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Dilogía

Hay dos clases de personas, las que se preocupan de las cosas y las que se ocupan de ellas

Frances se quitó la ropa con bastante dificultad, sentía los dedos torpes y débiles, como si el cordel que mantenía cerrado el vestido fuese una cadena. La misma sensación la tenía en todo el cuerpo, su espalda amenazaba con dejar de sostenerle y las piernas flaqueaban cada tanto en busca de algo de descanso.

El sol brillaba radiante, el reloj del vestíbulo había anunciado las ocho de la mañana cuando el carruaje del último invitado hubo cruzado el portón de la mansión. Había pensado por un momento en rendirse y dormir vestida, pero un sentimiento de orgullo la obligó a descartar la idea.

Llamaron a la puerta, molesta, concedió el paso.

—Hay que ver lo inoportuno que eres —masculló encontrándose con que había terminado por hacer un nudo adicional.

—Me disculpo. He traído las cortinas gruesas —fue todo lo que dijo el mayordomo inclinando la cabeza.

Instintivamente, Frances miró la ventana cubierta solamente por dos capas de organdí y lino en color blanco a través de las cuáles la luz matinal entraba sin ningún problema a la habitación. Estaba tan cansada que no lo había notado en realidad, y el dosel de la cama no podría aminorar completamente el efecto luminiscente que se intensificaría conforme avanzara el día.

—Cámbialas —ordenó, si bien Sebastian ya estaba por hacerlo de todos modos —¿Por qué no previste esto antes?

—El joven amo dijo que no era necesario, que la recepción terminaría por muy tarde, a las tres de la mañana.

La Marquesa pareció indignada y el mayordomo no supo si por la falta de hospitalidad de su sobrino o porque se le habían vuelto a enredar los dedos en el cordel del corsé.

—¿Desea que llame a una asistenta?

—No es necesario —inquirió desdeñosa, volviendo a tirar con fuerza una vez que estuvo segura de que había conseguido soltar dos ojales.

—Entonces permítame ayudarle.

Antes de que Frances pudiera objetar algo, el mayordomo ya estaba detrás de ella. Perdió toda palabra al sentir el calor de sus manos sobre las suyas, entumecidas y doloridas por el esfuerzo infructífero de lidiar con el nudo a su espalda.

La obscuridad creada por el rápido cambio de cortinas era más profunda debido a que el mayordomo no había encendido luz alguna, su cercanía, el hecho de que la hubiera tocado sin solicitar previamente permiso y no dejara de mantener su mano justamente en su cintura era posiblemente lo último que ella podría soportar.

Sebastian tenía una vista clara del problema con el vestido y, en realidad, un conocimiento previo del motivo por el que el cordón no se podía soltar. Sonrió satisfecho con su estrategia. Discretamente cortó los hilos que había hilvanado la noche anterior cuando se ofreció a arreglarle el problema con el largo, de esta manera el vestido cedió enseguida. Al notar la facilidad con la que él había podido deshacer lo que estaba convencida de que era un nudo, no tuvo más remedio que permitirle continuar. Recogió sus manos hacia el frente aprovechando que finalmente la había soltado para sujetar el vestido cruzando los brazos sobre su pecho de manera que no cayera por su propio peso una vez que Sebastian consiguió liberar el último ojal.

—¿Quiere que quite este también? —preguntó el mayordomo con un tono de voz suave y bajo, manteniendo la distancia, pero sin quitar sus manos del vestido y haciendo referencia a la prenda interior. Frances sintió un escalofrío que afectó cada poro de su piel.

—Tengo cosas más importantes por las que preocuparme —respondió sin mirarlo siquiera.

—¿Más que quitarse esto para poder dormir?

—Sí.

—¿Quiere que la despierte si el Marqués llega?

—Sí. Debo hablarle de un asunto importante.

—Como desee.

El mayordomo se retiró y ella se metió a la cama completamente extenuada, sin embargo, una sensación de hormigueo en la boca del estómago le impidió quedar dormida al instante.

El tacto de Sebastian, la forma en la que con una sutileza impertinente aprovechaba para tocarla y que no había podido ignorar, estuvo solo unos instantes en su mente antes de volver a pensar en Liosha. Negarse o tratar el asunto sin discreción no era una opción; el Duque de Cornwally manejaba las concesiones del Reino, enemistarse con él, era renunciar a toda oportunidad de posicionamiento y en el peor de los casos, la ruina de los negocios.

Se odió a si misma pero tampoco trató de convencerse de que era lo mejor ni de buscar un plan alternativo, simplemente se remitió a permanecer inmóvil entre las sábanas, con el calor matinal empezando a desvanecer la helada madrugada.

Sebastian había salido, pero permanecía frente a la puerta tan solo atento a los ruidos del interior aprovechando su fino sentido de la audición, de esa manera fue capaz de saber que Frances aún no se dormía.

