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Capítulo II

La Reina Blanca

Considerando que debía llevar puesta la corona todo el tiempo, el tener un sombrerero a su servicio personal parecía un poco ridículo, pero Tarrant era de los pocos amigos que había podido conservar entre los reclamos de la nobleza, que había vuelto a asomar la nariz luego del exilio de su hermana. A ella no le temían, por eso se sentían con derecho a decidir lo que era más conveniente por el bien del reino, y tener a un grupo de "plebeyos", como habían llamado a todos los que le ayudaron a recuperar su corona, no era lo más adecuado según su punto de vista.

Los enormes ojos del sombrerero no miraban nada en especial, era más como si su atención estuviera dentro de sí mismo, como le sucedía en ocasiones. La reina no podía hacer nada por él, había daños que no podrían repararse nunca.

—Gracias, no es necesario que te quedes —dijo con su siempre presente sonrisa, la voz dulzona y casi cantada que procuraba para hablar con todos. La doncella que había llevado el carro de servicio con el desayuno ya había preparado la mesa, hizo una reverencia agraciada con su vestido blanco impecable, pero no se marchó, debía de quedarse ahí hasta que terminara y se pudiera llevar todo, que no incluía lugar para el sombrerero, pues ¿cómo alguien como él iba a desayunar con la Reina?

Sintiéndose ignorada por los dos, la doncella y el sombrerero, optó por prestar atención a lo que iba a comer.

Su humor no había sido el mejor desde que fue anunciada la decisión unánime de la corte respecto a lo que, hasta ese momento, consideraba su vida privada. Se sentó a la mesa mirando de soslayo a la joven; dentro del blanco que imperaba en su arreglo, el rubor era evidente, estaba avergonzada, pero no se sintió con valor para desquitar su amargura con ella, porque, después de todo, ella no tenía la culpa de que sus parientes fueran unos cobardes interesados con pensamientos obsoletos.

—Ya te han dado la lista de candidatos, ¿verdad? —preguntó extendiendo ceremoniosamente la servilleta de tela sobre su regazo.

—Sí, majestad.

La reina le miró, incitándola a continuar, pero la joven se mostraba más nerviosa a cada instante.

—Léela, por favor, querida.

La joven volvió a reverenciar mientras sacaba de su delantal, con las manos temblorosas algunas tarjetas.

—Su Majestad el príncipe Julers de Narnia, Su Majestad el príncipe Michael de Andalasia, Su Majestad el príncipe Aqquin de Atlantica, y Su Majestad el rey Jareth de Underground.

Extendió las tarjetas hacia la Reina con otra reverencia, cada una de ellas tenía escrito el nombre y todos los títulos de cada uno de los mencionados con palabras tan rimbombantes como innecesarias, la chica solo había resumido al presentarlos y se lo agradecía, aunque lo hubiera leído, sería incapaz de retener todo. Mirana las repasó varias veces con una expresión indescifrable, no conocía personalmente a ninguno, pero los nombres sí le eran familiares, después de todo, ella había sido educada apropiadamente y conocer a las familias reales era un asunto indispensable para incluso cualquier noble menor.

—¿Sabes cuándo empezarán a llegar? —preguntó sonriendo.

—A partir de mañana por la noche, Su Majestad.

Le parecía increíble que no tuviera derecho ni siquiera a opinar sobre cuándo o cómo quería recibir a los prospectos de marido, y si en primer lugar los quería recibir.

Sin llegar a la pretensión, le parecía que era perfectamente capaz de regir ella sola, además, de acuerdo a las leyes de los anteriores reyes, era la Reina la figura con mayor movilidad y poder, pero resultaba que al igual que en juego de ajedrez, si no había Rey, no había partida.

¡Pero que absurdo era aquello! ¿Para qué iba ella a querer un marido que no sirviera más que para decir que había un Rey?

Afortunadamente, era lo suficientemente joven como para no tener que sentirse presionada por un heredero, que no fuera su sobrino, de quien sospechaba, tenía la misma cosa maligna de su madre creciendo en la cabeza.

Tuvo un escalofrío ante la idea y empezó a comer los cubos de fruta, escuchando la agenda del día: había varias reuniones, sobre todo con los arquitectos, con quienes estaba intentando la colosal tarea de prácticamente reconstruir el reino: clausurado, demolido, incinerado, todo lo que en nombre de su hermana había sido asolado desde el día horribloso, lo que era en sí, todo menos el castillo rojo sobre el cual no estaba segura qué hacer.

Tenía muchos proyectos de construcción, quería que Underland dejara de considerarse como un reino sin orden con el que nadie quería relacionarse y al que terminaban enviando a todos los que cometían faltas en sus respectivos lugares de origen. Lo que la llevaba a un segundo punto, que era la cohesión de tropas.

Los naipes habían dejado de servir a su hermana y le habían jurado lealtad a ella, pero no tardó en darse cuenta de que aquellos soldados no necesariamente habían actuado solamente por temor a ser decapitados, muchos de ellos verdaderamente encontraban entretenidas sus funciones como primera línea opresora.

Los guardias blancos, a quienes ella conocía de toda la vida, representaban mucho menos que una cuarta parte de sus anteriores enemigos y se mostraban reacios a cooperar con los naipes, considerándolos traidores en diferentes grados, decían que debían ser presos, o al menos en eso había insistido el General de la Torre de la Reina, apoyado por el Primer Alfil.

Su primer reinado, antes de que su hermana le quitara la corona, había sido muy breve, de apenas unos días tras la muerte de su madre, así que no había tenido oportunidad de descubrir algunas de las realidades que implicaba la corona más allá del accesorio que no la dejaba usar los sombreros que Tarrant hacía para ella. Y en su destierro, no había la gran cosa que hacer, puesto que solo tenía el castillo y ya.

Al menos ahora sabía que, pese a lo que muchos creyeran, ser Reina no era una tarea fácil, y con tantas cosas por hacer, no le cabía en la cabeza el motivo por el que la corte consideraba más importante que tuviera un marido.


Comentarios y aclaraciones:

Hola de nuevo.

Bueno, no sé si podré publicar antes de fin de año, de cualquier forma, me adelantaré un poco por si no ¡Felices fiestas!

¡Gracias por leer!