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Agedashi Nishiki-Teguri

De cómo Kusa, Suna, Taki y Konoha vuelven a aliarse

Con cierto aire autosuficiente, Ayame se presentó a trabajar con tanta dignidad como le fue posible reunir luego de permanecer, la noche anterior, encerrada en el baño de mujeres escuchando muy de cerca los sonidos de un encuentro amoroso no necesariamente casto. Y tras descubrir que las mujeres embarazadas no tenían inconvenientes para ciertas actividades de pareja, pensó fríamente la situación superando el bochorno inicial.

Cayó en cuenta de dos cosas: primera, siempre estuvo consciente de que no era prioridad de ninguna manera, una relación con Kento y que, de hecho, la situación debió suceder a la inversa, debía ser él el interesado en ella para que la llevara a servir al restaurante, que, si bien llegó de todos modos a camarera, las cosas no habían salido de acuerdo al plan. Y eso la conducía a la cosa número dos, que realmente no tenía ni un poco de derecho a sentirse traicionada, se obligó por ello a no llorar ni una sola lágrima.

Como tercer punto tácitamente implicado en la relación de sus dos determinaciones, estaba el asunto de su nula capacidad para sacar provecho de la gente en las ligas mayores. Obligarlos a consumir más de lo que planeaban era un asunto sencillo para ella; sonreír, sugerir, incentivar, antojar el platillo más caro, pero de ahí a chantajear emocionalmente u hacer ofrecimientos atrevidos como los de Nami para conseguir los favores de un hombre… se sentía novata, absurdamente virginal.

Y con un demonio que ella seguía siendo virgen.

Suspiró con resignación, ajustándose el delantal blanco de la barra de ramen. Su padre atendía al molinero que entregaba las raciones de harina cada semana, pesaban, marcaban y contaban los sacos con gran dedicación, así que estaría entretenido un rato, lo que le daba un buen margen para seguir lamentándose y pensando que tal vez no estaba hecha para misiones, que ni siquiera sabía en qué consistían.

Había conservado el papel en blanco por mera paranoia, nadie se había presentado ni a su puerta ni ventana, nadie había tratado de contactar con ella, ni siquiera alguna rana. No sabía si estaba haciendo las cosas bien o mal, o qué debía esperar ya que estaba dentro del restaurante.

—¡Buenos días!

Ayame giró el rostro sonriendo, pero la sonrisa se esfumó de sus labios en cuanto reconoció a Makoto Hanamira, el marido de Nami. Inmediatamente el recuerdo del baño de mujeres se disparó en su mente y agachó la cabeza, roja de vergüenza. ¿Qué se le puede decir a un hombre que ha sido engañado?

—Buenos días.

—Dame un ramen de cerdo, doble, Ayame-chan, muero de hambre, Nami-chan trabajó hasta muy tarde, llegó muerta de cansancio y la he dejado dormir. ¡Soy tan torpe para la cocina que no pude hacerme nada para desayunar! —dijo riendo con gracia y energía entusiasta. La chica se inclinó y se giró para no verle a la cara a la vez que empezaba a preparar su pedido.

—Escuché que también trabajas allá, en el Kento-Umai —dijo de repente poniéndose serio. Ayame asintió con torpeza pensando tan rápido como podía, alguna excusa o evasiva en cuanto la conversación continuara.

"¿Sabes si mi mujer tiene algo con su jefe?"

No sabía qué iba a hacer, estaba la opción de decir que era nueva y no lo sabía o decir que ella estaba saliendo con Kento y no Nami, o que Nami no sería capaz.

¡Que alguien apareciera! Nami no era ni de lejos su mejor amiga, pero las indiscreciones de la vida ajena eran para mujeres de mal gusto, pero al mismo tiempo conocer información que lo perjudicaba negativamente y esconderla, era como ser partícipe de la traición.

Solo entonces, hasta ese momento se le ocurrió algo que no pudo sino horrorizarla más: ¿y si el bebé era de Kento?

Sacudió la cabeza, no podía acordarse cuándo había regresado él a Konoha como para hacer cuentas paralelas al tiempo de gestación.

—Hay algo que quiero pedirte, Ayame-chan, sé que no me debes nada, pero no sé a quién más recurrir.

