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Inextricable

Siempre que las cosas parecen fáciles, es porque no oímos todas las instrucciones

La última vez que Frances Midford tuvo esa sensación cosquilleante en su vientre, fue cuando el médico confirmó que estaba embarazada por segunda vez.

Se trataba de una mezcla de expectativa y emoción, de sentirse viva, capaz de lograr cualquier cosa que se propusiera, como si el mundo a su alrededor tuviera los colores más nítidos, los aromas más intensos y su piel reaccionara incluso con el soplo del viento.

Se puso los guantes porque tenía la absurda impresión de que, si tocaba algo, lo haría arder en llamas.

Ni siquiera su mente racional tenía inspiración para recriminar sus indecorosas acciones porque tampoco pudo recordar una sola vez que su esposo la hubiera hecho sentir de esa manera.

Sebastian había ordenado a Liosha ir con él al frente, por lo que se había quedado sola en el coche, con la libertad para explorar esa nueva gama de sensaciones a la que tan solo en un par de días se había sometido, y que, en las siguientes horas, escalarían nuevos niveles.

Frotó las palmas de las manos en su falda, removiéndose incómoda en el asiento.

"Liosha es mío".

Aquel pensamiento la escandalizó, sintió su corazón dando un salto y cerró los ojos tratando en vano de serenarse.

"Es mío y puedo hacer lo que me plazca".

Tan solo con ordenarlo, Sebastian se resignaría a quedar solo al frente, Liosha iría en la cabina con ella y continuarían con lo que estaban haciendo en el salón.

Rio para sí misma ante tal idea, sintiéndose agradecida por el corsé y el polisón, así como a lo poco diestro que había resultado su joven sirviente para hacerse cargo de las prendas de vestir femeninas. De haberlo conseguido, muy seguramente su hija los habría encontrado en una escena que solo podría conllevar a la desgracia y ruina familiar.

El coche se detuvo, escuchó a los dos hombres bajar y pronto la puerta se abrió. El sol la deslumbró un instante, y el olor de la ciudad invadió su sensible nariz obligándole a hacer un gesto.

Ese era el motivo por el que no soportaba Londres. Todo tenía impregnado esa pestilente esencia acre de las fábricas, la suciedad de la calle, caballos y humo.

Además del ruido.

Los londinenses iban por las calles en ruidosas conversaciones, lado a lado o desde lo alto de un balcón con alguien en la acera, sin sentido del recato o la consideración por los demás. Vendedoras por algún lado tratando se sobreponerse a los demás y hombres haciendo comentarios vulgares y no solicitados a cuanta mujer pasara por su camino.

Resultaba un mediocre alivio saber que la calle en la que se encontraba la casa apenas se notaba a las sirvientas que iban o venían de sus compras, y algunos niños que enseguida eran puestos en orden por sus institutrices.

Sebastian se había adelantado para ayudarla a bajar, ordenándole al otro que se ocupara del equipaje. Frances se había empeñado en llevar un cambio de ropa, luego del último incidente, lo que menos le apetecía era llegar a la hora de la cena con su hija y sobrino, con el vestido sucio.

El mayordomo la condujo sin decir nada en particular, abrió la puerta revelando un interior impecable, lo que no era sorprendente dado que anunció que haría los preparativos para su llegada. Su sobrino ocupaba esa casa pocas veces, tanto que, si no fuera por los cuidados de Sebastian, el abandono y humedad serían palpables.

Aunque, por supuesto, no era como si lo hiciera de favor, era parte de sus responsabilidades.

—¿Desea tomar algo? —preguntó el mayordomo sacándola de sus pensamientos.

—No. Solo asegúrate de que todas las puertas y ventanas estén bien cerradas. Y prepara la habitación de huéspedes.

—Tenía lista la recámara principal.

—¿La que ocupa Ciel? ¿Eres un perverso o un imprudente?

Sebastian se marchó sin contrariarla, por lo que, en la soledad de la pequeña sala de estar, se sintió con la libertad para soltar un suspiro. No podía controlar los latidos de su corazón, menos aún sus nervios, por lo que, sin darse cuenta, empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación.

—Esta vez lo haré bien.

La voz de Liosha hizo que Marquesa se sintiera desfallecer, pero consiguió mantenerse de pie, ella no era como la gran mayoría de las damas, no era presa de su fragilidad ni sus emociones.

