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Soliloquio
Dos monólogos no hacen un diálogo
—Permítame, joven amo.
Sebastian se inclinó hasta donde Ciel batallaba con un corbatín. No importaba cuánto tiempo pasara, el lazo aquél siempre representaba una misión imposible para el Conde. Lo ajustó lo mejor que pudo escuchando el monólogo murmurado que profería su señor, moviendo la cabeza de un lado a otro, como si buscara que le asfixiara ahí mismo con tal de tener un buen pretexto para no bajar.
—Pudo decir que no —comentó tranquilamente.
—No digas tonteras, tengo una apariencia que cuidar.
—Pero realmente no quiere hacerlo. Además, recuerdo que dijo que no estaba aquí para conseguir felicidad.
—Ya no digas nada, seguiremos adelante con los planes. Esto no es más que un pequeño inconveniente de etiqueta.
—Como ordene.
El demonio se sintió con la libertad de acomodarle el cabello para evitarse momentos incómodos frente a todos los invitados, después de ello y dando su aprobación a la apariencia del futuro yerno de la Marquesa, le escoltó hasta la puerta.
Los pasos de Ciel habían empezado con decisión plantándose en la alfombra del pasillo con la misma determinación con la que salía a una junta de negocios. La fiesta se encontraba en un momento agradable de presentaciones y cuchicheos propios antes de la anunciación de los invitados de honor, se podía asegurar entonces que la pequeña recepción se había encausado con notable éxito. Sin embargo, Sebastian no tardó en notar cómo flaqueaba, cómo los pasos eran cada vez más cortos e incluso pudo percatarse perfectamente de que había tragado saliva en dos ocasiones.
—En el momento en que el joven amo me lo ordene, puedo incendiar el salón.
— ¡Que estupideces dices!
—Si cree que sería innecesario tal extremo, entonces con un solo invitado que muera bastará para causar una conmoción que aplace el evento unos días más.
—Sebastian, es la última vez que te lo mando, cierra la boca.
—Como ordene.
La orquesta se escuchaba más cerca. Ciel se detuvo completamente y carraspeo con la garganta para llamar la atención del mayordomo. Aunque pudo llamarlo directamente, ya no se sentía con ánimos de repetir su nombre con la frecuencia que lo había estado haciendo en los últimos días, como si fuera el leño que lo mantenía a flote, aferrado a él y a la seguridad del mundo conocido, muy lejos de aquello en lo que no había pensado en tanto tiempo.
Otra persona en su lugar incluso se sentiría feliz por su boda, pero no era capaz de concebir aquellos sentimientos por más que se esforzaba; el matrimonio no le traería dicha, así era de simple. La vida en pareja le afligía más que motivarle y saber que Lizzy sería la mujer que estaría a su lado hasta que la muerte los separara, no era tampoco la más brillante de las esperanzas.
—Mantén una prudencial distancia —le ordenó entrecerrando los ojos y entrando de una vez al salón irguiendo el pecho y la cabeza. Afrontaría la situación de cualquier forma.
Sebastián rio por lo bajo cubriéndose el gesto con una mano. Al final sí le afectaban los murmullos de gente ociosa que aseguraba que el niño no podía hacer nada sin su mayordomo, y a modo de broma agregaban que, tal vez, eso incluiría la consumación del matrimonio. Definitivamente eso lo tenía tan receloso con él a últimas fechas.
Enlazó las manos a la espalda una vez pasado el fugaz momento que se permitió, levantó el rostro y esperó a que los tacones que venía escuchando desde hacía unos instantes se detuvieran a su lado. Miró discretamente por encima de su hombro, ella había elegido un vestido mucho mejor que el que se había probado inicialmente y debía reconocer que él mismo podía asegurar -si no lo supiera con certeza- que ese vestido había sido hecho especialmente para la ocasión.
Volvió a esbozar su sonrisa más ácida cuando le cruzó por la mente una idea al ver la expresión de total fatalidad de la Marquesa.
¡No usar un vestido nuevo el día de la fiesta de compromiso de su hija!
¡Qué patéticos podían llegar a ser los humanos! ¡Tan banales y superfluos!
La Marquesa de verdad sufría por no llevar un atuendo adecuado, pero él podía solucionar aquello.
—Si a la marquesa le apetece, podría realizar algunos arreglos que las doncellas no han podido hacer —se ofreció.