La chica sonrió como solo la experiencia de cortesía con los clientes podía permitirlo.

—¿Podrías decirle a Kento-san, que no haga que Nami-chan se esfuerce tanto? Es una chica fuerte, pero el bebé, ya está en días ¿Sabes?

Ayame soltó el aire que había contenido involuntariamente.

—Pienso lo mismo, se lo diré, eso es seguro —respondió con sinceridad, entregando el paquete con la comida dentro.

—¡Muchas gracias, de verdad!

El joven contable salió del local luego de pagar el importe, y Ayame tuvo un motivo más para sentirse poco peor de lo que ya estaba. Pero por si no había habido tensión suficiente, el siguiente cliente terminó de llevarse el color de sus mejillas.

—Kento.

—Eh, hola, anoche no supe a qué hora te fuiste.

—Bueno… es que acabé mis cosas y el jefe de meseros dijo que podía irme, te busqué, pero…

—Ah, sí, salí un rato.

Los dos se quedaron en silencio por un momento, renuentes a mirarse por la misma razón en diferentes circunstancias.

—Acaba de marcharse el marido de Nami-san.

El comentario pareció devolver a Kento al tiempo y espacio que ocupaba su cuerpo con tremenda brusquedad ya que reaccionó como si le arrojaran un balde de agua fría.

—No, no… no lo vi.

—Quiere saber si puedes darle la incapacidad a Nami-san, le preocupa porque ya está en días.

—Sí, de hecho, contraté a una nueva chica para que la reemplace, bueno, mientras nace el bebé y su periodo de ¿cuarentena? ¿Se dice así?

Ayame asintió, aunque no tenía ni idea. Cuarentena siempre le sonó más a enfermedades infecciosas y mortales.

—Ayer ella… necesita alejarse del trabajo.

La joven camarera se animó a buscarle la mirada, sin esfuerzo alguno encontró arrepentimiento o algo muy parecido a ello, tal vez un dejo de vergüenza en sus ojos claros.

—Lo siento —se disculpó ella tímidamente para no elevar la voz por la molestia que le causaba ser ella quien pidiera perdón al final.

—¿Eh?

—Por no despedirme.

—Bueno… ¿podrías acompañarme a pescar? —preguntó de repente, causando un desconcierto en la chica que no sabía a qué venía la petición de tan rara cita.

—Ah, es que mi padre —pero no terminaba de hablar cuando Teuchi entró a la cocina con la sonrisa radiante en el rostro y las manos en jarras.

—A mí no me pongas de pretexto, anda, aún es temprano y no hay mucha gente.

Ayame se ruborizó hasta las orejas. ¿Había estado en la puerta escuchando?

No se dio cuenta del instante en que su padre ya le estaba desabrochando el delantal y la empujaba hacia Kento como cuando se entrega a la profesora de primer año al alumno que no quiere entrar a clases.

Kento sonrió ante la escena y cuando los dos estuvieron prácticamente en la calle, el silencio que antes los abordara se volvió más denso.

—¿Y al menos si quieres ir? —preguntó.

La camarera asintió quedamente y juntos caminaron sin decirse palabra alguna.

—¿Pasa algo? —preguntó el hombre con un amago de miedo en el timbre.

¿Acaso sospechaba que ella lo había descubierto con Nami?

Al diablo con eso. Una voz interior en la chica le dijo que no tenía necesidad de vivir la vida amorosa rodeada de tragedias, ni mucho menos de inmiscuir aquello con ¿Trabajo? No, deber, camino ninja. Soltó otro suspiro y trató de relajar la absurda tensión que se había apoderado de ella por la presencia del hombre.

No habían sido nada, salieron una vez y ni siquiera se besaron, no se declararon intensiones de ningún tipo y podían seguir así un tiempo, a él le interesaba Nami aún con el subsecuente remordimiento que aparentemente le asaltaba. No estaba realmente enamorado de ella como pudo haber supuesto con tantas atenciones, porque simplemente no se puede amar a dos personas a la vez, y si él amaba a Nami, ella no estaba en nómina. Así funcionaba el mundo, en mecanismos simples que debía mantener en orden por el bien de su tranquilidad.

—No.

—Lo pensaste mucho.

—Pensaba en algunas cosas, pero no malas.

