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Herejía
No hay nada más respetable, que una maldad antigua
Con los ojos cerrados, y la piel aun tibia por efecto del agua caliente del baño, despidiendo un sutil olor a lirios y jazmines, Frances, no puso ninguna resistencia a que Paula la ayudara a cepillarse el cabello.
—Es raro que un viaje a Londres la ponga de tan buen humor —dijo Paula.
La Marquesa abrió un ojo, mirándola de soslayo. Normalmente no permitía que una doncella le hablara con tanta confianza, pero Paula era un punto aparte respecto a lo que concernía a la libertad de expresarse de los sirvientes. No en vano le había confiado cuidar de su hija, además, estaban solas, no había necesidad de reprenderla para mantener las apariencias.
—He resuelto un asunto de suma importancia —le respondió —. Así que ahora mi única preocupación será la planeación de la boda.
—Me alegra escuchar eso. Realmente creo que usted es una dama verdaderamente admirable. ¡Se hace cargo de tantas cosas!
—No levantes la voz, Paula —dijo, volviendo a cerrar los ojos.
—Discúlpeme, por favor. Y si me perdona el atrevimiento, ¿es verdad que Liosha será el nuevo mayordomo de la casa Midford?
Frances sonrió de medio lado, sin proponérselo realmente, la imagen del muchacho, sofocado, perlado de sudor y tendido en la cama, acudió a ella con prontitud.
—¿Lo quieres saber tú? ¿O te encomendaron averiguarlo?
Paula se puso completamente roja, y en un ademán nervioso empezó a agitar las manos, dejando caer el cepillo, disculpándose, volviendo a tirar el cepillo y acabó sujetándose el delantal.
—Paula —insistió la Marquesa girándose hacia ella con una ceja arqueada —. No levantes la voz.
—Lo siento —repuso la muchacha casi en un susurro —. La verdad es que todos están pendientes al respecto. Es demasiado joven.
Dejando escapar un suspiro, Frances se pasó la mano por el cabello, casi seco, sacudiéndolo un poco.
Paula quedó anonadada, tan solo mirando a la mujer sin joyas ni maquillaje, sin el pelo recogido, una bata de dormir en lugar de cualquiera de sus elegantes vestidos, sin zapatos, simplemente sentada en el banquillo frente al tocador, con las rodillas juntas y los tobillos enlazados. Aun así, cuando hizo ese movimiento, había conseguido verse absolutamente hermosa.
Quizás se debía a que, por resolver su asunto pendiente en Londres, la expresión de su rostro estaba relajada, lejos del ceño fruncido y la actitud desaprobatoria.
Aun ruborizada, bajó la mirada. Ella tenía la mitad de su edad, y cualquiera diría que las jóvenes tenían ventajas sobre las mujeres casadas con hijos y prontas a convertirse en abuelas, sin embargo, nada estaba más lejos de la realidad cuando se trataba de la Marquesa.
—Sí —respondió finalmente —. Liosha será el nuevo mayordomo de la casa Midford. Y puedes explicar, a quienes les preocupa tanto su edad, que en estos días me ha demostrado una competencia inigualable, ya que, en lugar de ocuparse de los asuntos de otros, se encuentra completamente entregado a su deber.
—Entiendo —respondió Paula sintiendo que no sería capaz de repetir ese mensaje tal cual, pues en voz de ella sonaría totalmente diferente.
Al levantar la mirada, se dio cuenta de que la estaba observando.
—Justo estoy pensando en ti —le dijo, manteniendo las manos en el regazo, con la solemnidad propia que adoptaba para las reuniones formales con el servicio de la casa.
—¿En mí?
—Conforme la tradición, lo indicado sería que la nueva dama de Elizabeth sea Mey-Rin.
Paula contuvo un jadeo. En todo ese tiempo no se le había ocurrido eso para nada. Como había sido requerida para atender a la Marquesa y su hija durante su estancia en la casa Phantomhive, realmente no había pensado en lo que sucedería luego de la boda.
Su conmoción provocó cierta compasión en la mujer. Paula había estado con Elizabeth desde que la joven dama tenía cuatro años, luego de que su hermana se casara y dejara el servicio para mudarse con su esposo al otro lado del país. Sus tareas en la casa estaban reducidas a atender con exclusividad a su hija que, por su carácter y ocurrencias, solía ser demandante en demasía, así que cuando se casara, sería un cambio absoluto en la dinámica que había llevado hasta entonces.
Se preguntó qué sería lo mejor.
Bajo otras circunstancias, no dudaría en obligar a Ciel a tomarla como parte de su servicio, pero lo cierto era que se trataba de un puesto sumamente peligroso en el contexto de las actividades del Perro de la Reina. Estaba segura de que, por su exiguo número, los nuevos sirvientes habían sido contratados por parámetros que no contemplaban sus habilidades domésticas, que eran inexistentes, por calificar amablemente su ineptitud.
