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Capítulo VI

En los límites del reino

Jareth descendió al darse cuenta de que el camino se dificultaba para los caballos. El terreno empezaba a adquirir una geografía irregular ya que no había camino hacia el lugar al que se dirigían, aunque en general los caminos de Underland dejaban bastante que desear.

Culpar exclusivamente de eso a Iracebeth sería condescendiente con la anterior reina. Ella no estaba loca, era un hecho, y se le conocía por su profuso amor al arte y las cosas bellas, lo que había desembocado en una serie de exorbitantes gastos que no redituaban nada en aspectos fundamentales para el reino. El comercio no se movía gracias a esculturas de mármol en cada plaza de la ciudad capital, necesitaban caminos. Los campesinos no se sobreponían a una mala cosecha con pinturas de ninfas danzando a las orillas de un lago, y definitivamente los hospitales no operaban con conciertos en plazas públicas.

Intentó posarse sobre la cabeza del Bandersnatch, pero este no se lo permitió y temiendo que le mordiera, fue hacia una rama baja de un árbol cercano.

El viaje estaba resultando demasiado largo, sobre todo yendo por tierra. No obstante, tampoco estaba seguro que, de ir volando solo, pudiese alcanzar a esas aves de pesadilla.

Ya estaba anocheciendo, los caballos necesitaban descansar, y él también, aun cuando cambiar de forma era la habilidad que menos energía le consumía.

—Majestad —llamó el príncipe Julers de Narnia refiriéndose a él. Su modo era rudo pese a que sus palabras resultaban todo lo respetuosas que se esperaría de alguien bien educado —. ¿Será posible que, en su posición, haya distinguido alguna fuente de agua para los caballos?

Jareth, sin transformarse, voló de la rama, siendo seguido por la comitiva hasta un pequeño arroyo que había visto por casualidad, aunque con el cause suficiente como para que los animales bebieran.

Necesitaba decirles que el camino iba a peor, de hecho, desaparecería dentro de poco y que quizás irían más rápido a pie.

No tenía claro cómo era que las reinas de Underland trataban la educación de sus herederas. Sin duda, lo más sorprendente de su magia era que, pese a los conocidos malos gobiernos en diferentes niveles, únicamente había existido un levantamiento con la intención de deponer a una reina. Y ni siquiera lo encabezó alguien del reino, habían necesitado a una niña de las Tierras Superiores.

Merlín había expulsado toda magia de esos territorios, ¿qué tendrían de especial esas chicas?

Negó con la cabeza para alejar esos pensamientos, reflejándose en su forma de lechuza, como una sacudida general de las plumas. No necesitaba pensar en Sarah en esos momentos.

"Ni en ningún otro", susurró la voz de su conciencia, sonando casi como su tía.

Luego de un rato, Jareth pronto descubrió que tenía una posición privilegiada para escudriñar a los príncipes, y sin esforzarse demasiado, concluyó que el más habilidoso de los tres era Julers de Narnia, que ya había encendido un fuego para poder pasar la noche, además de inspeccionar la zona.

Sin duda era un guerrero experimentado pese a su edad, o al menos había salido de la seguridad de los muros de su castillo más a menudo que lo que se notaba en los otros dos.

El único al que le podía aceptar una excusa era Aqquin de Atlántica. Aunque él hubiera salido mucho de su castillo, eso no implicaba que estuviera demasiado acostumbrado a lo que había en la superficie.

Pensó en sí mismo a su edad. Ya había sido coronado rey, luego de que su padre fuese asesinado en las Guerras de Invierno y sus tías se marcharan a saber por qué, a las Tierras Superiores, en donde una de ellas encontró la muerte y la otra cayó en desgracia.

Pudo proteger sus fronteras durante el siguiente siglo que duró la guerra. Reyes y reinas presuntuosos lo atribuían más a la indiferencia que provocaba un reino relativamente pequeño en comparación a otros, y no a su habilidad. Sin embargo, eso nunca le molestó. Con el paso del tiempo, su posición se reafirmó, siendo reconocido como uno de los más grandes herederos del reino de los Goblins, pronto no hubo quien no asociara su nombre, indiscutiblemente, con una magnánima presencia.

Entonces se encaprichó con Sarah, poniendo todo lo que había logrado durante años, en juego.

Y perdió.

El laberinto ya no lo reconocía como su maestro, el vínculo estaba roto, y no estaba seguro de que pudiera recuperarse.

Dejarlo en manos de su tía era absurdo hasta cierto punto, ella debería saberlo mejor que nadie. Tampoco la reconocería ni formaría un vínculo. Si había una señora indiscutible del laberinto, era sin duda Sarah, pero prefería dejarlo colapsar antes que volver a traerla y entregarle la corona, era claro que no le importaba nada de eso.

Era mejor la forma en la que estaban las cosas, ella preparándose para la Universidad, siguiendo con su ordinaria vida como si nada hubiese ocurrido, y el laberinto hundiéndose en el olvido.