—Curioso que le preocupe —dijo en un susurro finalmente marchándose directo al salón donde los sirvientes deberían estar recogiendo todo, puliendo el piso, lavando los manteles y la vajilla, y si no estaban haciéndolo ya, se encargaría él mismo. De cualquier forma, si los dejaba solos, dudaba que sobreviviera íntegramente el servicio.

Desde la parte alta de las escaleras miró a Mey-Rin correr con los manteles directo a la lavandería, estaba por llamarle la atención para que fuera más despacio y evitara accidentes, pero la torpeza de la joven sirvienta era más rápida, acompañada de un chillido en su caída, dejó los blancos lienzos esparcidos sobre el suelo. El mayordomo soltó un suspiro y bajó para poder levantarla, a ella y todo su desastre.

—¿Se ha hecho daño? —preguntó Liosha arrodillándose a su lado para ayudarla.

Sebastian arqueó una ceja preguntándose dónde había salido.

—No… no… yo, estoy bien, estoy bien, de verdad —respondió colorada por la vergüenza, apresurándose para acomodar los manteles. Liosha sonrió ayudándole a apilarlos.

—Yo me los llevo —dijo Sebastian llegando hasta donde estaban y extendiendo el brazo para recibirlos.

—Señor —saludó el joven inclinando la cabeza con solemnidad. El mayordomo aceptó la reverencia formal de buena manera, aunque era consciente de que en unos días trabajarían en calidad de iguales. Se preguntó si no sería una falsa modestia, ya que convertirse en mayordomo de una casa tan importante como la Midford a tan corta edad y sin antecedentes en la misma familia, era motivo para pavonearse frente al resto de los sirvientes.

—Está casi terminado el lavado de la vajilla. ¿Realizará la inspección personalmente?

Sebastian asintió, resignándose a dejar el traslado de los manteles a cargo de Mey-Rin y caminó junto a Liosha que volvió a preguntarle a la joven si estaba realmente bien, a lo que ella reiteró con: "Sí. Sí, no se preocupe por mi", por al menos cuatro veces consecutivas.

—Entiendo que servirá a la casa Midford como nuevo mayordomo —dijo el demonio con una expresión neutral que ocultaba perfectamente sus intenciones, recientemente maquinadas y ajustadas convenientemente a las nuevas circunstancias que se presentaban con Frances.

—Son los deseos de la Marquesa, señor, y es un honor que he aceptado humildemente.

El mayordomo no cambió su semblante, aunque empezaba a molestarle el modo de hablar de aquel individuo, era como si tratara también de agradarle, solo que no contemplaba que, a él, la labia humana le causaba repulsión.

—Imagino que se encuentra familiarizado con las actividades particulares que conciernen al cargo.

—Mi padre ha servido como mayordomo en la casa Pahlen desde hace treinta años, nos educó a mi hermano y a mi para poder sucederle cuando fuera pertinente.

—Las costumbres de la nobleza británica difieren de las rusas, y las labores de un sirviente son sobre todas las cosas, cumplir los deseos de su amo sin importar cuáles sean.

Liosha detuvo el paso, solo unos metros antes de entrar a la cocina y le miró atentamente con sus ojos grises que denotaban una astucia muy superior a la que Sebastian había visto en muchos otros hijos de sirvientes que se limitaban a besar el suelo que pisaban sus amos. Un momento de comprensión brilló para el demonio y supo que, pese a que empezaba a sentir antipatía por el favorito de la Marquesa, claramente había en él, algo que deseaba para poder abrazar a su reina.

—Entiendo perfectamente las intenciones de sus comentarios. No es realmente distinto a Rusia — dijo resueltamente sin mostrarse avergonzado.

Sebastian sonrió , no como un amable mayordomo, sino como el demonio que era.

—Permítame, como colega, ser quien le guíe en el proceder de la sociedad victoriana —anunció haciendo una reverencia.

Liosha permaneció en su lugar, no confundido, pero si expectante. Tenía la sensación de que había acertado el carácter de las insinuaciones del mayordomo referente al "uso" que tendría dentro de la casa Midford, pero también tenía la convicción de que en ese ofrecimiento había algo tan oscuro, que no era ni siquiera capaz de verlo.

—Aceptaré sus enseñanzas, señor.

Sebastian se incorporó y le indicó que pasara primero a la cocina, habiendo ya sosegado toda duda que pudiera complicar el trabajo de la Marquesa en el joven sirviente.

Había dos clases de personas; las que se preocupan de las cosas y las que se ocupaban de ellas.

La Marquesa era de las primeras y él, claramente de las segundas.


Comentarios y aclaraciones:

Soy una perversa, lo sé.

diiane Karoliine, Nou-hime, muchas gracias por la oportunidad y la paciencia.

¡Gracias por leer!