugares muy tranquilos, donde te aseguro que encontrarás tu coche tal y como lo dejaste.
—Eso espero.
Edward hizo diligentemente la cena, en todo momento acompañado de Bella que le sirvió de pinche de cocina, cocinando codo con codo, comentando y riendo acerca de temas insustanciales.
El ambiente mientras cenaban siguió siendo distendido entre ambos. Se sentían a gusto el uno con el otro.
— ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en la zona? —quiso saber Bella mientras recogían la mesa. — Toda mi vida. Solo estuve lejos un breve periodo de tiempo mientras estudiaba en la universidad. Luego volví a casa.
— ¿A qué te dedicas?
—Trabajo en un rancho.
— ¡Oh! ¡Eres un cowboy!
—De pura cepa, señora —corroboró él, saludándola con un sombrero imaginario e impostando la voz para hacerla aún más profunda de lo que ya la tenía. Algo que la hizo reír.
— ¿Y cuál es tu especialidad? ¿Coger terneros al lazo? ¿Entrenar caballos?
—De todo un poco, señora. Un buen cowboy debe dominar todos los aspectos de su oficio —respondió ahora marcando su acento a propósito para verla reír de nuevo. Le gustaba el sonido de su risa.
—Creo que hemos bebido demasiado cenando, cowboy —dijo ella tratando de imitar aquel acento cerrado.
—Aún nos queda la última copa —le propuso él, divertido con la situación—. La mejor siempre es la de después de cenar, al lado de la chimenea.
— ¿Crees que debamos?
—Es nuestro deber terminar la botella que hemos comenzado.
Estuvieron largo rato en silencio, sentados en el suelo, sobre la alfombra, uno frente al otro, con la espalda recostada en los sofás, observando el fuego. Sin embargo, Edward desvió la mirada y comenzó a observarla sin que ella se diera cuenta. ¿Por qué una mujer como ella iría a pasar las vacaciones sola al lago Ennis? ¿O se iba a reunir con alguien? Quizá aquello podía explicar la repentina preocupación que había tenido al respecto de su coche.
Bella se sintió observada y lo miró. Se mantuvieron la mirada durante un rato, hasta que Edward sonrió para romper el silencio.
—Me pregunto por qué querrías pasar estas fechas en un lugar como el lago Ennis.
—Son mis vacaciones. —El rictus de Bella se tornó serio y volvió a girar la cabeza hacia el fuego.
El silencio se instauró entre los dos. Edward fue consciente de que la pregunta aquella le acarreaba algún tipo de sentimiento encontrado a Bella.
—Lo siento. Es algo que no me incumbe en absoluto. Olvídalo —le dijo, disculpándose.
—Hace justo un año, el día de Nochebuena. —Bella carraspeó para aclararse la voz—. Quise darle una sorpresa a mi prometido. Él estaba de viaje de negocios en Portland y cuando llegué a su hotel, la sorpresa me la llevé yo. Estaba con otra mujer en la habitación. Salí directa al aeropuerto de nuevo y estuve casi veinticuatro horas intentando conseguir transporte para volver a casa.
— ¡Cuánto lo siento, Bella! —dijo un afectado Edward, que se culpaba por haber aireado aquel recuerdo.
—Gracias. Es pasado —dijo, en apenas un susurro, con una sonrisa forzada.
—Te duele y no debí preguntar. Discúlpame.
—No, ya no me duele. Es algo que tengo superado —le repuso, forzando de nuevo otra sonrisa.
Edward la miró, concentrada en el fuego, con gesto serio. Observó cómo una lágrima resbalaba por su mejilla y era limpiada sin ceremonias. Se sintió una mierda por haber propiciado aquella reacción.
— ¿Sabes lo que me aún me pregunto? —Habló ella de nuevo—. Me pregunto si era tan difícil estar con alguien como yo, simplemente porque tengo un par de tallas más que la otra.
