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Capítulo IV

Un baile memorable

Sonaron las fanfarrias apenas el carruaje apareció en el horizonte. Jareth se irguió en su sitio, nunca le habían emocionado, era la forma más horrenda de hacer una entrada porque implicaba que el invitado no podía, por sus medios, darse a notar en cuanto llegaba.

Lo peor vino en cuanto bajaron, un conejo blanco estaba de pie esperándoles, usaba un tipo de sobreveste blanco con las insignias de la reina y tenía un rollo de pergamino en la mano.

—¡El rey Jareth de Underground!

Jareth lo miró un instante, no deseaba mostrarse excesivamente irritado, pero los animales parlantes que no eran mágicos no le agradaban demasiado, si bien era raro encontrarse con alguno. En Underground quedaban apenas unas cuantas especies, la mayoría demasiado ariscas para una convivencia razonable, los lobos que habían abandonado Narnia hacía siglos, encontraron refugio en sus bosques, gustaban de comerse a los goblins que se perdían fuera de la seguridad del laberinto, pero formaban un grupo grande y fuerte que habían prometido atender a su llamado si eran requeridos.

No obstante, el conejo era lo de menos. Frente a él, todo se extendía en un blanco paisaje.

La alfombra, desde la escalinata de acceso hasta el interior del castillo, los muros, las columnas, las armaduras de los soldados, los candelabros y sus velas, todo, absolutamente todo era blanco, y eso le causaba cierta inquietud porque no podía fijar la vista en nada sin sentirse cegado.

El contraste que creaba su tía, con su vestido y pelo tan negro como la más cerrada noche de invierno, era destacado, por decir lo menos. Él había optado por algo igualmente obscuro también, entre azul medianoche y plata porque ir de blanco sería pretencioso, incluso para él.

El conejo se detuvo frente a la gran puerta del salón principal que aún estaba abierta.

—¡Su Real Majestad, el rey Jareth de Underground! ¡Rey de los goblins! —exclamó, siendo secundado por otra fanfarria —¡Su Real Majestad, la reina Mab! ¡Reina de las hadas!

El silencio se hizo en el gran salón y todos los invitados giraron el rostro.

La reina Mab lo disfrutó, hacía tanto tiempo que no era recibida adecuadamente en ningún sitio, que por un instante se olvidó de la decadencia que la había sumido en la tristeza y soledad.

Había escapado por poco del olvido al que la condenó Merlín. Casi muerta, consiguió llegar al lago en que moraba su hermana y ella, con sus últimas fuerzas le ayudó a volver a Underground. Le suplicó que regresaran juntas, que menguaran en su reino natal hasta que pudieran recuperar sus poderes, pero se había negado, prefería morir en la tierra de arriba, en ese lago del que se había enamorado.

La reina Mab se quedó entonces en el castillo que les había regalado su padre cuando decidió nombrar a su hermano como sucesor pese a que ellas eran mayores. Lo había construido en una isla artificial en el gran lago de cristal, al sur del reino. Había una parte sobre tierra y otra bajo el agua, envuelto en enredaderas, destacando como una esmeralda en un collar de diamantes blancos.

Pero eso había sido en sus mejores días. Luego de aventurarse en esa absurda búsqueda para reavivar los viejos cultos que les dieron poder en el pasado, el lugar había decaído, incluso su poder sobre las hadas, que fuese un don excepcional en su momento, se encontraba mermado, encontrándolas tan irritantes que era difícil no darle la razón a su sobrino sobre que se habían convertido en una plaga salvaje.

Con el paso del tiempo, había recuperado algo de su magia, pero no lo suficiente como para dejar de sentirse miserable, olvidada y, sobre todo, sola.

Avanzaron del brazo, pero poco antes de llegar frente al trono y la Reina, ella se soltó. Esperaba que Jareth hiciera algo para llamar su atención, y aunque se encontraba preocupada sobre lo que él iba a ofrecer como regalo, pues según dictaba una antigua tradición real, debía darle un obsequio por aceptar el recibirlo como pretendiente, tenía la seguridad de que no iba a cometer una imprudencia, él necesitaba ese matrimonio.

