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Nictémero
Nada es tan temporal como lo que se llama permanente
El silencio de la casa era casi absoluto. Cerca de las dos de la tarde ya todo estaba limpio y ordenado, no quedaba evidencia alguna de la gran celebración que se había llevado a cabo ni de la cantidad de gente que había entrado en la casa Phantomhive como no lo había echo desde la muerte de los condes Vincent y Rachel.
El diario que aún no había sido leído por el joven Conde, había dedicado un espacio considerable a la reseña de tal acontecimiento y auguraba mayor magnificencia para la boda, se aventuraron incluso a suponer que la Reina estaría presente, lo que era demasiado honor considerando sus pocas apariciones públicas.
Sebastian, habiendo mandado a toda la servidumbre a descansar un rato, más por el deseo de verse solo y en paz que por un verdadero gesto de generosidad, aguardaba en la cocina haciendo los preparativos para cuando alguno de los nobles despertara, pues seguramente tendrían hambre.
Escuchó un carruaje acercarse. Aunque tenía la sospecha sobre quién se trataba, fingió perfectamente cuando al abrir la puerta el marqués Midford se abrió paso al interior de la mansión.
—¿Frances está despierta? —fue todo lo que preguntó.
Respondió que la Marquesa lo recibiría en breve, le llevo a una estancia privada y le ofreció algo para beber o comer, pero él lo rechazó.
Mientras subía por las escaleras directo a la habitación de la dama, no pudo evitar el preguntarse cómo sería el encuentro, quizás la Marquesa pediría su rifle de caza, lo que sería hilarante, o tal vez solo lo ignoraría, hablarían de asuntos oficiales como si nada sucediese. De cualquier forma, antes de presentarse, el Marqués había tomado las medidas necesarias sobre su aspecto general, estando no solo perfectamente arreglado, sino que, lo que percibió como fuertes dosis de limón, menta y jengibre casi hacían desaparecer el olor del alcohol.
Le dio la razón al hombre, si a esas horas del día todavía tenía la sutil presencia del burdel impregnada, haberse presentado a la fiesta en peores condiciones habría sido la caída de la casa Midford y ninguna boda habría podido arreglar eso.
Llamó a la puerta un par de veces, con paciencia esperó que la Marquesa se separara del sueño y cansancio e insistió nuevamente. Sin entrar, anunció que el Marqués había llegado y como si fuese una alarma de incendio, escuchó el abrupto movimiento y en menos de quince minutos la mujer salía de la habitación, quizás no tan elegante como en la fiesta, pero no podía decirse de ninguna manera que acababa de levantarse.
La condujo hasta el salón en donde el hombre esperaba, ofreció de nuevo algún servicio y la Marquesa pidió té. Aguardó un instante fuera de la habitación con la puerta cerrada, decidiéndose sobre si escuchar o no la conversación. El semblante serio del Marqués dejaba claro que no iba con la intención de disculparse ante su esposa y quizás apuntaba más a un asunto oficial. No obstante, terminó por retirarse, si fuese verdaderamente importante, tarde o temprano se enteraría.
Entró a la cocina y se encontró con Liosha. Arqueando una ceja le preguntó el motivo por el que no se había retirado a dormir como el resto y el joven solo respondió que le parecía injusto dejarle a él con todo el trabajo. Sebastian suspiró con resignación, pero al menos solo lo tendría cerca unos días.
Ya que no era humano, carecía del entendimiento de ciertos sentimientos, pero inevitablemente al haber convivido largo tiempo entre ellos, había adquirido casi contra su voluntad varias costumbres, entre ellas una muy ridícula necesidad de privacidad, sobre todo para poder actuar con libertad y conforme a sus reales capacidades, por eso, no le podía decir que era perfectamente capaz de trabajar solo, simplemente porque no era humano y no necesitaba de la solidaridad de otro sirviente.
Llevó el servicio que la Marquesa había solicitado.
El matrimonio permanecía en sillones tan separados que parecía que respetaban los asientos de una gran concurrencia. La dama le dirigió una mirada carente de fuerza antes de que empezara a servir.
—Llama a Liosha, quiero que él se haga cargo de servirnos —dijo.
Sebastian reverenció y se marchó para llamar al chico indicándole que le esperaban en el salón, después de ello, él mismo fue a ver si su joven amo ya había despertado. Entró a la habitación en silencio y con cuidado, pero Ciel le había escuchado.
—¿Elizabeth todavía no despierta? —preguntó desde la cama.
—No.
—Me quedaré un rato más, si ella pregunta dile que estoy muy cansado y sigo durmiendo. Quiere ir de compras pero no estoy de humor para ser consecuente con sus deseos.
—Entiendo. Pero no sé si eso sea posible, la Marquesa ya esta despierta.
Ciel emitió algo como un quejido, ante tal situación poco se podía hacer.
—Se encuentra abajo con el Marqués. ¿Desea que le suba algo para comer?
—Solo té, supongo que comeremos juntos.
Sebastian asintió y se retiró.
El pasillo estaba silencioso, desde ahí no podía escuchar la conversación de los Marqueses, si es que acaso estaban teniendo una y no se limitaban a mirar a Liosha como la pieza clave de su posición en el norte del país.
