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Serendipia

La manera más rápida de encontrar algo, es empezar a buscar otra cosa

No estaba segura de la hora que era, solo tenía la certeza de que aún era de noche, el silencio era casi absoluto y la oscuridad aún imperaba.

Se incorporó con cuidado llevándose la mano al pelo que se había enmarañado e intentó separarlo con los dedos. No pasó mucho tiempo antes de que comprendiera que no lo iba a lograr, así que se puso de pie para arreglarlo.

Tomó el cepillo del tocador y se sentó en el pequeño sillón frente a la chimenea pasando toda su larga cabellera sobre su hombro izquierdo.

Se escuchó suspirar.

Resultaba extraño incluso para ella el estar tranquilamente sin hacer nada más que esa acción mecánica que no requería de la mayor concentración, sin importarle que no estaba vestida, que su pelo era un desastre y su mirada estaba perdida en un punto indefinido de la alfombra.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se sentía de esa manera?

El sueño había sido tranquilo, reparador en muchas maneras, pero aún sentía una sombra pesando sobre su mente, pero ya no era de vergüenza, a medida que la tranquilidad de la noche disipaba el sueño, se dio cuenta de que era tristeza.

—¿Qué estoy haciendo? —preguntó quedamente.

Se desconoció por completo, la parte de ella que aún parecía estar dormida la habría reprendido, reclamándole lo débil de su carácter para tratar los asuntos de familia como los negocios que eran, por preocuparse por cosas insignificantes comparadas con la boda de su hija y el porvenir de la posición económica de su esposo y su futuro yerno.

Un ruido la sobresaltó, había escuchado, o creído escuchar, a alguien en el pasillo.

Esa simple acción desvaneció a la mujer apesadumbrada dándole el control de nuevo a la Marquesa, tomando un revolver y metiéndolo en la bolsa de la bata de cama. Podría parecer excesiva aquella medida, pero los enemigos nunca tenían consideraciones por las horas a las que podrían importunar y rara vez se anunciaban previamente, además, Elizabeth le había dicho que solían ocurrir incursiones nocturnas a la casa Phantomhive, aunque los sirvientes siempre eran capaces de controlar la situación. Si bien quedaba la posibilidad de que solo fuera precisamente un sirviente haciendo tareas a deshoras.

Abrió la puerta quedamente y asomó levemente el espejo de mano, del mismo juego del cepillo que antes estuviera ocupando, la precaución nunca estaba sobrada y no le hacía ilusión recibir un disparo por salir abruptamente de su habitación luego de un ruido sospechoso.

El espejo no le devolvió ninguna imagen más allá de la del pasillo oscuro.

Se deslizó cuidadosamente, abrigándose más con la bata ya que fuera de su habitación el frío de la noche se resentía demasiado. Justo estaba considerando que se había tratado de un error cuando el mismo ruido, parecido al golpe de un bastón al caminar, volvió a repetirse.

Frunció el ceño y sujetó con firmeza la culata del arma mientras que, con paso firme, llegaba a las escaleras, no animándose a asomarse por ellas, decidió bajar sigilosamente con la espalda pegada a la pared mientras el golpeteo se volvía insistente.

Cerca del final pudo comprender que el ruido venía de una estancia privada, sacó el arma de entre su ropa y se acercó despacio. La puerta estaba entreabierta, pero el sonido ya no era perceptible, aun así, aguzó la vista, intentado definir mejor las formas en la habitación apenas iluminada por la luna.

Había alguien de pie ahí, se quitó las zapatillas para no hacer ruido, además de que resultarían incómodas si tenía que correr ya que no tenían soporte en los talones. Sin mediar más las cosas empujó la puerta y se precipitó sobre aquella figura, le derribó con un movimiento, aunque aquel individuo usó las piernas para hacerla caer con él y girándose quedó sobre ella apresándole las piernas con su cadera, la Marquesa sintió el frío del metal en su garganta, pero ella ya tenía el cañón del arma dentro de la boca del impertinente.

Entonces, con la pálida luz que entraba por las ventanas iluminando su rostro, el filo de la daga se retiró rápidamente, quedando en el piso mientras que su dueño levantaba las manos en señal de rendición. La Marquesa apartó su arma un poco, lo suficiente como para permitirle hablar, sin dejar de apuntarle.

—Por favor, discúlpeme el atrevimiento, me retiraré enseguida solo… el revólver…

La voz de aquel individuo hizo que la mujer jadeara y enseguida apartó también su arma, momento en el que él se quitó de encima para enseguida a ayudarla a incorporarse.

—De verdad lo siento mucho —insistió Liosha apartándose pata encender una lámpara.

La luz obligó a ambos a parpadear un par de veces antes de lograr acostumbrarse.