Frances levantó el rostro, mirando con cierta indiferencia a quien le ofrecía una solución a su problema. Asegurándose de que no había nadie más y sabiendo que faltaba una hora para la anunciación oficial del motivo de la reunión, accedió con un leve asentimiento, sintiendo el bochorno en sus mejillas.
El mayordomo deshizo la postura de sus manos y señaló con cortesía el camino de regreso por las escaleras a las habitaciones superiores.
—Después de usted.
La tela del vestido hacía un ligero ruido al caminar, el largo no era del todo apropiado pues había sido confeccionado para unos zapatos más altos. Y el collar debería de ser otro, las turquesas no iban del todo acorde ¿Un zafiro tal vez? Sí, de platino y diamantes, pero solo el collar, los pendientes sencillos, tan solo para resaltar el escote que era toda una novedad ya que siempre usaba encajes o puntilla de hilo hasta el mentón.
—El clima es benevolente en estas épocas del año —comentó Sebastian al aire por mencionar algo ante el hecho de que la Marquesa discretamente pasara un trago de saliva al saberse observada.
—El clima de Inglaterra no es algo de lo que haya que fiarse —respondió pensando seriamente en retractarse del ofrecimiento antes hecho. Para el caso, el vestido lo había usado en una recepción en Berlín y ninguno de los presentes había acudido a esa fiesta como para poder saber que el vestido era el mismo.
Sebastian leyó aquella pequeña duda en su rostro.
—Una fecha memorable como ninguna la de hoy, Marquesa.
—Definitivamente, el matrimonio le sentará bien a Ciel —dijo con seguridad olvidándose de la incomodidad que la había invadido por solo unos instantes. Unir a Ciel con su familia era un objetivo que había puesto en la mira desde que supo que Rachel estaba embarazada, si era niña sería para Edward, si era varón sería de Lizzy, pero ese hijo de Vincent terminaría siendo suyo de una u otra manera.
Aunque las cosas no habían sucedido con el cauce que le hubiera gustado; sucedieron muchos inconvenientes y tragedias, pero estaba segura de que este cambio en la vida del pequeño Conde sería para bien, para hacer que el velo lúgubre de los Phantomhive se sintiera menos pesado, aunque fuera su hija quien debiera llevar sobre sus hombros aquella inmensa responsabilidad.
Lo sentía tanto por ella, pero era ese el destino y honor de la familia, no podían rechazarlo ni negarlo porque tarde o temprano les daría alcance de igual forma. Además, había sido decisión de su hija encomendarse enteramente al perro de la reina. Un pequeño orgullo que no podía presumir cualquiera.
—Por aquí, Marquesa.
La voz grave pero baja de Sebastian la sacó de sus pensamientos conduciéndose al interior de un salón privado. El mayordomo se apresuró a encender las luces según era su bien aprendido protocolo, la Marquesa no podía ver en la oscuridad, aunque a él le daba más o menos igual.
Extendió su brazo para ayudarla a subir al banquillo con el que arreglaría el largo del vestido.
—A Nina Hopkins le gusta insistir que no tengo talento de sastre, pero estoy seguro de lograr un resultado lo suficientemente impresionante.
—Una meta soberbia, mayordomo.
—A la altura de la situación.
Frances levantó el rostro. Su propósito era marcar una altura regular para la caída del faldón, pero su postura erguida e impecable no había dado oportunidad al vestido de cambiar su forma con solo inclinar un poco la cabeza.
—Respóndeme con la verdad, mayordomo —habló de improvisto teniendo al hombre arrodillado frente a ella levantando solo unos centímetros del último holán —. ¿Mi sobrino ha estado ya con una mujer? —preguntó tomando por sorpresa al mayordomo que considerando lo recatada y recelosa que era en ciertos aspectos, nunca se le ocurrió que le haría esa pregunta.
—¿Disculpe? —fue lo primero que atinó a responder sabiendo de antemano que no podría mentir al respecto si se hacía la pregunta correcta.
—Ciel, ¿él ha compartido cama con una mujer?
Sebastian la miró unos segundos para después volver a bajar la mirada hasta su trabajo.
—Sí.
Ciel iba a armarle un lío grande cuando supiera que acababa de delatarlo. Pero no era como si importara que hombre un llegara casto al matrimonio o no, quien debería andar indagando eso era Ciel sobre Elizabeth, no viceversa.