—Sé que lo harás —respondió regalándole una sonrisa, para luego regocijarse por su reacción, un leve rubor, un destello en sus ojos. Se acercó a él, tomando su rostro con sus manos, y ninguna tela pudo evitar que sintiera ese ardor que empezaba a enloquecerla.

"Es mío", se repitió. Y le dio un beso tan breve que apenas hubo tiempo para que tocara sus labios.

"Contrólate, Frances". Se recriminó mentalmente, "Ni siquiera de joven fuiste tan desvergonzada".

Entonces, como por arte de magia, toda la emoción que había estado sintiendo hasta ese momento se desvaneció.

Detrás del muchacho, sobre la chimenea del salón, un enorme espejo le devolvió su imagen, como si la mujer que la miraba desde ahí, hiciera hincapié en su último cometario.

Liosha estaba en la flor de la juventud, de la edad de su hijo mayor, bien parecido y educado, cualquier joven respetable estaría encantada de convertirse en su esposa.

¿Y qué era ella?

Rondaba los cuarenta años, tenía dos hijos en edad de casarse, y si todo marchaba bien, posiblemente el siguiente año sería abuela.

—Todo está listo —dijo Sebastian reapareciendo. Liosa inclinó la cabeza, esperando que ella se moviera para seguirla.

Con pasos lentos pero firmes, Frances recorrió el pasillo, subiendo las escaleras con aire solemne, únicamente postergando lo inevitable.

¡Parecía tan fácil en la mañana cuando derribó toda barrera de formalidad!

Había sido ingenuo de su parte creer que bastaba eso para concluir su tarea. Miró detrás de si, Sebastian cerraba la puerta, su rostro no tenía expresión alguna, no estaba la nota de expectativa de ella o la tensión nerviosa de Liosha, solo esa serenidad insolente que seguramente poseía al saberse el verdadero amo de la situación, el único con la capacidad para mantener sus emociones en orden, pensando fríamente en lo que estaba por ocurrir, como un evento sin importancia.

Se sintió celosa incluso de él.

De su seguridad, de su frialdad, de la forma perfecta con la que ejecutaba sus tareas, pero nunca le reconocería en voz alta por el simple hecho de que encontraba más placentero hacerle ver sus casi inexistentes fallas, que debía exagerar para tener algo que reprochar. No estaba segura de su edad, pero podía deducir que estaba llegando a sus treintas, si bien aparentaba mucho menos.

La vergüenza se volvió a apoderar de ella. Nunca antes se había sentido de esa manera, era humillante, por decir lo menos. Aun así, aceptó su mano cuando se la ofreció para conducirla al vestidor.

Liosha se acercó, entonces algo sucedió, algo que nadie esperaba y fue la voz de Sebastian rompiendo el silencio, atronadora como un rayo en el efecto que causó en ambos, pero apenas más alta que un murmullo.

—No puedes acercarte sin permiso —dijo.

El joven se quedó en su sitio, quieto y sorprendido por el giro que acababan de dar las cosas.

—¿O es acaso que crees que por ser el favorito de la Marquesa vas a pasar por sobre el mayordomo Phantomhive?

Liosha se inclinó mansamente, pero fue turno de Frances para quedar varada en la incomprensión.

Miró a Sebastian, pero este le daba la espalda, se había adelantado unos pasos para quedar frente al joven, extendiendo su mano hasta posar la punta de los dedos en su frente.

Ella no podía ver nada más que el reflejo de la expresión de Sebastian a través de la de Liosha, una mezcla de pánico y obediencia que no hizo otra cosa más que hacerla olvidar sus inseguridades, recordándole que ella no sería más que una espectadora que moderaría los acontecimientos para garantizar que su futuro mayordomo no fuese pervertido más de lo estrictamente necesario.

¿Para qué deseaba cambiarse entonces?

¿Acaso mantenía la esperanza de ser partícipe?

Sebastian no le dio tiempo para pensar más las cosas, cerró la puerta del vestidor dirigiéndose con indiferencia hacia el beliz que guardaba su cambio de ropa, sacando de él un sencillo vestido color canela y negro que usaba para paseos informales de fin de semana, una prenda que no le molestaba sacrificar de ser necesario.

—¿Me permite?

