.

Capítulo V

El partido de croquet

—Buenos días, querido.

Jareth gruñó por respuesta.

Una de las cosas con las que jamás se había sentido cómodo, era dormir en lugares extraños, por lo que apenas había sido capaz de dormitar en toda la noche.

—Si no duermes, al menos come, te espera un día largo —continuó diciendo la reina Mab con su voz áspera y baja—. Has sido incluido para participar en una partida de croquet con Mirana y los tres príncipes.

Jareth se quedó quieto, de pie junto a la mesa en la que estaba servido el desayuno.

A cada pretendiente le había sido conferido un espacio dentro del castillo que constaba de tres habitaciones, un estudio, una sala de estar con una enorme chimenea y un comedor, además de tener a su disposición a un par de doncellas y algunos chambelanes.

—¿Croquet?

—Es solo un juego, a ti siempre se te han dado bien los juegos.

—Pero nunca he jugado croquet.

Normalmente no tendría problema en fingir que podía hacerlo, y sobre la marcha ir resolviendo el problema, pero para hacer eso requería de su magia, que últimamente se caracterizaba por su inestabilidad. Además, aunque no fuesen esas sus circunstancias, estaba absolutamente seguro de que se consideraba de mal gusto beneficiarse de cualquier cosa que no implicara habilidad motriz.

—No puedes ausentarte, el partido de croquet es una tradición de Underland desde...

—Desde el reinado de la Reina de Corazones, la loca que casi destruye el reino, pasos que siguió bastante bien su bisnieta Iracebeth ¿por qué se considera tan importante el legado de una mujer obsesionada con las decapitaciones?

Sacudiendo la servilleta de tela, el Rey tomó asiento en la silla frente a su tía, preparándose para tomar el desayuno.

—¿Cómo es que no sabes jugar croquet? —preguntó ella.

—¿Y tú sabes? —preguntó de vuelta.

—Por supuesto. Es un juego más viejo que la Reina de Corazones, ella solo lo volvió popular, e hizo su propia versión.

Jareth volvió a gruñir, debiendo comer rápido ya que se había levantado tarde y la "invitación al juego" estaba por llegar a su hora.

Habiéndose arreglado adecuadamente, fue al jardín en donde se le había citado, esquivando tanto como pudo a la gran colección de animales que hacían de sirvientes para tareas menores, sin ser capaz de explicarse cómo es que un pez fuera del agua podría resultar útil para cualquier cosa.

Para fortuna suya, los sirvientes que le habían asignado no eran de ese tipo, solo eran muchachos vestidos de blanco y con el pelo polveado para aclararlo.

—¡El Rey Jareth de Underground!

Se abstuvo de torcer la boca al escuchar que el conejo blanco lo anunciaba a todo pulmón, haciendo que los tres príncipes giraran la vista hacia él, dándose cuenta de que, claramente, era el único que iba con traje formal, incluso se había puesto la capa de terciopelo, mientras que ellos llevaban apenas los pantalones con camisa y un chaleco.

Se mantuvo sereno, acercándose a paso relajado y recibiendo el mazo de madera que le correspondía, algo que lo hizo inmensamente feliz, pues su tía le había advertido que, si no quería pasar una humillación monumental, controlara el flamingo para que se quedara recto durante el golpe.

—Majestad —saludó inclinándose levemente, tan poco perceptible que, si no fuera por un mechón de su pelo rubio cayendo sobre su hombro, nadie se hubiera dado cuenta—, Altezas—agregó refiriéndose a los muchachos, nada más para que nadie dijera algo sobre sus modales, no porque le importara realmente.

—Buenos días —respondió la reina con la misma casi inexistente inclinación—. Espero sea de su agrado el espacio que he dispuesto para su estadía, Majestad.

—Lo es, mi Señora.

—¡Bien! ¡A jugar entonces! ¿Nos haría los honores, Majestad?

Jareth carraspeó.

—Preferiría ir después de usted.

Mirana de Marmórea sonrió, y con la mano libre levantada a la altura de su rostro en un gesto tan poco natural que llegaba a lo hilarante, se movió haciendo que su vestido produjera un ruidito igual de gracioso. Michael de Andalasia se apartó para que la voluminosa falda pasara sin problemas y los cuatro la miraron acomodarse frente a una de las bolas, que para alivio de Jareth no era un erizo. Puso el mazo en posición, lo balanceó un poco y dio un golpe.