No, no eran malas. Aunque le preocupaba, principalmente porque se sentía mal solo por saber el secreto de una infidelidad, no porque realmente le hubiera afectado personalmente. Miró a Kento aprovechando que él no tenía el valor para hacer lo mismo con ella, era guapo no lo negaba, tenía carisma, era increíblemente talentoso… pero no la flechó.

¿Era malo eso? ¿Por qué no se sentía traicionada, burlada o humillada?

Sentía más pena por el marido de Nami que por ella misma.

—¿Por aquí vamos a pescar? —preguntó cayendo en cuenta de que no iban al río, ni al lago.

—Sí, es un criadero, esta noche habrá visitas especiales, tenemos algunos embajadores de otras aldeas, me encargaron la recepción.

Ayame frunció el ceño, hablaba de ello con la naturalidad de quien dice que sus padres vendrán a cenar. A ella la idea de recibir dignatarios la pondría en desesperación. Tal vez él por costumbre ya sabía manejar aquello, le había comentado que había servido en castillos y grandes fortalezas, pero la verdad no creyó mucho en ello.

—¿Que extravagancia vas a preparar como para no encontrarla en el río?

Kento sonrió con sinceridad.

—Algo que tienes que saber sobre banquetes para reuniones diplomáticas, y que es muy importante en la política, es que no puedes disponer de libertad para las compras. Mientras más riquezas, más influencias y más poder adquieres, más paranoico te vuelves porque hay más gente que quiere quitarte de en medio.

—¿Entonces sospechan que podrían envenenarlos desde el mercado?

El chef asintió.

—Hay animales que pueden comer algunos venenos sin que les afecte, y luego, quien coma su carne, sí tendrá consecuencias.

—No, no sería posible… No sería suficientemente fuerte como para matar a alguien.

—No subestimes a un ninja, incluso podrían sabotearme en la cocina sin que me diera cuenta, podrían interferir el plato cuando tú lo lleves de la cocina a la mesa, podrían suceder mil cosas, organizar banquetes de reuniones diplomáticas es un dolor de cabeza, si alguien se muere, el siguiente voy a ser yo, indistintamente del culpable.

—Estás demasiado tranquilo.

—No es la primera vez que lo hago, y la honorable maestra Hokage asignó una comisión especial de médicos para estar en la cocina como vigilantes, además de que cada diplomático tendrá también un observador.

—Tenemos relaciones tensas con algunas aldeas.

—Escuché que Taki y Kusa cortaron relaciones completamente, sus estudiantes y maestros acabaron muertos.

—Sí, y por Taki se suspendió la importación de calamar rojo. Debimos retirar el platillo del menú, no pudimos conseguir otro proveedor.

—Esta noche es la recepción para un inicio de negociaciones, recuperar la alianza militar, por consiguiente, las relaciones comerciales.

Ayame movió la cabeza de un lado a otro.

—¿Por qué me dices esto? ¿Es que eso no es información secreta o algo así?

—No.

—Siempre pensé que esas juntas las hacían en lugares super secretos con la máxima discreción.

Él detuvo su marcha mirándola por fin. No había expresión en su rostro.

—Llegamos.

El cambio de actitud sacudió un poco a la joven, pero entró después de él a un edificio grande de color mostaza. Tenía ventanas largas, con balcones de madera y flores colgantes color violeta. El olor era rico, a jardín y lavandería limpia.

—¿Qué es este lugar?

Siempre había pensado que era una casa. Sin anuncios de ningún tipo y poco concurrido, no podía pensar en otra cosa.

—Le llaman Tsukiji, pero es en sí un criadero controlado, frutas, verduras, legumbres, semillas, pescados, cerdo, pollo y res. El único en Konoha con sello de garantía para alta cocina segura, el segundo más importante del País del Fuego.

—Ah —y no se le ocurrió nada más para decir por lo absurdo de la idea.

Una chica vestida completamente de blanco salió a su encuentro y Kento sacó una credencial junto con un pergamino pequeño sellado con cera roja. Ayame se inclinó un poco para verlos, porque definitivamente no parecía una identificación oficial corriente.

—Es una Licencia Fugu —explicó él, nuevamente sin mirarla.