Pensó también en la próxima boda y lo poco productivo que sería todo aquél desfile de protocolos para poder lograr que su contrato con Ciel se cumpliera.
¿Acaso no había manera más incómoda de seguir con el plan?
Con la joven Elizabeth pululando en la casa a tiempo completo la promesa de problemas se avecinada inminentemente.
¿Su joven amo pensaba permitirle acompañarlos cada noche? ¿O solo la dejaría en la casa como si fuese una pieza de arte? ¿Tendría que demostrarle en algún momento al verdadero Ciel? ¿Y la verdad sobre él mismo?
Pasó los dedos por la baranda mientras bajaba. A él, la idea de la boda le gustaba menos que a su amo, pero parecía haber un plan detrás de todo aquello, o al menos quería pensar que el Conde no pensaba retirarse a una plácida vida familiar, no sería capaz después de la última advertencia que había hecho sobre el destino de los que no llegaban a cumplir su contrato.
Después de todo ¿Qué significaba realmente un matrimonio?
No era más que un absurdo convenio humano cuyo objetivo no era para nada la perpetuación de su especie, aquello tenía una solución más simple. Era sin más, una invención de beneficios mutuos; sociales, económicos o algo más complejo -pero no por ello más lógico- como la idea del honor y el deber, sin mencionar los casos que llamaban amor.
La idea le daba gracia, las promesas hechas en un altar ante un Dios que quizás ya los ignoraba porque nunca atendía sus oraciones, era absurda. Porque nada es tan temporal como lo que se llama permanente, y ningún anillo podía cambiar eso.
La puerta del salón se abrió y el Marques salía acomodando su sombrero, se marchaba luego de la breve charla.
Ciel le había dicho que el caballero se había enamorado de su tía cuando esta le dio una paliza durante una competencia de esgrima.
¿Enamorado?
¿Podía darse tal cosa frente a alguien claramente superior?
¿No lo habría confundido con algo más, como admiración, por ser ella todo lo que él no podía?
Quizás se casó con ella con la intención de fortalecer sus debilidades, de haber elegido a una mujer como la que interpretaba Elizabeth, sin duda habría sido destituido de su cargo al poco tiempo a favor de otro caballero con más carácter.
Basándose en aquella suposición, era de esperar que en algún momento se inclinara por tener compañía que no fuera necesaria, sino más bien deseable.
La Marquesa salió detrás de él, con el rostro en alto y la expresión serena. Sus ojos verdes resplandeciendo con la tenue luz que entraba por la puerta que su marido había abierto, hacían contraste con su piel, aunque pálida, suave y con un aspecto terso que no requería maquillaje.
¿Pero qué buscaba el hombre si la Marquesa era ciertamente bella?
Quizás algo en el cabello que era constante prisionero del moño con el que se peinaba y no dejaba que se viera su verdadera forma, pero su modo de caminar, de moverse, de hablar y hacerse obedecer…
En general sus inclinaciones personales no ponían a los humanos en una escala muy superior, pero si se comparaba a ella con, por ejemplo, Mey-Rin, ya sabía a quién iba a escoger. Y ni hablar de otras mujeres mucho muy vulgares que no eran apetecibles ni siquiera como despojos para alimentarse, pese a la creencia popular de que eran ellas víctimas perfectas para demonios.
No lo eran.
No para él, de la misma manera en la que Ciel no aceptaría las sobras de la cena de alguien mas.
—Sebastian, por favor, presenta mis disculpas a Ciel, no podré quedarme hoy tampoco —dijo el Marqués.
Como el mayordomo que era, agachó la cabeza aceptando el pedido, viéndole partir.
—Mayordomo.
Esta vez fue Frances quien le llamó.
—Asegúrate de tener todo en orden, Elizabeth y Paula irán de compras, si Ciel consigue levantarse sería bueno que las acompañara, pero yo no podré ir.
—Me temo que el joven amo no se siente del todo bien. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?
Frances le miró con severidad.
—Liosha nos ha comentado que te has ofrecido para instruirle en ciertas costumbres.
Sebastian sonrió con toda la amabilidad que pudo.
—Solo deseo entablar una buena relación con el futuro mayordomo de la casa Midford.
La dama sonrió de medio lado.
—No pienso permitir que lo maleduques a tu entero gusto. Yo supervisaré esas enseñanzas.
"No esperaba que dijera lo contrario."
—Será como usted ordene.
La voz de Sebastian, baja y grave, fue como un susurro que hacía muchas promesas, y él, a diferencia de los humanos, sí las cumplía todas y cada una.
Comentarios y aclaraciones:
Mis más sinceras disculpas a todos las y los lectores de este fic, y de los otros de Kuroshitsuji, mi deuda con ustedes es realmente grande, considerando mi tiempo de ausencia, así que espero que la actualización de Donde mueren la olas, El adagio del cuervo, El amante de Lady Middleford, y La Mrigi del príncipe puedan compensar en algo.
Por cierto, LadyRavenCrow hizo un video en Youtube sobre este fic (específicamente del capítulo 2)
w w w . youtube watch? v= LQ5qG0XOb2c
Bueno, no se si podré publicar antes de fin de año, de cualquier forma, me adelantaré un poco por si no ¡Felices fiestas!
¡Gracias por leer!
