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Bentō

De cómo se inicia un viaje

El mirador de la montaña de los Kages era un punto popular, que no era especialmente turística. Desde ahí se tenía una vista perfecta de la aldea y aquello tenía sentido, pues la idea original era que ellos pudiesen seguir vigilando Konoha en un sentido metafórico. Aún entre quienes que no se habían formado en el cuerpo militar, el significado del monumento era comprensible y guardaba el mismo significado que para sus compañeros ninja, porque ellos sentían el orgullo de pertenecer a la aldea oculta de la hoja, por eso también le visitaban, y por eso el Daimyō, que tenía un palacio justo en la cima, había desistido en sus intentos de no permitir el acceso.

Debajo del mentón de Tobirama Senju, cerca de Hiruzen Sarutobi, había un árbol y debajo un pequeño páramo con césped que había conseguido apartar Kento para la ocasión. El mantel era de un color blanco perfecto y Ayame se sintió culpable de que fuese a mancharse con el color verde de la hierba, aun así, accedió a sentarse junto a él, solo que mientras ella había decidido permanecer arrodillada a motivo de mantener discreción ya que usaba vestido, él se había prácticamente tumbado dejando escapar un suspiro de alivio.

—¡Creí que no sobreviviríamos la semana! —exclamó.

—Tengo que reconocer que ha sido terrible lo de Sota-san, su ausencia se notó mucho.

Kento soltó un bufido fusionado con una risa.

—Eso ha sido lo menos grave, cometió un error de novato, pero se pondrá bien, al menos no perdió la vista. Lo que me tuvo muy angustiado fue ese brote de salmonelosis, de verdad creí que el Departamento de Salubridad vendría a cerrar el restaurante, y la escuela, y Tsunade-sama me cortaría la garganta —explicó mientras se sujetaba precisamente el cuello como si sintiera la proximidad de un cuchillo.

Ayame le miró sonriendo. Ella en realidad siempre supo que no había sido su culpa y que el grupo de camareros contagiados habían tenido una reunión en un lugar de costos accesible a las orillas de la aldea, y ahí se habían contagiado, no en el Kento-Umai. Pero que toda una plantilla se ausentara por una infección alimenticia había sido motivo para que el jefe de cocina del restaurante más exclusivo de toda la aldea corriera en círculos, angustiado por el daño a la reputación del lugar. Además de que de la noche a la mañana se había quedado sin personal para servir y tenía la baja del cocinero de frituras que sufrió un accidente mientras preparaba unas gambas.

Kento tomó la decisión de colocar a otros chefs a atender mesas. Muy indignados, Yûki Takahashi, el panadero, y Tora Miyake, el parrillero, accedieron a hacerlo. La joven camarera creyó que eran del tipo de cocineros rimbombantes que consideraban indigno el trabajo de servir y serían terribles prestando servicio, pero el parrillero le comentó que su molestia no estaba dirigida a sus nuevas asignaciones, sino a la falta de criterio de los camareros que supuestamente eran los mejores estudiantes de la escuela, como para haber elegido un lugar que de lejos se notaba que no había visto una lavada en varios años.

Además, los dos cocineros resultaron increíblemente eficientes y sumamente amables. Ayame, que había creído hasta esa noche que el panadero la odiaba, por dedicarse a mirarla con el ceño fruncido y gruñir en lugar de hablar, le vio sonreír tantas veces en el día que empezaba a creer que se trataba de otra persona y que definitivamente tenía un problema con ella.

Kento, entre risas, le dijo que ningún chef que él conociera, podía ser realmente malo atendiendo a los comensales, porque en un restaurante, por modesto que fuera, no se vendía un producto, sino un servicio. A nadie le gustaba ir a comer en un lugar donde el dependiente es maleducado, salvo que su comida fuera el elixir de la inmortalidad.

Y así, por cinco días, que fue lo que tomó encontrar personal competente para las plazas dejadas, el restaurante estuvo funcionando con seis cocineros, una camarera y un lavaplatos. Justo los días en que toda la aldea resultaba querer cenar ahí.

—Abre la canasta —indicó Kento, cubriéndose los ojos con un brazo, lo que posiblemente indicaba que estaba por dormirse, y si lo hacía, la chica no lo culparía. De verdad, aunque ella sintió que trabajó mucho, él siempre terminaba cargando, además del trabajo real, con toda la presión que implicaba su puesto.

