Capítulo 29

Itachi

Empezar de nuevo. Presentándonos nuevamente. Le solté la mano tan pronto como el camarero dejó mi plato frente a mí. Su media sonrisa, la mirada en su cara; fue un comienzo. Con suerte, el inicio de un nuevo comienzo para ambos. Tomé la mitad de mi sándwich y se lo di. Ella agarró la mitad del suyo, y los intercambiamos.

—Gracias, Srta. Haruno.

—Gracias, Sr. Uchiha.

—¿Por qué no me cuentas un poco sobre lo que tendré que hacer como tu asistente?

Me explicó acerca de la iluminación y el manejo de sus diferentes cámaras y lentes. Mientras pudiera estar con ella, no me importaba lo que hiciera. Mientras comíamos, su teléfono sonó con un mensaje de Hinata. Rápidamente escribió un mensaje y luego me miró.

—¿Cómo estás ahora con Hinata y Hidan? Por favor, no te enojes conmigo por mencionarlo.

—Descubrí que el universo funciona de maneras misteriosas. Conocí a Hidan para que pudiera reunirse con mi hermana, si eso tiene sentido. Los dos estaban destinados a estar juntos y ahora lo veo.

—¿Cosa del destino? —le pregunté.

Miró hacia abajo mientras sumergía su patata frita en ketchup.

—Sí. Tal vez.

Aún había una pizca de dolor en su respuesta.

—¿Entonces todo está bien entre ustedes?

Intentaba hacerme una idea de si podría o no perdonarme.

—Las cosas están bien, pero nunca volverán a ser como antes. Creo que el asunto para mí es que me lo ocultaron, que casi me caso con él, y cómo habrían seguido juntos a mis espaldas. Eso siempre estará en primera línea en mi mente.

Progreso. Me hablaba como solía hacerlo. Podría haberme dicho que no era asunto mío, pero en vez de eso, decidió hablar, lo que me hizo feliz. Terminamos de comer y pagamos nuestra propia cuenta. Iba a tener que respetar sus deseos si quería una segunda oportunidad. Me levanté de la mesa primero y esperé a que lo hiciera antes de salir del restaurante. Tan pronto como se deslizó de su asiento, puse mi mano en la parte baja de su espalda. Caminamos hasta Central Park y disfrutamos de la belleza que tenía para ofrecer. Sakura había traído su cámara y había empezado a sacar fotos.

—¡Sakura, mira! Es el zoológico de Central Park. Vamos —dije excitado mientras le agarraba la mano sin siquiera pensarlo—. Lo siento —dije mientras miraba hacia abajo y soltaba su mano—. Supongo que me emocioné demasiado.

No dijo una palabra. Solo sonrió. Cada uno compró su propio boleto y nos dirigimos directamente a la exhibición de pingüinos. Mientras los mirábamos, la sonrisa en la cara de Sakura nunca se fue. Amaba a los pingüinos tanto como yo. Nuestra siguiente parada fueron los leopardos de las nieves.

—Mira qué hermosos son —dijo mientras tomaba sus fotos—. ¿Sabías que sus dientes miden más de 15 centímetros de largo? —preguntó mientras me miraba.

—No, no lo sabía. Odiaría ser atrapado por una boca como esa.

—Me encanta su color. ¿Sabías que sus colores son para poder camuflarse en las montañas?

—No —dije mientras arqueaba una ceja—. ¿Eres una experta en leopardos de las nieves y nunca me lo dijiste?

Se rio.

—No. Estaba obsesionada con ellos cuando era niña y quería un leopardo de las nieves bebé como mascota. Mi papá me dijo que investigara mucho y que escribiera un artículo sobre el asunto y que lo tomaría en consideración. De más está decir que estaba drogado cuando dijo eso y luego negó haberlo dicho cuando estuvo sobrio.

—Eso fue realmente una mierda.

—Sí, bueno, a veces era un padre de mierda.

Se alejó de los leopardos de la nieve y se acercó a mirar a los lémures.

—¡Mira! ¡Es el Rey Julián! —Sonrió.

—¿Hay algo especial que deba saber sobre ellos?

Se rio.

—No. Nunca quise uno, pero mira qué lindos son. Puede que tenga que reconsiderarlo.

Miré a mi alrededor y vi un puesto que vendía peluches. Le dije a Sakura que necesitaba encontrar un baño y que volvería enseguida. Me dirigí al puesto que vendía peluches de leopardo de las nieves. Compré uno y luego encontré a Sakura tomando fotos de los pandas rojos.

—Encontré algo —dije.

—¿En serio? ¿Qué?

Le di el leopardo de las nieves con una sonrisa.

—Me preguntó si sabía tu nombre porque quería ir a casa contigo

Me quitó el peluche de las manos.

—Itachi —dijo mientras miraba hacia abajo.

—Ahora tienes el bebé leopardo de las nieves que siempre quisiste. Pensé que como habías hecho toda esa investigación, te merecías uno.

