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Cócora

Cuando necesites abrir una puerta con la única mano libre, la llave estará en el bolsillo opuesto

El capitán de meseros asignado había sido, y por mucho, un hombre altamente competente en el desempeño de sus labores pese a ser considerablemente joven, apenas pasando los veinte años. Podía decirse que, a falta de experiencia, lo suyo era sin duda un talento nato para la dirección y organización, habilidad que muchos caballeros quisieran al no haber colegio capaz de enseñarles.

Discreto, elegante y hábil, por primera vez en la historia de las fiestas de la casa Phantomhive, no era el mayordomo el centro de atención respecto a los sirvientes.

Frances sonreía por eso y lo hacía con sinceridad, con la que acababa de despedir, eran cuatro las mujeres que le pedían concertar un encuentro con el joven, eso contra dos que habían insistido con Sebastian. Inclinó un poco la cabeza despidiéndose de otra pareja que llevaba a sus tres hijas, ya señoritas en edad casamentera.

—Una fiesta espléndida, Frances querida, lástima que mi edad no me permite quedarme hasta que el sol salga por los jardines —dijo la madre, realmente no tan mayor como se hacía sentir, pero sí más que la propia Marquesa.

—Realmente estoy muy agradecida de que haya podido venir —respondió sonriente. La mujer se acercó mientras su esposo se ocupaba de acomodarse el abrigo que le ofrecía el joven encargado del resguardo.

—Y ese muchacho tan guapo ¿De dónde lo has sacado? El capitán de meseros, simplemente encantador ¡Y tan propio!

—Un pequeño tesoro, lady Revves, a ese jovencito lo encontré en un viaje a Rusia, y ha venido aquí solamente para esta recepción —respondió con el mismo mote de secreto, la señora soltó una carcajada.

—Tu padre consiguió a un excelso japonés, la sensación en las recepciones, lo recuerdo bien, aunque era una niña, nuestro pequeño Conde a un misterioso alemán* y mira que te has apropiado de un regio ruso.

—No sé si se quedará, aunque el mayordomo de Midford ya está entrado en años.

—Nos veremos querida, nos veremos, y no lo dejes ir, una ya no sabe dónde encontrar servidumbre eficiente.

Frances recibió el abrazo, se despidió de las tres muchachas y pasó al siguiente invitado que se despedía.

Se encontraba realmente cansada, los zapatos no eran tan altos como los que acostumbraba, pero sabía que tendría mucho que atender como para soportarlos hasta la hora que era en esos momentos, con posibilidades de que el asunto se prolongara hasta muy cerca del amanecer.

Lord y Lady Macon fueron los primeros en marcharse una vez que sus pequeños cayeron exhaustos por todo lo que habían correteado en los jardines, le siguieron poco más tarde los caballeros y damas de mayor edad, las amigas de Elizabeth que seguían solteras y al marcharse las chicas, los jóvenes que solo habían asistido por cuestiones de faldas terminaron por irse también. Quedaban las parejas más jóvenes, algunos otros caballeros enfrascados en conversaciones casi exclusivamente políticas y de inversión, nadie más.

La Marquesa tomó aire antes de regresar al salón que, aunque más despejado, aún conservaba el calor de toda la concurrencia.

—¡Marquesa Midford! —llamaron a su espalda. Ella rápidamente se giró e hizo una reverencia educada.

—Su Majestad —respondió al reconocer al duque de Cornwally.

—Realmente esperaba ver a Alexis por aquí, pero parece que el deber se lo ha impedido.

Frances volvió a inclinar la cabeza.

—Presento mis disculpas en su nombre —dijo resueltamente, el buen humor que le había causado la competencia entre sirvientes por la atención de las damas, se había esfumado súbitamente dejándole en la boca del estómago la sensación amarga de saber que la fiesta terminaba y su esposo simplemente no se había dignado ni en enviar una nota de disculpas que ella ya había dado a todos los invitados.

—No es necesario, Marquesa. Yo mismo no había podido confirmar mi asistencia hasta esta mañana, y realmente lamento si eso le causó inconveniente alguno.

—De ninguna manera, tenerle aquí pese a sus compromisos es todo un honor.

—Debo marcharme ahora, en unas horas salgo para Escocia.

La mujer extendió la invitación para conducirle, pero el hombre se desvió un poco del camino llamándola a un punto apartado que una columna cubría de la vista pública.

—¿Su Majestad?

—Hablaré sinceramente, ¿es de su servicio personal el capitán de meseros, o pertenece a un servicio profesional privado?

La turbación en la mujer se hizo muy evidente por unos segundos en los que los ojos azules del Duque la miraron fijamente, con una intensidad que no hacía otra cosa más que revelar la completa veracidad de sus intenciones.

—Bueno… sí, es un profesional —empezó a explicar sintiéndose demasiado torpe al hacerlo —. Pero temporalmente responde a mí, pensaba ponerlo a prueba para que asuma el puesto de mayordomo y…

El Duque se inclinó más para susurrarle muy cerca del oído, a ella le costó un esfuerzo sobrehumano resistirse al escalofrío que el acercamiento del viejo caballero causó.

—Alexis me había pedido algunas concesiones. Yo podría interceder por él, para que los Midford acomoden mejor su posición en el norte, claro está podría verse también por los Phantomhive.

La Marquesa retrocedió dos pasos exactamente, levantó el mentón y apretó los labios que habían tenido un súbito temblor, tragando saliva para darle fuerza a su voz.

—Su Majestad, le informaré a mi esposo para que concerté todo con la mayor discreción —dijo haciendo una última reverencia mientras el hombre finalmente alcanzaba el vestíbulo y entregaba la contraseña para que le fuera devuelta la capa de viaje.