Dentro de la amplia canasta con la que él había llegado al Ichiraku invitándola a salir, había una botella de vino, un par de copas largas y delgadas junto con algunos emparedados que no pudo identificar del todo.

—¿Qué es esto?

—Clase intensiva de cocina.

Ayame hizo un mohín que no pasó desapercibido para su compañero que justamente retiraba el brazo de sus ojos.

—Lo siento tanto. Mis citas aburren, ¿verdad?

—¡No! ¡No es eso! ¡Bueno, yo no pensaba en eso! —se excusó rápidamente, aunque en realidad sí había pensado algo similar, eran más bien productivas e interesantes, no aburridas. Pero para la gente normal debieran de ser, en esencia, divertidas; no era como si esperase tener una charla de amor y las cosas de vida en pareja, hacía mucho que no se planteaba eso con él, a falta de interés. Sin embargo, no terminaba de comprender cómo era que él insistía en llamarle "cita".

De manera fundamental, contenía los requisitos: los dos salían juntos y charlaban de cosas en común que conllevaban inevitablemente a una comida.

Kento se incorporó buscando entre su chaqueta un sacacorchos para abrir las botellas. Con bastante gracia y agilidad sirvió las dos copas sin el protocolo que requería el sake, pero no por ello menos fascinante. Al caer en la copa hubo un burbujeo, llenó tres cuartos de cada una y ofreció una a la joven que no estaba segura de cómo tomarla, así que empezó a imitar lo que él hacía.

—Agita suavemente en forma circular el vino para liberar el buqué.

—¿El qué?

—Ah… el aroma.

Así lo hizo y consiguió precisamente que su nariz se percatara de que era menos fuerte que el sake y sintió el deseo de sorber para probarlo, había querido hacerlo desde que le había acompañado a comprar uno para la cena diplomática de Konoha, Kusa, Suna y Taki.

—Toma un pequeño sorbo y agítalo suavemente dentro de tu boca para saborearlo.

Ayame no bebía alcohol, y en principio le ardió la lengua, pero al poco rato consiguió encontrarle el gusto, si bien Kento durante toda la primera copa la pasó haciendo correcciones a la postura y dando muy detalladas explicaciones sobre el proceso y origen de la bebida. Para cuando terminó, la joven le miró con detenimiento.

—¿Por qué haces esto? —preguntó de la nada.

Él sonrió y se aventuró a acariciar su mejilla, acercándose peligrosamente a su espacio personal.

Ayame abrió la boca para gritarle que sabía lo de Nami y que ella no quería nada con él, pero al mismo tiempo pensó que nunca se había negado a salir cuando la invitaba y entonces tendría que explicar por qué lo aceptaba aún con su primer argumento.

Y mientras pensaba en todo eso, él ya la había besado…

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—¿Trabajarás esta noche? —preguntó Teuchi a su hija, que seguía con el aire distraído que había tenido toda la mañana.

—¿Trabajar?

—Bueno, así le llaman a eso en lo que realizas una actividad y te pagan.

Ayame sacudió la cabeza con furia.

—Sí, bueno, es la idea… ¿No quieres que me quede a ayudarte?

—No.

—¿Ya no me quieres? —preguntó haciendo un puchero.

—Te quiero. Pero no quiero que te quedes a perder la juventud aquí. Vive un poco, Ayame-chan, el Ichiraku siempre será tuyo —respondió con toda tranquilidad mientras amasaba una ronda de fideos. Su hija le acusó de insensible, se quitó el delantal y salió del local.

La tarde caía, los oficinistas terminaban sus jornadas y en la barra de ramen empezaría un horario fuerte. Mientras pasaba, varias personas la saludaron, acostumbrándose a que no estaba en el negocio familiar para irse al restaurante que continuaba siendo la sensación de quienes podían pagarlo.

Era temprano para la apertura al público, pero, como además de camarera era algo así como la aprendiz del jefe de cocina, siempre llegaba temprano para dejar listo todo lo que se ocuparía en las preparaciones.

Su corazón palpitaba con fuerza y sus manos trasudaban, sentía miedo de verlo después de cómo había terminado la "cita" anterior, con el beso más largo que jamás había tenido en toda su vida, aunque no tenía muchos como referentes.

Mientras la besaba, pensó que en algún momento podría apartarlo diciéndole qué era lo que pensaba respecto a su extraña relación, y exigirle que confesara si el bebé de Nami era o no su hijo.

Pero no lo hizo.

