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Kebab
De cómo se solucionan las tensiones políticas en Suna
La idea de servir de informante para Jiraiya, como idea, se escuchaba como todo lo que alguna vez quiso en la vida pero que, por diferentes motivos que no venían al caso mencionar, no había hecho. Sin embargo, estando frente al cocinero, que leía con el ceño fruncido la carta de recomendación que le había dado Tora Miyake, el parrillero del Kento-Umai, ya no parecía tan buena.
—Entonces, ¿quieres aprender? —preguntó doblando la carta y guardándola en su delantal.
—Realmente me honraría mucho que me diera una oportunidad —dijo inclinándose respetuosamente.
El hombre, alto y moreno, gruñó.
—Mira niña, no es que no quiera, es que la situación está algo jodida —explicó, haciéndole una seña para que entrara en el local. Afuera hacía demasiado calor como para tener una conversación decente y esa muchacha estaba a punto de desmayarse luego de un largo y pesado viaje en una carreta sin ventanas. Le ofreció lugar en una de las mesas más cercanas a la cocina y entró para llevarle agua fresca, que seguramente la que llevaba en su garrafa estaba lista para hacer un té.
Ayame estaba realmente agradecida por el gesto, y esperó pacientemente a que se sentara junto a ella para explicarle. Si bien sería una pena que no la aceptara luego de tan largo viaje, el problema era que no tenía plan de respaldo, y se suponía que debiera quedarse cerca de Suna hasta nuevo aviso.
—Las guerras son una joda para todos, hasta los que no tenemos nada que ver. La clientela ha bajado bastante. Apenas puedo sacar los números para fin de mes, así que un aprendiz es algo que no puedo pagar.
—Pero lo que yo quiero es aprender —insistió sonriendo—, si me enseña, puedo ser aprendiz, camarera y lavaplatos, pero no tendría que pagarme por eso con dinero.
—¿Alojamiento y comida?
—Soy pequeña, no necesito mucho —respondió encogiéndose de hombros.
El hombre se rio.
—¿Exactamente por qué quieres aprender? ¿Vas a abrir tu propio restaurante?
—Mi familia se ha dedicado a la cocina desde hace generaciones —y sacó de su bolsa la mitad del recetario que le había dado su tío abuelo Min para enseñárselo—. Cada miembro de la familia ha hecho un aporte, excepto yo.
El cocinero lo recibió como si se tratara de una pieza de historia invaluable. Lo que en realidad era, pero solo resultaba apreciado por un grupo bastante reducido.
—No deberías andar cargando esto en original —le dijo luego de sacarlo de la funda de cuero que Ayame le había comprado para protegerlo —. Sería mejor que hicieras una copia y lo dejaras en un sitio seguro.
La joven sonrió. Por supuesto que lo había hecho, tenía una copia en la casa de su padre, pero había decidido llevarse el original como una prueba irrefutable de que era una auténtica aprendiz de cocinero con una larga tradición y no otra cosa, como un ninja infiltrado o una informante.
—Viajo sola — respondió—, traerlo me da la sensación de que mi familia está conmigo.
Lo vio sonreír. Supo que había conseguido su objetivo.
—Puedes quedarte en una habitación de mi casa, en la medida que no te espante la idea de vivir con un hombre solo.
—No se arrepentirá, lo prometo.
De pronto, giró el rostro en cuanto entró un grupo de cuatro hombres.
—¿Ninjas? —preguntó al ver sus bandas.
—Estamos muy cerca de la Aldea oculta de la Arena. Suelen pasar cuando regresan de misión. Es raro que lo hagan cuando salen, normalmente van corriendo.
—Entiendo.
—Espera aquí —le dijo sentándola de nuevo al empujarla por el hombro apenas se dio cuenta de que estaba por levantarse—. Es un viaje largo y pesado. Te traeré algo de comer, descansa, mañana empezarás a trabajar.
—Gracias.
Ayame no podía negar que, pese a sentirse reanimada por la aceptación y el agua fresca, estaba verdaderamente cansada y le dolía el cuerpo por la precaria situación en la carreta, además de que el calor, en general, le daba sueño.