La boca de Ayame se formó en una pequeña y perfecta "o" de admiración total y después de que la joven la hubo comprobado, la regresó y Kento se la pasó a su emocionada compañera.

Una licencia Fugu era para un cocinero, el equivalente a un nombramiento de élite ninja absoluta. De cada cien aspirantes que se presentaban al examen en la capital, solo tres recibían la licencia que les daba autorización para cocinar en los más altos círculos, con la más absoluta de las confianzas. A veces, ni siquiera los Ryori Ninja* tenían una licencia así con tanta facilidad. Con esa insignificante tarjeta plastificada, Kento acreditaba tener la capacitación y permiso para servir los tan temidos platillos de Fugu, el pez venenoso, que era de dónde venía el nombre de dicha licencia.

Su padre le contó que su abuelo la había conseguido a los quince años, pero que él mismo no fue capaz de pasar el examen, y si para ella su padre era un máximo, un cocinero con ese permiso…

—Creo que eso te ha impresionado más que cualquiera de mis intentos por seducirte —dijo Kento apretando los labios para no reírse.

—Es que, bueno, yo… ¡¿Vas a preparar Fugu?! —exclamó no pudiendo contener su excitación.

—Shizune-san me lo ha prohibido, no quiere hacer apuestas, aunque soy perfectamente capaz de hacerlo correctamente.

—Por aquí, por favor —interrumpió la chica que no había devuelto la lista y les condujo a través de largos y vacíos pasillos recubiertos de madera barnizada y oscura, perfectamente pulida.

Llegaron ante una puerta de hierro con vistosos remaches, la chica introdujo una llave que hizo girar todo un mecanismo interior y la puerta se abrió increíblemente en silencio.

—Tal vez debí decirle a tu padre que no regresaríamos temprano.

Pero Ayame ya no estaba pensando en su padre o si se molestaría si no regresaba para la hora más concurrida en la barra.

La habitación frente a ellos se extendía por lo menos a unos cincuenta metros de fondo por cuarenta de frente. En medio, y ocupando casi todo el espacio, había un gran contenedor de cristal, un acuario, si bien no precisamente estético, espacioso y con muchos ejemplares de diferentes peces que nunca había visto vivos.

—¿Los crían solo para comer? —preguntó escéptica.

—Sí, y pagan demasiado por un ejemplar, sin contar, además, el gasto de envío porque lo entrega solo personal calificado.

Ayame parpadeó un par de veces mientras se acercaban al cristal, abrió mucho los ojos cuando un enorme tiburón pasó cerca.

—Sopa de aleta de tiburón, con este ejemplar, doce veces más del precio regular.

—Acá están los dragones —interrumpió la muchacha de blanco.

Kento caminó enfrente de Ayame, que no dejaba de mirar el estanque, notó entonces las divisiones, pensó que el tiburón podía andar por ahí y comerse lo que se le antojara, pero pese a que compartían estanque, había alguna barrera que limitaba su movimiento. Seguía maravillada, no era precisamente vegetariana, pero no pudo evitar sentirse mal por aquella existencia predestinada a la alimentación de paranoicos.

—¿Doce? — confirmó la mujer de blanco haciendo una señal a su compañero para que abriera la parte superior del contenedor e introdujera una red de vara larga.

Ayame se pegó al cristal para ver a los dichosos dragones, volvió a hacer una exclamación de auténtica sorpresa.

—Mi padre los llama peces mandarín.

Los peces en cuestión eran de un azul brillante con detalles rojos y naranjas, había uno color verde, con elegancia se movían de un lado a otro en su espacio, solo decorado con un coral simple que hacía de guarida para el cardumen, en cuanto detectaron la red se agitaron nerviosos, pero eso solo hizo más fácil el capturarlos. Kento iba señalando los ejemplares que quería, más o menos del mismo tamaño.

Uno a uno, fueron sacados con la red e introducidos en un contenedor plástico más pequeño, para cuando fueron los doce, los peces apenas podían moverse, pero aún tenían agua suficiente para durar un rato.

—Las demás cosas se las traerán, por acá están los rape.

Volvieron a caminar detrás de ella. La caja con los dragones la llevaban dos individuos uniformados detrás de ellos, y después de escoger dos peces rape de buen tamaño, cambiaron de sala, a una subterránea por unos veinticinco metros, más oscura con olor penetrante a alcohol dulce.