Se quedó muy quieta y al poco rato ya se hallaba abrazándole y suspirando entre sus brazos con una sensación de remolinos en su interior que le borró toda idea de la mente.

¿Y si, pese a todo, estaba enamorada?

La idea le horrorizó por todas las complicaciones que aquello implicaba, una sombra de tragedia la había cubierto desde que la dejó en la entrada del edificio donde vivía y más dudas, más conflictos y, sobre todo, la angustia de imaginarse que se trataba de una estratagema en la que ella era el punto que flotaba en la inmensidad sin saber nada de nada y que todos conocían un plan maestro que nunca compartirían con ella.

Las inmensas escaleras se le antojaron cortas, pero cuando la oscuridad absoluta hizo que perdiera noción de dónde estaba la puerta, fue que cayó en cuenta de que las lámparas que flanqueaban el camino estaban apagadas.

—Ya deberían haberlas encendido —dijo empujando la puerta que encontró abierta —¿Hola? ¿Hay alguien?

No hubo respuesta y se aventuró a entrar buscando los contactos para encender la luz. Dio con ellos y bajó todos los interruptores, enseguida, las lámparas obedecieron y el lugar quedó perfectamente visible.

Tuvo un instante de terror, una escena que nunca vio, pero que imaginó tantas veces que era como si fuera real.

Las mesas estaban destrozadas, los cojines rasgados y Kento en medio del vestíbulo, clavado en la duela del piso, con los brazos en posición imposible y sangre por todos lados.

Corrió hacia él, su cabello rubio estaba pegajoso por su propia sangre que emanaba de una herida en la sien. No sabía qué hacer, así que optó por lo que era lo mejor a su parecer, salió corriendo y gritó con todas sus fuerzas pidiendo ayuda.

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Ayame y el chef parrillero, Tora Miyake, fueron los únicos, de toda la brigada de cocina, que permanecieron en el hospital. Con Kento en la sala de urgencias, el subjefe de cocina era el pastelero, y su indicación era no cancelar las reservaciones.

La joven permaneció con los ojos llorosos, sentada en la sencilla área de espera mientras que el otro, a un par de pasos, hablaba en murmullos y muy rápidamente con uno de los ninjas que habían acudido al llamado de auxilio de Ayame.

Varias horas después, el cirujano salió a su encuentro. Los dos se pusieron de pie, pero el rostro del hombre era indescifrable, la joven sintió que quería ponerse a llorar por los dos segundos que le tomó al médico decir algo.

—Está bien. Le rompieron varios huesos, pero hemos controlado exitosamente todo el daño interno. Sin embargo, creo que estará aquí una muy larga temporada.

Las piernas de la chica temblaron y se dejó caer soltando un suspiro de alivio. El otro cocinero también pareció tranquilizarse, y se dedicó a poner atención a todo lo que le indicaba el médico, aunque a grandes rasgos por su parte no quedaba nada más que hacer algunas visitas silenciosas y esperar.

El hombre de blanco les dejó a solas y Tora Miyake se sentó a su lado.

—Debemos hablar —dijo con toda seriedad. La joven le miró, aún con los restos de la angustia empañando su vista y constipando su nariz —¿Kento-san le dijo que mañana salíamos de viaje?

Ella asintió.

—Una competencia de cocina organizada en la capital para ganar el derecho de preparar el banquete de la boda del hijo menor del Daimyō del País de Fuego. Es algo muy importante para el prestigio del restaurante, Kento-san no nos perdonará desertar, pero el equipo ya no está completo. Originalmente éramos Kento-san, Sota-san, Yûki-san y yo. Tres no lo lograremos, sobre todo si Kento-san, que es el alma del equipo, no está.

—Aún están los otros…

—No me interrumpa, Ayame-san. Usted es la única a la que Kento-san le ha enseñado todo sobre el estilo de cocina que tenemos, y no se atreva a decir que no es digna. Si no lo fuera, solo sería una camarera y Kento-san jamás le habría permitido ayudarle en la cocina, por mucho que le gustase.

La joven se ruborizó y tal como se le pidió, no renegó, pero su mente nuevamente empezaba a maquinar más ideas, a buscar el trasfondo de lo que sucedía. Comprendiendo que, quizás, él sabía que algo así pudiese pasar…

"Clase intensiva de cocina."