Casi enseguida un estallido de aplausos se escuchó a la derecha de donde estaban, y Jareth se dio cuenta de que no menos de una veintena de cortesanos se encontraban como espectadores, lo que afectó aún más su humor.

Era su turno. Comprendía la idea básica de que la bola tendría que pasar por los arcos, pero era todo lo que conocía sobre el juego.

Decidido a afrontar su destino, se acercó hasta donde momentos antes estaba la reina, solo para darse cuenta de que había dos bolas y no solo una. Las miró tratando de ocultar su desconcierto. ¿Eran dos oportunidades? ¿Una era suya y otra la del siguiente jugador? De ser así, ¿no faltarían dos bolas más?

Levantó el mazo con suma lentitud, con una incertidumbre que no había sentido en mucho tiempo, pero antes de poder dar el golpe, el grito desaforado de una de las mujeres que fungía de espectadora, le hizo levantar la vista.

Con los gritos generalizados de todos los cortesanos que emprendieron la huida entre tropiezos y empujones, Jareth vio con espanto cómo el cielo se oscurecía por el vuelo de cuatro enormes aves rojas.

—¿Qué es eso? —preguntó el príncipe Aqquin de Atlántica con los ojos muy abiertos.

—Son aves JubJub —susurró Jareth, pero todos le escucharon.

El príncipe Julers de Narnia giró, gritándole a uno de los sirvientes que había quedado rezagado, para que le diera su espada, ya que se la había encargado mientras duraba la partida, el muchacho, dudando sobre si obedecer o no, optó por arrojársela, pero con tan poca fuerza que quedó a un par de metros, haciendo que el príncipe debiera correr hacia ella.

—¡Es imposible! —exclamó la reina olvidándose de darle a su voz el tono bajo y cantarín —¡El JubJub de mi hermana era el último de su especie!

—Pues ya vez que no —dijo Jareth tomándola del brazo para moverse de ahí, ya que ella se había quedado pasmada. Sin embargo, no consiguió ir demasiado lejos, una de las aves se había dejado caer en picada, derribándolo con fuerza. Soltó a la reina para no llevársela consigo, y usando sus reservas de magia consiguió evitar que el poderoso pico dentado de la criatura le atravesara el pecho, pero no pudo evitar que, por el impulso, se lo llevara hasta el otro lado.

Escuchó a Mirana de Marmórea gritar tanto o más que sus damas cuando una de las aves la levantó por los aires, y seguido a eso, un rugido, y el enorme Bandersnatch saltando furiosamente para alcanzarla, aunque no lo logró, no obstante, desde de la punta de su nariz saltó un pequeño lirón, ataviado como caballero que agitó hábilmente su diminuta espada.

—¡Mallymkun! ¡Cuidado! —exclamó la reina mientras que la pequeña criatura escapaba por poco del mordisco de una segunda ave que había acudido al auxilio de su compañera.

El lirón cayó y el conejo blanco que hacía de heraldo le atrapó, evitándole un daño mayor.

Así, tan pronto como comenzó, las aves se marcharon con su presa.

—¿Estás bien? —preguntó Aqquin de Atlántica arrodillándose junto a Julers de Narnia, que había sido derribado por el ave contra la que había estado combatiendo.

—Sí —respondió con algo de trabajo, aceptando su ayuda para levantarse.

—¿Dónde demonios están los guardias? —preguntó Michael de Andalasia.

—Eso mismo quisiera saber —se quejó Jareth sacudiéndose la tierra.

—¡Su Majestad! —exclamó el conejo corriendo hacia él, encogido y tembloroso, con el lirón desmayado en las manos —. ¡Hay grandes historias sobre sus poderes! ¡¿Usted puede ver a dónde se la han llevado?!

Jareth profirió un suspiro, se acomodó el pelo, luego frotó las puntas de sus dedos y formó una esfera, sorprendido porque había podido lograrlo a la primera. Sin embargo, con los tres príncipes, el enorme Bandersnatch y el conejo blanco mirando, no se sentía capaz de concentrarse en los reflejos. Menos aun cuando la marcha sincronizada de un grupo de soldados se hizo presente junto con su tía, corriendo con pasos cortos, apenas levantando la falda y llamándolo a gritos.