—¿Cuál nos llevamos, Ayame-chan? —le preguntó cuando llegaron a la cava donde guardaban los vinos.

—No sé sobre vinos de uva —dijo apenada. El vino de uva era tan raro en esa zona que jamás había visto uno siquiera, y si sabía de ellos, era más que nada porque estaba en el ámbito de la cocina.

—Te daré unas clases, es común que mientras más ricos, más extravagantes en sus reuniones. La comida compra, soborna, exige favores, nada como una buena comida para demostrar posición. Un sommelier es tan caro como un chef con licencia Fugu, y sin el riesgo de ser condenado a cometer sepuku luego de envenenar a un comensal.

—¿Qué es un sommelier?

—Un… experto en vinos, es el que hace la sugerencia sobre qué combinaría mejor con el platillo servido.

—Nunca había escuchado de eso.

—Más a la frontera occidente del país del viento son populares, aunque no es fácil ser uno de ellos.

—¿Has estado allá?

Kento asintió.

—Es un lugar increíble, curiosamente no hay aldeas ninja. Me llevo uno blanco, manzanilla, y un rosado de fermentación en botella.

Ayame de pronto se sintió como si estuviera en otro mundo, como si le hablaran en otro idioma ajeno al que conocía.

Un hombre más les dio alcance con dos pequeñas cajas de madera sellada.

—El jengibre, sal ahumada, aceite de cebolleta, tomate y ajo, fécula de trigo. Raíz de loto, sal de mar, pimienta negra, cebolleta, tres medidas de arroz blanco de grano largo —anunció la joven señalando la primera caja.

—Flor de vainilla, cacao entero, leche entera, hojas de menta fresca, azúcar mascabado —indicó señalando la segunda.

—La escolta espera afuera.

Ayame y Kento salieron acompañados de los tres hombres que llevaban las compras.

—¿Qué hay del pago? —preguntó ella en un susurro, curiosa por el precio total.

Kento se inclinó hasta su oído.

—Ahora sabes a dónde van tus impuestos.

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Había en total ocho ninjas en la cocina, dos de cada aldea, un lavatrastos, dos chefs principales y un asistente para cada uno.

Ayame estaba junto a su compañero, en esos momentos maestro también. Había olvidado la maraña de confusión que era esa misma mañana, y en sus ojos castaños no había espacio para nada más que la admiración para el chef que la había nombrado su asistente para tan importante evento, aunque ella desconocía completamente la receta.

—El otro chef viene de la capital —le dijo discretamente —. Yo haré el plato fuerte y el postre, también me tocan las bebidas. Él tiene las entradas, la sopa y los entremeses.

—¿Qué vas a hacer?

—Receta personal, para eso son los peces dragón, no es difícil, de verdad, solo sígueme. ¿Lista?

—Sí.

Tal vez Ayame no sabía la receta exacta, pero sabía quitar espinas sin dañar la carne, y eso precisamente hizo, aunque le dio tristeza ver la bonita piel del pez perder un poco del brillo azul al ya estar muerto, lo lavó con cuidado, por alguna razón le daba pánico arruinarlo. Kento le había explicado que, en sí, solo necesitaban ocho, cuatro eran su margen de error.

Kento se movía rápido y en silencio, la joven camarera comprendió que su humor raro del día no podía ser otra cosa sino presión.

El postre llevaría vainilla, chocolate y menta, eso fue lo único que pudo identificar, y que sería frío, estaba segura, empezaría por el postre para dejarlo en refrigeración mientras preparaba el plato fuerte. Eso haría ella, era lo más lógico para la cocina.

En algún momento ya estaba a su lado, mirando el pescado limpio alineado sobre una plancha de bambú tejido.

—Hay que cortarlo, tienen que quedar del mismo tamaño.

Ayame asintió pasando los cuchillos. Sabía cómo usarlos, pero esperó indicaciones de todos modos. Imitó a la perfección los movimientos. En un arranque de obsesión, ella misma sugirió pesarlos en la báscula y así lo hicieron teniendo un absurdo margen de error por no más de cinco gramos, mismos que ella retiró.

¿Y si el visitante de Kusa pensaba que su corte era más pequeño, y se ofendía…?