—¿Qué haces despierto a esta hora? —preguntó ella intentando arreglarse, tanto como podía hacerse estando en ropa de dormir, sin peinar y descalza. Aunque en ese momento se percató de que él tampoco estaba debidamente arreglado y verle con el flequillo en la frente, incluso sin el uniforme, había resultado por demás extraño, casi irreconocible si no fuera por sus ojos grises y la voz.

—Escuché un ruido —dijo él —, pero nada lo suficientemente claro como para importunar a los demás.

—Pude haberte matado.

—Lo he notado, aun así, me tomo el atrevimiento de señalar lo inapropiado que ha sido abandonar la seguridad de su habitación. Un sirviente emboscado es irrelevante, el ruido despertaría a los demás, pero la dama de la casa sería imperdonable.

Frances supo que se había sonrojado ¿Qué podía responder a eso? Pero recobró la compostura y cayó en cuenta de que, si él había llegado por un ruido, no podría haber sido el causante de lo que la despertó a ella.

—¿Qué clase de ruido? —preguntó.

—Un golpeteo.

Ella asintió.

—¿Y descubriste qué lo causaba?

Liosha caminó hasta la ventana tomando el tirador de la cortina que se usaba para abrir esta.

—La cortina se cayó —dijo —, y esto estaba golpeado la marquetería.

La Marquesa arqueó una ceja, no le parecía que un ruido así pudiese escucharse hasta su habitación, pero él había llegado primero, así que seguramente había visto la pieza de madera golpeando tal como le había dicho, además de que no había motivos para mentirle al respecto, así que volvió a asentir.

Sin embargo, pese a que el asunto podía darse por zanjado, ninguno de los dos hizo ademán de moverse o intentar al menos una nueva conversación.

Sintió que su sangre se congelaba cuando se dio cuenta de que se había sentado en la misma silla que ocupara durante "el incidente" de la mañana anterior. Cerró los ojos intentando no hacer un escándalo, pero había resultado difícil ocultar su reacción.

Escuchó un suspiro, del tipo que sucede inconscientemente antes de hablar sobre algo que resultaba difícil, y como si ese simple sonido fuera la condena de un juez sobre un acusado de homicidio, la Marquesa sintió cómo dejaba caer los hombros, rendida ante la inevitabilidad de las cosas.

—Quiero disculparme por lo de ayer —dijo el joven —. Y por hablar de eso en este momento, no es apropiado, pero me parece oportuno ya que nadie más escucha.

Solo obtuvo un asentimiento por respuesta.

—Aseguré estar listo cuando en realidad no imaginaba que me superaría con tanta facilidad la situación.

—Fue demasiado abrupto — susurró —. Y Sebastian es…

—Verdaderamente admirable —se apresuró él a responder al notar que la dama tenía problemas para encontrar una palabra adecuada, aunque no era esa la que ella estaba buscando —. Estuvo a la altura de las circunstancias mientras que yo no fui capaz, y ni siquiera tenía que hacer algo.

La dama se aventuró a alzar la vista, él no la estaba mirando, parecía que le hablaba a la cortina y eso la irritó en cierta manera.

—Mírame cuando me hables —dijo levantando más la voz a como lo había hecho antes, mientras trataba de restarle importancia al asunto.

Liosha levantó el rostro tímidamente y pudo ver el tenue rubor de su rostro, no lo había imaginado así, por su claridad al hablar le había parecido más decidida.

—Mis disculpas —dijo soltando finalmente el tirador de madera y avanzando un par de pasos.

Aún sin el uniforme y con el pelo desordenado, a la mujer le dio la impresión de que seguía manteniendo el porte adecuado.

—Será difícil hacer los arreglos para tener una oportunidad adecuada de nuevo.

—Esta vez no la decepcionaré.

Frances Midford le miró fijamente, despojándose de los sentimientos amargos que la habían envuelto al despertar y pensó, entonces, que había mucha sabiduría en eso que decían: la manera más rápida de encontrar algo, es empezar a buscar otra cosa.


Comentarios y aclaraciones:

¿Alguien además de mi tiene sentimientos encontrados al descubrir que Frances, según la animación, no es rubia? Bueno, muchos la describirían como rubia platinada, pero yo la hacía más como rubia-Lizzy y quizás ese tono gris me hace verla mayor de lo que había considerado, por no hablar del tono del labial que le pusieron…

Es tan raro como mi confusión con Midford/Middleford y que ahora resulta que es el primero, ya edité las descripciones y el nombre, pero bueno, no creo que la trama cambie drásticamente por dos o tres letras extras en el apellido.

Muchas gracias a todos los que me dejaron comentarios, normalmente los respondo uno por uno, pero tiene casi un año que me los dejaron, solo les puedo ofrecer una disculpa y agradecerles la paciencia. Prometo volverme aplicada y regresar a las buenas costumbres, al menos las de mantener contacto personal, no prometo actualizar cada ocho días.

¡Gracias por leer!