Tras haber cumplido con el protocolo de saludo, Jareth extendió su mano materializando una de sus esferas.

—Un pequeño presente —dijo tranquilamente, haciéndola flotar hasta que quedó frente a la Reina. Ella extendió la palma de la mano para recibirla, y al hacerlo, la consistencia que tenía hasta el momento, como una burbuja de jabón, cambió para ser un cristal de peso regular.

La miró con cierta sorpresa.

Julers de Narnia le había regalado una campana de plata con una inscripción que en su momento fue un encantamiento para acallar el ruido y había pertenecido a alguna antigua Reina de Narnia, cuando aún la magia era habitual. Se suponía que se había convertido en un objeto ordinario de sumo valor histórico, pero apenas la tocó, ella supo que esa aseveración simplemente se debía a que nadie sabía cómo usarla.

Michael de Andalasia le entregó un libro de hechizos. Se había sentido ligeramente ofendida al darse cuenta de que se trataba de magia negra, pero el muchacho se había apresurado a explicar que era el grimorio de su abuela, una poderosa bruja, pero dado que ni su padre ni él, y menos aún su madre, entendían de magia, habían decidido entregarlo a alguien que sabría qué hacer con él, manteniéndolo así, fuera de manos equivocadas, adulando así su bondad.

Aqquin de Atlantica se había mantenido en el margen de los regalos clásicos; en un cofre de madreperla y abalone, con una colección de collares, broches, brazaletes y pendientes de oro, plata y perlas.

Miró a Jareth, era obvio que se trataba de un cristal mágico, lo podía sentir, pero lo único que se le ocurría que podría ser, era una esfera de adivinación, talento que ella no poseía. Sin embargo, al levantar la mirada y hacer contacto con él, fue totalmente incapaz de hacer la pregunta en voz alta.

Había escuchado tantas cosas de ese hombre, y una de ellas, además de una insoportable vanidad, era su inusual talento para burlarse de absolutamente cualquier persona.

—Bienvenidos a Underland —dijo, bajando las manos con la esfera para dejarlas sobre su regazo —. Espero que su estadía, como mis invitados, sea grata.

La reina Mab miró de reojo a su sobrino, esperaba algo más. Pero este se limitó a reverenciar nuevamente y apartarse para integrarse a la fiesta. La música empezó a sonar y Jareth tomó a su tía para bailar como muchos otros empezaron.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella en un susurro, haciendo que, con su voz ronca, la pregunta sonara más como el siseo de una serpiente —. Invítala a bailar a ella, no a mí, no soy una doncella casamentera, sobreviviré si me quedo sola.

—No es necesario. Hay que dejarla respirar —respondió mirando cómo la Reina se encontraba rodeada por los otros tres pretendientes que deseaban, les concediera una pieza—, además, no voy a estar con un grupo de niños buscando la atención de una mujer.

La reina de las hadas resopló.

—El único niño es el tritón. Los otros dos son más cercanos en edad a ella, y si te descuidas demasiado, va a empezar a tratarte como si fueras su padre.

Jareth resopló.

—Tampoco soy tan mayor.

—El tiempo es más generoso con nosotros porque no somos humanos, pero eso no significa que ella no resienta tus siglos de experiencia.

Jareth le hizo dar varias vueltas al compás de la música, ella se dejaba guiar, aunque empezaba a sentirse molesta por su actitud desinteresada.

—¿Y qué hago al respecto? —preguntó —¿Te apetece esto?

Él giró, y al momento pareció más joven, apenas mayor que Aqquin de Atlántica y menor que Jules de Narnia, que era el mayor de los tres.

—¡No malgastes tu magia! —reclamó intentando soltarse. Casi al momento, en otro giro, Jareth volvió a recuperar su apariencia normal.

—Estoy mejor desde que llegamos, no te preocupes por eso.

La reina Mab dudó por un instante, pero sonrió con malicia.

—Eres un bribón, querido, un verdadero bribón.

Jareth estaba tomando la magia de las personas a su alrededor.


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