—Gracias —dijo mientras se lo acercaba a la cara y sonreía.

✨✨✨✨ Sakura

Feliz. Así estaba en este momento. Me atrapó con la guardia baja y no supe qué hacer.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Solo tengo dolor de cabeza. Vamos, vayamos a ver a los otros animales.

La verdad es que no me sentía bien, después de haber mirado a todos los animales, tomamos un taxi y volvimos al hotel. Itachi puso su mano en mi frente.

—Sakura, estás ardiendo. Creo que tienes fiebre.

—No lo creo. Solo estoy muy cansada. Creo que todavía tengo jet-lag.

—Tienes fiebre.

Cuando llegamos al hotel, Itachi me dijo que fuera a mi habitación y que compraría Motrin en la tienda. Hice lo que me pidió porque no tenía fuerzas para discutir con él. Mi dolor de cabeza empeoraba cada segundo. Cuando abrí la puerta, dejé caer mi bolso al suelo, me quité los zapatos, me tiré en la cama y cerré los ojos. Unos momentos después, Itachi llamó a la puerta. Me tomó toda la fuerza que tenía levantarme y responder.

—Vamos. Métete en la cama, Sakura. ¿Quieres cambiarte primero?

Asentí mientras me acostaba sobre el edredón.

—En el cajón de arriba hay un par de pantalones cortos y una camiseta sin mangas.

Me los dio y me dirigí al baño para cambiarme. Cuando terminé, Itachi ya había corrido las sábanas y me subí, recostando la cabeza sobre la suave almohada. Tomó el termómetro que compró en la tienda del vestíbulo y lo puso bajo mi lengua.

—Mantenlo ahí abajo. —Sonrió mientras me daba el leopardo de las nieves.

Después de unos minutos, el termómetro sonó y me lo quitó de la boca.

—Ouch. Tienes 39º. Te dije que tenías fiebre. —Abrió el envase de Motrin y me dio una botella de agua.

Tomé las pastillitas naranjas y las tragué con agua. No podía creer que estaba enferma. Nunca estaba enferma. Este era el peor momento. Apreté con fuerza mi leopardo de las nieves contra mi pecho mientras Itachi me tapaba con las mantas.

—Descansa un poco —dijo mientras ponía suavemente su mano sobre mi cabeza.

Solo quería dormir. Gracias a Dios que la sesión de fotos era pasado mañana. Con suerte, estaría mejor para entonces. Recuerdo haber caído en un sueño profundo, pero al mismo tiempo me sentí inquieta porque había soñado con Itachi y conmigo. Un sueño en el que estábamos teniendo sexo y era nada menos que increíble hasta que miré hacia arriba y vi a Izumi mirándonos fijamente. Mis ojos se abrieron y me senté derecha, luego me caí hacia atrás. Itachi estaba sentado en el sofá e instantáneamente vino a mi lado.

—¿Estás bien?

—¿Por qué sigues aquí? —pregunté somnolienta—. Y, sí, acabo de tener una pesadilla. Probablemente sea la fiebre.

Fue al baño, mojó una toallita y me la puso en la frente.

—¿Te sientes mejor?

—No —le contesté mientras lo miraba—. No tienes que quedarte aquí. Puedes irte. Aprecio todo lo que ya has hecho.

—Vine a Nueva York para estar contigo, Sakura, y estás enferma. No hay manera de que te deje estando así. ¿Quieres saber cuál es la mejor parte?

—¿Cuál?

—No tienes la fuerza para discutir conmigo. —Sonrió.

—Tienes razón —dije mientras cerraba los ojos y me volvía a dormir.

Una vez más, me desperté y vi a Itachi, que estaba acostado en el sofá, durmiendo. Tenía que orinar, así que me levanté de la cama y me dirigí al baño. Mi cuerpo se sentía como si hubiera sido arrollado por un tren, con cada músculo y articulación en agonía. Cuando estaba en el baño, llamaron a la puerta.

—¿Estás bien ahí, Sakura? —preguntó Itachi.

—Sí —dije mientras tiraba de la cadena.

Salí del baño y Itachi estaba parado allí con el envase de Motrin en sus manos.

—Necesitas tomarte un par más.

—¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? —pregunté mientras me metía de nuevo en la cama.

—Cinco horas.

—Quiero tomar un baño.

—Prepararé uno para ti y luego tengo algo que hacer, pero volveré.

Asentí con la cabeza, después de que preparó el agua, me quité la camisa. Me miró con hambre en los ojos. Ni siquiera estaba pensando con claridad, no debería haber hecho eso delante de él.

—¿Está bien si tomo la llave de tu habitación?

—Sí. Está bien.

—De acuerdo. Me voy, pero volveré. Ten cuidado en la bañera. No tardaré mucho.

Le di una media sonrisa y se fue de la habitación. Despojándome del resto de mi ropa, me subí a la relajante bañera y cerré los ojos.