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Bagatela

El único día que uno vendería su alma por cualquier cosa, sobran las almas

Los labios de Frances temblaron un poco. Suspiró.

Las mujeres eran las encargadas de los sirvientes en todas las casas habitadas por familias que podían permitirse servidumbre, ya fuera la madre, la esposa o la hija mayor. Desde las pequeñas propiedades de comerciantes hasta las más nobles mansiones.

Ciertamente, el mayordomo tenía la máxima jerarquía entre la servidumbre, pero no era más que el brazo ejecutor de lo que la señora de la casa decidiera, así la habían educado y así lo había hecho Frances desde que su madre murió, haciéndose cargo de los sirvientes de Phantomhive con Tanaka a su lado, hasta su matrimonio, cuando tomó las responsabilidades de la casa Midford. Así había educado a Elizabeth, si bien la presencia de Sebastian le resultaba inquietante como para que su hija pudiera realizar la labor.

Elizabeth daba un paseo en la ciudad junto con Paula y Mey-Rin, con Snake como chofer y guardaespaldas. Había enviado a Bard y Finnian a conseguir almejas y ostras a Poole so pretexto de necesitarlas específicamente de ahí.

Y Ciel estaba ocupado con Tanaka en las oficinas Phantomhive en Londres. Había convencido a su sobrino de que no necesitaba a Sebastian ya que, de cualquier forma, era el antiguo mayordomo quien conocía todos los pormenores de la empresa.

Aunque hacía varios años que Ciel había reaparecido para tomar posesión de los títulos y propiedades de su padre, realmente no había trabajado demasiado en el aspecto administrativo, solo lo necesario. Sin embargo, estando a punto de casarse, era necesario que se hiciera responsable enteramente de cada una de las empresas que llevaran su nombre, por tanto, estaría bastante ocupado como para preocuparse por él, o por cualquiera que pudiese importunar su tarde.

—¿Desea disponer de algo más?

La voz del mayordomo la sacó de sus pensamientos, pero cuidó que la expresión de su rostro no demostrara el horror que la embargaba al tener que realizar semejante tarea.

—No. Está todo listo. Llama a Liosha.

—Como ordene.

El mayordomo de Phantomhive abandonó la habitación solo unos instantes durante los que la Marquesa continuó pensando sobre si realmente era parte de sus responsabilidades el adiestrar en aquellas tareas a un sirviente o si, en primer lugar, era necesario una introducción al tema, ya que podría simplemente enviarlo con la debida advertencia y que el Duque de Cornwally obrara de acuerdo a sus deseos.

Sacudió la cabeza desechando aquella idea, simplemente no era capaz de enviarlo como cordero al matadero, deseaba que fuera fuerte, que soportara con dignidad y no se rompiera en pedazos solo porque ella no encontraba otra alternativa. Pensaba que ni siquiera el ejército enviaba reclutas nuevos sin el debido entrenamiento, aunque ese entrenamiento no los preparara de ninguna manera para enfrentar los horrores de la guerra.

Los dos hombres regresaron y ambos le reverenciaron con solemnidad.

—¿Podemos empezar? —preguntó poniéndose de pie.

—Como la señora crea más conveniente.

Sonrió de medio lado, si por ella fuera, se limitaría a enseñarle las costumbres del servicio de banquete inglés.

Levantó la mirada, ella nunca había sido cobarde.

—El Duque de Cornwally ha solicitado una cita privada contigo, y no se necesita ser demasiado astuto como para entender que no es para que prepares el té de la tarde.

—¿El Duque de Cornwally? —preguntó el muchacho.

—Durante los siguientes días deberás aprender sobre los tratamientos protocolarios de la monarquía y la nobleza de Reino Unido. Deberás reconocer a las familias más importantes, sus escudos de armas y cómo se relacionan con la familia Midford y Phantomhive. El Duque de Cornwally es una figura de suma importancia, por encima del Marqués y el Conde, y su posición dentro de la cámara de los Lores le permite otorgar y retirar licencias comerciales. Enemistarse con él, es una declaratoria no anunciada de ruina económica.

—Entiendo.

Preguntarle si realmente estaba consiente de lo que tendría que hacer para complacer al noble era necio, reiteradas veces Liosha aseguraba entender el matiz de lo que la insinuación de la cita privada requería.

—¿Te sientes cómodo acompañando a un hombre?

—Nunca he estado con un hombre.

—Eso me da a entender que al menos sí has consentido la compañía femenina.

—Así es.

La Marquesa se acercó hasta él llevando su mano hasta el cabello ligeramente largo pero ordenado como ella lo prefería, como prácticamente cualquier persona bien educada lo preferiría. Estaba correctamente arreglado. A primera vista prometía ser un joven fuerte y grácil, pulcro y dedicado. Debía de asegurarse que una vez que se quitara el uniforme, esa promesa se mantuviera.