— ¿Perdona? —Se sorprendió Edward.
—Sí. ¿No te lo he dicho? Ese fue su fantástico motivo para dejarme. Porque estoy gorda. Vale, ya lo he dicho. Mi prometido se lio con otra, porque decía que yo estaba como una foca. ¿Acaso soy tan horrible? ¿Resulta un suplicio estar con alguien como yo? —preguntó de forma retórica.
Bella volvió la cara de nuevo hacia el fuego y se limpió una nueva lágrima que había resbalado por su rostro. Edward comprendió la humillación que debía ser que alguien a quien veneras y con el que te vas a casar, te deje con una excusa tan peregrina y estúpida como aquella.
Porque de una cosa estaba seguro, Bella era preciosa y aquellas curvas que poseía a él lo volvían loco. Como estaba seguro que sucedería con millones de hombres de todo el mundo si la conocieran.
—Yo… Lo siento. Siento haberte contado mis historias pasadas —dijo ella, levantándose del suelo—. Creo que lo mejor será que me vaya a dormir.
Edward se puso en pie a su vez y se situó frente a ella.
—Bella —dijo, poniendo los dedos bajo su barbilla para obligarla a mirarlo a los ojos.
Cuando sus miradas se encontraron, él la miró con ternura, esbozando una ligera mueca que era el comienzo de una suave sonrisa. Su mano le acarició el rostro y el dedo pulgar se deslizó delicadamente por su mejilla, eliminando la humedad de la última lágrima que había resbalado por el rostro.
—Sabes que ese tío no te quería, ¿verdad? —le dijo con voz suave, sin dejar de mirarla a los ojos.
Bella asintió con la cabeza, tragó saliva y cerró un instante los ojos.
—Lo sé —dijo apenas en un susurro, volviendo a fijar la mirada en el hombre que tenía enfrente.
Edward sonrió y volvió a acariciarle el rostro con el pulgar. Su mejilla era cálida y suave como la seda.
—Eres preciosa, castaña. No dejes que ningún gilipollas te haga pensar lo contrario nunca.
—Gracias —respondió ella, de nuevo en otro susurro.
Su intención principal había sido consolarla, sacarla de su error y aliviar el dolor que aquel pensamiento provocaba en ella. Pero ahora la tenía demasiado cerca, la conexión con su mirada y el calor que irradiaba eran tan fuertes, que su cuerpo lo obligó a desviar la mirada hacia los labios de Bella. Su pulso se aceleró y fue consciente de que deseaba besarla y degustar el sabor de su boca. Bajó la cabeza, acercándose más a ella y ahora usó las dos manos para envolverle el rostro antes de posar los labios suave y lentamente sobre los de Bella. Notó cómo ella ahogaba un suspiro en sus labios, al notar el contacto de los suyos. Edward le ofreció un beso lento y suave que fue correspondido por Bella durante unos lentos y maravillosos segundos. Ella suspiró de nuevo, posando las manos en el pecho de Edward, ofreciendo una ligera presión sobre él, algo que hizo que Edward terminase aquel contacto.
—Edward —suspiró ella, bajando ahora las manos del pecho del hombre. Lo miró a los ojos apenas unos segundos y cerró los suyos con fuerza para abrirlos a continuación—. No sientas pena por mí, por favor. No lo hagas.
—Bella —dijo él ahora—. Yo no…
—Por favor, no —dijo ella, cortándole—. Gracias, por todo. Es hora de dormir. Hasta mañana.
Bella lo miró por última vez y comenzó a subir las escaleras.
Edward permaneció en el lugar, sin decir nada más, observando cómo ella subía y la perdía de vista. Se dejó caer en uno de los sofás y cerró los ojos. Ahora estaba completamente confundido y excitado. ¿Qué le estaba pasando con aquella mujer?
¡Especial de navidad!
Espero lo disfruten y me cuenten que les parece :)
Nos vemos.