¿Sería eso suficiente para no querer llegar a un acuerdo?

En el Ichiraku, alguna vez había ido un cliente que se quejó de que el tamaño de su huevo cocido era menor al de su compañero de mesa que había pagado un plato más sencillo, estaba verdaderamente molesto, exigía que él, por haber pagado el plato más caro, fuera el que tuviera el huevo más grande.

¡Por un huevo!

Tragó saliva.

Los trincharon y sazonaron con jengibre molido, sal y un poco del vino blanco.

Kento le pidió la cebolleta y el jengibre, tenían que trozarlo muy finamente y rayar el ajo hasta hacerlo casi una pasta. Después de solo unos minutos, los pescados ya estaban siendo rebozados en fécula de trigo con sal ahumada.

La carne de los peces dragón era más dura de lo esperado en un pescado, aprovechando eso, Kento le dio una forma especial, curvando un extremo hacia arriba. Rápidamente, tras desocuparse y atendiendo indicaciones Ayame vertió el aceite de cebolleta en una sartén para freír, y le ayudo a hacer eso con todos los demás por unos dos minutos cada uno.

—Hay que freír el arroz. Pero primero hay que quitarle el almidón —pidió siendo obedecido de inmediato.

Los dragones fritos estaban sobre servilletas absorbentes, nada mataba más el apetito de comensales quisquillosos que el exceso de grasa. Ayame estaba lavando el arroz, nunca había visto uno tan banco con granos tan absurdamente perfectos. Miró sobre su hombro, en otra sartén Kento ya tenía el tomate, más jengibre finamente picado y supuso que sal, la salsa debiera ser roja, eso lo suponía por el tomate, pero se estaba volviendo ligeramente oscura.

—¿Ya está el arroz?

—Sí. ¿Lo frío con el aceite de cebolleta?

Kento asintió.

—Ponle el polvo de raíz de loto también.

Ayame tomó el arroz limpio y lo acercó al quemador de la estufa dudando. Su arroz no era particularmente especial, el de su padre era mucho mejor, el miedo de arruinar la receta la abrazó con fuerza paralizando sus brazos un instante.

Y ni siquiera lo sentía por Kento.

Konoha quería impresionar a sus invitados, no por poder, no por fuerza militar, sino por algo sencillo que demostrara que quería recobrar sus buenas relaciones.

Así se resumía todo, tan absurdo como depender de un arroz. Tragó saliva, se humedeció lo labios.

—Lo harás bien, yo aún tengo que empezar con las bebidas.

Ayame lo miró como si lo conociera de toda la vida.

—No hay en mi sazón nada especial —confesó.

—¿Te has enamorado alguna vez? —preguntó él con la mirada enternecida, como si de pronto no estuvieran en una cocina donde se decidiría la tensión de una junta diplomática, como si el ruido del otro chef y su asistente se hubiera desvanecido, como si no estuvieran ante la atenta mirada de ocho ninjas.

—Sí.

—¿Hiciste algo para él?

Ayame se sonrojó mucho pensando en Shisui como no lo había hecho en años.

—Bueno… no… sí, pero… mi papá…

Kento no la tocó. El contacto físico en la cocina era un tabú, las manos solo debían estar en la comida y en nada más, pero algo en su mirada le transmitió el inequívoco mensaje de que eso no importaba.

—Solo hay que freírlo con la raíz de loto, te prometo que todo saldrá bien.

La dejó para moverse a la barra con las bebidas. El mundo regresó con su nitidez original y el ruido se volvió a hacer presente. El asistente del otro chef acomodaba pequeñas hojas de perejil sobre unos curiosos bocadillos rosados, y el propio chef estaba sumamente concentrado en la olla de su sopa.

Ayame frunció el ceño.

—Kento-san… si hay sopa, el arroz no debe ser guarnición —observó. De eso si estaba completamente segura, su padre se lo repetía muchas veces, era como una redundancia.

El chef le sonrió completamente sereno.

—Ya lo sé.

La chica no objetó nada, si el chef en jefe quería arroz, iba a hacer arroz, porque en esos momentos confiaba demasiado en él.

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Tsunade tomó su lugar en la mesa, sonrió para sus adentros al ver que era redonda.