Era lo que le decía cada vez que salían, saturándola de información, pero al mismo tiempo no tenía sentido. ¿Cuál era el propósito de enseñarle todo eso? ¿Quién y por qué había atacado a Kento? ¿Cuál era la posibilidad de que ellos acabasen de la misma manera en la sospecha de que el resto del equipo supiera lo que él?

Los ojos oscuros de Tora Miyake estaban fijos en ella, pero no era capaz de descifrar lo que le decía.

—Alguna vez Kento-san me dijo que el primer día obtuvo una generosa propina por parte de la familia Hyūga debido a su excelente servicio, y desde entonces ha estado esparciendo flores por el camino que pisa. El restaurante lo es todo para nosotros, Ayame-san, y es un hecho que Kento-san no se recuperará para el viernes.

¿Una generosa propina?

—Yo… yo…

El cocinero encargado de la parrilla, hombre de alta talla que debía agacharse para no chocar con las ollas colgadas de la cocina, se puso de pie con solemnidad.

—Debo volver al restaurante. Sota-san ha regresado, pero no se encuentra en condiciones de estar solo. Mañana temprano iré al Ichiraku Ramen, tenemos programado salir a las 9:00. Descanse, Ayame-san.

Salió con paso lento, dejando a la joven en el piso más confundida de lo que estaba antes. Pero ella consiguió ponerse de pie para sentarse en las sillas, y ahí permaneció dando vueltas al asunto hasta que el médico volvió a aparecer.

—Puede visitarle unos minutos —dijo conduciéndola hacia la habitación en la que habían dejado descansar al paciente. Ella fue inmediatamente, tan sigilosa como pudo. El lugar estaba a media luz, una habitación privada con una amplia cama en el centro, rodeada de varios artilugios médicos que mantenían lo que parecía ser un capullo blanco conectado.

Apenas se podía distinguir el rostro de Kento, entre la quietud del día parecía solo dormir. Ayame le miró conmovida.

—¿Qué hiciste para ganarte esto? —preguntó en un susurro.

Como era natural, no hubo respuesta y el silencio se apoderó de la estancia por un largo rato.

—¿Por qué me vendiste tan caro? Tora-senpai piensa que soy la joya de su equipo.

Hablaba más para ella que para alguien más, pero la familia Hyūga continuaba paseando en sus pensamientos, y concluyó que quizás eso era finalmente el objetivo de su presencia.

—Debo irme —susurró inclinándose hacia él para besarle suavemente en la mejilla.

La puerta de la habitación se abrió de golpe y Nami entró intempestivamente, decía algo, pero se quedó callada, quieta en la puerta con los labios entre abiertos.

Ayame giró para verla y atisbó en sus ojos un brillo similar a la rabia.

—Ah, Ayame-chan…

Detrás de ella, entró su esposo cargando un enorme ramo de flores.

La joven camarera inclinó la cabeza y salió deseándoles un buen día a ambos.

Llegó a la barra de ramen y su padre aún no cerraba, estaba lavando los últimos platos. Teuchi sonrió al verla, pero la sonrisa se desvaneció en cuanto notó su semblante pálido y preocupado, fue a su encuentro y la sostuvo en sus brazos mientras le contaba lo ocurrido. La acercó a una mesa, aunque ella no lo necesitaba, se había asustado, pero se encontraba bien.

—De manera que debes ir.

—Tora-senpai dice que soy la más adecuada.

—Por todos los cielos, Ayame-chan, ¿y tú lo dudas?

Ayame torció la boca.

—Entiendo que es la suerte de Kento-san lo que te preocupa. Vayamos a dormir, mañana estarás calmada.

—Estoy calmada, Kento-san se recuperará, el médico lo ha dicho.

Su padre la tomó con ambas manos para besar su frente.

—Todo saldrá bien, Ayame-chan.

No fue capaz de conciliar el sueño en toda la noche y para cuando el despertador sonó, ella ya estaba de pie, acababa de salir del cuarto de baño, con el pelo dejando un charco de agua junto a la cama sobre la que se encontraba la ropa que usaría junto con la bolsa de viaje.

Se arregló con calma y esmero, no terminaba de comprender cómo es que había accedido a aquello, aunque estaba segura de que nunca había dicho que sí, Tora Miyake solamente dijo que iría al Ichiraku.

—Ayame-chan. ¿Estás despierta? —preguntó su padre al otro lado de la puerta.

—Sí.

—Tengo algo para ti, te espero en la cocina.

—Sí, ya voy.