Volvió a suspirar.

—A las tierras Salvajes —dijo finalmente.

—¡Esa inmensa cabezota! —exclamó el sombrerero que también acababa de llegar —¡Vamos a salvarla!

—Tienes que ir por ella, querido —dijo la Reina Mab tomándolo del brazo—. Es tu deber.

Jareth miró a su tía con el ceño fruncido.

—Sí, supongo que lo es —respondió.

—Pues claro que vamos —repuso el sombrerero, empezando moverse torpemente de un sitio a otro.

Los otros príncipes se anotaron enseguida, pero antes de que la euforia se generalizara, Jareth se soltó del brazo de la reina Mab, tomó por el cuello al sombrerero y lo apartó del grupo haciendo un gesto al conejo blanco para que los siguiera, cosa que hizo, aunque sin dejar de temblar.

—Si realmente te preocupa la reina…

—¡Pero qué cosas! —interrumpió el sombrerero —¡Es la reina! ¡Es el motivo del sonrisor de Underland!

—Si realmente te preocupa —repitió tratando de no sonar molesto por su insolencia, además de no levantar la voz para que nadie más los escuchara—, te vas a quedar aquí y evitarás que mi tía tome el control del reino.

—¿Por qué haría eso? —preguntó el sombrerero tocando los límites de la paciencia del Rey Goblin al hacer esa pregunta casi gritando, haciendo que el conejo le pidiera bajar la voz, ya que él sí había comprendido la delicadeza del asunto.

—Porque está loca, por eso.

—Pero, ¿yo qué podría hacer? No pude evitar que la inmensa cabezota tomara el control en su momento...

Jareth lo hizo callar sacando de entre sus ropajes un cristal opaco, más parecido a una pulida esfera de mármol que a los cristales que normalmente creaba. Los ojos del sombrerero se abrieron exageradamente mientras que el brillo de la pieza se reflejaba en ellos.

—Si se pone difícil, se la arrojas.

El sombrerero profirió una risa que escaló en intensidad hasta ser una carcajada.

—¿Duele más si le pego en la cabeza? —preguntó.

Jareth hizo amago de toda su voluntad para no golpearlo, solo respiró profundamente.

—Es mágica —repuso, apretando los dientes y poniéndosela en las manos.

Luego se giró hacia la comitiva que ya estaba reunida en el jardín, los miró a todos, estaban en silencio esperando que dijera algo más.

Buscaba una segunda opción que no fuera el demente pelirrojo, pero bastaba con mirarlos superficialmente para saber que absolutamente nadie ahí tenía la misma devoción a la reina que el tipo a su espalda.

—Preferiría ir solo, pero dadas las circunstancias, los príncipes y yo emprenderemos el camino a las Tierras Salvajes para salvar a la Reina —anunció—. Las tropas leales deberán quedarse e impedir a toda costa que alguien más se haga del control del reino, así que, emprendamos la marcha.

Julers de Narnia ya había pedido su caballo, su capa de viaje, se había cambiado los zapatos por unas botas de cuero desgastadas y estaba atando la espada a su cintura. Era una espada larga tradicional, de hoja recta y larga, la empuñadura dorada y la vaina azul medianoche.

Michael de Andalasia parecía más resignado que dispuesto, también había pedido su espada, la suya era un estoque, con la vaina negra y la empuñadura plateada con una guarda barroca y ornamental dorada, acompañada de una daga a juego.

Aqquin de Atlántica, quizás solo por no quedarse rezagado, también se estaba preparando, aunque su arma se trataba de un sencillo espadín que apenas pasaba de un metro.

Jareth no podía quejarse, al menos no tendría que cuidarlos. Agitó su capa transformándose en una lechuza blanca que emprendió el vuelo hacia el oeste, seguido desde abajo por el enorme Bandersnatch, que nadie había podido convencer de que se quedara.


Comentarios y aclaraciones:

Es extraño, pero siento que esto está funcionando bien pese a todas las rarezas.

¡Felices fiestas!

¡Gracias por leer!