—Mi madre dice que debería buscar un esposo adecuado, ahora que todavía soy joven. Supongo que puedo ocuparme de eso.
La Marquesa se puso de pie y caminó hacia la ventana, entreabriendo la cortina para mirar el jardín.
No había nadie que pudiese darse cuenta de que estaba ahí en ropa de dormir, pero le incomodaba la idea de exponerse innecesariamente.
—¿Eso es lo que quieres? —le preguntó sin mirarla.
Paula se encogió de hombros.
—Es lo correcto.
—Pero, ¿es lo que quieres?
La doncella miró hacia abajo, arrugando su delantal al sujetarlo con fuerza.
—No.
Frances sonrió, girándose levemente.
—¿Tomarías el riesgo de servir a la esposa del Perro de la Reina?
—Nada me haría más feliz —respondió con una sonrisa.
—Puedes irte, Paula. Mañana hablaré con Ciel.
—¡Muchas gracias mi señora!
Luego de que se fuera, volvió la vista hacia el jardín, creyó ver a alguien y pronto el claro de luna iluminó a Liosha mirando hacia su ventana. Por un momento se extrañó de que estuviera ahí, pues sus labores de ninguna manera lo vinculaban al jardín, sin embargo, también se percató de que llevaba algo en la mano y no tardó en notar que era una rosa.
Él se la acercó a los labios y luego la dejó sobre el césped bajo su ventana.
Frances dio un respingo, sintiendo la necesidad de apartarse, pero no fue capaz de hacerlo, no quería rechazarlo. Lo correcto sería condenarlo a las tareas más bajas del servicio por su impertinencia, o enviarlo de vuelta a la casa de sus padres en Rusia.
¡Era la cosa más indecorosa del mundo!
Su corazón latió con fuerza.
Era como lo narraban las absurdas novelas que tanto le gustaban a Elizabeth y que se empeñaba en leerle en voz alta mientras pasaban la tarde en la sala privada que Ciel había puesto a su disposición. Y por eso se sentía tonta, porque ella era todo lo opuesto a las protagonistas ingenuas que caían presa de un cortejo mustio y sin sentido del pragmatismo para su matrimonio.
Suspiró mientras se armaba de valor, deslizando la mano por la mesa a su costado para alcanzar su pañuelo.
Ni en un millón de años se habría imaginado que haría algo tan alejado de las buenas costumbres de una mujer, pero nada pudo detenerla, arrojó el pañuelo por el balcón ante la mirada encendida de ardiente determinación de Liosha, que lo atrapó al vuelo.
Cerró la cortina con prontitud, completamente roja por la vergüenza y la conciencia de que no había marcha atrás.
Corrió al vestidor buscando entre las repisas el mejor camisón que había empacado, sintiéndose frustrada porque todo parecía ser tan poco. Tomó uno blanco de algodón con delicados adornos de encaje floral. Quizás la manga larga y el dobladillo a los tobillos lo volvían inadecuado, pero era el único con botones frontales. Salió de nuevo a la habitación, se miró en el espejo, encontrándose demasiado ordinaria, pero antes de que pudiese tomar su caja de maquillaje, dos golpes a la puerta la detuvieron.
"¿Qué estoy haciendo?", se preguntó.
No podía darse el lujo de perder tiempo, corrió a abrir la puerta antes de que alguien se percatara de que estaba ahí a tales horas de la noche, y lo hizo pasar con más prisa aún.
El muchacho no pudo controlar la sonrisa de su rostro al verla como aquella noche en que se encontraron a solas en uno de los salones de abajo, a mitad de la noche, cuando le prometió no decepcionarla.
Libre de la opresión que provocaba Sebastian, Liosha se armó de valor para tomarla entre sus brazos acercando sus labios a los de ella, besándola de la forma en que había querido desde la primera vez, pero no se había atrevido.
Frances suspiró apenas le dio tregua, recargándose en su pecho, sintiendo el latido de su corazón.
Quería más, realmente lo necesitaba, pero Liosha parecía solo dispuesto a avanzar lo que ella le permitiera, así que lo deseó con todas sus fuerzas hasta que finalmente pudo decirlo, apenas como un murmullo:
—Puedes poseerme, si lo deseas.
El chico tembló, pero no se detuvo en meditaciones innecesarias. Con sumo cuidado pasó una mano por detrás de sus rodillas y la levantó como hacían los caballeros a las princesas que rescataban, llevándola a la cama, depositándola con sumo cuidado.
Despacio, le desabotonó el camisón, inclinándose para darle un beso en el pecho, y bajando conforme podía abrir la prenda.
Frances cruzó los brazos cuando se acercó a su vientre.
—Por favor, apaga las luces. No quiero que compares mi cuerpo con el de las jóvenes que te han entregado su amor. No lo soportaría.
Liosha apartó sus manos y terminó de desnudarla, encontrando eso que ella no quería que viera: las marcas que habían dejado el haber concebido dos hijos. Se detuvo un instante para mirarla, encontrándola tan perfecta que difícilmente podría mirar así a otra mujer en lo que le quedaba de vida.