—Estaré fuera por unas dos semanas —agregó mirando a la mujer, estática en el mismo sitio en que la dejó —. Enviaré primero una tarjeta.

—Así será, Su Majestad.

Frances le vio desaparecer por la puerta. Para ese momento, el hervidero concentrado en la boca de su estómago era ya incontenible por lo que se vio obligada a ir escaleras arriba, a los servicios de lavabo.

¡Había que ser ruin y miserable!

¡Desgraciado y cruel!

¡Liosha tenía casi la misma edad que su Edward!

A última hora se arrepintió de ir, pues escuchó claramente las risas cantarinas de dos mujeres, y en un arrebato de orgullo por las lágrimas que se asomaban en sus ojos, giró en una esquina entrando en la primera habitación que encontró abierta.

Se dejó caer de rodillas.

—¿Marquesa?

Sorprendida, trató de incorporarse nuevamente para recobrar la compostura ante el insolente mayordomo de Phantomhive, pero el vestido le traicionó haciéndole perder el equilibrio, Sebastian la detuvo a tiempo y con cuidado la ayudó a levantarse.

—¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar con Ciel? —preguntó con un nudo en la garganta.

—Lady Elizabeth le dejó caer ponche en el traje, un accidente claro está, le llevaba un repuesto — observó el hombre levantando precisamente la prenda mencionada.

—¿Algo que pueda hacer por usted?

Ella pensaba sacarlo de la habitación, por la fuerza de ser necesario, pero algo fallaba con ella, tal vez el cansancio, la decepción, la frustración, el rencor contra todas las formas de negociación que había para alcanzar objetivos.

—¿Por qué no eres más deseable? —preguntó irritada, si fuese Sebastian no le costaría nada enviarlo, con listones incluso. Ella había visto a Liosha en una recepción en Rusia, una sola vista le confirmó que era todo lo esperado en un sirviente: de clase, con buen porte, elegancia y delicadeza. Su esposo le había dicho que se había enamorado, pero ella no lo veía así, ella reconocía el talento y lo apreciaba, lo premiaba en cuanto le encontraba y se ganaba su respeto de por vida, así había sucedido con el antiguo mayordomo Tanaka.

Sebastian tuvo una reacción como pocas veces ocurría, principalmente porque no había esperado una pregunta de ese tipo por dos razones; una, era demasiado atrevida para una mujer tan "correcta" como la Marquesa y dos, en general solo ella lo encontraba poco atractivo.

—¿Disculpe?

—¡Lleva eso con Ciel! —ordenó recobrando el valor y el temple. La vida era dura, la realidad no perdonaba y todos aprendían esa lección tarde o temprano.

—Y envíame a Liosha.

—Como ordene.

Pasaron algunos minutos cuando llamaron a la puerta. Ella, ya controlada, habiendo retocado el maquillaje y haciendo un nudo en su corazón y estómago, concedió la entrada.

Liosha era un nombre abreviado para Alexey. Alexey Leonidevich Semiónov era su nombre completo, pero como era muy parecido al nombre de su esposo había optado por llamarle por el hipocorístico y había ordenado que todos los demás lo hicieran también.

Quizás eso rompió todo sentimiento de distancia.

El muchacho entre galante y formal, en un inglés muy correcto le preguntó en qué podía servir.

—Los invitados han alabado tu talento demostrado esta noche —le dijo tan fría como pudo.

—Los halagos no son más que méritos ganados para la casa Phantomhive-Midford, es el deber de un sirviente conseguirlos.

—Te he mandado llamar para que consideres tu servicio. En la casa Pahlen, de la que te he separado estos días, tus deberes no son más que los de un mozo ordinario, e incluso el Barón de Pahlen ha convenido que eres libre de quedar a mi servicio. ¿Te apetece la idea?

—Tanto como es posible expresar, y si no va en contra de los deseos de la Marquesa.

Frances cerró los ojos y le despidió de la habitación requiriendo su presencia para la tarde siguiente a fin de ajustar detalles de su contratación. Ella mista trató de calmarse, decidió salir finalmente para seguir agradeciendo a los invitados que se marchaban.

Pero en las escaleras, nuevamente se encontró con el mayordomo de Phantomhive.

—¿Entiendo que el joven Liosha será su nuevo mayordomo?

—¿Te lo ha dicho él?

—En absoluto, él es sumamente discreto, han sido los demás meseros. ¿Para qué otra cosa lo habría solicitado en privado?

—Pienso que tendrías mucho que aprender de él —dijo la mujer apresurando el paso.

—Todo lo contrario, pero si es deseo de la Marquesa… el joven amo Ciel ya intentó abrir esa puerta conmigo, y parece ser que, para el Duque, esa es la única mano que se tiene.

Frances quedó paralizada en el último peldaño y le dirigió al hombre una mirada desaprobatoria. La pregunta "¿Acaso sabes lo que será de Liosha?" quedó suspendida en el aire, ella frunció el ceño en cuanto él sonrió, con ese gesto tan típicamente suyo que hacía cuando le quedaba confirmado que había acertado.

—Suele suceder que cuando se necesite abrir una puerta con la única mano libre, la llave estará en el bolsillo opuesto. No le es fácil ¿Verdad?

La mujer se sintió enrojecer y le dejó solo.


Comentarios y aclaraciones:

*el japonés es Tanaka, el alemán es Sebastian, pues "Michaelis" es apellido alemán según pude averiguar.

¡Gracias por leer!

¡Feliz año 2013!