Solo terminó de acomodar su cabello y salió al encuentro con su padre, este, sonriente y de pie junto a la mesa, no pudo evitar corresponder el gesto.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó.

—Algo que cualquier cocinero que se precie debe de tener —respondió y extendió hacia ella una maleta negra. Su hija la miró con curiosidad y la extendió sobre la mesa ya que era más bien un rollo con asa.

—¡Oh, papá! —exclamó.

—Tu propio juego de cuchillos. Es muy básico, pero ya crecerá conforme lo vayas necesitando.

Ayame lo abrazó con fuerza y lo besó en ambas mejillas.

—Estoy muy orgulloso de ti, sin importar lo que pase en la capital.

—Gracias.

Fueron juntos hasta la barra donde ya los esperaba Tora Miyake, que llevaba su propia bolsa de viaje colgando de lado y sobre un hombro su propia funda para cuchillos, solo que más grande, mucho más grande.

—Veo que has decidido venir —dijo confirmando lo que Ayame ya había supuesto, no venía por ella, sino por una respuesta, y eso por algún motivo le hizo gracia.

—¿Es inconveniente, Tora-senpai?

Él negó con la cabeza.

—Es más que conveniente.

Teuchi abrió la puerta y preguntó si tendría quince minutos para prepararles algo para comer, y si ello no supondría una impertinencia, cosa que el enorme hombre negó y pacientemente tomó asiento en una de las mesas.

Al poco rato, entró por la puerta principal el chef panadero Yûki Takahashi, con su eterno semblante agrio, acompañado de Sota Hashimoto, cuyo rostro mostraba las marcas de las quemaduras obtenidas por un accidente de cocina, pero más o menos recuperadas por fuerza de técnicas médico-ninja.

—Solo falta la escolta —dijo Tora recibiendo un asentimiento por parte de los otros.

Para cuando Teuchi Ichiraku terminó de envolver la última caja, entraron al lugar cuatro ninjas, de los cuales solo conocía bien a dos: Maito Gai y Hyūga Neji, los otros fueron casi por contexto, Rock Lee y la chica cuyo nombre no conseguía recordar. El cocinero sonrió satisfecho, había calculado correctamente y las ocho cajas se encontraban listas, así que ofreció una a cada uno deseándoles un excelente viaje, además de pedir encarecidamente que cuidasen de su hija.

Los dos ninjas que iban vestidos de verde estallaron en exagerados agradecimientos y promesas de que ni uno solo de sus cabellos saldría lastimado, pero el tiempo apremiaba y eso fue motivo suficiente para zanjar sus extravagancias.

Caminaron juntos hasta la puerta y justo ahí Ayame no pudo si no reír con ganas, su padre se había abrazado a ella con tal fuerza que parecía que no la dejaría marchar.

—¡Tenía la sospecha de que harías esto! —dijo en cuanto pudo recobrar el aliento y consiguió soltarse del abrazo —¡Tanta ligereza para insistirme en que me vaya no podía ser verdad! Pero descuida papá, regresaré en dos semanas.

Dejando a Teuchi Ichiraku en la puerta, la comitiva avanzó con paso decidido.

—¡Esto es realmente delicioso! —exclamó Lee en cuanto hubo probado el primer bocado.

—Se supone que sea el almuerzo —reprendió Neji.

—¿De verdad es tan bueno? —preguntó la chica.

—¡Lo más delicioso que probado en años!

—A ver… ¡Cielos, es verdad! ¡Neji! ¡Pruébalo!

—No es la hora del almuerzo —respondió entre dientes.

Pero el desorden estaba puesto, los chefs Tora y Sota ya habían abierto sus cajas, picados por la curiosidad.

—Efectivamente, la textura es asombrosa, ligera y suave sin perder consistencia.

—El aroma… —susurró Yûki para sorpresa de Ayame que no creyó posible que también sintiera curiosidad, y como ninguno atendía las razones de itinerario que exponía Neji Hyūga, apenas a unos metros después de haber dejado la aldea, comenzó un almuerzo sin que fuera la hora de tal.

Ayame abrió el suyo encontrando lo mismo que en las demás cajas: seis variedades de sushi, dos salsas y una porción de verduras.

Había además una nota escrita con la letra de su padre.

"No había necesidad, Ayame-chan. Solo tenías que pedirlo. ¡Itadakimasu!"


Comentarios y aclaraciones:

De verdad, de verdad

¡Muchas Gracias por leer!