Sin saber qué responder, solo se dejó hacer. Lo sintió deslizando sus dedos por entre las cintas del corsé, separándolas con cuidado para poder abrirlo por completo.

Cruzó los brazos al frente para sostener la prenda y que no cediera por su peso, sofocada por una angustia que no creía posible. Era la segunda vez que ese insolente hombre le quitaba el vestido, o al menos lo intentaba.

—Date la vuelta, ordenó.

Un instante de lucidez le impidió mandarle fuera, y es que finalmente había comprendido que el motivo para hablarle así al muchacho, era establecer una jerarquía que mantendría las cosas en orden, en el que ella estaba a la cabeza y Sebastian, como el mayordomo de mayor antigüedad en el cargo, sería su ejecutor. Sacarlo en ese momento mermaría ese arreglo que el chico había aceptado dócilmente.

Al darse cuenta de que la había obedecido, dejó caer la ropa, viéndose únicamente con las prendas interiores. Sin perder tiempo se puso el otro vestido, siendo capaz de abrocharlo por su cuenta ya que ese modelo era suelto.

—Hay que salir —dijo, logrando que su voz sonara natural, pero antes de que Sebastian pudiese siquiera tocar la puerta, lo tomó por el brazo—. No seas bruto —dijo quedamente.

Él le dedico una sonrisa cuyo efecto resultó devastador para la mujer, quien, sin embargo, mantuvo el porte y la expresión.

—Entonces, ¿de verdad es el favorito?

Frances frunció el ceño.

—¿Acaso importa?

—No —respondió el otro, pero ella no le creyó, así que se limitó a abrir la puerta para salir primero.

Sin que se percatara del momento exacto en que lo hizo, Sebastian se escabulló para volver a quedar junto a Liosha. Ahogo un chillido quedando solo como un jadeo en cuanto le vio hacer un movimiento para derribarlo y ponerlo de rodillas.

¡Lo primero que le había dicho!

—Esta vez no habrá un trato de caballeros, la Marquesa no puede perder más tiempo atendiendo tu sensibilidad.

—Lo siento —respondió sin hacer ademán de levantarse.

—Lo siento, señor —corrigió Sebastian enfatizando la forma en la que debería referirse a él.

—Lo siento, señor —repitió Liosha con admirable obediencia.

Frances usó cada ínfima parte de su voluntad para controlar la expresión de su rostro, para no tratar de gritar y detener a ese mayordomo antes que hiciera alguna barbaridad. No debía socavar los roles que se estaban asumiendo ya que era muy probable que se llegara a enfrentar a un escenario similar. Tenía que prevenirlo de todo.

Volvió a contenerse cuando en un brusco movimiento, absolutamente opuesto a la primera vez, Sebastian dio un tirón al corbatín del muchacho para quitárselo, dejándole una marca rojiza en el mentón, por donde la tela se había deslizado.

—Pon las manos a la espalda —ordenó, siendo obedecido.

La Marquesa pensó que en ese momento se iba a desmayar, viendo al mayordomo usar la prenda que le había arrancado para atarle las manos, pero no estaba segura del motivo de su escándalo, quizás era la reacción de Liosha lo que la perturbaba: ruborizado, con los labios entreabiertos, su respiración agitada y el desarreglo de su pelo, que dejaba el primer mechón cayendo por su frente que empezaba perlarse de sudor.

Por una fracción de segundo quiso saltar sobre él para apartarlo de Sebastian, llevárselo a otra habitación, calmar sus nervios, poner algún ungüento en la marca de su piel y asegurarle que no iba a permitir que el Duque lo tocara, que ya se le ocurriría algo o que enviaría a Sebastian alegando que lo había devuelto a la casa de sus padres.

Pero no lo hizo.

Solo se quedó ahí, mirando cómo le abrían la camisa con tan poca delicadeza que los botones saltaron. Uno incluso cayó sobre su regazo.

"Siempre que las cosas parecen fáciles, es porque no oímos todas las instrucciones".

Y perdió el sentido de la realidad al escuchar un suspiro, el mismo que había escuchado la primera vez que Sebastian había sometido al muchacho, ese que no era de nadie más que de ella misma.


Comentarios y aclaraciones:

Estando de vuelta, y solo para desearles unas excelentes fiestas.

¡Gracias por leer!