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Epifanía

Siempre hay una manera más fácil de hacer las cosas

—Me alegra ver que te encuentras mejor, madre —dijo Elizabeth.

Frances sonrió. En efecto, se encontraba mucho mejor. Habiendo despejado la cortina de dudas con una sencilla charla a deshoras de la noche, ya por la mañana estaba lista y de humor para tomar el desayuno, sin importarle que lo sirviera Sebastian.

La forma natural en la que el mayordomo se movía enfatizaba la idea de que para él se trataba de un trabajo sin importancia, lo que inevitablemente le hacía pensar que podía ser una estrategia habitual a la que recurría el joven Conde.

Lo miró por encima de la taza de té. Su sobrino cumpliría dieciocho años ese invierno, apenas dos días antes de la boda y, aunque aún conservaba sus características facciones aniñadas, era un hecho que, desde su misterioso regreso, era todo menos un niño. No debía de extrañarle que hubiese comprendido la forma en la que se llevaban a cabo algunas negociaciones, además, Sebastian le había confirmado sus sospechas sobre su experiencia con mujeres.

Se preguntó si la tenía con hombres.

No era del todo extraño que un varón con rasgos tan delicados resultara atractivo para cierto tipo de caballeros que no distinguían una falda de un pantalón. Siempre sospechó que, su propio hermano, era de esos, y que sus reuniones con lord Diedrich no siempre eran virtuosas.

Vincent siempre lo negó, llamándola absurda, pero eso no mitigaba sus sospechas.

Dejó la taza sobre la mesa.

En ese entonces le parecía su deber vengar el honor de Rachel ya que ella no parecía tener intenciones de hacer nada. Sonreía al ver al Barón, saludaba con educación, y se marchaba de la habitación. Imaginaciones suyas o no, Rachel no era feliz cuando él iba de visita.

¡Cómo le hacía hervir la sangre presenciar aquello!

Se juró a sí misma que nunca se comportaría de esa manera con su esposo. Que, si él intentaba deshonrarla, con un hombre u otra mujer, se iba a enterar de lo que era capaz.

No pudo evitar sonreír de nuevo.

Y ahí estaba, escondida en la casa de su sobrino porque cuando se enteró de lo que su esposo hacía en sus "negociaciones", no había sabido qué hacer.

Terminó el desayuno ante la atenta mirada de su hija y sobrino.

—De verdad estás de buen humor —susurró el joven Conde.

—Tengo planes para esta tarde — dijo —, no tienen que ver con la boda, pero es importante que lo haga hoy.

—Entiendo —respondió el Conde.

—¿Puedes dejarme a Sebastian por unas horas? —preguntó —. Liosha aún no se habitúa a algunos menesteres.

El joven dudó un instante.

—Bueno, yo…

—Estoy segura de que Tanaka no tendrá problema de atenderte. ¿O es que te causan tantos celos que esté conmigo?

Frances se sorprendió a sí misma por su comentario.

¡Sebastian, por supuesto! ¿Por qué no se le había ocurrido?

Sacudió la cabeza mientras que su sobrino se apresuraba, con tono ofendido, a decir que no le importaba si se lo llevaba toda la tarde o todo el día.

—Suenas igual que tu padre —le dijo. Aunque nadie podía entender el significado de aquello.

Giró la vista hacia su hija. Su pelo recogido en coletas con bucles bien definidos, la forma del cuello del vestido, el color mismo. Ella tenía diecinueve años y seguía aparentando ser mucho menor que Ciel. Luego miró de soslayo a Sebastian.

—Hija mía — le dijo—. En cuanto acabe con esta tarea que tengo pendiente, me dedicaré a ti.

—¿A mí? —preguntó confundida.

La Marquesa asintió.

—Antes de tu matrimonio, hay cosas de debo de enseñarte.

Los dos jóvenes quedaron exactamente en la misma confusión, pero no dijeron nada cuando la Marquesa se excusó y dejó el comedor.

—¿De qué habla? —preguntó Lizzy mirando a su prometido, que solo negó con la cabeza.

Sin embargo, el mayordomo sonrió. Él sí sabía de lo que hablaba.

—Ya que la Marquesa no está — dijo—¿Quiere que traiga el pastel?

Los dos asintieron, Lizzy con más entusiasmo, pero ambos agradecieron que la mujer se hubiese marchado porque habría armado un escándalo por la idea de un postre en el desayuno.

El mayordomo dejó el comedor también, pero no fue directo a la cocina, sino al salón de fumar que, desde que había reconstruido la casa, jamás había sido usado para tal propósito y se había convertido en el centro de operaciones de la organización de la boda.

Al poco, llamaron a la puerta.

—Liosha se disculpa por su comportamiento —dijo sin mirarlo siquiera. Por supuesto que sabía que se trataba de Sebastian, era natural que quisiera confirmar el motivo por el que había sido solicitada a su compañía para la tarde.

—No tiene de qué disculparse, las normas sociales son estrictas respecto a eso.

—Basta de condescendencias. ¿En dónde está él?

—Fue a hacer unos encargos con nuestro mensajero.

—¿Ahora dispones de mis sirvientes también? Necesito hablar con él.

—Soy el mayordomo de la casa, tengo autoridad sobre todos los sirvientes.

Frances giró la vista, completamente molesta, lo que hizo que el mayordomo sonriera. Era demasiado sencillo ponerla de mal humor.