Cada aldea había enviado dos diplomáticos. Ningún kage además de ella, incluso Suna había prescindido de enviar a su propio líder, aunque no tenía reparo en plantar cara personalmente, solo porque las otras aldeas se negaron a enviar al ninja más importante de su respectivo país hasta que se tuviera un acuerdo "aceptable".

La habitación era un cuadrado perfecto de grandes dimensiones. Las esquinas estaban ocupadas por dos larguísimas columnas de madera roja. El comedor estaba al centro, con mantelería blanca y dorada que reflejaba la luz difuminada que entraba desde el techo mediante la pantalla reticulada. No era posible decidir si era luz natural o artificial, pero la temperatura era perfecta como para estar sin los vellos de los brazos erizados y mantener la capacidad de respirar con normalidad.

Ayame enderezó su espalda cansada por los veinte minutos que llevaba sosteniendo solo con la fuerza de su cuello y orgullo, el elaborado peinado y tocado que le habían hecho ponerse para el servicio. El otro asistente también había sido uniformado con ropa de gala, pero su cabello corto no tenía accesorios extra, por lo que se movía con más fluidez aun haciendo últimos arreglos, mientras que ella solo miraba por la minúscula ventanilla por la que se vigilaba el momento en que los comensales terminaban un plato, para servir el siguiente.

—Bien, caballeros, damas, creo que coincidimos en que no podemos hablar con el estómago vacío —dijo Tsunade con una media sonrisa. Incluso ella misma se había puesto la capa y el sombrero característico de su rango. Ayame no la veía muy a menudo, pero de esas pocas veces, jamás con la capa, contrario a como sucedía con el tercer maestro Hokage.

Aparte de Tsunade, solo había dos mujeres en la reunión, su asistente Shizune y una chica rubia, jovencísima, que era la única que hacía evidente que era kunoichi, tan solo con la actitud.

La puerta que conectaba a la cocina se abrió finalmente, los dos chefs, con impecable porte, luciendo uniforme negro, encabezaron la marcha mientras sus asistentes, ahora camareros, llevaban las entradas.

—He escuchado elogios de la cocina de Konoha —dijo el hombre que acompañaba a la joven rubia con un tono seco, aunque cordial.

—Konoha tiene mucho para ofrecer, Kento-san ha empezado a diseñar un programa especial de Ryori Ninja —comentó Tsunade sonriendo, permitiéndole a Ayame acercarse por su izquierda para dejar el primer plato.

—Sí, nos fue informado —dijo otro hombre, moreno, robusto y brusco al hablar.

—Me parece interesante que se haya arriesgado a dejarnos saber que la comida la preparó un maestro envenenador.

—Kento-san es de mi entera confianza y dejo que lo conozcan como parte de la solicitud de sus maestros, si todo marcha adecuadamente, Konoha será la primera aldea en rescatar la labor de los Ryori y llevarla a su máxima gloria.

—Mi maestro me permitió expresar que Kusagakure está interesada en ello.

—¿Es verdad que planea también cambiar el programa de enseñanza en la academia ninja? —preguntó de pronto la joven rubia.

—Ya hice algunas modificaciones, la primera y más importante fue la necesidad de incentivar la formación de ninjas médicos para que haya uno por equipo.

—Me refiero precisamente a lo que hace Kento-san, maestros envenenadores.

—¿Eso dicen los miembros de su consejo, Temari-san?

La joven asintió.

—Cualquier ninja está capacitado para hacer venenos. Sin embargo, si se refiere a maestros envenenadores, solo hay dos en Konoha, Kento-san y Shizune-san, ninguno de los dos tiene aprendices en este momento, y no creo que los tengan sino hasta dentro de un tiempo. Por lo que respecta a los estudiantes de academia, no.

Ayame se movía con cuidado, la atención a comensales le era tan natural como respirar, se había tranquilizado mucho desde que frió el arroz. Respiró, se calmó.

Kento era un maestro envenenador, entonces…

¿Kento era su contacto?


Comentarios y aclaraciones:

*Ryori Ninja=Chef ninja

Wow, tenía rato que no me salía un capítulo tan largo.

Nos iniciamos en la cocina extranjera, de a pasito para lo siguiente.

¿Alguien se imaginaba lo que había detrás de las cenas diplomáticas?

¡Gracias por leer!