Pamuk era el nombre del dueño de aquél pequeño restaurante. Tora Miyake había coincidido con él en la capital del País del Viento, cuando ambos solicitaron un periodo de aprendizaje con un anciano cocinero del que decían, tenía la bendición del desierto.
Cada uno de los chefs del Kento-Umai le había dado no menos de una decena de cartas de recomendación para cada uno de los cocineros a los que conocían y regentaban sus propios negocios, y que usaría conforme se fuera requiriendo en su ruta de viaje, que no tenía una dirección fija, ya que tendría que esperar indicaciones, que de alguna creativa manera le harían llegar.
Dejó escapar un suspiro antes de darle un sorbo al vaso de agua.
El restaurante era más grande que el Ichiraku, pero no tanto como el Kento-Umai. Se distribuía de forma que las mesas, rectangulares y extrañamente angostas, formaban una retícula que dejaba tres pasillos que iban de la entrada principal, a la zona de cocina, dividida por muros de ese material terroso del que todo parecía estar construido en el País del Viento.
Era extraña la sensación de frescor que predominaba pese al calor infernal de afuera, sobre todo porque no podía ver o escuchar ningún ventilador.
De pronto, sintió que se ponía roja cuando los ninjas súbitamente se habían cambiado de sitio para quedar en la misma mesa que ella.
—No eres de por aquí ¿verdad?
—No —respondió con un inaudito tono bajo y tímido en la voz —. Yo… solo estoy de paso.
Intentando no parecer un ratón asustado, Ayame levantó la mirada para ver a los ojos al hombre.
Era un muchacho en realidad, poco mayor que ella, con la piel bronceada por el sol y los ojos delineados en negro de una forma que ya había notado en otras personas de Suna.
—¿Cómo te llamas?
Pensó en responderle, no quería montar una escena innecesaria y pese a que se sentía incómoda, realmente no estaba haciendo nada inapropiado o grosero. Sin embargo, antes de que siquiera abriera la boca, un kunai pasó silbando a su lado, clavándose en la mesa, apenas fallando por escasos milímetros para perforar la mano del ninja.
—¿Por qué los hombres se comportan como perros?
La voz de una mujer, ruda e inflexible, pero sin llegar a ser masculina de ninguna manera, le hizo girar el rostro.
Reconoció a una joven kunoichi que había visitado Konoha en calidad de embajadora: rubia, de ojos verdes y un enorme abanico a la espalda, resultaba inconfundible.
—No generalices, Temari.
El muchacho que iba con ella, todo vestido de negro y con la cara marcada con gruesas líneas bermellón, bajó algo enorme que llevaba cargando.
—No he conocido a un hombre que no sea así. Ven a una chica bonita sola y la abordan cuatro, rodeándola como perros, dispuestos a pelear por ver quién se la queda.
—Temari-san —dijo el ninja que había estado hablando con Ayame —. Estás malinterpretando las cosas.
La rubia levantó una ceja.
—Solo tratábamos de demostrarle a una turista, que los ninjas de la arena no somos las aves de rapiña que suelen decir.
—¿De verdad? Que intento tan miserable.
Ayame haló una bocanada de aire, girándose por completo, con las manos al frente y sonriendo, aunque nerviosa, porque no quería que empezaran a pelear.
—De verdad no estaban haciendo nada inapropiado —dijo.
Temari acentuó aún más el gesto de su mirada.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó.
Ayame respingó mientras que el ninja a su lado chasqueaba la lengua.
—¿Tú si puedes preguntarle su nombre y yo no?
—¡Mi tono y mi intención es diferente!
—Chicos —interrumpió el muchacho de negro junto a la kunoichi, intentando conciliar las cosas —. Les prometo que después de Gaara, Temari es la más aterradora de los tres. Ya dejen las cosas así.
—Te hice una pregunta —repitió la rubia.
—Ichiraku Ayame —dijo, más nerviosa que antes, aunque comprendiendo a qué se refería con respecto a que su tono e intención era diferente, no le quedó más remedio que continuar —. Soy la camarera del Ichiraku Ramen, y también trabajo a tiempo parcial en el Kento-Umai, o bueno, antes lo hacía.