Delineó el contorno de su cuerpo con la punta de sus dedos y se apartó para cumplir lo que se le había ordenado, volviendo enseguida al lecho que por esa noche compartirían.
El amanecer los descubrió abrazados, no habían corrido las cortinas de la cama, y las de la ventana eran tan ligeras que podían sentir el sol luchando por entrar.
—Debo irme —susurró Liosha en cuanto se hubo percatado de que Frances estaba despierta —. Debí irme hace rato, el señor Sebastian seguro encontrará reprobable el ausentarme de las indicaciones matutinas.
Frances sonrió con malicia, incorporándose levemente para alcanzar a besarlo, flotando en una nube de irrealidad. No podía recordar la última vez que pasó una noche así.
—Si es para fastidiarlo, por mi está bien que te quedes aquí.
Ambos rieron por la broma, sin embargo, alguien tratando de abrir la puerta los puso sobre alerta.
—¡Milady! —exclamó Paula con cierto apremio al otro lado —¡Milady, por favor! ¡Lady Catherine viene en camino! ¡Va a llegar en cualquier momento!
Movida por una fuerza sobrehumana, Frances se levantó apenas cubriéndose con una sábana, y se giró hacia Liosha poniéndole la mano en los labios.
—Entraré con Paula al vestidor para que puedas salir.
Corrió el dosel para ocultar la cama y volviéndose a colocar el camisón que encontró en el piso, abrió la puerta que el chico había tenido a bien asegurar por la noche.
—Pero, ¡¿cómo es eso posible?! —preguntó a la agitada muchacha.
—Llegó un telegrama hace un instante, lo envió mientras desembarcaba, solo dice que tiene que entrevistarse urgentemente con usted.
Paula no notó el apremió con el que la conducía al vestidor, ocultándole la vista de la cama, y cuando cerró la puerta, solo esperaba que Liosha consiguiera salir sin que nadie lo viera.
A Frances le hubiera gustado darse un baño, pero sería extraño considerando que apenas en la noche lo había hecho y tampoco tenía tiempo para eso, así que, a toda prisa, consiguieron entre ambas, estar completamente vestida en tan solo unos minutos.
—¡¿Ciel no ha bajado?! —exclamó al entrar en el comedor para supervisar los arreglos para recibir a la única mujer capaz de hacerle perder la compostura.
—Ya estoy listo —se quejó el joven Conde apareciendo en el salón.
Frances, fuera de sí, caminó hacia él y con brusquedad le acomodó el invisible desarreglo de sus solapas y el cabello.
Entonces, la aldaba de la puerta sonó con un eco atronador que se magnificó en los oídos de la Marquesa.
Ciel, consternado, miró a su mayordomo, podía jurar que su tía había palidecido súbitamente, y a medida que Snake abría la puerta, y la luz de amanecer contrastó la figura de una mujer alta y robusta, con un inmenso sombrero adornado con plumas de avestruz, envuelta en un vestido amplio que no hacía más que exagerar sus ya prominentes caderas, creyó que se iba a desmayar.
—Lady Catherine llegó —consiguió decir Frances, más como un jadeo desdichado.
—¡Abuela! —chilló Elizabeth, corriendo hacia ella como si fuese una chiquilla.
La mujer la recibió con una alegría similar, pero algo en su voz gruesa, áspera, le hizo parecer casi de varón.
Pasado el efecto de la luz irrumpiendo la relativa oscuridad de la casa. Fue que se dieron cuenta de que vestía de negro, con un collar de perlas que sostenía un camafeo. Era anciana, y las arrugas de su cara se exageraron en cuanto abrazó a Elizabeth, haciendo muecas extrañas, resaltando la inmensa verruga de su mentón y los enormes dientes amarillentos.
Ciel arqueó una ceja, mirando a su tía.
—Quizás no la recuerdes, eras demasiado joven, pero ella es lady Catherine Midford. Es la madre de Alexis.
Con desgana, el Conde se adelantó para recibir a la no invitada como era debido.
—Pórtate adecuadamente, mayordomo. No hay nada más respetable —murmuró Frances, incapaz de fingir siquiera aun poco de cordialidad —, que una maldad antigua.
Entonces Sebastian hizo un movimiento parecido a un asentimiento con la cabeza, comprendiendo todo, y no pudo sino darle la razón.
Miró de soslayo a Liosha que recién se aparecía, tratando de comportarse casual. Repitiéndole las indicaciones, dándole a entender que sabía en dónde pasó la noche, y que no lo pasaría por alto, solo que aún no se le ocurría el castigo perfecto.
Volvió la mirada hacia la recién llegada, y a la Marquesa, con su expresión de sufrimiento sin igual, preguntándose si su desdicha se debía a la amargura general que provocaba a las mujeres el tratar con sus suegras, o a la naciente culpa por haber pasado la noche con un sirviente y enseguida atender a la madre del hombre al que acababa de traicionar.
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