—Qué impertinente eres.

—Me lo dice con cierta frecuencia.

Caminó hacia ella lentamente, como haría un gran felino hacia su presa antes de emprender la carrera y saltar sobre ella. Frances Midford lo comprendió enseguida, y no le causó ninguna dificultad imaginarlo como una pantera, un gran gato negro que iba por todo.

Supo que estaba sonrojada, escandalizada y lo peor, aterrada.

El día antes se había derrumbado entre ellos la primera barrera que la mantenía indiferente, y era consiente de eso, así que se escabulló rápidamente al otro lado del escritorio, dejando este como límite entre ambos, pero la sensación de ser un cervatillo no se alejaba. Su corazón empezó a latir con fuerza, al punto en ser lo único que escuchaba.

—Basta —le dijo, cuando no podía más—. Esta tarde iremos a la casa de Londres, terminaremos lo que empezamos ayer y todo habrá acabado, solo esperaré la misiva del duque de Cornwally.

Sebastian permaneció impávido frente al escritorio.

—Yo no estoy diciendo otra cosa.

La Marquesa respiró profundamente.

—No juegues conmigo, mayordomo —respondió entrecerrando los ojos, necesitaba no verlo para concentrarse —, porque si lo haces…

Suspiró.

—Vete, por favor.

Escuchó la puerta cerrándose, entonces aprovechó para dejarse caer en la silla, recargándose en el escritorio, sin decoro ni compostura.

Tan bien que había empezado la mañana.

Pensó de nuevo en lo que tendría que hacer para esa tarde.

La casa de Londres no tenía la privacidad de ninguna de las casas principales. Los vecinos estaban demasiado cerca y demasiada gente en las calles. Iba a ser una pesadilla, pero no había manera de que expulsara, de nuevo, a todo mundo de la mansión sólo para quedarse a solas con los dos sirvientes.

Liosha era tan joven. Estaba segura de que incluso había mentido respecto a que sí había estado con una mujer, se le notaba en su comportamiento.

Se llevó las manos al rostro, recargando los codos en el escritorio.

Alguien llamó a la puerta. No estaba de humor para recibir a nadie, pero la voz de Liosha al otro lado le hizo respingar.

—El señor Sebastian dijo que mandó llamar por mí.

—Pasa.

El joven entró silenciosamente. Correctamente vestido se veía tan diferente a como estaba la noche anterior, incluso su pelo parecía más oscuro con la gomina.

Resultaba tan extraño, pero la Marquesa tuvo la firme convicción de que en ese momento a él no le quedaba ese peinado de caballero, que lo prefería suelto y desordenado.

—¿Sucede algo? —preguntó al notar la expresión de la señora, como si se hubiera perdido en un recuerdo distante a ese espacio y tiempo. No pudo evitar el acercarse, quizás para hacerle notar que estaba ahí, que no se encontraba sola con sus pensamientos.

Sin embargo, antes de llegar siquiera al escritorio, Frances Midford se puso de pie y caminó hacia él, primero con un paso dubitativo, un segundo que recobraba firmeza y los siguientes con la determinación de hierro que la caracterizaba. Se detuvo frente a él, tan cerca que él sintió el impulso de hacerse para atrás, pero ella no se lo permitió, lo sostuvo por las solapas de chaqué obligándolo a inclinarse.

Entonces sucedió.

Sin preámbulos ni nada, la Marquesa lo había besado.

Sintió el cosquilleo en los labios que se extendió por toda su piel prácticamente haciéndolo temblar. Las manos, que dejaba normalmente a la espalda, habían quedado suspendidas en el ademán de sentir que iba hacia enfrente, pero en la duda sobre si debía o no tocar a la mujer, se había limitado a separar las piernas para mantener el equilibrio.

Contuvo un jadeo cuando la exigencia distintiva de ella reclamó que correspondiera. Sin saber muy bien cómo, entrecerró los ojos dejándose guiar y decidiendo posar las manos en su cintura, dándose cuenta de que era verdaderamente pequeña. Aun así, ella lo presionó más, y con la misma facilidad de la noche anterior, le dejó en el suelo, solo que esta vez, ella quedó arriba.

Le dio tregua un instante, lo que él aprovechó para tomar aire entre jadeos.

Los ojos de la Marquesa tenían aún la sombra indescifrable que suavizaba su expresión dura, y estaba levemente sonrojada.

—Mentiste —le dijo en un susurro.

Él negó con la cabeza lentamente, sin poder dejar de mirarla, sin creer que siguiera sobre él en lugar de apartarse, arreglarse por el indecoroso momento y mandarlo a cumplir con sus tareas. Sabía de qué lo acusaba, pero él no había mentido, le había dicho la verdad, sí había estado con dos mujeres antes, pero la diferencia entre ellas y la Marquesa era abismal, como comparar un diente de león con una rosa.

Su respiración seguía agitada cuando ella volvió a inclinarse sobre él. La rodeó con su brazo izquierdo mientras el derecho acariciaba su espalda, por encima de la ropa, imaginando cómo debía de sentirse su piel.

Frances se dejó hacer.

Se decía que siempre había una manera más fácil de hacer las cosas, y el cielo sabía que estaba a punto de enviar a Liosha tan solo con una advertencia para encontrarse con el duque de Cornwally, pero no estaba dispuesta a permitir que Sebastian jugara con ella, aunque para ello debiera de complicar todo.


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