La mujer realizó un pequeño gesto con las cejas, imperceptible ante cualquiera, pero no para el improvisado sastre.
No hubo una continuación a ese comentario, tal vez solo era curiosidad por parte de ella para saber qué tan experimentado llegaba al lecho marital.
El dobladillo estaba terminado. Se le habían ocurrido unos cambios en la faja que hacía un remate en moño a la espalda, lo cambiaría a la cadera para acentuar la cintura bien formada y mantenida por un corsé. Tomó unas tijeras y con la punta soltó los hilos que sujetaban la pieza.
Frances sintió que se estremecía cada parte de su ser, como no había sucedido nunca en su vida, apenas sintió el fugaz momento en que el mayordomo posaba las manos en la curva que hacía su cadera respecto a la cintura.
—La cinta es de un color liso, igual a todo el vestido —hizo la observación el mayordomo en absoluto ajeno a lo que acababa de hacer y causar.
—Déjalo así, solo me molestaba el largo de la falda —dijo ella con la voz temblorosa y el ceño ligeramente fruncido.
Rápidamente se apresuró a bajar y pensaba salir de la habitación cuando nuevamente sintió el escalofrío recorrerla apenas Sebastian, para detenerla, la tomó por la cintura posando la mano en su vientre.
—Ya corté esto —susurró el mayordomo soltándola y dejándole ver el moño.
Frances volvió a levantar el rostro. Dignamente regresó al taburete levantando un poco los brazos para que pudiera pasar la cinta nuevamente a su lugar.
El silencio formado era demasiado tenso para la dama y una jaqueca amenazaba con aparecer si no hacía algo al respecto, mientras que el otro hacía un exasperante ritual tan solo para regresar el moño a su lugar obligándola a dar un respingo de vez en cuando por las maniobras para hacer la aplicación, pero la Marquesa temía más a las manos que a la aguja misma.
Tras lo que le parecieron horas enteras, finalmente obtuvo la indicación de poder bajar.
Ella no lo esperó, a toda prisa salió por la puerta y casi corriendo alcanzó las escaleras bajándolas rápidamente.
Justo estaba por alcanzar la puerta al salón de la recepción cuando Ciel, que salía de ahí, quedó frente a ella.
—¡Tía Frances! —exclamó viéndose sorprendido en el intento de escape, aunque ella en ese momento no lo vio de aquella manera. Agitada como estaba, profirió una leve sonrisa y estiró su mano hasta la mejilla del muchacho olvidándose enseguida de lo demás.
Se parecía tanto a su padre…
—Muchas felicidades, Ciel —le dijo.
Las mejillas de su sobrino adquirieron rápidamente un tono más sonrojado, poco frecuente en él. Realmente no quería estar ahí.
—Es… Es todo un honor— alcanzó a decir antes de que el propio Sebastian apareciera con una caja negra de terciopelo.
Ciel desvió la mirada, solo faltaba algún comentario brillante de su sirviente que evidenciara su verdadero sentir, y con el pasatiempo que tenía para ponerlo en situaciones incómodas, no dudaba que lo haría en cualquier momento.
—Aquí está lo que la marquesa ha pedido —dijo el mayordomo ante el silencio de los dos nobles. Frances dirigió una mirada al objeto que presentaba ante ella: un collar de zafiro y pendientes de diamante.
Entreabrió los labios contrariada, y no porque ella no los hubiera pedido, sino porque ese collar lo había olvidado en la residencia de Paris.
¿Cuándo había ido por él?
Ciel, que seguía siendo en altura menor que su tía, se ofreció a abrocharle la pieza, ajeno completamente al lapso meditativo en que había entrado la mujer.
Y en medio de esa bruma desconcertante, Sebastian solo miraba sin desdibujar la sonrisa del rostro.
Que siguiera la función, aunque uno y otro dieran sus motivos no llegarían a nada, dos monólogos no hacen un diálogo. Ciel con la amargura eterna de no merecer ningún bien de la tierra y Frances con esa resignación femenina sobre el papel de las mujeres, la única que terminaba afectada era Elizabeth y la joven ni siquiera tenía una opinión al respecto.
Comentarios y aclaraciones:
Si saben con quién ha dormido Ciel, ¿no?
¡Gracias por leer!