Michael de Andalasia fue el primero en romper el silencio que se había formado, tan solo con los resoplidos del Bandersnatch, tumbado junto al riachuelo.

—Iracebeth de Crims fue exiliada a las Tierras Salvajes —dijo, con lo que los otros príncipes le dirigieron la mirada.

—Sin duda se trata de un nuevo intento por reclamar el trono —repuso Julers de Narnia, que permanecía sentado en un tronco, apoyando un brazo en una de sus rodillas y la otra mano en la espada, como si estuviera presidiendo un consejo de guerra.

—O una simple venganza —continuó Michael —. Para este momento, ya debe ser enteramente consciente de que tomar el trono no es una opción. Sin el apoyo del Jabberwocky, jamás reunirá tropas suficientes para un nuevo golpe de estado.

Jareth abrió las alas dejándose caer a la vez que cambiaba de forma, quedando de pie frente a los tres jóvenes.

—Iracebeth de Crims, como muchas reinas, posee cierta aptitud mágica. Ella la enfocó a algo llamado Dominio de las cosas vivas. Puede parecer algo simplista, pero se trata de una habilidad aterradora cuando es debidamente usada. Y ella se ha perfeccionado en ello, ¿cómo si no, una criatura tan poderosa y antigua como el Jabberwocky la serviría?

—En ese caso —dijo Julers de Narnia mirándolo con intensidad, algo a lo que el Rey de los Goblins no estaba acostumbrado —. Usted es la única persona que puede hacerle frente, a menos que yo tenga una oportunidad para acercarme lo suficiente y cortarle la cabeza con mi espada.

Aguzó el oído. Le había parecido que el joven príncipe Aqquin había tragado saliva.

Jareth entrecerró los ojos. Si el segundo hijo del Rey de Narnia tenía esa fiereza de carácter, ¿cómo sería el mayor? Tendría que, en cualquiera de los posibles desenlaces de esa aventura a la que su tía lo había arrastrado, buscar la manera de establecer una buena relación con Narnia, pues ese muchacho no era alguien a quien quisiera de enemigo.

—Tendremos que prepararnos para el peor de los escenarios —dijo Jareth, adelantándose al príncipe. No iba a permitirle dirigir el grupo bajo ninguna circunstancia —. Es claro que Iracebeth ha ejercido su poder. En las tierras salvajes hay muchas criaturas de las que podría echar mano para suplir a un ejército ordinario. Las aves JubJub son aterradoras, no demasiado inteligentes por sí mismas, pero son capaces de seguir indicaciones y colaborar con otras criaturas. Nosotros solo somos cuatro.

—Mi padre podría enviar ayuda —dijo Michael de Andalasia —. Pero tardaría semanas en llegar.

—Quizás ya la ha enviado —repuso Jareth —. Ten por seguro que mi tía ha escrito sobre el hecho, al menos a sus familias.

Julers de Narnia endureció la expresión de su rostro, lo que le facilitó a Jareth adivinar sus pensamientos. En esos momentos, su motivación para lograr un rescate exitoso se había multiplicado exponencialmente. Se abstuvo de sonreír. Siempre era mejor saber cuál era el punto débil de las personas, y por lo visto, demostrar a su padre y hermano que era digno, era el de ese muchacho.

—¿Te sientes con la confianza para seguir? —preguntó mirando a Aqquin de Atlántica de soslayo.

El chico frunció el ceño.

—¿Por qué solo me pregunta a mí?

—Porque desde donde estoy, además de los jadeos del Bandersnatch, tu corazón es lo único que escucho.

Lo vio sonrojarse, pero no desvió la mirada ni trató de evitarlo, por el contrario, levantó el pecho con orgullo. Eso le agradó, aunque no estaba seguro de que su enternecedor gesto le salvara la vida si tenían que entrar en combate.

—Puedo seguir, y haré lo que esté en mis manos para ayudar.

Finalmente, se dirigió a Michael de Andalasia. Su rostro le resultó indescifrable. Permanecía sentado en una roca apenas lo suficientemente alta como para que sirviera a tal propósito. Con su espada descansando al costado, las manos enlazadas sobre sus rodillas, había permanecido en silencio luego de ser él quien iniciara esa conversación.

—Lamento no ser de mayor utilidad —dijo —. No soy muy hábil con la espada, aunque puedo cuidar de mí mismo. Tampoco poseo habilidades mágicas, la reina Narissa era madrastra de mi padre, así que no tengo herencia suya de ninguna forma. No obstante, tampoco pienso retractarme. Llegaré a las últimas consecuencias.

Jareth le sonrió. Justo en ese preciso momento, empezaba a dudar eso que decía, sobre que no tenía vínculo con Narissa. Tan solo bastaba ver el resplandor de sus ojos, ese muchacho era un mago nato. La pregunta era, ¿qué iba a hacer con él?

No era consciente de su magia, no la extrañaría. Bien podría quitársela para estabilizar la suya.


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