Su madre le había hablado de esos menesteres ante la inevitable realidad que significaba el que ella debiera enfrentarse a una situación como esa, en algún momento.

Después de tantos años, finalmente llegaba el momento.

—Sebastian —dijo.

Usualmente le llamaba "mayordomo", pero dado que el otro tenía la misma posición, no pretendía causar confusiones innecesarias y esperaba que realmente el sirviente de Phantomhive estuviera a la altura de las circunstancias.

Sebastian sonrió, hubiera preferido que la Marquesa diera la orden explícitamente, pero dudaba que se sintiera lista para desprenderse de todas sus inhibiciones moralistas. Estaba detrás del joven y caminó el par de pasos que los separaba, llevó una de sus manos hasta el corbatín de la camisa quitándolo en un solo movimiento. El joven no se quejó, y el otro supo al instante que era debido a la naturalidad con la que entre caballeros se prestaban ayuda para arreglarse tal detalle. Bajó las manos lentamente por el pecho hasta los botones del chaleco y los desabrochó uno a uno.

Liosha consiguió mantenerse sereno, incluso cuando chaleco y levita resbalaron por sus hombros dejándolo solo con la camisa almidonada. Para cuando el mayordomo de Phantomhive empezó a desabrochar los botones de esa prenda, fue cuando el joven tuvo un ligero estremecimiento.

La Marquesa tomó con fuerza su mentón y lo obligó a ver al hombre que estaba a su espalda.

—Al Duque no le gustan los hombres tímidos. Si no puedes soportar el contacto de otro varón, no serás de su agrado.

Sebastian estaba demasiado cerca, le había obligado a recargarse en su pecho. Eran más alto, así que, con la mano firme de la dama por soporte, estaba obligado a mirar hacia arriba, sin oponer resistencia mientras una a una, las prendas que conformaban su uniforme quedaban en el piso.

Quiso decir algo, pero sus palabras se transformaron en un tartamudeo sin significado.

La Marquesa lo soltó y se retiró lo suficiente como para ver a ambos desde una distancia prudencial. Liosha aún conservaba el pantalón aunque desabrochado, y el otro mayordomo se conformaba con mantener el contacto con las manos en las presillas, tentado a quitárselo solo por lo divertida que era la expresión de una mujer siempre tan "correcta". El muchacho y su vergüenza le tenían sin cuidado.

Sentía la respiración agitada del joven que trataba de controlarse sin éxito alguno y entre la oscuridad de la habitación, a la que habían cerrado cuidadosamente las cortinas para evitar miradas indiscretas aún cuando les separaba de la avenida un enorme jardín, la silueta de la Marquesa se dibujaba tenuemente, pero él podía ver a detalle el horror en el rostro de Frances y se preguntó qué era lo que reprobaba, si el acto por sí mismo o que se trataba de dos hombres.

Supo al instante que todo estaba por terminar, que ella no iba a soportar más, así que se aventuró a hacer algo que realmente pondría a prueba su determinación para seguir adelante con aquella ridícula empresa que se había montado, pretendiendo que se trataba de algo aberrante pero necesario.

Posó sus labios en el cuello del muchacho dejando un beso húmedo, logrando que este emitiera un quejido al tiempo en que se ponía tenso, reprimiendo por fuerza de voluntad el impulso para apartarse.

Frances no pronunció palabra. Sus ojos no habían perdido detalle de aquella acción que no fue capaz de censurar en voz alta como le hubiera gustado.

—Creo que es suficiente por hoy —susurró.

—No siempre —empezó a decir Sebastian con un tono de voz bajo y grave, muy cerca de donde había dejado la muestra de su impertinencia. Tal como había supuesto, erizó la piel del joven — estará la casa con tanta disponibilidad de discreción.

Frances inclinó la cabeza un instante. No solo era eso, sino que también estaba la premura del tiempo, no tenían más que un par de semanas antes de que el Duque enviara su tarjeta para fijar una fecha y Liosha claramente no se encontraba del todo listo para afrontar el hecho de que debía estar frente a un hombre que era todo lo contrario a Sebastian: era mayor, muy velludo, de talla gruesa y con toda seguridad no tendría la paciencia para soportar sus temores.

—Continúa —ordenó.

Ella no quería estar ahí, y Sebastian sabía que en las últimas horas había buscado por cualquier medio otra alternativa. La había escuchado decir que daría su alma y sintió muchas ganas de reírse por ello, aunque él no creía que alguien aceptara un contrato por tal cosa.

El único día que Frances vendería su alma por cualquier cosa, sobraban las almas.

El mayordomo de Phantomhive haló suavemente de las presillas y el pantalón se deslizó hacia abajo. La Marquesa simplemente tomó asiento mientras que Sebastian ocultaba su sonrisa en la nuca del joven.


Comentarios y aclaraciones:

No sé, no me siento con valor para entrar en detalles… por ahora.

¡Gracias por leer!