—A volar —dijo la rubia mirando a los cuatro ninjas, pero tuvo que mover el abanico de su espalda a su costado para que ellos se volvieran a la mesa en la que estaban sentados originalmente, antes de que su expresión se cumpliera literalmente.
Embargada por un creciente pánico, Ayame miró a la kunoichi caminar hacia su mesa.
Temari era más pequeña que ella, mucho más que los cuatro ninjas que había dominado sin ser explícita en sus advertencias, pero eso resultaba completamente irrelevante con esa voz y el porte.
El muchacho a su lado dejó escapar un suspiro, pasándose una mano por el cuello para relajarlo y fue detrás de ella, sentándose a su lado frente a la cada vez más horrorizada muchacha.
—Con que el Kento-Umai ¿eh? ¿Se puede saber qué haces aquí?
—Yo… bueno, me recomendaron, bueno, es que mi papá…
—Habla claro, ¿sí?
Ayame se detuvo para respirar profundamente.
—Estoy en un viaje de aprendizaje —dijo al fin con mayor claridad que incluso su nombre—. Mi familia se ha dedicado a la cocina desde hace generaciones, y quiero aprender otros estilos, conocer otros sabores para poder asentar mi propio menú.
—¿En serio?
La forma en la que había hecho esa pregunta denotaba su total falta de confianza. No podía culparla, seguro la recordaba más por la reunión política en el Kento-Umai, que, por la barra de ramen, pese a que solo había estado dos veces en cada local. Y con justas razones se atrevía a creer firmemente que la kunoichi estaba convencida de que se trataba de una espía o cualquier otra cosa similar.
—Sí.
Pensó en sacar de nuevo su antiguo recetario, sin embargo, le pareció un recurso demasiado premeditado como para que pareciera natural, sobre todo a ojos de un ninja.
—Pero mi viaje se limita a las zonas aliadas de Konoha, por seguridad.
Temari asintió una vez, mirando con el gesto más relajado al dueño del restaurante cuando este se acercó con el plato de Ayame.
—Es un honor recibirlos, Temari-sama, Kankuro-sama. ¿Qué puedo hacer para ustedes?
—Lo de siempre —respondió el muchacho.
El cocinero inclinó la cabeza con cierta reverencia.
—Espero que mi nueva aprendiz no les esté importunando.
—Para nada —respondió Temari —, es una conocida de Konoha. Solo nos contaba cómo van las cosas por allá.
—¡Oh! Ya veo. Los dejo entonces.
Ayame hubiera preferido que le pidiera ayuda para lavar los platos o cortar verduras, sin embargo, se conformó con mirar su plato, llamándole la atención un olor que acarició su nariz con seductora insistencia.
Sin poder evitarlo, se inclinó al frente para percibirlo mejor.
—Es azafrán —dijo Temari —. No hay en Konoha.
La joven camarera se sintió intrigada por el súbito cambio en su actitud. Ya no se sentía intimidada, aunque eso no significaba que su presencia se hubiese minimizado, solo que ya no creía que dirigía a ella su hostilidad.
—¿Qué es?
—Una flor. Seguro que es la primera vez que ves un kebab, ¿no? —respondió el muchacho.
Ayame movió la cabeza de un lado a otro.
—Suna y Konoha tienen más tiempo de aliadas que lo que marca el último tratado. Un cocinero se estableció en la aldea hace tiempo, prepara algo así, aunque dice que el kebab tiene variantes de acuerdo a las zonas del país, principalmente por la disponibilidad de ingredientes. Lo importante en todo caso, es la forma en la que se cocina la carne. Eso es el kebab.
—Interesante —dijo Pamuk, que volvía con los platos de los dos ninjas que compartían mesa con ella —. Conoces a Vamir. ¿Estudiaste con él?
Ayame volvió a negar con la cabeza.
—Yo no tenía intenciones de estudiar algo más que las recetas de la familia, pero mi padre me inscribió a clases en el Centro Gastronómico de Konoha. Dijo que era el mejor lugar para encontrar un esposo adecuado. Ahí me eligieron para formar parte de una brigada de cocina que participaría en un concurso para preparar el banquete de bodas del príncipe Menomaru y la princesa Yumi. Entonces, con todos esos cocineros alrededor, me di cuenta de lo pequeño que era mi mundo.
—Preparar un banquete para la nobleza es algo que no le pasa a todos los cocineros, menos aún a los novatos. Debes sentirse orgullosa, Ayame-san —dijo Pamuk.
La chica se rio, como si estuviera en confianza con todo, pese a que tan solo unos momentos antes se sentía aterrada de las acusaciones de Temari.
—¡Perdimos! Aunque… se aprende más de una derrota que de una victoria, y ahora más que nunca tengo motivos para ser mejor.
El cocinero asintió una sola vez y se disculpó para poder atender la mesa de los cuatro ninjas que miraban con reproche en su dirección.
—Bienvenida a Suna —dijo Temari, antes empezar a comer.
Ayame sintió que se ruborizaba, convencida de que lo que la abochornaba más en ese momento, era la forma en la que había hilado su historia, totalmente comprobable, pero que en su corazón sabía que se trataba de un engaño.
Pensó en la advertencia de Jiraiya sobre el remordimiento, y se concentró en esas palabras, agradeciendo la comida, dispuesta a dar lo mejor de sí misma.
Comentarios y aclaraciones:
La verdad es que, durante los últimos años, por momentos pensé que esta historia había llegado a su fin (o más bien, que no llegaría a su fin), que no sería capaz de hacer nada más con ella luego de pasar horas mirando la página en blanco, incapaz de ordenar mis recuerdos sobre la línea del tiempo canónica para poder seguir haciendo la historia paralela.
Por no hablar de que el manga se extendió demasiado, y empecé a dudar sobre hasta dónde sería bueno (o prudente) llegar.
No obstante. De unos meses a la fecha, algo pasó. No sabría explicar qué o cómo (menos por qué), pero mientras más me convencía de que era tiempo de retirarme del fandom (y de los fics en general), una lluvia de ideas golpeó con fuerza, tan brutal que, si me tienen en alerta de autor, se darán cuenta de que empecé también otras historias (incluso con la nueva generación).
Quizás sea algún tipo de señal del universo para que me quede otro rato y cumpla la promesa que hice de no abandonar un fic.
En fin.
Cuentos de Ichiraku fue la primera historia que pensé para que fuera larga. Puede que cueste trabajo creerlo, pero yo solo quería narrar las aventuras de Ayame en el salto de Naruto a Shippuden porque me encantó la idea de que emprendiera un viaje dejando a su padre con dos tipos medio tarados.
Una cosa llevó a otra, y por algún motivo, lo que originalmente solo quería que fuera un pequeño preámbulo con Teuchi Ichiraku contando la historia desde su perspectiva, se convirtieron en 36 capítulos.
Ahora Ayame ya está en el camino que quería, entonces pensé que abandonarla ahí, sería una canallada, por eso he decidido que volveré.
Estaré editando los capítulos pasados, principalmente por errores de ortografía y gramática. Es increíble lo mucho que uno aprende en 10 años, pero la historia se quedará intacta (quizás alguna adición para justificar errores como lo que me pasó respecto a los exámenes a chūnin, pero no tocaré, por ejemplo, la forma en la que Kushina llegó a Konoha, eso lo escribí mucho antes de que nos lo contaran y cambiarlo, sí cambia la trama del fic)
Si alguien de los que empezaron esta aventura conmigo está leyendo esto. No tengo nada más que expresar mi mayor gratitud, incluso si nunca hemos intercambiado palabras, o si simplemente ya no les interesa la nueva etapa (por el fic en sí mismo o porque dejaron el fandom), de verdad agradezco el tiempo que en su momento le dedicaron a la gente del ramen.
Sé que hay gente nueva, como Caroline Monrrow, que son otro de los motivos por el que decidí retomar esta historia, reafirmando mi convicción de que no puedo simplemente mandar al olvido a Ayame.
Corto mis notas, sin nada más que decirles
¡Muchas Gracias por leer!
